LOS MÁRTIRES SALESIANOS  DE MADRID, SEVILLA, BILBAO Y    LEÓN    1936-1937 - Pablo Marín, sdb

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LOS MÁRTIRES DE LA FAMILIA SALESIANA EN EL SIGLO XX

 

En la Iglesia siempre ha habido –y habrá- mártires o personas que padecen muerte por amor de Jesucristo y en defensa de la religión o de la fe cristiana. La constitución dogmática Lumen gentium del Concilio Vaticano II lo recuerda, expresamente, en el número 42: “Ya desde los primeros tiempos, algunos cristianos se vieron llamados, y otros se verán llamados siempre a dar este máximo testimonio de amor delante de los perseguidores”.

 

Así fue, en efecto, durante el Imperio Romano o tiempo “clásico” de las persecuciones, finalizado a partir de la llamada “paz costantiniana” (desde el año 313 en adelante) y, luego, con el Islam, la Reforma Luterana y la Revolución Francesa. La tarea misionera desarrollada por la Iglesia Católica a lo largo de varios siglos en África, América y Asia, es, también, otro de los escenarios martiriales importantes que deben considerarse  y, por supuesto, los regímenes dictatoriales y totalitarios de carácter ateo y materialista. En relación con este último escenario martirial podemos citar a mártires de nuestro tiempo como el franciscano Maximiliano Kolbe y la carmelita Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein), ambos víctimas de la persecución nazi durante la II Guerra Mundial. Y, en nuestro caso, a los mártires de la Familia Salesiana del siglo XX.

 

Porque, ciertamente, la Familia Salesiana es una familia de mártires, o, dicho con otras palabras, el martirio no es, en absoluto, ajeno al carisma salesiano. Es una conclusión a la  que, en años pasados, llegaron don Egidio Viganó y don Juan E. Vecchi, 7º y 8º sucesor de don Bosco, respectivamente, ante el gran número de miembros de la Familia Salesiana sacrificados en el siglo XX y, muy especialmente, aquellos que ya han sido glorificados.

 

Para ambos rectores mayores, el lema de don Bosco y de toda su familia: “Da mihi animas, caetera tolle” (Dame almas y llévate lo demás), genera necesariamente en quienes lo viven en toda su profundidad, una dinámica espiritual que tiende al martirio. “Por lo general es un martirio incruento –escribirá don Viganó-; pero abierto, si Dios lo quiere, al don total de la vida en el derramamiento de la sangre”.[1] En parecidos términos se pronunciará después don Vecchi: “El servicio pastoral a la gente y la dedicación educativa a los jóvenes –recordará-, no se pueden realizar sin la disposición que constituye internamente el martirio, es decir, el ofrecimiento de la vida y la consiguiente asunción de la cruz”.[2]

 

Por supuesto que, antes que sus dos sucesores, don Bosco tampoco descartaba el martirio, sobre todo, en relación con la misión ad gentes. Por eso, cuando proyectaba con los salesianos el método que deberían seguir en las misiones en tierras lejanas, se atreverá a pedirles la máxima generosidad: “Si el Señor en su Providencia –decía- dispusiese que alguno de nosotros sufriera el martirio, ¿tendríamos que amedrentarnos por eso?”[3]. Y así ha sido.

 

Es cierto que, durante el siglo XIX, ni en Europa ni en esas misiones donde la Congregación Salesiana y el Instituto de las Hijas de María Auxiliadora habían arraigado, se presentó la ocasión para que, tanto salesianos como salesianas, coronaran su seguimiento de Jesús en la misión salesiana con la prueba suprema del martirio. El siglo XX, por el contrario, sí ha marcado, particularmente a la Congregación Salesiana, con el sello trágico y glorioso a un tiempo, del martirio cristiano. Todo comenzó en China el año 1930, para continuar, seis años después, en España de una manera brutal y sangrienta, y terminar, por el momento, haciendo acto de presencia en Polonia.

 

En total, los dos mártires salesianos de China, los seis polacos y los 95 españoles, suman 103. Son cifras que manifiestan la magnitud del sacrificio que, en la Iglesia, se le ha pedido a la Familia Salesiana, especialmente a la Congregación. También demuestran que, durante el siglo XX, uno de los grupos de la Familia de don Bosco ha entrado a formar parte del amplio círculo de órdenes y congregaciones religiosas marcadas por el sello del amor supremo: el martirio cristiano.

 

De los 103 sacrificados de la Familia Salesiana en el siglo XX, en este trabajo nos referiremos a 63 de las 95 víctimas de la revolución que, tras el alzamiento militar del 18 de julio y subsiguiente comienzo de la guerra, se estableció en las zonas de España que quedaron bajo dominio republicano. Las 63 víctimas pertenecían a las entonces inspectorías salesianas españolas Céltica con sede en Madrid y Bética con sede en Sevilla. Son, junto a los 32 mártires -objeto de un magnífico trabajo anterior del historiador salesiano Ramón Alberdi-[4], de la antigua Inspectoría Salesiana Tarraconense con sede en Barcelona, los mártires españoles de la Familia Salesiana, víctimas de la persecución religiosa durante la Guerra civil española (1936-1938).   

  

LOS MÁRTIRES  DE LA FAMILIA SALESIANA ESPAÑOLA

1936-1938

 

En 1936, la España salesiana estaba organizada territorialmente en tres inspectorías o provincias: Bética, Céltica y Tarraconense. Era una división territorial que venía desde 1902. Estas provincias salesianas, además de a un territorio, hacían referencia, sobre todo, a obras salesianas, comunidades y, por supuesto, a salesianos. Antes de hablar de ellos y, principalmente, de los que fueron martirizados, nos vamos a detener brevemente en cada una de las tres inspectorías a fin de indicar el número de profesos y novicios que tenían en 1936, entre otras razones, para que se vea, aunque sólo sea muy por encima, lo que, para la España salesiana, supuso, cuantitativa y cualitativamente, la persecución religiosa, particularmente durante la Guerra civil de 1936-1939. Más que en las cosas[5] destruidas y perdidas para siempre, que fueron muchas también, nos fijaremos, principalmente, en las personas, y de ellas, en las que entregaron su vida como testigos de la fe cristiana: los mártires españoles de la Familia Salesiana, víctimas de la persecución religiosa durante la Guerra civil española (1936-1938).

   

Los mártires salesianos de la Inspectoría Bética de Sevilla

 

La Inspectoría Salesiana Bética de María Auxiliadora con sede en Sevilla, constaba en 1936 de 21 comunidades con un total de 242 salesianos profesos y 15 novicios. Habría que añadir unos 15 estudiantes de teología en Madrid-Carabanchel Alto. Los asesinados en odio a la fe fueron 18 (19 con don Vicente Reyes), lo que significa un 8% de los profesos. Se distribuyen entre las localidades andaluzas de Ronda, Sevilla, Morón de la Frontera y Málaga. Al grupo de salesianos se añaden tres cooperadores de Pozoblanco, totalizando los 21 (22 antes de retirar del proceso a don Vicente Reyes) miembros de la Familia Salesiana asesinados en Andalucía.

 

Comenzando por la malagueña ciudad de Ronda, donde había dos comunidades salesianas (Santa Teresa y Sagrado Corazón-“El Castillo”), la persecución duró del 18 de julio al 16 de septiembre de 1936, dos meses escasos. En los quince días siguientes al alzamiento militar contra la República, sufrieron muerte violenta 7 salesianos, 3 del colegio Sagrado Corazón y 4 de las escuelas de Santa Teresa. No prosperó la inclusión en la causa de martirio de don Aniano Ortega, debido a que su muerte se produjo tras una intervención quirúrgica que le practicaron mientras estaba refugiado con los aspirantes de la “Colonia Escolar Montillana” en una pensión de Ronda, pero, en cierto modo, a este coadjutor salesiano de la comunidad del colegio rondeño Sagrado Corazón, puede considerársele, también, víctima de la persecución religiosa que se desencadenó en dicha ciudad de la provincia de Málaga entre julio y septiembre de 1936.

 

En Sevilla, lo mismo que en otros barrios periféricos de la capital andaluza, el del colegio de la Santísima Trinidad sufrió, también, la acción de grupos revolucionarios durante la semana siguiente a la rebelión militar del 18 de julio. La consecuencia fue la muerte violenta de un salesiano el día 20 de julio.

 

Una semana duró la revolución en la localidad sevillana de Morón de la Frontera, donde el 21 de julio fueron inmolados dos salesianos. Un testigo, más que ocular, de su asesinato fue don Rafael Infante, salesiano. Pues, además de compañero de cárcel de los dos mártires y testigo de su muerte, don Rafael fue también herido gravemente y considerado muerto por los milicianos. “Encarcelado la mañana del domingo, 19 de julio de 1936 -se lee en la Positio-, herido en la tarde del martes 21, huyó a las once de la noche del mismo martes, del grupo de cadáveres de sus compañeros caídos, llegando a Sevilla la mañana del 25 tras vagar tres días por los campos”.

 

La persecución en Málaga se prolongó hasta el 8 de febrero de 1937; duró, por tanto, cerca de siete meses. En agosto de 1936 fueron asesinados 5 salesianos y en septiembre los otros 4, de un total de 9 sacrificados, entre ellos, don Vicente Reyes, que hasta muy avanzado el proceso de beatificación y canonización, ocuparía un lugar entre los salesianos inmolados en la capital malagueña. Un aviso de la Congregación para las Causas de los Santos, ordenó retirarle, sin que hayamos podido saber el motivo concreto, aunque sospechamos que sea por falta de algún requisito esencial de los muchos exigidos en el rigurosísimo proceso de beatificación y canonización seguido por la Iglesia, su nombre de la lista, dejando, por consiguiente, el número de salesianos mártires de Málaga en 8 y de la Bética en 21.[6]   

 

El pueblo cordobés de Pozoblanco, por último, después de un mes con mando militar rebelde, se vio obligado a capitular, el 15 de agosto, ante las fuerzas asaltantes leales a la  República. El día siguiente a la capitulación caía asesinado el arcipreste de la ciudad, párroco de Santa Catalina y antiguo alumno salesiano de Utrera, don Antonio Rodríguez Blanco. Un mes después, asesinaban a una mujer, doña Teresa Cejudo, esposa y madre de familia, animadora indiscutible de las asociaciones católicas locales y, entre éstas, la de devotos de María Auxiliadora; y, el 2 de octubre, en la cárcel de Jaén, era ejecutado el tercero de los mártires de la Familia Salesiana pozoalbense: Bartolomé Blanco, un joven de apenas 22 años que había conocido a los salesianos en el oratorio festivo y que, luego, guiado por los círculos de estudio y animado en sus habilidades oratorianas por ellos, fue primero catequista y después líder cooperativista formado en Madrid en la escuela de don Ángel Herrera Oria.

 

Los mártires salesianos de la Inspectoría Céltica de Madrid

 

La Inspectoría Salesiana Céltica de Santiago el Mayor ( actuales de Madrid, León y Bilbao), con sede en Madrid, contaba en 1936 con 230 salesianos y 17 novicios, que constituían 16 comunidades o casas distribuidas por el centro y norte de la España peninsular.

 

Si de los 42 mártires de este grupo, se excluyen los 5 que no eran profesos, los 37 restantes constituyen el 16%, o sea, la sexta parte de los profesos existentes en julio de 1936, porcentaje bastante más elevado que el 12% de la Inspectoría Tarraconense y doblado respecto al 8% de la Bética. La causa de este número mayor, tanto en términos  absolutos como relativos, parece que deba atribuirse a una mayor dureza de la persecución en Madrid y al hecho de haber continuado los salesianos agrupados tras haberse visto obligados a dejar sus casas.

 

Todas las bajas, exceptuando tres salesianos de la comunidad del colegio María Auxiliadora de Salamanca, ocasionalmente en Madrid y, dos de la comunidad del colegio, llamado también de María Auxiliadora, de Santander, corresponden a las 4 comunidades salesianas existentes en Madrid y a la cercana de Mohernando (Guadalajara), distribuidas así: Carabanchel 10, Atocha 8, Paseo de Extremadura, 6, Estrecho 4 y Mohernando 9.

 

Por el lugar de martirio, los salesianos asesinados se distribuyen de esta manera: 27 en Madrid y 5 en Paracuellos del Jarama, 8 en Guadalajara, uno en Santander y otro en Bilbao. Todos fueron asesinados en 1936, excepto un sacerdote de la casa de Estrecho que fue sacrificado entre el 16 y 20 de marzo de 1937.

 

De 16 de los 42 mártires de la Inspectoría Céltica se desconoce dónde reposen sus restos, una circunstancia, junto con otras, puesta de manifiesto por la Congregación para las Causas de los Santos en la reunión celebrada el 24 de noviembre de 2004. En ésta se concluyó, no obstante, que la certeza moral del hecho del martirio de todos ellos no puede ponerse en duda aunque falten ésta y otras precisiones concretas. La explicación de todo está en la misma persecución religiosa en España, la cual se caracterizó por la falta de tribunales adecuados para dar la sentencia decisiva, la proliferación de grupos anárquicos, coincidentes en el odio a todo sentimiento religioso y revanchismo contra la Iglesia, que actuaban por libre; el interés de la clandestinidad buscado expresamente por los asesinos, para evitar testigos oculares que pudieran denunciarlos; las muertes de las víctimas en lugares imprevisibles y su inhumación en sepulturas colectivas o en fosas anónimas y el interés de sus autores por no ser incriminados ante las autoridades en estos hechos criminales.

 

A cada uno de los 42 mártires de la Céltica, y a cada uno de los 21 de la Bética, nos referimos, como ya se ha indicado, en este trabajo.

 

Antes, recordaremos aquí a otras muchas víctimas, no mártires, de la Guerra civil en la Inspectoría Salesiana Céltica de Madrid. Nos referimos, por supuesto, a ese gran número de hermanos de la Inspectoría que pasó largos meses en las cárceles y checas o soportó duros trabajos en brigadas disciplinarias o de castigo, pero, sobre todo, a los que dieron su vida generosamente en campos de batalla o desmoronados por una enfermedad mortal, efecto de privaciones y sufrimientos durante el tiempo que duró la persecución y la guerra. Los sacerdotes don Ramón Goicoechea y don Luis Soto, el coadjutor don David Martín Martínez, el recién profeso Agustín Carabias y los novicios Miguel Septién y Manuel García están entre los que murieron víctimas de la enfermedad. Las víctimas de las armas son: el sacerdote don Rafael Ojanguren Urquiza, los clérigos don José Iglesias Rodríguez, don Amador Peña Martínez, don Andrés Aparicio del Cerro y don Antonio Velasco Castro, los estudiantes de Filosofía don Severo Vide, don Vicente Rodríguez del Río y don Gil Delgado Sánchez, y el novicio Sebastián Hernández Casado.[7]  

 

Los mártires salesianos de la Inspectoría Tarraconense de Barcelona

 

En los 32 mártires salesianos de la Inspectoría Tarraconense (actuales de Barcelona y Valencia) no nos detendremos tampoco, debido a que, como ya se ha dicho, han sido objeto de otra publicación anterior. No obstante, igual que para las otras dos inspectorías que, en 1936, había en España, sí apuntaremos aquí el número de salesianos que había en la Tarraconense, así como las bajas.

 

En 1936, los salesianos profesos de la Inspectoría Tarraconense eran 249, y los novicios, 8. A ellos habría que añadir unos 10 estudiantes que se encontraban en Roma, Turín o en Madrid, y unos cuantos profesos más que residían, en algunas de las repúblicas hispanoamericanas, por motivos de servicio militar.

 

De los residentes en la Inspectoría, fueron asesinados 29, esto es, un 12% aproximadamente. Los otros tres siervos de Dios beatificados, de un total de 32 mártires, son dos Hijas de María Auxiliadora y un seglar empleado en la casa salesiana de San Vicenç dels Horts.

