Benedicto XVI
aprobara el decreto que reconoce sus martirios, que abre el paso a su elevación
a la gloria de los altares, informó el Vaticano.
El sacerdote
Francisco Esteban Lacal,
de 48 años, provincial de la Congregación de los
Misioneros Oblatos de María Inmaculada
y otros 21 compañeros, de edades comprendidas entre 19 y 38 años, del convento
de Pozuelo de Alarcón (Madrid), fueron fusilados
por "odio a la Fe", la mayoría en Paracuellos del Jarama.
Benedicto XVI
firmó este sábado un importante
número de decretos de beatificación, entre ellos el
de 22 sacerdotes y religiosos oblatos de María Inmaculada del convento de
Pozuelo de Alarcón (Madrid), asesinados por milicianos armados por el Gobierno
entre el 24 de julio y el 28 de noviembre de 1936, algunos de ellos en
Paracuellos del Jarama. También el de Cándido Castán Sanjosé, empleado de
ferrocarriles miembro de la Adoración Nocturna, asesinado asimismo en odio a la
fe.
Estos mártires gozan de una calle y un monumento en dicha localidad madrileña,
que ha sido profanado varias veces en los últimos años, en ocasiones con
pintadas del siguiente tenor: «¿Mártires? No, fascistas».
Una odisea de
cinco meses
El relato de su martirio es muy esclarecedor sobre la situación que se vivía en
la España sometida al Frente Popular.
Los Misioneros Oblatos de María Inmaculada se habían establecido en el barrio de
la Estación de Pozuelo en 1929. Ejercían su ministerio, en calidad de
capellanes, en tres comunidades de religiosas. Colaboraban pastoralmente también
en las parroquias del entorno, administrando sacramentos y con predicaciones y
catequesis.
En aquel clima resultaba irritante para socialistas, comunistas y anarquistas
que los religiosos fueran por la calle en sotana y además con su cruz oblata muy
visible a la cintura. La comunidad religiosa de los Oblatos no se dejó
intimidar. Lo que hizo fue extremar las medidas de prudencia, de serenidad, de
calma, tomando el compromiso de no responder a ningún insulto provocador. Y, por
supuesto, ningún religioso se mezcló con actividades políticas ni siquiera
ocasionalmente. Pero eso sí, se mantuvo el programa de formación espiritual e
intelectual sin renunciar a las diversas actividades pastorales que formaban
parte del programa de formación sacerdotal y misionera de los escolásticos.
La hora del martirio sonó cuando, tras el Alzamiento del 18 de julio, el
Gobierno del Frente Popular decidió armar a las milicias.
El 22 de julio, a las tres de la tarde, un nutrido contingente de milicianos,
armados de escopetas y pistolas, asaltó el convento. Lo primero que hicieron fue
detener a los 38 religiosos y recluirlos en una habitación reducida y tenerlos
muy vigilados, encañonándolos con las armas.
Acto seguido los milicianos procedieron al registro minucioso de la casa en
busca de armas. Lo único que hallaron fueron cuadros religiosos, imágenes,
crucifijos, rosarios y ornamentos sagrados. Desde los pisos superiores, todo eso
fue arrojado por el hueco de la escalera a la planta baja para destruirlo con el
fuego en medio de la calle. Los Oblatos fueron hechos prisioneros en su propia
casa, concentrándolos en el comedor, cuyas ventanas tenían rejas. Fue su primer
calabozo.
La mayoría, menores
de 30 años
El día 24, sobre las tres de la mañana, se producen las primeras ejecuciones.
Sin interrogatorio, sin acusación, sin juicio, sin defensa, llamaron a siete
religiosos y los separaron del resto.
Los primeros sentenciados fueron: Justo González Lorente, de 21 años; Juan
Antonio Pérez Mayo, de 29; Manuel Gutiérrez Martín, de 23; Cecilio Vega
Domínguez, de 23; Juan Pedro Cotillo Fernández, de 22; Pascual Aláez Medina, de
19; y Francisco Polvorinos Gómez, de 26.
El resto de los religiosos permanecieron presos en el convento y dedicaban sus
horas de espera a rezar y prepararse a bien morir. Alguien, probablemente el
alcalde de Pozuelo, comunicó a Madrid el riesgo que corrían los demás y ese
mismo día 24 de julio llegó un camión de Guardias de Asalto con orden de llevar
a los religiosos a la Dirección General de Seguridad. Al día siguiente, tras
cumplir unos trámites, inesperadamente quedaron en libertad. Buscaron refugio en
casas particulares.