 

En Barcelona o alrededores, las víctimas fueron 21: 18 salesianos, las dos salesianas y el seglar mencionados. Y en Valencia, segundo escenario martirial de la Inspectoría Tarraconense, de los 37 salesianos que hacían ejercicios espirituales, perecieron asesinados 11: el inspector, un sacerdote ejercitante que había venido de Alcoy y 7 salesianos de la misma comunidad de Valencia. Los otros dos, que completan el total de 11, proceden de Alcoy, y fueron asesinados uno en Valencia y otro en la ciudad alicantina de Villena. Todos fueron martirizados entre julio y diciembre de 1936, excepto un sacerdote de la comunidad de Girona que fue asesinado en los fosos del castillo de Montjuïc, el 26 de abril de 1938.

 

Desde que el Papa Juan Pablo II los beatificara, el 11 de marzo de 2001, estos 29 salesianos de la Inspectoría Tarraconense asesinados, las dos salesianas y el seglar forman parte ya del martirologio cristiano. Esto quiere decir que la Iglesia católica, desde esa fecha, ha reconocido como testigos de la fe a estas 32 víctimas salesianas de “la gran persecución”[8]que hubo en aquellas zonas de España donde no triunfó el alzamiento militar de julio de 1936. Ha certificado que son mártires porque, tras un largo proceso, ha quedado demostrado que “fueron sacrificados por motivos preferentemente religiosos, por odio a la fe cristiana o por cuestiones relacionadas con la misma: no estaban implicados en luchas partidistas, no tenían armas ni daban cobijo a desertores, jamás habían atentado contra la República legítimamente constituida ni eran reos de delitos comunes”.[9] Es lo mismo que reconoce y certifica de nuevo ahora, cuando beatifica a los 63 mártires salesianos de las antiguas inspectorías salesianas Bética y Céltica, asesinados también en odio a la fe cristiana en 1936, la mayoría, y uno en 1937. A ellos nos referiremos a continuación.

 

Antes de presentar las semblanzas de cada uno de estos 63 mártires salesianos españoles de la persecución religiosa durante la Guerra Civil, insistiendo, principalmente, en todo lo que se refiere a su pasión y muerte por odio a la fe, describiremos, brevemente también, el camino hacia el martirio que siguen todos ellos, solos o acompañados por su comunidad salesiana.

 

Tanto para las semblanzas como para el martirio de todos ellos, nos hemos valido, principalmente, de las Positio (Informatio) super virtutibus que, en su día, de los mártires de la Inspectoría Bética por un lado y de la Céltica por otro, se publicaron por separado y han sido la base documental para su causa de martirio. Hemos tenido en cuenta, también, la Relatio et vota que, tras haber sido unificados ambos procesos, publicó la Congregación para las Causas de los Santos después de la reunión que ésta celebró el 23 de noviembre de 2004.

 

Presentamos ya las semblanzas y el martirio de los mártires salesianos de la Inspectoría Céltica de Santiago el Mayor (actuales de Madrid, León y Bilbao) teniendo en cuenta la comunidad a la que pertenecían cuando se desencadenó la persecución  que les llevó a entregar su vida como Cristo. Empezaremos por los mártires de la casa salesiana de Carabanchel Alto (Madrid).

  

 

LOS MÁRTIRES SALESIANOS DE LA INSPECTORÍA CÉLTICA DE MADRID (1936-1937)

 

No parece que, en los días previos al alzamiento y posterior comienzo de la Guerra civil, hubiera en Madrid una situación muy distinta de la que había en días y, tal vez, meses y años anteriores, pero a mediados de julio de 1936, en la capital de España, el ambiente estaba tan cargado que se hacía cada vez más irrespirable. Y no sólo porque, bien entrado el verano ya, el calor arreciaba. También porque aumentaban los desmanes y enfrentamientos entre ideologías, grupos y bandos políticos y, al mismo tiempo, no paraban de llegar noticias de que, por alguna parte, se planeaba alzarse para acabar con la situación política y social que, desde el triunfo del Frente Popular en las elecciones de febrero de 1936, no dejaba de deteriorarse. 

 

Efectivamente. El 12 y 13 de julio, respectivamente, asesinaron en Madrid a las dos primeras víctimas de cada uno de los bandos que, pocos días después, empezarían un enfrentamiento civil que duraría tres años: el teniente Castillo, de la Guardia de Asalto, y Calvo Sotelo, parlamentario y dirigente de Renovación Española. Y el 17 de julio por la tarde ya se supo lo que al día siguiente, 18 de julio de 1936, desde muy temprano, se confirmaría: que una rebelión militar acababa de tener lugar en Tetuán, Ceuta y Melilla; que el Ejército de Marruecos se había sublevado contra la República. 

 

Ya el mismo día 18 de julio se entregaría armas al pueblo y habría saqueos e incendios de conventos, templos y colegios religiosos. Sin embargo, no fue hasta el 19 y 20 de julio, cuando empezó a verse claro que el levantamiento militar en África no había triunfado en toda España, quedando ésta, por consiguiente, dividida en dos zonas que se enfrentarían en una guerra larga de incalculables y nefastas consecuencias. En Madrid, la primera reacción tras el alzamiento consistiría en asaltar los domicilios particulares o entidades sospechosas que podían alojar personas desafectas a la República. La Iglesia encabeza la lista. Por eso, en las setenta y dos horas que median entre la noticia del alzamiento militar en África y la liquidación de la sublevación en Madrid con la caída del Cuartel de la Montaña y restantes destacamentos militares de la capital, serán devastados más de cincuenta edificios de carácter religioso y, lo que es peor, fueron asesinadas dos religiosas de la Caridad del Sagrado Corazón de Jesús, la madre Dolores Pujalte Sánchez de ochenta y tres años de edad, y la madre Francisca Aldea Araujo de cincuenta y cuatro. El mismo día 20 de julio serán asesinados también dos sacerdotes del clero secular, Andrés Molinero, capellán de San Antonio de la Florida, fusilado en la Casa de Campo, y el padre Delgado Olivar, asesinado en Tetuán de las Victorias, así como otros trece miembros del clero regular[10]. Se ve, pues, claro, que desde el principio, la Guerra civil española de 1936, tiene el carácter de una verdadera persecución religiosa[11].

 

La Congregación Salesiana tenía entonces en Madrid cuatro casas u obras salesianas. Las cuatro se vieron violentamente asaltadas, allanadas y saqueadas en los primeros días de la revuelta. Posteriormente quedaron convertidas en prisión preventiva, centros de reclutamiento o en hospital de sangre. Los salesianos que había en cada uno de estas casas fueron expulsados y, como veremos también, un buen grupo de ellos asesinados.

 

Aunque no formaban parte de la primera obra salesiana que se había abierto en Madrid, empezaremos por los mártires de la casa de Carabanchel Alto, por ser el director de ésta, don Enrique Saiz, quien encabeza la lista de los mártires salesianos de la antigua Inspectoría Céltica de Madrid, asesinados en 1936. Don Enrique Saiz es, como ya se ha dicho, quien también encabeza la lista de los 63 mártires salesianos de las Inspectorías Bética y Céltica unidas, que ahora son beatificados.

 

 


 

  

LOS MÁRTIRES DE LA CASA SALESIANA DE CARABANCHEL ALTO / MADRID

 

El seminario salesiano Sagrado Corazón de Carabanchel Alto, fundado en 1903, había experimentado a lo largo de sus 33 años de existencia, varios cambios de destino. Desde 1933 era a la vez estudiantado teológico de las tres inspectorías salesianas españolas de entonces y aspirantado de la Céltica.

 

En 1936 los estudiantes de teología eran exactamente 50, y los aspirantes unos 100. Había además alrededor de 150 alumnos externos y unos 200 muchachos participaban en el oratorio festivo. La comunidad responsable de las diversas actividades estaba formada por 8 sacerdotes, 6 coadjutores y 4 clérigos en el trienio de prácticas pedagógicas.

 

La persecución

 

A partir del domingo 19 de julio, Carabanchel Alto, entonces un pueblo tranquilo cercano a Madrid, se empezó a llenar también de milicianos. En la casa salesiana, sin embargo, no ocurrió nada hasta el día siguiente, 20 de julio. Ya durante el recreo que siguió a la primera clase de ese lunes, se oyeron unos disparos cercanos que resultaron ser tiros aislados, sin objetivo. Todo lo contrario de los que sonaron al poco de comenzar la segunda clase. Éstos eran el anuncio del asalto de la casa que se produciría muy poco después. Según testimonio de una miliciana que tomó parte activa en él, “cuando (los asaltantes) llegamos a Carabanchel Bajo, oímos rumores de que el colegio salesiano del Alto se defendía con armas. Cargamos entonces en un coche con cuatro latas de gasolina; y, con muy poca munición, acudimos allí seis compañeros, todos jóvenes, y yo.”[12]

 

Ya dentro de la casa, los milicianos que la habían invadido, detuvieron a los salesianos y se dedicaron a registrarla y destrozarla en una búsqueda afanosa –y, por supuesto, infructuosa- de armas.

 

Entre tanto, los aspirantes eran trasladados al colegio de Santa Bárbara, cercano del seminario salesiano. Entre ellos, disimuladamente, iban los clérigos trienales don Virgilio Edreira y don Lorenzo Martín.

 

Como los asaltantes se habían apoderado del colegio para convertirlo en cuartel de milicias, la comunidad salesiana se vio, desde ese momento, sometida a un continuo éxodo. Primero llevaron a los salesianos al Ayuntamiento de Carabanchel Alto, y a media tarde del día siguiente, 21 de julio, los trasladaron a la escuela del pueblo, donde permanecieron hasta la tarde del 23. Este mismo día se presentó en la improvisada cárcel una sección de la Guardia de Asalto que se llevó a los salesianos a la Dirección General de Seguridad. Allí  pernoctaron y al día siguiente, 24 de julio, todos fueron puestos en libertad. Unas horas antes había salido el director, don Enrique Saiz, para buscar un refugio acogedor y seguro, encontrándolo en la pensión Loyola, de la calle Montera, número 10, de Madrid. Aquí se quedaron con él los salesianos don Juan Codera, don Carmelo Pérez, don Manuel Borrajo y don Pedro Artolozaga; los aspirantes, Tomás Gil de la Cal e Higinio de Mata, y el empleado de la casa de Atocha Juan de Mata, primo del anterior.

 

Pero los sobresaltos no se habían terminado todavía. Cuatro días después de haber sido liberados, un grupo de milicianos se presentó en la pensión Loyola y detuvo a todos los salesianos, menos a don Maximino Gallego, a quien una oportuna enfermedad le retuvo en la cama. Otra vez los condujeron a la Dirección General de Seguridad y, dos días después, puestos de nuevo en libertad. Es probable que volvieran a la pensión Loyola, aunque, para casi todos ellos, por poco tiempo. En esta pensión sólo siguió don Enrique Saiz algún tiempo más, hasta que también se pudo trasladar al inmueble de la calle Puebla, número 17, donde estaban las pensiones Nofuentes y Vascoleonesa. En la primera encontraron refugio don Carmelo Pérez, don Pedro Artolozaga, don Manuel Borrajo y los primos Mata. En la segunda fueron recibidos don Juan Codera, don Pablo Gracia y  Tomás Gil, por no haber sitio en la primera. Y, según sabemos ya, el director, don Enrique Saiz, algún tiempo después.

 

Los mártires

 

La comunidad salesiana de Carabanchel Alto fue la que más bajas sufrió durante la persecución religiosa que se desató en Madrid entre julio y diciembre de 1936. De sus 18 miembros fueron asesinados dos sacerdotes: Enrique Saiz Aparicio, nacido en la localidad burgalesa de Ubierna y el salmantino, de Ledesma, Félix González Tejedor; dos coadjutores: Juan Codera Marqués, de Barbastro (Huesca) y Pablo Gracia Sánchez, de Lérida, y un clérigo: Virgilio Edreira Mosquera, de La Coruña. A ellos hay que añadir dos estudiantes de teología: Carmelo Juan Pérez Rodríguez, de Vimianzo (La Coruña) y Teódulo González Fernández, de la localidad burgalesa de Castrillo de Murcia, y tres aspirantes a la vida salesiana: Federico Cobo Sanz, nacido en Rábano (Valladolid) y dos más, mayores de edad, que colaboraban en el funcionamiento de la casa: Tomás Gil de la Cal e Higinio de Mata Díez, de las localidades burgalesas de Guzmán y Ubierna, respectivamente. De los nueve que se habían quedado en las pensiones de Madrid que ya conocemos (Loyola, Vascoleonesa y Nofuentes), siete sufrieron martirio. La misma suerte corrieron otros, acogidos a la hospitalidad de familiares y amigos. A todos siguió (o precedió) su director, don Enrique Saiz. Son los mártires salesianos de la casa de Carabanchel Alto, a los que ahora nos referimos. Todos ellos fueron asesinados en Madrid por odio a la fe, entre los meses de agosto y diciembre de 1936. Los restos mortales de don Enrique Saiz, los clérigos[13] don Virgilio Edreira y don Teódulo González, y el aspirante Federico Cobo reposan en el panteón salesiano del cementerio de Carabanchel Alto. De los demás mártires de la casa salesiana de Carabanchel Alto, que hacen un total de 10, no se han encontrado los restos. Presentamos ya una breve semblanza y la muerte martirial de todos y cada uno de estos mártires salesianos de la comunidad de Carabanchel Alto.

 

 

ENRIQUE SAIZ APARICIO, sacerdote

 

Como ya se sabe, don Enrique Saiz Aparicio, es quien encabeza la lista de mártires salesianos de la antigua Inspectoría Céltica (actuales de Madrid, León y Bilbao). Quien encabeza también la lista general de los 63 mártires salesianos españoles de la Guerra civil (1936-1939) que ahora son beatificados, nació en Ubierna, Burgos, el 1 de diciembre de 1889. Primero estuvo como aspirante en la casa salesiana de Gerona y luego pasó a la de Sarriá, Barcelona, para hacer el noviciado. Allí profesó como salesiano en 1909. Fue ordenado presbítero en Salamanca en 1918.

 

Estrenó su sacerdocio en el colegio de la capital salmantina, donde fue consejero escolástico durante cuatro años y, después, catequista. De 1923 a 1925 estuvo destinado en Carabanchel Alto, con el cargo de consejero. Los años siguientes fue director del mismo Carabanchel, de la Casa inspectorial de Madrid-Atocha y, desde 1934, por segunda vez, de Carabanchel Alto de nuevo. Aquí se encontraba cuando, tras el alzamiento militar del 18 de julio, arreció la persecución religiosa.

 

Al salir por segunda vez de la Dirección General de Seguridad, donde, como se ha narrado más arriba, los salesianos que estaban refugiados en la pensión Loyola, habían sido llevados tras su detención, don Enrique parece ser que siguió todavía un tiempo más en la pensión Loyola, de la calle Montera, 10, hasta que pasó a la Vascoleonesa, de la calle Puebla, 17. En ésta se encontraban ya don Juan Codera y don Pablo Gracia, coadjutores, y el aspirante Tomás Gil. En la pensión Nofuentes, del mismo inmueble, estaban, por otro lado, refugiados el estudiante de teología Carmelo Pérez, y el aspirante Higinio de Mata, de la casa de Carabanchel, además de Juan de Mata Díez, primo del anterior, que trabajaba en la casa de Madrid-Atocha, y don Pedro Artolozaga, clérigo del colegio salesiano María Auxiliadora de Salamanca, que había sido destinado a Carabanchel Alto, donde, al acabarse el verano, empezaría los estudios teológicos.

 

Desde la pensión Vascoleonesa, don Enrique Saiz hacía de superior, procurando estar al tanto de cuando sucedía, dirigiendo, aconsejando y ayudando a los hermanos que le acompañaban o venían a visitarle.

 

Entre ellos se logró crear un extraordinario ambiente espiritual en pleno centro de Madrid. Todos sabían que su refugio era, con casi completa seguridad, una sala de espera para la muerte. Tres días antes de su prendimiento definitivo antes del martirio, don Enrique decía a una religiosa acogida también en la pensión Nofuentes: “Tenemos que prepararnos, pues nuestro martirio es certísimo”. 

 

Efectivamente. Detenido el día 2 de octubre por la mañana, le condujeron al convento de San Plácido, convertido en ateneo libertario. No se sabe dónde pasó el resto del día, aunque probablemente estuviera en la checa de Fomento. Allí habían sido llevados también algunos de los salesianos que estaban refugiados en la pensión Nofuentes, detenidos el día anterior. Uno de ellos, don Pedro Artolozaga, ya cadáver, llevaba puestos unos zapatos que pertenecían a don Enrique. Estuviera o no en Fomento, lo que sí se sabe es que, debido a su conocida condición de sacerdote, unos milicianos le dieron muerte el mismo día 2 de octubre por la noche, en el término municipal de Vallecas, actual calle Méndez Álvaro.

 

FÉLIX GONZÁLEZ TEJEDOR, sacerdote

 

El salesiano que tenía el cargo de catequista[14] en el seminario de Carabanchel Alto desde 1934, había nacido en Ledesma, Salamanca, el 17 de abril de 1888. Conoció a los Salesianos cuando, siendo niño de coro de la catedral salmantina, iba con frecuencia a jugar al patio del colegio salesiano de la ciudad. Con 18 años fue admitido como novicio en Carabanchel Alto, profesando allí mismo como hijo de don Bosco, en 1907. La ordenación presbiteral la recibió en El Campello en 1915. 

 

Apenas ordenado presbítero, fue destinado a la casa de Madrid-Atocha, donde desplegó una actividad incansable y un celo apostólico que le hicieron muy popular en las barriadas cercanas. En 1926 fue destinado a Salamanca-María Auxiliadora como catequista, y a los dos años a Béjar, donde fue a la vez catequista y consejero. En 1930 pasó a Barakaldo como consejero escolar y a los dos años fue nombrado director. Desde 1934 estaba de nuevo en Carabanchel Alto, hasta que, en julio de 1936, fue, con toda la comunidad, expulsado del colegio por los milicianos que lo asaltaron.

 

Don Félix siguió las mismas vicisitudes que la comunidad del seminario de Carabanchel Alto, hasta la pensión Loyola, de la calle Montera, si bien, él solamente permaneció allí  unos pocos días. Dicho refugio lo abandonó para albergarse en casa de su hermano Ángel, que vivía en la barriada de Ventas. Pero también de allí se marchó el 7 de agosto, ante el agravamiento de la situación. Encontró seguidamente habitación en una casa de huéspedes de la calle Espoz y Mina, en la que solamente paraba para comer y dormir. El resto del día lo pasaba oculto en una trastienda inmediata al domicilio de su hermana Corina, en la calle de la Bolsa, 6. La trastienda formaba parte de una librería regentada por antiguos alumnos.

 

En el ejercicio de su ministerio sacerdotal, el 24 de agosto de 1936, don Félix fue a visitar a una familia de la calle Méndez Álvaro, 2, siendo entonces denunciado como sacerdote y detenido, alrededor del mediodía, por un grupo de milicianos. Al parecer le asesinaron ese mismo día 24 de agosto por la noche. Los milicianos que le detuvieron pertenecían a la checa de la estación de Atocha, cercana al lugar del arresto. Es probable que le condujeran allí. Y de este lugar a la muerte.

 

JUAN CODERA MARQUÉS, coadjutor

 

Este coadjutor salesiano de la comunidad de Carabanchel Alto, nació en Barbastro, Huesca, el 25 de mayo de 1883. Trabajando como empleado doméstico en la casa salesiana de Sarriá pidió ir al noviciado, profesando como salesiano en Carabanchel Alto en 1919. Allí siguió hasta que en 1929 fue destinado al colegio María Auxiliadora de Salamanca y al cabo de un año al de Madrid-Paseo de Extremadura. En 1933 volvió a Carabanchel Alto, donde, como enfermero, seguía en 1936.

 

Junto con los demás hermanos de la comunidad del seminario salesiano de Carabanchel Alto, don Juan Codera fue detenido el día 20 de julio de 1936. Durante el traslado desde el Ayuntamiento a las escuelas que sirvieron primero de cárcel, le arrancaron  de las manos el rosario, y recibió como castigo un empujón que casi da con sus huesos en el suelo.

 

Junto con don Enrique Saiz, el coadjutor, don Pablo Gracia, y el aspirante Tomás Gil de la Cal, don Juan Codera estaba refugiado, como ya sabemos, en la pensión Vascoleonesa de la calle Puebla, 17. 

 

El día 25 de septiembre, por la mañana, salió  para ir a la cárcel de Ventas, donde estaba recluida la comunidad de Mohernando, junto con el inspector de la Céltica, don Felipe Alcántara. Le acompañaba el aspirante Tomás Gil de la Cal. Ambos se despidieron indicando que regresarían por la tarde para confirmarles las noticias sobre una posible entrada en Toledo de las tropas de Franco.

 

A primera hora de la tarde, pues, tras la comida, salió otra vez de la pensión acompañado igualmente por el aspirante Tomás Gil de la Cal. Visitó primero, en la pensión Arriba, a don Juan Castaño y don Maximiliano Francoy. Allí se le intentó persuadir para que no volviera a la cárcel de Ventas, pero el coadjutor dijo que no pasaría nada. No se supo más de él ni del aspirante que le acompañaba. Parece ser que, a ambos, los detuvieron en las cercanías de la cárcel, la misma tarde del 25 de septiembre. Las frecuentes visitas a los salesianos allí detenidos, habían avivado las sospechas de los milicianos, que, finalmente, no sólo los detuvieron a ellos también sino que los asesinaron. Se ignoran las circunstancias de su muerte.

 

VIRGILIO EDREIRA MOSQUERA, clérigo

 

En julio de 1936, don Virgilio Edreira tenía 26 años y llevaba tres de prácticas pedagógicas en Carabanchel Alto. Había nacido en La Coruña el 27 de noviembre de 1909. Fue aspirante en el colegio salesiano de La Coruña, en Astudillo (Palencia) y en Madrid-Paseo de Extremadura. El 12 de octubre de 1931 profesó como salesiano en Mohernando, Guadalajara, donde permaneció para estudiar la filosofía. En 1933 fue destinado a Carabanchel Alto para el trienio práctico.

 

Al producirse el asalto al seminario salesiano, el 20 de julio, don Virgilio se pudo camuflar entre los aspirantes. Inadvertido, pues, se trasladó con ellos al colegio de Santa Bárbara.

 

Pero allí su vida corría peligro. Por eso se trasladó al domicilio de doña Cristina Cobo, hermana de Esteban y Federico Cobo Sanz, salesiano y aspirante respectivamente. Con ellos estuvo allí hasta que el acoso de los vecinos le obligó de nuevo a cambiar de domicilio. Parece que se dirigió a la pensión donde residía su hermano Francisco, clérigo trienal del colegio de Madrid-Paseo de Extremadura. Vivieron juntos hasta el día de su detención.

 

Tanto mientras estuvo en casa de los hermanos Cobo como luego en la pensión con su hermano Francisco, Virgilio desarrolló una actividad intensa y continua. Recogía las noticias que saltaban de boca a boca en la calle y las comunicaba a los Superiores. Visitaba a los salesianos presos en la cárcel de Ventas, recorría las pensiones y domicilios donde estaban refugiados otros y servía de enlace entre el inspector, encarcelado, y los hermanos de la ciudad.

 

Las visitas que solía hacer a los aspirantes que permanecían en Santa Bárbara levantaron sospechas entre los milicianos. Hasta que fue identificado como religioso. Un día le siguieron de lejos, espiaron su domicilio y, a la noche, le detuvieron junto a su hermano Francisco.

 

Según la narración de un testigo directo, los hermanos Edreira estuvieron en  la checa de Marqués de Riscal, 1, antes de su asesinato por ser religiosos salesianos, el 29 de septiembre de 1936. De ambos hermanos fusilados, hay fotografías.[15] 

 

PABLO GRACIA SÁNCHEZ, coadjutor

 

Este coadjutor salesiano de 44 años, llevaba tres en Carabanchel Alto cuando arreció la persecución que le condujo al martirio. Don Pablo había nacido en Lérida el 23 de marzo de 1892. En 1917, entró en la casa salesiana de Huesca y dos años más tarde empezó el noviciado en Carabanchel Alto. Allí profesó como salesiano en 1920.

 

Su primer destino fue Orense, donde estuvo cinco años. El curso 1926-1927 estuvo en Sarriá, y después cuatro años en Gerona. Los dos cursos 1931-1933 los pasó en Orense de nuevo, y los tres últimos de su vida, en Carabanchel Alto.

 

Con la comunidad del seminario salesiano de la que formaba parte, corrió todos los riesgos y penalidades que ya conocemos, hasta que se instaló en la pensión Vascoleonesa. La abandonó el 25 de septiembre, según consta en los registros de la misma, sin que dejara constancia de su nuevo domicilio ni de la razón de su traslado.

 

Se sabe que estuvo unos días en Antonio Grilo, 6, con don Ramón Eirín, y que su última residencia fue el domicilio del antiguo alumno don Martín Moreno, en la calle Suero de Quiñones, 8.

 

Denunciado como religioso, allí le detuvieron junto con una religiosa de la Sagrada Familia, hermana de don Martín Moreno. A ambos los condujeron a la checa instalada en el palacio episcopal, y los sometieron a severos interrogatorios.

 

Ninguno de los dos  negó su condición de religiosos, si bien sólo don Pablo fue asesinado por este motivo. Según pudo deducir la religiosa tras escuchar a un miliciano decir: “Él se encuentra bien; ya no le duele nada”[16], a don Pablo Gracia lo fusilaron hacia mediados del mes de diciembre de 1936. Se desconoce, no obstante, el lugar y la fecha exacta de su muerte. 

 

CARMELO JUAN PÉREZ RODRÍGUEZ, subdiácono

 

Había pasado en Carabanchel Alto todos los años de su vida salesiana, desde que, como novicio, entró en 1926, hasta que, en 1933, dejó la casa para ir a cursar la teología en Turín. Cuando, en julio de 1936, se produjo el alzamiento militar, hacía pocos días que había regresado de Turín a Carabanchel Alto, recién acabado el tercer curso de teología.

 

Don Carmelo nació en Vimianzo, La Coruña, el 11 de febrero de 1908. Apenas cumplidos los diez años, entró en el colegio salesiano de Vigo. Hizo el noviciado en Carabanchel Alto, donde profesó como salesiano en 1927.

 

En 1933 iniciaba los estudios teológicos en el seminario internacional salesiano de la Crocetta-Turín. Allí recibió el orden del subdiaconado al acabar el tercer curso, el 5 de julio de 1936. Habiendo regresado a Carabanchel Alto para pasar las vacaciones de verano, a los 13 días de haber sido ordenado, comenzaría la guerra que le llevaría hasta el martirio.

 

Al verse sorprendido por los sucesos revolucionarios de julio, siguió la misma suerte de todos los salesianos de la casa de Carabanchel Alto, yendo finalmente, cuando salió de la Dirección General de Seguridad por segunda vez, a la pensión  Nofuentes, situada en la calle Puebla, 17. De allí, reconocido como religioso, el día 1 de octubre de 1936, se lo llevaron definitivamente detenido junto con la dueña de la pensión, dos religiosas, las dos empleadas, los salesianos, don Pedro Artolozaga y don Manuel Borrajo, y los dos primos Mata. En el coche que les esperaba en el portal para el “paseíto”[17] solamente subieron don Carmelo, Juan de Mata y su primo Higinio. Los más probable es  que los tres fueran conducidos directamente a un lugar –desconocido- donde los fusilaron. 

 

TEÓDULO GONZÁLEZ FERNÁNDEZ, estudiante de teología

 

En julio de 1936, con 25 años, Teódulo acababa de terminar el segundo curso de teología en Carabanchel Alto. Había nacido en  Castrillo de Murcia, Burgos, el 2 de abril de 1911. En 1923 entró como aspirante en la casa salesiana de Baracaldo pasando después a las de Béjar y Astudillo. Hizo el noviciado en Carabanchel Alto, donde profesó como salesiano en 1929. Realizados los estudios filosóficos en Mohernando (Guadalajara), fue destinado para las prácticas pedagógicas al colegio salesiano San Juan Bautista de Estrecho en Madrid. Acabado el trienio, en otoño de 1934 inició en Carabanchel Alto los estudios teológicos.

 

Finalizado el segundo curso, lo destinaron, durante el verano, a la casa salesiana de Estrecho. Se desconoce dónde encontró refugio después del asalto al colegio. Sí parece que, para resguardarse de posibles registros y molestias, acudía a la Biblioteca Nacional a leer y a estudiar, y que de allí, denunciado como religioso, se lo llevaron detenido unos milicianos, el día 8 de septiembre de 1936, y lo fusilaron.

 

Al día siguiente, 9 de septiembre, se recibió un aviso telefónico en la comisaría de Cuatro Caminos. Comunicaban que en el camino de Maudes yacía un cadáver que presentaba varias heridas producidas por arma de fuego. Por la documentación personal que llevaba consigo quedó inmediatamente identificada su personalidad. Era don Teódulo González, salesiano. Durante los años de su vida salesiana se había caracterizado por ser uno de esos hombres que viven a nuestro lado sin que nadie repare en ellos y, sin embargo, realizan concienzudamente su callada labor. Teódulo era un salesiano minucioso, ordenado, metódico, servicial, muy trabajador y amante del estudio. Realzaba y embellecía las funciones litúrgicas con su Pequeño Clero, al que él sabía preparar y adiestrar, impulsado por su piedad y espíritu litúrgico.

 

TOMÁS GIL DE LA CAL, aspirante

 

Según ha quedado dicho ya, al salesiano coadjutor don Juan Codera le acompañaba un aspirante a la vida salesiana, el día que fueron a visitar, por la mañana y por la tarde, a los salesianos presos en la cárcel de Ventas. Este aspirante, Tomás Gil de la Cal, que desapareció con don Juan Codera el mismo día 25 de septiembre de 1936, estaba refugiado con él y otros salesianos en la pensión Vascoleonesa. Las circunstancias de su martirio, nos son, pues, conocidas ya.

 

Nacido en Guzmán, Burgos, Tomás fue educado por unos padres cristianos que, además de cumplir con las obligaciones religiosas, fomentaban en la familia el amor a la Virgen con el rezo del Rosario. Él, por su parte, no descuidó desde muy joven las obligaciones del buen cristiano. En cierta ocasión, hallándose con otros jóvenes en la ciudad de Burgos, y mientras éstos pensaban en divertirse, él se abstuvo de acompañarles, alegando que deseaba ir a confesarse. Tomás era una persona buena con todos, incapaz de hacer daño a nadie. El día 7 de marzo de 1898, había llegado a la casa de Carabanchel Alto como empleado doméstico, pero, en contacto con los hijos de don Bosco, sintió la llamada de hacerse coadjutor salesiano. No llegaron a cumplirse sus deseos, pues, como ya sabemos, Tomás, se vio envuelto, en la persecución religiosa desencadenada poco después del alzamiento militar contra la República del Ejército de África. Su asesinato por odio a la fe impidió que se pudiera realizar su deseado proyecto de vida. Valeroso al hacer el bien a sus hermanos, Tomás no temió el martirio; al contrario, se puede decir que lo deseaba; cosa que consta implícitamente por el hecho de acompañar a don Juan Codera por segunda vez el mismo día.

 

FEDERICO COBO SANZ, aspirante

 

El, también, aspirante a la vida salesiana Federico Cobo Sanz llevaba en Carabanchel Alto tres cursos, cuando le sorprendió la persecución que afrontó –a sus 16 años y 8 meses- junto a su hermano, salesiano residente, igualmente, en Madrid.

 

Federico había nacido en Rábano, Valladolid, el 16 de noviembre de 1919. Siguiendo el camino señalado por su hermano mayor don Esteban, entró en el aspirantado salesiano de Carabanchel Alto a los 14 años.