Busca y captura
Pero en el mes de octubre fue decretada orden de búsqueda y captura contra ellos
y acabaron siendo todos detenidos de nuevo y llevados a la cárcel.
Allí soportaron un lento martirio de hambre, frío, terror y amenazas. Hay
testimonios de algunos supervivientes de cómo aceptaron con heroica paciencia
esa difícil situación que les hacía entrever la posibilidad del martirio.
Reinaba entre ellos la caridad y el clima de oración silenciosa.
En el mes de noviembre llegaría el final de aquel calvario para la mayoría de
ellos.
El día 7 fueron fusilados José Vega Riaño, de 32 años, y Serviliano Riaño
Herrero, de 30.
Veinte días después, el 28 de noviembre 1936, tocaría el turno a los otros
trece. El procedimiento fue el mismo para todos. No hubo acusación, ni juicio,
ni defensa, ni explicaciones. Sólo la proclamación de sus nombres a través de
potentes altavoces:
Vicente Blanco Guadilla, 54 años, sacerdote y Superior de Pozuelo.
Gregorio Escobar García, 24 años, recién ordenado sacerdote.
Justo Gil Pardo, 26 años, religioso profeso perpetuo, diácono.
Juan José Caballero Rodríguez, 24 años, perpetuo, subdiácono.
Publio Rodríguez Moslares, 24 años, profeso perpetuo.
José Guerra Andrés, 22 años, profeso temporal.
Daniel Gómez Lucas, 20 años, profeso temporal.
Justo Fernández González, 20 años, profeso temporal.
Clemente Rodríguez Tejerína, 18 años, profeso temporal.
Ángel Francisco Bocos Hernández, 53 años, hermano coadjutor.
Eleuterio Prado Villarroel, 21 años, hermano coadjutor.
Marcelino Sánchez Fernández, 20 años, hermano coadjutor
Se sabe que el 28 de noviembre
de 1936 fueron sacados de la cárcel, conducidos a Paracuellos de Jarama y allí
ejecutados. Un religioso que iba en otro camión, atado codo con codo al padre
Delfín Monje y que junto con él fue misteriosamente indultado cerca del lugar de
la ejecución, se lamentaba en 1954 de no haber corrido la misma suerte que sus
hermanos: «¡Lastima no haber muerto
entonces! ¡Nunca estaré tan bien preparado!».
No ha sido posible obtener
información directa de testigos oculares del momento de la ejecución de esos 13
Siervos de Dios. Tan sólo el enterrador declaró: «Estoy
completamente convencido de que el 28 de noviembre de 1936 un sacerdote o
religioso pidió a las milicias que le permitieran despedir a todos sus
compañeros y darles la absolución, gracia que le fue concedida. Una vez que hubo
terminado, pronunció en alta voz estas palabras: “Sabemos que nos matáis por
católicos y religiosos. Lo somos. Tanto yo como mis compañeros os perdonamos de
corazón.
¡Viva
Cristo Rey!”».
Cándido Castán San José, padre de familia
Beatificado
con 22 religiosos oblatos de María.
Muy bueno y fiel el reportaje, así como el enlace.
Conozco bien las fuentes, pues soy el Postulador de la Causa. Hay un punto que
quisiera dejar muy en claro: Cándido Castán San José, seglar y padre de familia,
que fue fusilado en la Casa de Campo el 24 de julio con el primer grupo, no era
ni había sido Concejal en Pozuelo, donde vivía con su familia desde hacía seis
años. Era un destacado católico, coherente con su fe, miembro de la Adoración
Nocturna, muy conocido de todos en una población muy reducida entones, porque
era interventor y por su práctica religiosa: hacía la visita al Santísimo todas
las tardes a la salida del trabajo, había construido con otros vecinos una
pequeña capilla en su barrio para facilitar la asistencia a la Misa dominical a
sus vecinos, etc. En la documentación y juicios posteriores se dice de él que
era apolítico, sin filiación de partido. Simplemente figura como un empleado de
Ferrocarriles. Fue llevado de su casa al convento a mediodía para fusilarle
aquella misma noche.
JMV 03/04/2011
La fecha de
las beatificaciones de los 22 religiosos y el seglar, "mártires
del siglo XX", se anunciará en fechas próximas y se celebrará,
presumiblemente, en la
catedral de Madrid
durante este año.
Los mártires
españoles de los años 1934 -1939 pueden ser más de diez mil. Ya han sido
beatificados 977 y proclamados santos once. Nuestros mártires, un
Tesoro para ser utilizado;
su sangre es el capital de gracias más valioso que tiene disponible la Iglesia
de España. ¡Que todos ellos intercedan hoy por
nosotros!