 

En el asalto al seminario salesiano el 20 de julio de 1936, Federico fue, igual que todos sus compañeros, llevado al cercano colegio militar Santa Bárbara. De allí, al día siguiente, se lo llevó su hermana doña Cristina Cobo que vivía en Madrid. En su casa estaba ya el hermano de ambos, don Esteban Cobo, salesiano.

 

Mientras los dos hermanos estuvieron refugiados en casa de su hermana doña Cristina, practicaban vida recogida, que les facilitaba llevar a cabo sus prácticas religiosas. Frecuentaban, además, la Biblioteca Nacional, para resguardarse de registros y pesquisas de los milicianos al mismo tiempo que leían y estudiaban.

 

El 22 de septiembre de 1936, a las siete y media de la mañana, cuatro milicianos irrumpieron en el piso de doña Cristina Cobo y se llevaron detenidos a Federico y a su hermano don Esteban. Dijeron que los llevaban a la Dirección General de Seguridad, pero no fue así. Sus cadáveres aparecieron expuestos el día siguiente en el Depósito Judicial de Santa Isabel. En las fichas del juzgado constaba que habían sido asesinados en Puerta de Hierro. De los dos hermanos fusilados, hay fotografías.[18]

  

HIGINIO DE MATA DÍEZ, aspirante

 

El aspirante Higinio de Mata Díez, asesinado junto con don Carmelo Pérez y su primo Juan de Mata, de las casas de Carabanchel Alto y Atocha respectivamente, había nacido en Ubierna, Burgos, el 10 de enero de 1909. Sus padres lo educaron en una vida espiritual sencilla y robusta, alimentada con sólidas devociones: comulgaba con frecuencia y rezaba diariamente el rosario en familia. Invitado por su paisano, también asesinado, don Enrique Saiz, a sus 25 años entró a trabajar en la casa salesiana de Carabanchel Alto, seguramente con la perspectiva de llegar a ser coadjutor salesiano.

 

Con don Enrique y otros salesianos de la comunidad de Carabanchel Alto, Higinio estuvo primero refugiado en la pensión Loyola de la calle Montera, 10, de Madrid. Luego se instaló en la pensión Nofuentes de la calle Puebla, 17. Preguntando por una religiosa, se presentaron allí unos milicianos el día 1 de octubre de 1936. Insatisfechos con la respuesta negativa dada por la dueña de la pensión, los milicianos interrogaron a los presentes por la “pinta de frailes que tenían”. De nada sirvió que tanto Higinio como su primo Juan dijeran que no lo eran. Detenidos, pues, todos, cuando ellos dos y don Carmelo Pérez, salieron a la calle fueron inmediatamente introducidos en un coche y conducidos directamente a un desconocido lugar donde los fusilaron.

 

La virtud característica de Higinio fue la humildad, a la cual hacían corona una amabilidad exquisita y una obediencia a toda prueba. Poco antes de la rebelión militar contra la República, había hecho los Ejercicios Espirituales en los que tuvo el presentimiento de su próximo martirio. En efecto, el 9 de julio de 1936 escribía a sus hermanos: “ [...], creo que no volveréis a  verme más, únicamente en el Cielo, si Dios quiere”.

  

LOS MÁRTIRES DE LA CASA SALESIANA DE ATOCHA / MADRID

 

Fundada en 1899, la casa salesiana de la madrileña Ronda de Atocha tenía en 1936 más de 500 alumnos, de ellos 72 internos. Contaba con seis talleres de formación profesional, enseñanza correspondiente a los estudios de Comercio y clases de enseñanza elemental.

 

Domingos y festivos se reunían, además, en el oratorio, más de 1.000 jóvenes de los barrios de Lavapiés, Delicias y Atocha. Era esta una labor por la que los Salesianos habían logrado granjearse muchas simpatías en estos populares barrios. No obstante, las restrictivas leyes de la República respecto de la enseñanza religiosa, habían obligado a realizar algunas modificaciones en la organización del centro. Concretamente, desde el curso 1934, el colegio comenzó a depender de la Mutua Escolar Católica, una asociación formada por antiguos alumnos del colegio en su mayoría.

 

Además de estas actividades escolares y oratorianas, funcionaban, también, en la casa Salesiana de Atocha, un floreciente centro de antiguos alumnos, una agrupación scouts, y la archicofradía de María Auxiliadora. Se atendía una iglesia pública y la casa era, además, sede del inspector y de la organización inspectorial.

 

La persecución

 

Hasta el domingo 19 de julio, no había ocurrido nada especial en el colegio San Francisco de Sales de la Ronda de Atocha. Este día, por la mañana, la iglesia estuvo abierta y, por la tarde, hubo también oratorio. Fue al salir los oratorianos del cine para dirigirse a sus casas, cuando repentinamente la puerta principal del colegio se vio bloqueada por camiones de milicianos que, tras asaltarlo, procedieron a detener a todos los salesianos.

 

Un grupo de ellos, detenido en la calle, fue obligado a subir a un camión que los llevó hasta la Dirección General de Seguridad, en cuyos calabozos permanecieron algunos días. Luego, varios de ellos serían conducidos a la cárcel Modelo, y los demás, puestos en libertad.

 

Otro grupo de detenidos que se había quedado en la portería, la mayoría salesianos y algún antiguo alumno, fueron colocados mirando a la pared para ser fusilados. Sólo la irrupción en la portería de una sección de guardias de asalto lo impidió. El brigada de dicha sección lograría, además, que los milicianos se retiraran del colegio. Aunque por poco tiempo. 

 

Efectivamente. Al día siguiente, 20 de julio, por la mañana, los milicianos pegaron primero fuego al colegio, e, inmediatamente, se produjo un nuevo asalto y la consiguiente –ahora sí- incautación del edificio. Los  salesianos, detenidos nuevamente,  permanecieron allí hasta que, aprovechando un descuido de quien vigilaba el teléfono, se logró avisar al comandante-médico de la Guardia Civil don Juan Ardizone, que envió al colegio a un grupo de la Benemérita al mando de un brigada. Éstos liberaron a los salesianos de los milicianos que los habían detenido tras el asalto y se ofrecieron para llevarlos a donde desearan. Recalaron en la pensión Abella de la calle san Bernardo, 13.

  

Los mártires

 

De los 29 salesianos: 8 sacerdotes, 2 clérigos y 19 coadjutores, de la comunidad de la Ronda de Atocha, expulsados del colegio el 19 y 20 de julio, y refugiados desde ese momento en diversas pensiones y otros domicilios de Madrid, sufrieron el martirio dos clérigos trienales: Justo Juanes Santos, nacido en la localidad salmantina de San Cristóbal de la Cuesta, y Victoriano Fernández Reinoso, de Campos (Orense);  cinco coadjutores: Emilio Arce Díez, de San Martín de Ubierna (Burgos), Ramón Eirín Mayo, de La Coruña, Mateo Garolera Masferrer, de San Miquel de Olladels (Gerona), Anastasio Garzón González, de Madrigal de las Altas Torres (Ávila) y Francisco José Martín López de Arróyave, de Vitoria-Gasteiz (Álava). A ellos se añade un seglar empleado en la casa: Juan de Mata Díez, nacido en la localidad burgalesa de Ubierna.

 

En diversas fechas de los meses de noviembre y diciembre de 1936, fueron fusilados un clérigo trienal y tres coadjutores. Sus restos mortales descansan en el cementerio de la localidad madrileña de Paracuellos del Jarama. De los cuatro mártires de esta casa salesiana de Atocha que restan hasta hacer un total de ocho, un coadjutor fue ejecutado en la Casa de Campo de Madrid el 23 de julio. Sus restos se sabe que reposan en una fosa común del cementerio de la Almudena. Del otro clérigo asesinado también el 23 de julio y del coadjutor y el seglar empleado en la casa, asesinados en octubre, se desconoce el lugar de su martirio y, por consiguiente, tampoco hay noticia del sitio en el que fueron inhumados sus restos mortales.        

 

JUSTO JUANES SANTOS, clérigo

 

Este clérigo trienal de la casa de Atocha, asesinado en Paracuellos del Jarama, nació en San Cristóbal de la Cuesta, Salamanca, el 31 de mayo de 1912. Era de carácter fuerte, decidido, noble corazón, sin respetos humanos para cortar a tiempo toda murmuración, particularmente contra sacerdotes o su maestro. A los 13 años, ingresó en el aspirantado de Astudillo y, de allí pasó al colegio San Miguel Arcángel de Madrid. Hizo el noviciado en Mohernando (Guadalajara), donde profesó en 1932. Realizados allí mismo los estudios de filosofía, lo destinaron a la casa de Madrid-Atocha para sus prácticas pedagógicas. En julio de 1936 le faltaba todavía un año para terminarlas.

 

Cuando, entre el 19 y 20 de julio, los salesianos de la comunidad de Atocha se vieron obligados a marcharse del colegio, don Justo se refugió en una pensión de la calle Fuencarral, 154. Unos días más tarde se le unió el coadjutor salesiano don Andrés García, también del colegio de Atocha, que había estado detenido en la Dirección General de Seguridad con otros salesianos de la misma comunidad.

 

Don Justo, don Andrés, y la dueña de la pensión, fueron detenidos el 9 de octubre. Al primero, los milicianos que realizaron la inspección, le habían encontrado algunos objetos religiosos. Después de pasar la noche en la Dirección General de Seguridad, tanto don Justo Juanes como don Andrés García, ingresaron en la cárcel Modelo. De allí, el clérigo trienal pasó a la cárcel de San Antón, donde permaneció hasta que, junto con otros dos salesianos de la comunidad de Atocha también, don Anastasio Garzón y don Valentín Gil, salió para ser fusilado en Paracuellos del Jarama el día 28 de noviembre de 1936. Los tres  partieron hacia la muerte con gran firmeza de ánimo, según un testigo presencial.

 

VICTORIANO FERNÁNDEZ REINOSO, clérigo

 

Otro clérigo de la comunidad de Atocha desaparecido pocos días después de que se desencadenara la violenta persecución religiosa de 1936, fue don Victoriano Fernández, nacido el 27 de enero de 1913 en Campos, Orense. En 1926 entró en la casa de Allariz y, de allí, pasó como aspirante al colegio San Miguel Arcángel del madrileño Paseo de Extremadura. Hizo el noviciado en Mohernando (Guadalajara), donde profesó como salesiano en 1933. Allí mismo hizo los cursos de filosofía. A mediados del curso 1935-1936, fue destinado a la casa de Atocha, como maestro y asistente.

 

Según se recoge en la Positio (Summarium, pág. 46, n. 72), “la virtud en que más se distinguió (don Victoriano) fue la obediencia, pues se sometía sin réplica y con decidida prontitud a cualquier trabajo aún difícil y penoso”.

 

En el caos producido después del primer intento de asalto al colegio el día 19 de julio, don Victoriano y el coadjutor don Emilio Arce, lograron evadirse. Se ignora dónde se refugiara don Victoriano en esos primeros momentos. El día 22 de julio, por el contrario, sí se sabe que se instaló en la pensión La Giralda, en la calle Esparteros, 6, donde también se había refugiado don Emilio Arce. Ambos decidieron ir al colegio el 23 de julio. Cuando, en compañía de un antiguo alumno, subían por la calle Argumosa, fueron reconocidos como religiosos salesianos y unos milicianos que rondaban por allí los detuvieron y condujeron al comité socialista de la calle Valencia. Poco tiempo después, don Emilio y el mencionado antiguo alumno que acompañaba a los dos salesianos en el momento de la detención, fueron puestos en libertad. No se ha podido averiguar, sin embargo, nada de lo sucedido, posteriormente, a don Victoriano, ni el lugar donde fuera asesinado y sepultado.

 

EMILIO ARCE DÍEZ, coadjutor

 

El mismo día que don Victoriano Fernández, desapareció también este coadjutor salesiano de la comunidad de Atocha nacido en San Martín de Ubierna, Burgos, el 31 de octubre de 1908. Entró como aspirante en la casa salesiana de Baracaldo y luego pasó al noviciado de Carabanchel Alto. Allí profesó como salesiano en 1926. Con votos temporales estuvo en las casas de Sarriá, Astudillo y La Coruña. De 1931 a 1933 estuvo destinado de nuevo en Astudillo; después, en Carabanchel Alto durante un curso y, a partir de 1934, en Madrid-Atocha, donde será otro de los salesianos de la comunidad víctima de la persecución religiosa.

 

Según lo narrado ya, don Emilio y don Victoriano venían de visitar el colegio de Atocha, el día 23 de julio, cuando ambos fueron detenidos junto con un antiguo alumno que les acompañaba, en las cercanías de dicho colegio. Aunque poco tiempo después, tanto el antiguo alumno como don Emilio fueron puestos en libertad, el salesiano no regresó, sin embargo, a la pensión La Giralda, en la calle Esparteros, 6, donde, como ya se ha dicho, estaban refugiados él y don Victoriano Fernández. Parece que aquella misma tarde del día 23 de julio que lo liberaron, le detuvieron nuevamente cerca del colegio. Algunos testigos “de oídas’ afirman que fue conducido a la Casa de Campo. Que antes de ser ejecutado pidió licencia a sus asesinos para hablar, y se la concedieron. El gritó por tres veces: “Viva Cristo Rey”, y cayó víctima de la descarga.[19]

 

Al día siguiente se exhibía su cadáver en el depósito judicial de Santa Isabel, y fue perfectamente reconocido e identificado por varias  personas. De este coadjutor salesiano fusilado, se conserva una fotografía.[20]

 

 

RAMÓN EIRÍN MAYO, coadjutor

 

Don Ramón Eirín es otro de los coadjutores de la madrileña casa de la Ronda de Atocha asesinados en diciembre de 1936. Nació el 26 de agosto de 1911 en La Coruña. Alumno del colegio salesiano coruñés, en el taller de carpintería, sintió nacer su vocación: al principio aspiraba al sacerdocio; pero pronto comprendió que Dios le quería coadjutor apóstol entre los obreros, según el espíritu de don Bosco.

 

Hizo el noviciado en Mohernando (Guadalajara), donde profesó como salesiano en 1930. Para perfeccionarse en su oficio, fue enviado a San Benigno Canavese (Turín), donde estuvo des 1932 hasta 1935. Destinado a la casa de Atocha, la persecución truncó al cabo de un año su apostolado entre los alumnos carpinteros, que lo recordarán siempre muy virtuoso y con un espíritu que comunicaba a cuantos le rodeaban.

 

El día 19 de julio, cuando los milicianos iniciaron el asalto al colegio, don Ramón saltó por una ventana a la calle y se puso a salvo en el portal de un edificio cercano. Al obligarle los porteros de la casa a marcharse de allí, se dirigió primero a la pensión Vigo, situada en la plaza de Santo Domingo. Luego pasó a otra situada en la calle Antonio Grilo, 6.

 

Algún tiempo después, don Ramón se puso a trabajar como enfermero en el asilo de Ancianos Incurables de la calle Atocha. Allí le detuvieron el 15 de diciembre de 1936. Eran las seis de la tarde. Dos desconocidos entraron en el hospital, acompañados de milicianos y se lo llevaron. No se supo más de él. Permanece en la penumbra el lugar de su asesinato y sepultura. Lo más probable es que fuera fusilado en Paracuellos del Jarama y esté enterrado en el cementerio de esa localidad madrileña.

 

MATEO GAROLERA MASFERRER, coadjutor

 

El salesiano que estaba encargado de recoger las limosnas de los cooperadores de la casa de Atocha en 1936, nació el 11 de noviembre de 1888 en San Miquel de Olladels, Gerona. A sus 25 años entró como empleado doméstico en la casa de Sarriá y, ganado por el ambiente de familia de esa casa salesiana, marchó al noviciado de Carabanchel Alto. Allí profesó como coadjutor salesiano en 1916.

 

Después de pasar un año en Sarriá, de 1917 a 1923 estuvo en La Coruña. Seguidamente estuvo seis años en Orense y de 1929 a 1936 en Madrid-Atocha, donde sufrió la persecución que le condujo al martirio.

 

Don Mateo, igual que los demás salesianos de la comunidad, se vio sorprendido por las milicias en el asalto a la casa de Atocha. Alineado con otros hermanos de cara a la pared, bajo la amenaza de los fusiles, sacó serenamente su rosario y comenzó a rezar. Alguien se lo tachó de imprudencia, pero él replicó: “¿Por qué nos vamos a avergonzar de aparecer lo que somos?” Uno de los milicianos le instó amenazadoramente a que lo tirara, él se negó. “¡Qué importa que me maten! –dijo-, más pronto iré al cielo”. Y siguió rezando.

 

La llegada de los guardias de asalto procuró, como sabemos, la libertad a los salesianos. Don Mateo se dirigió entonces a la portería del domicilio de los condes de Plasencia, en la calle Juan Bravo, 32, donde estuvo refugiado durante quince días. Para no causar problemas a sus protectores se procuró después alojamiento en la calle Santa Isabel, 40, en casa de una cooperadora salesiana. También tuvo que marcharse de allí ante la manifiesta hostilidad de algunos vecinos del inmueble.

 

Parece que el refugio de don Mateo, desde aquel momento, fue la pensión Loyola. Al menos, allí fue donde le detuvieron el día 1 de octubre de 1936. Al pedirle la documentación, don Mateo presentó unos libros religiosos. Su hablar lento y calmoso en el interrogatorio, sirvió a los milicianos para dictaminar: “Hasta en el habla se le conoce que es fraile”. Inmediatamente fue arrestado y conducido a la checa de Fomento. En ella se encontró con los salesianos detenidos en la pensión Nofuentes. Pero la suerte final de don Mateo permanece velada. Probablemente, fue fusilado el 2 de octubre de 1936.

 

ANASTASIO GARZÓN GONZÁLEZ, coadjutor

 

Forma parte también del grupo de salesianos asesinados en Paracuellos del Jarama. Nació en Madrigal de las Altas Torres, Ávila, el 7 de septiembre de 1908. En 1923 entró como alumno de mecánica en las escuelas salesianas de Atocha, de donde pasó al noviciado de Carabanchel Alto. Allí profesó como salesiano en 1929. Desde este año, hasta que renovó los votos en 1932, perteneció a la comunidad de A Coruña. Seguidamente estuvo en San Benigno Canavese (Turín), perfeccionándose en la mecánica, y los dos últimos años, de 1934 a 1936, en la casa de Atocha.

Buen maestro y celoso asistente, don Anastasio se desvivía por sus alumnos, que le correspondían con verdadero afecto.

 

Luego del asalto al colegio, la tarde del día 19 de julio, este coadjutor salesiano de la casa de Atocha se refugió durante unas horas en casa de un antiguo alumno. Seguidamente pasó al domicilio de otro conocido del colegio, que también se vio obligado a abandonar dos días después, debido a  varios registros del mismo practicados por milicianos. El día 27 de julio llegó a la pensión Asturiana, en la calle Abada, 10, pidiendo albergue. En ella se unió al sacerdote salesiano don Fortunato Saiz. Allí le detuvieron dos hombres armados, el 7 de septiembre, por ser salesiano. Fue llevado a la Dirección General de Seguridad y recluido en los calabozos hasta que, a las cinco de la madrugada, salió de allí camino de la cárcel Modelo. Todavía sufrió don Anastasio otro traslado a la cárcel de San Antón el día 16 de noviembre. Le instalaron en una de las grandes galerías, donde estuvo hasta el día 28 del mismo mes. Salió para la muerte en una de las sacas de presos asesinados en Paracuellos del Jarama, el día 28 de noviembre.

 

FRANCISCO JOSÉ MARTÍN LÓPEZ DE ARRÓYAVE, coadjutor 

 

En  Paracuellos del Jarama, pero en una saca anterior, fue asesinado también este otro coadjutor  de la casa de Atocha, nacido el 24 de septiembre de 1910, en Vitoria-Gasteiz, Álava. A los cuatro años frecuentaba ya el colegio de los Marianistas, en el cual hizo el Bachillerato. Comprendiendo que Dios le llamaba al estado eclesiástico, ingresó en el Seminario de Vitoria donde cursó la Filosofía. Con veinte años, pidió ser admitido en la Congregación Salesiana, tras haber estudiado y experimentado en Baracaldo, Santander y Pamplona, la que sería su futura vida. Hizo el noviciado en Mohernando (Guadalajara), donde profesó como salesiano coadjutor en 1933. El primer año de profeso estuvo en el colegio de Madrid-Paseo de Extremadura, y los dos siguientes en el de Atocha, donde estaba en julio de 1936.

 

En estos pocos años, este salesiano coadjutor destacaría por su celo apostólico en las dos casas a las que estuvo destinado, sobre todo en la de Atocha.

 

Don Francisco José fue detenido el mismo día 19 de julio en la esquina de la calle José Antonio Armona, junto al colegio. Le condujeron primero a la Dirección General de Seguridad y, a los tres días, le recluyeron con otros salesianos y antiguos alumnos en la cárcel Modelo. Allí permaneció hasta la madrugada del 7 al 8 de noviembre que fue sacado para ser “trasladado” a la cárcel de Alcalá. Nunca llegó pues le fusilaron el día 8 de noviembre a las diez y media de la mañana, en Paracuellos del Jarama. Aunque la primera fecha que se dio de su muerte fue el día 9 de noviembre, no parece exacta, pues las “sacas en masa” se interrumpieron el día 8. Tampoco está comprobada la existencia de expediciones numerosas el día 9 de noviembre.

 

JUAN DE MATA DÍEZ, seglar

 

Este empleado en la casa de Atocha desapareció el mismo día que su primo Higinio de Mata, aspirante, y el salesiano don Carmelo Pérez, ambos de la casa de Carabanchel Alto. Juan había nacido en Ubierna, Burgos, el 11 de febrero de 1903. Desde pequeño, se sintió estimulado por el ejemplo de su padre, fervoroso católico. Hasta los 14 años, Juan asistió a la escuela del pueblo distinguiéndose por su conversación limpia, carácter alegre y buen trato. Trabajó en las faenas agrícolas sin descuidar los deberes religiosos.  Llegó a Madrid, al colegio salesiano de Atocha en 1931, llamado por su paisano don Enrique Saiz, compañero en los sufrimientos y mártir también; se le confió el encargo de recoger los donativos de los cooperadores salesianos, labor que Juan realizaba, según confesión del propio don Enrique, con la máxima diligencia y fidelidad, llegando por ello los Salesianos a depositar en él plenamente su confianza. Optimista y afable con todos, Juan se supo ganar las simpatías de cuantos lo trataron.

 

Después del inesperado asalto a la casa de Atocha el día 19 de julio, este empleado de la misma recaló en la pensión Loyola, de la calle Montera, 10. Allí se unió a otros salesianos de la casa de Carabanchel Alto. Con ellos se trasladó seguidamente a la pensión Nofuentes de la calle Puebla, 17, donde, unos milicianos que registraron la pensión y lo reconocieron como “religioso”, le detuvieron el día 1 de octubre de 1936. Junto con su primo, el aspirante Higinio de Mata, y el salesiano don Carmelo Pérez, de la casa salesiana de Carabanchel Alto, ya sabemos que Juan subió a un coche que esperaba en la puerta de la pensión y, con toda probabilidad, le condujeron directamente a un lugar desconocido donde lo fusilaron.

 

 

LOS MÁRTIRES DE LA CASA SALESIANA DE ESTRECHO / MADRID

 

La casa salesiana de Estrecho se fundó en 1922, en la calle Francos Rodríguez de Madrid. En 1936, la comunidad contaba con 10 salesianos: 8 sacerdotes, un clérigo y un coadjutor. Era una comunidad que atendía a unos 700 alumnos de enseñanza elemental externos y, los días festivos a unos 300 oratorianos. Desde su iglesia, abierta al público, se promovió también en el barrio la devoción a María Auxiliadora, que dio como resultado la fundación de una floreciente asociación de devotos. El externado había favorecido, por otro lado, el desarrollo de la asociación de antiguos alumnos con diversas actividades.

 

La persecución

 

Para la comunidad salesiana de Estrecho, la persecución se puede decir que se inició unos meses antes de que comenzara la Guerra civil. En efecto, a raíz del bulo de los caramelos envenados,[21] el colegio de Estrecho sufrió también, en mayo de 1936, los ataques de las masas descontroladas. No obstante, a diferencia de otros colegios religiosos de la zona, como el de las Salesianas de Villaamil,[22] el de Estrecho se libró en esta ocasión de ser asaltado e incendiado. La presencia de una pareja de la Guardia Civil primero, y de un escuadrón de caballería después, lo impidió.

 

No sucedió lo mismo el 19 de julio. Este día, a la hora de la comida, unos cincuenta milicianos lo invadieron y, desde el comedor donde se encontraban los salesianos, les mandaron salir al patio. Mientras algunos de los asaltantes cacheaban a los salesianos, otros se dedicaron a registrar la casa en busca de las imaginarias armas y riquezas. Hasta que aparecieron dos guardias de asalto que lograron convencer a los milicianos de que a los salesianos sólo había que detenerlos y llevarlos a la Comisaría del distrito. Allí estuvieron  alrededor de cuatro horas y, luego, los trasladaron a la Dirección General de Seguridad donde, tras interrogarlos nuevamente, fueron puestos en libertad.

 

Una vez en la calle, los salesianos fueron a albergarse en domicilios particulares, señalados de antemano. El colegio había quedado convertido en cuartel de milicias.

 

Los mártires

 

De los 10 salesianos que formaban parte de la comunidad de esta casa situada en el barrio obrero de Estrecho en Madrid, fueron sacrificados tres sacerdotes y un coadjutor. De los cuatro que, por separado, se habían refugiado en diversas pensiones y en algún domicilio particular de la capital de España, tres alcanzaron el martirio en distintas fechas de los meses de julio, agosto y septiembre de 1936: Sabino Hernández Laso, nacido en la localidad zamorana de Villamor de los Escuderos, Nicolás de la Torre Merino, de Béjar (Salamanca) y  Salvador Fernández Pérez, de San Pedro de Creciente (Pontevedra); y uno en marzo de 1937: el orensano de Portela-Allariz, Pío Conde. De éste se sabe que fue asesinado cuando era trasladado a Valencia pero se desconoce el lugar donde su cuerpo fue inhumado. Don Salvador Fernández, por el contrario, sí pudo ser identificado –hay una fotografía de él fusilado-[23] y sus restos reposan en el panteón salesiano del cementerio de Carabanchel. De don Nicolás de la Torre, aunque hay también una fotografía de él fusilado,[24] se desconoce donde reposan sus restos. De don Sabino Hernández Laso, por último, también se desconoce el lugar donde fue asesinado. Veamos ahora algunos detalles más de la biografía y martirio de estos cuatro salesianos mártires del colegio San Juan Bautista de Estrecho.

     

PÍO CONDE CONDE, sacerdote

 

Este salesiano de la casa de Estrecho que, unos meses antes de julio de 1936, había experimentado ya en su persona lo que suponía ser agredido por la multitud incontrolada, nació el 4 de enero de 1887 en Portela-Allariz, Orense. A los 15 años ingresó en las escuelas salesianas de Sarriá-Barcelona. Allí mismo hizo el noviciado y profesó como salesiano en 1906. Recibió el presbiterado en Orihuela en 1914.

 

Estrenó su sacerdocio en Valencia. De allí pasó a Béjar y, en 1923, al colegio María Auxiliadora de Santander. En 1927 fue destinado a Vigo-San Matías, y por último, en 1933, llegó a la casa madrileña de Estrecho, como encargado de la iglesia.

 

El 19 de julio de 1936 sufrió con su comunidad el asalto al colegio y los vejámenes de la multitud que, a él personalmente, le alcanzaron hasta causarle algunas heridas con derramamiento de sangre incluido . Al concedérsele la libertad en la Dirección General de Seguridad, unos amigos le acogieron en su casa en donde permaneció unos meses escondido. Por el mes de octubre de 1936, se le procuró refugio diplomático en la embajada de Finlandia. Pero ésta fue asaltada el día 3 diciembre y las personas allí acogidas trasladadas en bloque a la cárcel de San Antón. La presión internacional provocó que las autoridades republicanas liberaran a estos detenidos. Don Pío, al salir, se instaló en una pensión pero, aún con la identidad de un sobrino suyo, fue detenido de nuevo y llevado a la comisaría de Estrecho, de donde había partido la denuncia contra él por ser sacerdote salesiano.

 

Al ser mayor de cuarenta y cinco años, se le aplicó la ley de Evacuación, y se le condujo al Refugio de Evacuados de la calle García de Paredes. Estaba bien entrado ya el mes de marzo de 1937. Entre el 16 y el 20 de este mes, parece ser que don Pío fue “evacuado a Valencia”. Se ignora el lugar y el momento en que le asesinaron. “Entre los casos semejantes que se cuentan, a unos los hacían bajar del coche en Alcázar de San Juan, y allí los asesinaban; a otros los llevaban a Valencia, y allí se deshacían de ellos.”[25]

 

SABINO HERNÁNDEZ LASO, sacerdote

 

De la comunidad salesiana del colegio san Juan Bautista del madrileño barrio de Estrecho, antes que don Pío, desapareció el salesiano sacerdote don Sabino Hernández Laso, nacido el 11 de diciembre de 1886 en Villamor de los Escuderos, Zamora. Huérfano de padre desde el año 1894, se encargó con verdadero cariño de su educación el maestro del pueblo, y más tarde, al morir éste, el párroco, quien hizo con él las veces de padre. En 1903 ingresó en el colegio salesiano de San Benito (Salamanca), donde estuvo tres años y luego pasó al noviciado de Carabanchel, donde profesó como salesiano en 1908.

 

En 1916 fue ordenado presbítero en Salamanca, continuando allí un año más con el cargo de catequista. Luego estuvo destinado en Talavera de la Reina, Salamanca, Baracaldo, Béjar, Madrid-Atocha, Santander-Don Bosco, donde fue director durante tres años, y Vigo. A la casa de Estrecho llegó en 1935, como profesor de enseñanza elemental.

 

Fue don Sabino un salesiano de espíritu serio, quizás un poco reservado, muy estudioso, culto, exigente consigo mismo y también con los demás, buen predicador, buen religioso, exacto cumplidor de las Constituciones, las cuales defendía con tesón cuando era menester y a las cuales ajustaba su criterio y su consejo.

 

El día 19 de julio, este sacerdote salesiano sufrió, junto con los demás hermanos de la comunidad de Estrecho, las consecuencias del asalto al colegio. Con todos ellos fue conducido a la Dirección General de Seguridad. Don Sabino llegó sangrando. Al salir libre aquella misma tarde, y tras otros intentos, encontró asilo en el domicilio de doña Ana Fernández Vallejo, en la calle Fuencarral, 10. El día 28 de julio unos milicianos irrumpieron en el piso y le detuvieron por ser sacerdote. Inmediatamente lo llevaron a un desconocido lugar donde lo fusilaron.

  

SALVADOR FERNÁNDEZ PÉREZ, sacerdote

 

Este salesiano que tenía el cargo de confesor en la casa salesiana de Estrecho desde 1935, nació el 29 de julio de 1870 en San Pedro de Creciente, Pontevedra. Entró en las escuelas Salesianas de Sarriá, a sus 19 años. Allí mismo hizo el noviciado y profesó como salesiano en 1891.

 

Acabados los estudios filosóficos, fue destinado al oratorio Don Bosco de Santander. Allí recibió el presbiterado en 1896.

 

Empezó a ejercer el sacerdocio en Málaga, donde estuvo dos años. A continuación fue destinado a Vigo-San Matías y, seis años después, a Santander, un año a la casa Don Bosco y tres a la casa María Auxiliadora. Los años 1910-1913 fue director en Orense y, seguidamente, volvió a Vigo-San Matías. De 1915 a 1922 estuvo en Baracaldo y luego volvió a Orense como confesor. De 1924 a 1928 es encargado de la obra salesiana de Allariz y, los tres años siguientes, director-prefecto de Orense. Antes de llegar como confesor a la casa de Estrecho, estuvo destinado durante cuatro años, 1931-1935, en la casa de Baracaldo, con la misma encomienda.

 

Con los demás salesianos de la comunidad de Estrecho, don Salvador fue a parar a la Dirección General de Seguridad, tras el asalto al colegio el día 19 de julio. Al ser puesto en libertad, se refugió durante algún tiempo en domicilios de diversos parientes. Finalmente, recaló en la pensión Manzano de la calle Libertad, 12. Allí permaneció desde el 28 de agosto hasta el 18 de septiembre de 1936. Este día se presentaron en la pensión unos milicianos que, tras reconocerle como sacerdote, se lo llevaron detenido, primero a la checa de Méndez Álvaro y seguidamente a la de Fomento.

 

El lugar de su sacrificio permanece velado. Diez días más tarde se exponía la fotografía de su cadáver en la Dirección General de Seguridad. 

 

NICOLÁS DE LA TORRE MERINO, coadjutor

 

Este salesiano coadjutor de la comunidad de Estrecho, encargado de recoger los donativos de los cooperadores, nació el 4 de marzo de 1892 en Béjar, Salamanca. Era hijo único de una familia pobre y quedó huérfano de padre cuando tenía 4 años. Frecuentó desde niño el colegio salesiano de su pueblo natal, distinguiéndose ya entonces por su sólida piedad. El 19 de marzo de 1905 entró interno como aprendiz de zapatero en la casa de Sarriá, en Barcelona. El buen  ambiente de la casa suscitó en él un vivo deseo de hacerse salesiano. Hizo el noviciado en la misma casa de Sarriá, donde también profesó como salesiano coadjutor en 1910.

 

Don Nicolás estuvo primero destinado en Valencia y seguidamente pasó a Sarriá. De 1919 a 1931 estuvo en la casa de Atocha, excepto dos cursos, 1925-1927, que estuvo en La Coruña. De 1931 a 1933 estuvo destinado en Vigo-San Matías, y los tres últimos años de su vida en Estrecho. En todas partes se ganó el corazón de sus alumnos por su viva piedad y singular simpatía.

 

Al salir en libertad de la Dirección General de Seguridad parece que se instaló en una pensión de la Colonia del Viso. En ningún momento abandonó don Nicolás su labor de cobro de los recibos de los cooperadores. Con su cartera de cuero bajo el brazo mantenía ininterrumpidamente contacto con ellos. Fue detenido a causa de estas visitas, o, tal vez, por una denuncia personal de alguien que sabía de su condición de religioso. Inmediatamente le condujeron al edificio incautado de las Damas Apostólicas, en la calle Francisco de Rojas, 4. Allí se quedó preso y allí se perdió su rastro. Fue asesinado el 8 de agosto de 1936. Como testimonio queda una fotografía de él fusilado.

 

 

LOS MÁRTIRES DE LA CASA SALESIANA DEL PASEO DE EXTREMADURA / MADRID

 

Una cuarta casa salesiana de Madrid con víctimas de la persecución religiosa desencadenada en la zona de la España republicana durante la Guerra civil de 1936-1939, fue la del Paseo de Extremadura. Situada en el número 11 de la calle del arquitecto Repullés y Vargas, fue abierta en 1926, con internado y bachillerato. En 1936 tenía 175 alumnos bachilleres y 225 de enseñanza elemental, 400 en total, un tercio de los cuales eran internos. Se atendía también un oratorio festivo abierto a la barriada.

 

La persecución

 

Igual que en el colegio de Estrecho, en el del Paseo de Extremadura, empezaron a sentirse los efectos de la revolución antes de producirse el alzamiento. Por eso, las autoridades habían destacado en él una pareja de la Guardia Civil. No obstante, fue a partir del 18 de julio cuando comenzaron a agolparse las vicisitudes más trágicas por las que había de pasar la comunidad salesiana.

 

Todo empezó el 19 de julio cuando, tras recibirse la noticia de que acababan de asaltar el colegio de Estrecho, los salesianos de la casa del Paseo de Extremadura decidieron marcharse de allí e ir en busca de un refugio más seguro en domicilios particulares. Tres días después, el 22 de julio, se produjo el asalto y el colegio fue incautado para Hospital de Sangre.

 

Los mártires

 

Para atender a las clases, al internado y al oratorio festivo, en el colegio San Miguel Arcángel del Paseo de Extremadura, había una comunidad de la que formaban parte 13 salesianos: 5 sacerdotes, 6 clérigos y 2 coadjutores, de los que fueron inmolados casi la mitad: dos sacerdotes: el asturiano de San Cristóbal de Priero, Germán Martín Martín, y el valenciano de Turís, José Villanova Tormo; un clérigo trienal: Francisco Edreira Mosquera, de La Coruña; dos estudiantes de teología: Esteban Cobo Sanz, de Rábano (Valladolid) y Manuel Martín Pérez, de Encinasola de Comendadores (Salamanca);  y un coadjutor: Valentín Gil Arribas, de la localidad vallisoletana de Rábano, que se habían tenido que refugiar en pensiones madrileñas y en domicilios particulares de conocidos o de algún familiar, tras haberse marchado del colegio el 19 de julio.

 

Los seis fueron asesinados en distintas fechas de los meses de agosto, septiembre y noviembre de 1936, en lugares de las afueras de Madrid, como Aravaca y Puerta de Hierro, o en la localidad de Paracuellos del Jarama, cercana a la capital. En el cementerio de Aravaca, reposan los restos de don Germán Martín; en el de Paracuellos, los de don Valentín Gil y don Manuel Martín; y en el panteón salesiano del cementerio de Carabanchel, los restos mortales de don Esteban Cobo, don Francisco Edreira, y don José Villanova Tormo. Veamos ya con más detalle la vida y muerte martirial de estos salesianos del colegio San Miguel Arcángel del madrileño Paseo de Extremadura.     

 

GERMÁN MARTÍN MARTÍN, sacerdote

 

Nació el 9 de febrero de 1899 en San Cristóbal de Priero, Asturias. Fue alumno durante los primeros años escolares en el colegio salesiano de Béjar (Salamanca). Cumplidos los 14 años, decidió hacerse salesiano. Hizo el noviciado en Carabanchel Alto, donde profesó en 1918. Siguió allí dos cursos más para estudiar la filosofía. Realizó las prácticas pedagógicas el primer año en el colegio salesiano San José de la calle Rocafort de Barcelona y los dos años siguientes en Baracaldo. Tras un tiempo en Hispanoamérica, para cumplir según las leyes de entonces el servicio militar sustitutorio, regresó a España, siendo ordenado presbítero en Vitoria-Gasteiz en 1927.

 

Estrenó su sacerdocio en Carabanchel, donde permaneció durante seis años. En 1933 es destinado al colegio San Miguel Arcángel del Paseo de Extremadura, dos años de consejero escolástico y el último de catequista o animador espiritual de los alumnos internos. En estos años de vida salesiana, don Germán practicó con exactitud y ejemplaridad el sistema preventivo en los diversos encargos que los Superiores le confiaron. Sabía llegar con delicadeza al corazón de los jóvenes. Antiguos alumnos suyos lo elogiaban por su profundo espíritu salesiano, bondad y métodos pedagógicos.

 

Al tener que marcharse del colegio los salesianos, don Germán junto con don Dionisio Ullivarri, administrador del colegio María Auxiliadora de Salamanca, que estaba de paso en Madrid, se hospedaron en una pensión cercana a la Gran Vía. Seguidamente se trasladaron ambos a otra situada en la calle Alfonso XII, 66. El domingo 30 de agosto, los dos salesianos visitaron, según costumbre, a una familia amiga que vivía en la calle Orellana. Allí les detuvieron y les condujeron a la checa de Fomento y, aquella misma noche (madrugada del día 31 de agosto) los asesinaron en el cementerio de Aravaca, cerca de Madrid.

 

JOSÉ VILLANOVA TORMO, sacerdote

 

Nació el 20 de enero de 1902 en Turís, Valencia. Con siete años, entró en el colegio salesiano de la capital valenciana. De allí pasó al aspirantado de El Campello. Hizo el noviciado en Carabanchel Alto, donde profesó como salesiano en 1920. El presbiterado lo recibió en Madrid en 1929.

 

Su ministerio sacerdotal lo ejerció en el colegio de Salamanca hasta que, en 1933, fue destinado al colegio San Miguel Arcángel del madrileño Paseo de Extremadura. Si bien don José era buen predicador, su apostolado lo ejerció, sobre todo, en la docencia; en él encontraron los alumnos un buen profesor y un excelente consejero escolástico. Sabía exigir con suavidad. Supo también inculcarles la devoción a la Virgen.

 

Al arreciar la persecución era consejero escolástico en el colegio madrileño. Se ignora dónde fue cuando se marchó de allí el 19 de julio. Una familia conocida –la familia Merlín- que residía en la calle Fuentes, 5, le acogió desde principios de agosto hasta el 29 de septiembre de 1936, fecha de su martirio, distinguiéndose por su ejemplaridad, su oración y su serenidad en no esconder su condición sacerdotal. En la mañana del día 29, dos milicianos, armados, pertenecientes a la brigada de García Atadell, subieron hasta el piso y se lo llevaron detenido. Al día siguiente, su cadáver apareció en las afueras de Madrid. Los detenidos por dicha brigada eran conducidos a una checa instalada en un hotel de la calle Martínez de la Rosa, 1. Una vez juzgados, los condenados a muerte eran llevados en automóviles por los propios agentes de la brigada a la Ciudad Universitaria y otros lugares a las afueras de Madrid, donde eran asesinados. Así debió ocurrir con don José Villanova. Su nombre figura en la lista de fusilados por la citada brigada.

 

ESTEBAN COBO SANZ, estudiante de teología

 

Nació en Rábano, Valladolid, el 21 de noviembre de 1905. En 1919 entró como aspirante en la casa de El Campello y después hizo el noviciado en Carabanchel Alto, donde profesó como salesiano en 1925. Después de realizar allí mismo los estudios filosóficos, fue destinado, para hacer las prácticas pedagógicas, a la casa de la madrileña Ronda de Atocha, donde permaneció los cursos 1927-1931. A continuación estuvo cuatro años en Carabanchel Alto cursando la teología. Terminados los estudios teológicos, fue destinado al colegio de Paseo de Extremadura durante el curso 1935-1936, al final del cual pagó con su propia vida las consecuencias de la persecución religiosa que, una vez comenzada la Guerra Civil, se desencadenó en muchos de los pueblos y ciudades de España que quedaron bajo el control de la República.

 

Ya nos hemos referido a don Esteban al hablar de su hermano Federico, también mártir. Según ha sido narrado, el 22 de septiembre, a las siete y media de la mañana, cuatro milicianos armados invadieron el piso donde estaban refugiados ambos hermanos, propiedad, como sabemos, de su hermana, doña Cristina Cobo, en la calle García de Paredes. 20, de Madrid. A los dos los detuvieron por ser religiosos y se los llevaron en un coche. Dijeron que los llevaban a la Dirección General de Seguridad, pero no fue así. Los fusilaron en Puerta de Hierro.

 

A propósito de sus disposiciones interiores, mientras estuvo refugiado en casa de su hermana Cristina, don Esteban repetía con frecuencia que sería feliz si Dios lo elegía como mártir, y que si esos eran los designios de Dios, daría la vida con alegría por Él. Decía también que los enemigos de la Iglesia no sabían lo que hacían, y debía perdonarlos porque no habían recibido educación religiosa.  

 

FRANCISCO EDREIRA MOSQUERA, clérigo

 

Nació el 25 de noviembre de 1914 en La Coruña. Los padres se distinguieron por su acendrada piedad. Entre sus muchos hermanos le influyó especialmente Virgilio, mayor que él, y también mártir, a quien siguió como alumno de los Salesianos de La Coruña y después en la vocación. Hizo el aspirantado en el colegio San Miguel Arcángel de Madrid  y, de allí, pasó al noviciado de Mohernando (Guadalajara), donde profesó en 1932. En 1934 fue destinado, para las prácticas pedagógicas, al colegio San Miguel Arcángel del Paseo de Extremadura, donde en julio de 1936 le sorprendió la revolución y la consiguiente persecución religiosa que le llevó al martirio. En el colegio salesiano del Paseo de Extremadura se hicieron palpable realidad las esperanzas que, en el maestro y asistente don Francisco, habían depositado los Superiores, pues habiéndole confiado clases de gran responsabilidad, él las dio con gran competencia y todo el entusiasmo de su juventud.

 

El 29 de septiembre de 1936, don Francisco Edreira recibió la misma muerte martirial que su hermano Virgilio, clérigo trienal de la comunidad salesiana de Carabanchel Alto. Tras haber estado cada uno de los dos hermanos, por separado, refugiados en diversos domicilios, ambos terminaron juntándose, como ya sabemos, en una pensión de la calle Infantas de Madrid, lugar hasta el que se acercaron a detenerles unos milicianos. Allí, los hermanos Edreira, fueron identificados como religiosos salesianos y detenidos como tales, y, a continuación, los llevaron a la checa de Marqués de Riscal, de donde salieron luego para ser  fusilados por el motivo indicado.

 

Durante su corta vida salesiana, Francisco se distinguió por su inocencia, su espíritu de sacrificio, el amor al trabajo y al estudio, y una devoción singular a san José, que ponía de manifiesto, sobre todo, cuando llegaba su fiesta.

 

MANUEL MARTÍN PÉREZ, estudiante de teología

 

Nació el 7 de noviembre de 1904 en Encinasola de los Comendadores, Salamanca. Hizo el aspirantado en El Campello y el noviciado en Carabanchel Alto. Allí profesó como salesiano en 1923. Tras los estudios filosóficos siguieron sus prácticas pedagógicas en Santander-Don Bosco, Astudillo y Madrid-Atocha. A Carabanchel Alto, volvió para estudiar la teología. Habiéndola terminado en 1931, continuó allí durante dos años más como profesor. En otoño de 1933 fue destinado al colegio del Paseo de Extremadura y, tres años después, sufrió la persecución que le llevó a  entregar su vida por Cristo. Se había distinguido por la bondad de su carácter, su competencia en la misión educadora, la entrega total a ella con seriedad y constancia, su simpática sencillez y, finalmente, su espíritu de sacrificio.

 

La tarde del 19 de julio se marchó del colegio junto con el coadjutor don Valentín Gil, al que nos referiremos a continuación. Su primer refugio fue el domicilio de un conocido de don Manuel en la calle Pérez Galdós, 4, hasta que juntos, don Valentín y don Manuel, se trasladaron a una pensión de la calle Atocha, 46. El día 17 de septiembre fueron sorprendidos allí por un registro de milicianos que se saldó con la detención de don Valentín. Don Manuel se estableció entonces en la pensión Loyola de la calle Montera, 10, donde estaban ya refugiados algunos salesianos de la comunidad de Carabanchel Alto. Allí estaba cuando fue detenido el 15 de octubre de 1936 y conducido a la cárcel Modelo. No se ha podido precisar la fecha exacta de su muerte. Corresponde a una de las primeras sacas en masa de dicha prisión, efectuadas los días 7 y 8 de noviembre de 1936. Formó parte, pues, de las fatídicas expediciones a Paracuellos del Jarama. 

 

VALENTÍN GIL ARRIBAS, coadjutor

 

Nació el 14 de febrero de 1897 en Rábano, Valladolid. Hizo el aspirantado en el colegio de Carabanchel Alto y, allí mismo, el noviciado, profesando como salesiano en 1916. Al, entonces, pueblo cercano a Madrid regresó tras estar, sucesivamente, en Alicante, Sarriá-Barcelona y La Coruña. En 1927 fue destinado a Astudillo (Palencia), en 1930 a Mohernando (Guadalajara), un año después, a Carabanchel Alto de nuevo y en 1935 al madrileño colegio San Miguel Arcángel, donde, al cabo de un año, sufrió la persecución que le llevó al martirio.

 

Eran características de don Valentín, el espíritu de trabajo y una caridad que dejaba siempre contentos a los hermanos. En verano, con gusto iba a alguna de las casas en que había colonias escolares. Sencillo y bueno, no se retraía de pedir perdón, cuando su genio vivo, le hacía excederse.

 

Como se ha dicho ya, don Valentín compartió vicisitudes con don Manuel Martín, después de dejar ambos el colegio del Paseo de Extremadura. Juntos se acogieron en el domicilio de un conocido y más tarde se trasladaron ambos a una pensión de la calle Atocha. En el registro que sufrieron allí el día 17 de septiembre, don Valentín fue apresado y conducido a la comisaría del distrito. Al día siguiente ingresó en la cárcel Modelo donde permaneció hasta que, el 16 de noviembre, fue trasladado a la prisión de San Antón. Los tribunales populares le condenaron por ser religioso y once días más tarde, el 27 de noviembre, el delegado de Orden Público firmaba una irónica y trágica “orden de libertad” para 46 presos de dicha cárcel, entre ellos don Valentín Gil. El día 28, “cumplimentada” esta orden, los cuarenta y seis presos incrementaban el número de fusilados en una de las tétricas expediciones a Paracuellos del Jarama. 

 

 

LOS MÁRTIRES DE LA CASA SALESIANA MARÍA AUXILIADORA DE SALAMANCA

1936

 

Al haberse posicionado Salamanca, desde el primer momento, a favor de los militares rebeldes, no hubo en ella revolución y, afortunadamente, tampoco persecución religiosa. No obstante, de la comunidad del colegio María Auxiliadora de la ciudad del Tormes (“Colegio Helmántico”[26] durante la República), fundado en 1909, fueron asesinados por odio a la fe dos clérigos trienales: don Pedro Artolozaga y don Manuel Borrajo, de Erandio (Vizcaya) y San Xoan de Seoane-Allariz (Orense) respectivamente, y un coadjutor: don Dionisio Ullívarri, de Vitoria-Gasteiz (Álava), debido a que, en julio de 1936, se encontraban, circunstancialmente, en Madrid.

 

En julio de 1936, en efecto, el coadjutor, don Dionisio Ullívarri, estaba en el colegio del Paseo de Extremadura, siendo asesinado, junto con don Germán Martín, salesiano de la comunidad de la casa San Miguel Arcángel, el 31 de agosto, en el cementerio de Aravaca, donde reposan los restos de ambos. 

 

Los clérigos trienales de la casa de Salamanca, que, en julio de 1936, se encontraban en el seminario de Carabanchel Alto, recorrieron, por otro lado, el mismo camino hacia el martirio que recorrió la comunidad de esta casa salesiana situada en las cercanías de Madrid. Los dos fueron asesinados junto con otros salesianos del seminario de Carabanchel Alto refugiados también, como sabemos, en la pensión Nofuentes de la capital de España, a primeros de octubre de 1936. Sus restos reposan en el panteón salesiano del cementerio de Carabanchel.

 

Digamos algo más de la vida y muerte de cada uno de estos mártires salesianos del colegio María Auxiliadora de Salamanca.

  

PEDRO ARTOLOZAGA MELLIQUE, clérigo

 

Nació el 31 de enero de 1913 en Erandio, Vizcaya. Habiéndose trasladado la familia a Santander, entró en el colegio salesiano de esta ciudad. Siguiendo su vocación, desde 1926 estuvo un año como aspirante en el seminario salesiano de Astudillo (Palencia) y tres años más en el colegio San Miguel Arcángel del Paseo de Extremadura, en Madrid. Hizo el noviciado en Mohernando (Guadalajara), donde profesó como salesiano en 1931.

 

En 1933 fue destinado al colegio María Auxiliadora de Salamanca para realizar las prácticas pedagógicas, que acabó al empezar el verano de 1936. Destinado, entonces, a Carabanchel Alto, donde en otoño debía empezar los estudios de teología, desde el 20 de julio de 1936 sufrió la persecución con los salesianos de dicha comunidad y, en su caso, también el martirio.

 

Don Pedro estaba refugiado en la pensión Nofuentes de la calle Puebla, 17, junto con don Carmelo Pérez y los primos Mata, también mártires. Allí les detuvieron dos milicianos el 1 de octubre de 1936 por ser religiosos. A don Pedro le condujeron primero al Ateneo libertario de la calle San Roque, 9, y luego a la checa de Fomento. Como era costumbre en la checa, el detenido compareció ante un tribunal y fue interrogado. Después nada se supo de él. El mismo misterio que envuelve tantas ejecuciones perpetradas por checas autónomas incontroladas, impide saber las circunstancias del martirio de don Pedro Artolozaga. Su cadáver apareció el 3 de octubre en la carretera de Andalucía. Había dejado escrito en sus apuntes espirituales del noviciado: “Pedía al Señor me diese la muerte antes de ofenderle”.   

 

MANUEL BORRAJO MÍGUEZ, clérigo

 

Nació el día 22 de agosto de 1915, en Rudicio-San Xoan de Seoane-Allariz, Orense. Inició el aspirantado en Allariz (Orense) y lo continuó en el colegio San Miguel Arcángel de Madrid. Hizo el noviciado en Mohernando (Guadalajara), donde profesó como salesiano en 1932. Allí mismo realizó los estudios filosóficos. En el verano de 1934 fue destinado al colegio María Auxiliadora de Salamanca para las prácticas pedagógicas. Allí se ejercitó, durante dos años, como maestro con verdadero provecho propio y de sus alumnos. Exigencias legales le privaron del uso de la sotana, pero no de su espíritu religioso y salesiano. Cuando aún le faltaba un año para terminar el trienio práctico y empezar la teología, en  julio de 1936, los Superiores le enviaron durante las vacaciones de verano a la casa de Carabanchel Alto, sufriendo allí la persecución y el martirio con otros salesianos de aquella comunidad de las cercanías de Madrid y con don Pedro Artolozaga, que, lo mismo que don Manuel Borrajo, había llegado desde Salamanca también, como acabamos de indicar.

 

A don Manuel Borrajo lo detuvieron en la pensión Nofuentes el día 1 de octubre de 1936 y, con don Pedro Artolozaga, conducido primero al Ateneo libertario de la calle San Roque, 9,  y luego a la checa de Fomento. Tampoco se supo más de él tras el interrogatorio al que le sometieron en dicha checa. Su cadáver, como el de don Pedro Artolozaga, apareció también el 3 de octubre en el kilómetro 10 de la carretera de Castellón. De don Manuel fusilado hay fotografías. 

 

Durante toda su, por desgracia, corta vida salesiana, don Manuel se distinguió por su piedad, estudio, mortificación y exactitud en el cumplimiento de los deberes. Procuraba imitar, tanto en la piedad como en el estudio, a santo Domingo Savio.

   

DIONISIO ULLÍVARRI BARAJUÁN, coadjutor

 

Nació el día 9 de octubre de 1880 en Vitoria-Gasteiz (Álava). Huérfano a los pocos años, entró en el colegio salesiano de Sarriá-Barcelona en 1894, donde aprendió el oficio de encuadernador. Pasados dos años, inició allí mismo el noviciado, profesando como salesiano en San Vicenç dels Horts (Barcelona) en 1901. La profesión perpetua la realizó  tres años después en Sarriá, casa que desde 1894 será la suya hasta 1916. Durante estos años su principal actividad estuvo centrada en la administración. Colaboraba, además, en la banda, en el canto y en el teatro.

 

En 1916 fue destinado a Cuba, pero dos años después regresó a España, siendo enviado, para hacerse cargo del taller de encuadernación, a la madrileña casa de la Ronda de Atocha, donde residió hasta que, en 1933, le destinaron al colegio salesiano María Auxiliadora de Salamanca con el cargo de administrador laico, por exigencia de las leyes del Gobierno republicano. Y estando el 18 de julio de 1936 en Madrid, en el colegio San Miguel Arcángel del Paseo de Extremadura, por motivos de su cargo, le sorprendió la revolución y sufrió la muerte martirial. Durante sus 42 años de vida salesiana, don Dionisio se mostró siempre ejemplar e irreprensible en su piedad, puntualidad y amor a la Congregación. En su cargo de administrador fue cumplidor exacto del voto de pobreza. Su gran celo por la salvación de la juventud le llevaba a dedicarse plenamente a los antiguos alumnos.

 

Como se ha narrado ya, don Dionisio Ullívarri acompañaba a don Germán Martín el domingo 30 de agosto, día que ambos fueron detenidos en el domicilio de la familia Serrano. De allí los condujeron, primero, a la checa de Fomento y, luego, al cementerio de Aravaca, Madrid, donde, el mismo día 30, de madrugada, los fusilaron.

  

LOS MÁRTIRES DE LA CASA SALESIANA DE MOHERNANDO

1936

 

En Guadalajara, la ciudad y capital de la provincia del mismo nombre, cercana a Madrid, la guarnición militar se adhirió, mayoritariamente, al alzamiento de julio de 1936, haciéndose, pues, el día 21, aunque no sin dificultades, con el control de la situación en la capital alcarreña. Pero este control duraría muy poco. En efecto, con la ayuda de soldados, guardias y milicianos procedentes de Madrid y de Alcalá de Henares, el día 22 de julio, las fuerzas leales a la República se harán de nuevo con el control de Guadalajara, haciendo, por consiguiente, que allí fracase también el alzamiento. Como era de esperar, el que la provincia alcarreña quedara al comenzar la Guerra civil en zona republicana, significará la implantación de la revolución con todas sus secuelas de persecución religiosa en la zona. Así lo veremos, seguidamente, en la casa salesiana situada a 15 kilómetros de Guadalajara y a 2 del pueblo de Mohernando, donde, entonces, la Inspectoría Céltica de Madrid tenía el noviciado y estudiantado filosófico.

 

En 1936, la casa salesiana de Mohernando tenía sólo 7 años y, a pesar de vivirse un ambiente de persecución desde 1931, aquel seminario contaba con un buen número de estudiantes de filosofía (3 en tercer curso, 8 en segundo y 11 en primero), 8 coadjutores en perfeccionamiento profesional distribuidos por igual en dos cursos, y 17 novicios. Todos estaban atendidos por 5 sacerdotes y 4 coadjutores de votos perpetuos. Durante el curso, acudían también desde el pueblo unos 40 niños que recibían enseñanza elemental como externos.

 

El 14 de julio habían comenzado los ejercicios espirituales que preparaban para la profesión a los que terminaban el noviciado, ejercicios que realizaban juntamente con la nueva promoción de 30 novicios recién llegados y algún que otro salesiano de la inspectoría que se unía a aquella tanda. Cuando se produjo el levantamiento militar el 18 de julio, estaban, por tanto, en la casa salesiana de Mohernando, algo más de 90 salesianos y novicios, juntamente con el inspector salesiano de Madrid, don Felipe Alcántara.

 

La persecución

 

Todos los que, al producirse el levantamiento militar, residían o estaban en la casa salesiana de Mohernando por otras circunstancias, empezaron a notar los efectos de la revolución, con mayor intensidad, a partir del día 23 de julio. Este día, se presentaron en la casa, sin esperarlos, unos veinte hombres armados. Gritando, instaban a que se les entregaran las armas que, según ellos, había allí escondidas. Como, por supuesto, no encontraron nada, se marcharon, prometiendo volver al día siguiente.

 

Aunque, afortunadamente, no fue así, no terminaron, sin embargo, los sobresaltos en la casa. En efecto, el día 24 se acercaron hasta ella el alcalde de Mohernando y tres hombres más diciendo que traían órdenes del Gobierno civil de Guadalajara para que los salesianos la evacuaran. Como el inspector, don Felipe Alcántara, no cedió, el alcalde de Mohernando y sus acompañantes quedaron, entonces, en consultar al gobernador sobre los menores de edad que había en la casa.

 

La decisión, ahora desde las milicias de Mohernando, llegó al día siguiente, 25 de julio. Los menores de edad se podían quedar en la casa bajo la protección del Comité Obrero de Guadalajara; los demás debían abandonar inmediatamente la finca, para su incautación. De este modo, todos los mayores de la casa, excluidos los enfermos que se pudieron quedar con los menores, comenzaron un penoso éxodo por las orillas del río Henares, donde, entre juncos y matorrales, debieron permanecer escondidos durante algunos días.

 

Uno de esos días, don Felipe Alcántara y el señor Aizpuru pudieron acercarse hasta Humanes para poner un telegrama a Madrid, el cual, censurado, al parecer, por el Gobierno civil de Guadalajara, dio a conocer el lugar en el que los salesianos estaban escondidos. En efecto, éstos, poco después de que se hubiera puesto el telegrama, se verían sorprendidos repentinamente por un grupo de milicianos armados, con quienes se marcharon para entrevistarse con el gobernador civil de Guadalajara y exponerle la situación en la que se encontraba la comunidad. Tras la entrevista, el gobernador dio orden de que los salesianos expulsados regresaran a su casa de Mohernando, en los mismos coches que les habían llevado hasta Guadalajara.

 

El coche en el que iban don Andrés Jiménez y Eulogio Cordeiro, no regresó a Mohernando, al haberse apoderado de él, inmediatamente después de haber salido de Guadalajara, unos milicianos. Todos los demás coches sí regresaron. Los salesianos volvían a estar, pues, en casa, pero detenidos allí, por estar las cárceles de Guadalajara repletas. Y así estuvieron hasta que, en unos de los primeros días de agosto, fueron traslados a Madrid.

 

El último día del mes de julio, en efecto, se presentaron en la casa unos milicianos al mando de un sargento antiguo alumno del colegio de Mataró, conocido de don Felipe Alcántara. Dicho sargento prometió volver al día siguiente para trasladar a todos los detenidos a la capital. Pero su promesa tardó dos días más en cumplirse. El retraso causó la separación de un grupo de jóvenes juntamente con el director. A este grupo de jóvenes, que debía haber entrado en quintas el día primero de agosto, y a don Miguel Lasaga, unos milicianos con órdenes del Gobierno civil de Guadalajara, se los llevaron, el día 2 de agosto. No regresaron más. En una camioneta serían conducidos a la cárcel de Guadalajara, donde morirían asesinados con otros  presos, el 6 de diciembre de 1936.

 

Al día siguiente, 3 de agosto, sí se presentó, por fin, en casa el citado sargento, que había prometido volver. Venía acompañado de un grupo de milicianos y traían varios vehículos, turismos y camiones. En éstos llegarán a Madrid tras dos horas de viaje. Primero fueron conducidos a un centro de Izquierda Republicana, donde permanecieron dos horas, y, luego, fueron llevados a la Dirección General de Seguridad, donde, a eso de las tres de la madrugada, empezaron a evacuarlos en diferentes remesas, a la cárcel de Ventas.

 

Sin salesianos allí,  la casa de Mohernando se  acabó transformando en cuartel general de milicias del ejército republicano.

 

Los mártires 

 

De las 56 personas, entre profesos y novicios, que había en la casa salesiana de Mohernando, cuando la revolución puso sus ojos en ella, fueron asesinados el director, don Miguel Lasaga, de la localidad alavesa de Murguía; uno de los cuatro coadjutores responsables de los diversos sectores de la obra, don José María Celaya, de Azcoitia (Guipúzcoa); dos alumnos de segundo curso de filosofía, Juan Larragueta, de Arrieta (Navarra) y Luis Martínez Alvarellos, de La Coruña; un alumno de primero, Florencio Rodríguez, de Quintanarruz (Burgos); tres novicios que acaban de profesar, Pascual de Castro, Heliodoro Ramos y Esteban Vázquez, de las localidades salmantinas de Topas y Monleras, los dos primeros, y de Carrizo de la Rivera (León) el tercero; y don Andrés Jiménez, sacerdote almeriense ( de Rambla de Oria), que, por aquellos días, empezaba en Mohernando el noviciado para hacerse salesiano.

 

Don Andrés Galera fue asesinado en la carretera de Guadalajara (Nacional II-Km. 52); don José María Celaya, murió en la enfermería de la cárcel de Ventas de Madrid; y los siete mártires restantes fueron fusilados en la cárcel de Guadalajara.

 

Los restos mortales de don Miguel Lasaga y de los seis jóvenes sacrificados con él, reposan en el cementerio de Guadalajara y los del coadjutor, don José María Celaya, en el panteón salesiano del cementerio de Carabanchel. Los de don Andrés Galera, sin embargo, no ha sido posible saber dónde fueron inhumados. Lo más probable es que lo enterraran en una fosa común del cementerio de Guadalajara.

 

Veamos ya, algo más de la vida salesiana y muerte en odio a la fe de cada uno de estos mártires salesianos de la casa de Mohernando (Guadalajara).  

 

MIGUEL LASAGA CARAZO, sacerdote

 

Nació en Murguía, Álava, el 6 de septiembre de 1892. Hizo el noviciado en Carabanchel, donde profesó como salesiano en 1912. El presbiterado lo recibió en Barcelona en 1921.

 

El primer año de sacerdocio estuvo destinado en Turín, como encargado del Boletín Salesiano en lengua española. De allí fue enviado a Perú. Habiendo regresado a España en 1928, estuvo en la casa de Atocha. En 1930 fue destinado a la casa de Mohernando (Guadalajara), siendo nombrado director en 1934.

 

Don Miguel y los seis jóvenes salesianos que le acompañaron en el martirio, ingresaron en la cárcel de Guadalajara, el día 2 de agosto de 1936. Durante los cuatro meses que permanecieron allí, él y los jóvenes salesianos, lograron hacer germinar una comunidad en pequeño dentro de la prisión, aún estando diseminados por galerías distintas.

 

Lo mismo que en otras cárceles republicanas oficiales o improvisadas, en la de Guadalajara hubo también sacas individuales o inesperadas condenas a muerte, entre los meses de julio y diciembre. Ya el 1 de septiembre de 1936 se intentó asaltar la cárcel, como represalia por una incursión aérea de los militares franquistas que no causó daños. Afortunadamente, la saca pretendida por un grupo de milicianos armados no se llevó a efecto. Pero este hecho inicial dejó grabado en la conciencia de todos los presos que un nuevo intento no quedaría frustrado.

 

Efectivamente, el día 6 de diciembre de 1936 un nuevo bombardeo fue otra vez el pretexto utilizado para desencadenar la tragedia. Concurrieron en ella todos los agravantes. El gobernador civil concedió explícitamente su anuencia y el ejército republicano colaboró directamente en la masacre. De este modo, la turba armada se desparramó por todas las dependencias de la cárcel e inmediatamente comenzaron los fusilamientos en masa que se prolongarían hasta altas horas de la noche.

 

Según la crónica de don Higinio Busons, un preso que logró escapar de los fusilamientos, don Miguel Lasaga se había sentado en una cama desde el momento en que se produjeron las primeras descargas. Cuando los demás presos de su grupo empezaron a dispersarse con precipitación, se levantó y los contuvo con un ademán y breves palabras: “Bueno, amigos, dijo, esperen ustedes un momento, que les voy a dar la absolución”. Seguidamente, don Miguel tornó a su postura de antes, acompañado ahora por un joven salesiano que estaba con él en la misma galería. 

 

Los asesinatos continuaron hasta avanzada la tarde. Los milicianos subían y bajaban por dormitorios y galerías. Disparaban a quemarropa, acribillaban a los refugiados en las dependencias o los empujaban al patio para ejecutarlos. Así hasta las tres de la madrugada que acabó la descomunal masacre.

 

Consumado el crimen, era necesario deshacerse de los cadáveres. En camiones fueron llevados, unos hasta una fosa excavada en un olivar situado en el camino de Chiloeches, y otros a fosas comunes del cementerio de Guadalajara. Entre ellos estaban los siete salesianos. Más tarde, sus restos fueron trasladados a un panteón común en el mismo cementerio. Ahí yacen también los salesianos de la comunidad de Mohernando sacrificados en la cárcel de Guadalajara. Al director, don Miguel Lasaga, le acompañaban estos seis jóvenes estudiantes y coadjutores salesianos  mártires, de los que, seguidamente, ofrecemos una breve reseña de su, por desgracia, corta vida salesiana.

 

LUIS MARTÍNEZ ALVARELLOS, estudiante de filosofía

 

Nació el 30 de junio de 1915 en La Coruña. Primero fue alumno del colegio  salesiano de la ciudad gallega, dejando allí un grato recuerdo de su bondad y entusiasmo por las funciones religiosas y artísticas, en las cuales intervenía activamente. “Hijo de una familia acomodada, dice en la Positio (Summarium, pág. 37, n. 56) un profesor suyo, supo vencer la enorme dificultad de renunciar al afecto de la madre y de adaptarse a la austeridad de la casa religiosa, sin quejarse de nada, destacando en la obediencia a los Superiores”. Posteriormente ingresó como aspirante en el colegio San Miguel Arcángel del Paseo de Extremadura en Madrid y de allí pasó al noviciado de Mohernando (Guadalajara), donde profesó como salesiano por tres años en 1934. En esta ocasión escribió a su casa una carta, canto prolongado y entusiasta de acción de gracias a Dios por el beneficio inestimable de la profesión, a la par que de felicitación a la madre por la suerte que Dios le deparaba de dar un hijo a la Congregación Salesiana. Y en la casa salesiana de Mohernando siguió Luis después de profesar, para hacer los dos cursos de filosofía, hasta su muerte en 1936, distinguiéndose por su obediencia, cortesía, buenas maneras, y espíritu de sacrificio.

 

El 23 de julio de 1936, Luis fue detenido, como sabemos ya, junto con toda la comunidad de la casa salesiana de Mohernando y, luego, el 2 de agosto, recluido en la cárcel de Guadalajara junto con el director, don Miguel Lasaga y otros cinco jóvenes salesianos compañeros suyos. El 6 de diciembre de 1936, sintiendo la inminencia del final de su vida, recibieron la absolución y, seguidamente, se recogieron en oración alrededor de su director hasta que los fusilaron en la misma cárcel.

 

JUAN LARRAGUETA GARAY, estudiante de filosofía

 

Nació en Arrieta, Navarra, el 27 de mayo de 1915. Según el testimonio de su madre, Juan era un chico como los demás, con sus travesuras, con su buen humor, su interés por jugar con los demás niños; pero, eso sí, siempre el brazo derecho de su párroco como monaguillo, cantor, solista, etc. El aspirantado a la vida salesiana lo hizo en el colegio salesiano San Miguel Arcángel del Paseo de Extremadura de Madrid y el noviciado en Mohernando (Guadalajara), donde profesó como salesiano en 1934. Allí mismo siguió para cursar los estudios filosóficos, que terminaba, precisamente, en julio de 1936.

 

Los que le conocieron y convivieron con él, especialmente durante los años de su corta vida salesiana, destacan su incansable espíritu de trabajo, su gran espíritu de sacrificio y, sobre todo, su admirable caridad hacia los enfermos, manifestada durante todo el tiempo en el que, como encargado de la enfermería, éstos estuvieron confiados a su cuidado. La correspondencia epistolar con su familia le retrata, además, como un salesiano recio, enamorado de su vocación, apóstol y misionero.

 

La revolución y consiguiente persecución religiosa lo sorprendió también el 23 de julio de 1936. Con los demás hermanos hubo de abandonar la casa de Mohernando y esconderse durante tres días por las orillas del río Henares. Fue en esta ocasión cuando, de manera destacada, brilló su caridad. Atento a todas las necesidades de los demás, acarreaba el agua, se preocupaba constantemente de que no faltara la comida y transportaba bultos o ayudaba a los demás en estas faenas. El 2 de agosto fue recluido en la cárcel de Guadalajara., en compañía de don Miguel Lasaga, de otros cinco jóvenes salesianos y 276 personas más que el 6 de diciembre fueron fusilados en el modo ya descrito.

 

FLORENCIO RODRÍGUEZ GÜEMES, estudiante de filosofía

 

Nació en Quintanarruz, Burgos, el día 7 de noviembre de 1915. Desde niño se distinguió por la obediencia y asiduidad a las celebraciones de su parroquia, ayudando al párroco como monaguillo. Después de haber hecho el aspirantado en los colegios salesianos de Santander y del Paseo de Extremadura y Sagrado Corazón, en Madrid y Carabanchel Alto respectivamente, y el noviciado en Mohernando (Guadalajara), profesó como salesiano en 1935. Terminado el primer curso de filosofía, le sorprendió, en el mismo Mohernando, la revolución y la consiguiente persecución religiosa que le llevó al martirio.

 

Cuantos le conocieron y trataron dicen de Florencio que era de carácter impetuoso, muy fervoroso y decidido a afrontar los mayores peligros. En el momento de su muerte se encontraba muy preparado y fortalecido interiormente por medio de los ejercicios espirituales que, del 14 al 23 de julio de 1936, él también había realizado en Mohernando con los habitantes de la casa, con algunos salesianos de otras casas de la Inspectoría y con 30 nuevos novicios.

 

Florencio parece que participó de las mismas vicisitudes de la comunidad salesiana de Mohernando, desde el comienzo de la persecución hasta el 2 de agosto. Este día, tanto él como su director, don Miguel Lasaga y cinco compañeros más: Pascual de Castro, Juan Larragueta, Luis Martínez, Heliodoro Ramos y Esteban Vázquez, fueron detenidos y llevados a la cárcel de Guadalajara. El “motivo” dado para detener a los seis jóvenes salesianos fue que no se habían incorporado a filas el día anterior, 1 de agosto, pero lo cierto es que, aunque estaban inscritos en caja, no habían recibido citación alguna para incorporarse como mozos de reemplazo. Los seis jóvenes y su director permanecieron presos en la cárcel de Guadalajara hasta que los fusilaron el 6 de diciembre.

 

PASCUAL DE CASTRO HERRERA, estudiante profeso

 

En Topas, Salamanca, nació el 2 de septiembre de 1915. Desde 1931, pasó cuatro años en los madrileños colegios salesianos del Paseo de Extremadura y de Carabanchel Alto, distinguiéndose por el estudio, la disciplina y una alegría contagiosa.

 

En las relaciones familiares era franco y espontáneo, vivía inmerso en el estudio que le resultaba fácil; estaba convencido que la confesión y comunión debían ser más frecuentes, en aquellos años en que se perseguía a la Iglesia en España. Señalaba el cielo como lugar de reposo de las dificultades y luchas. Se mostraba decidido al escribir a su familia el 2 de junio de 1933: “Ya sabéis que a los religiosos les ha sido prohibido enseñar, pero han sido respetadas las casas de formación; y si fuera necesario salir de España, no dudo que vosotros me dejaréis marchar, ya que yo estoy dispuesto a cualquier cosa”.

 

En el verano de 1935 ingresó en el noviciado de Mohernando (Guadalajara). “Cuando la madre, llorosa en la vestición de la sotana, le hizo notar el peligro que corría si continuaba en el seminario, debido a que en aquellas fechas comenzaba a arreciar la persecución, le contestó con gran valentía: “Madre, ¿y yo qué puedo temer? Lo peor que nos podría pasar es morir, y en tal caso soy feliz”. El mártir profesó como salesiano, en Mohernando (Guadalajara), en 1936, cinco días después de que hubiera comenzado la Guerra civil.

 

El mismo día de la profesión religiosa, el 23 de julio de 1936, precisamente, fue  detenido junto con toda la comunidad. El 2 de agosto fue trasladado a la cárcel de Guadalajara y, el 6 de diciembre de 1936, fusilado en compañía de su director y de cinco jóvenes salesianos más, compañeros suyos.

 

ESTEBAN VÁZQUEZ ALONSO, coadjutor

 

Nació en Carrizo de la Ribera, León, el 27 de junio de 1915. Huérfano desde pequeño, fue acogido y educado por un tío sacerdote, que le puso a estudiar en el colegio de los Jesuitas de La Coruña. Su vida de sencilla y sentida piedad, unida a la pureza, fueron terreno abonado en el que germinó su vocación al estado religioso. Tras estar cuatro años en el seminario de los Capuchinos de El Pardo, se sintió llamado a la Congregación Salesiana a través de un hermano suyo, Vicente, que ya era aspirante salesiano.

 

Esteban ingresó como aspirante coadjutor en el colegio salesiano de La Coruña, en el que permaneció hasta su entrada en el noviciado de Mohernando (Guadalajara) en 1935. Cuantos le conocieron alaban la pureza y bondad de su alma, la serenidad de su rostro y la nobleza de su corazón. Los fervores de su año de noviciado culminaron con su generosa y alegre profesión como salesiano coadjutor el 23 de julio de 1936. Pocos días antes había estallado la revolución y sus consiguientes secuelas de persecución religiosa en los pueblos y ciudades de España que, tras el levantamiento del ejército de África y sucesivo comienzo de la Guerra Civil, habían quedado en zona republicana. El recién profeso, con todo, irradiando calma y serenidad, animaba a su hermano Vicente: “Tú no te separarás de mí. Si tenemos que morir, hagámoslo juntos”.   

 

En unión con toda la comunidad de Mohernando, el camino de Esteban hacia el martirio comenzó también el 23 de julio de 1936. De ella sólo se separó cuando, el 2 de agosto, se lo llevaron a la cárcel de Guadalajara, con otros cinco jóvenes salesianos compañeros suyos y su director, don Miguel Lasaga,  fusilándolos a todos allí el  6 de diciembre de 1936.

 

HELIODORO RAMOS GARCÍA, coadjutor

 

Nació en Monleras, Salamanca, el 29 de octubre de 1915. Tras pasar cuatro años con los Dominicos, pidió entrar en la Congregación Salesiana y fue recibido en el seminario de Carabanchel Alto. Pero, vistas sus dificultades en los estudios, los superiores le aconsejaron que se preparara para ingresar como coadjutor. De allí pasó al noviciado de Mohernando (Guadalajara) donde profesó el 23 de julio de 1936.

 

Antes de profesar, el 27 de enero de 1936, le escribió a su hermana una carta donde refleja muy bien la seriedad de su compromiso, tal como lo sentía unos diez meses antes del martirio. En un estilo reposado y reflexivo le habla de la importancia del año que está viviendo para el arranque en la virtud, el clima salesiano de familia, experimentado especialmente en las recientes fiestas de Navidad, su estima de la vocación de coadjutor, su aceptación serena de esta decisión de cambio por parte de los superiores y una exhortación a vivir intensamente la vida interior.

 

El mismo día de la profesión, 23 de julio de 1936, la casa de Mohernando fue asaltada y ocupada por milicianos. El 2 de agosto, Heliodoro fue recluido junto con el director, don Miguel Lasaga, y cinco jóvenes profesos más, en la cárcel de Guadalajara, donde se preparó a la muerte, y con todos ellos, como ya se ha dicho, fue fusilado la noche del 6 de diciembre de 1936.

 

Además del director, don Pedro Lasaga y los cinco jóvenes salesianos a los que nos acabamos de referir, de la casa salesiana de Mohernando fueron también asesinados un coadjutor salesiano y un sacerdote novicio. A ellos nos referimos a continuación.

 

JOSÉ MARÍA CELAYA BADIOLA, coadjutor

 

Nació el  24 de febrero de 1887 en Azcoitia, Guipúzcoa. En 1903 entró como aspirante en Villaverde de Pontones, Cantabria, y al año siguiente, con el oficio de alpargatero, fue admitido al noviciado en Carabanchel Alto, donde profesó como salesiano en 1906.

 

En 1917 embarcó para Camagüey (Cuba), de donde regresó dos años después, por motivos de salud. Allí volvió después de un segundo y largo período de estancia en Carabanchel Alto. En 1934 fue destinado a Mohernando (Guadalajara), donde se hallaba cuando sufrió la persecución que le condujo al martirio.

 

Don  José María sufría desde hacía años de parálisis progresiva. Por esta razón se le permitió quedarse en el colegio, mientras el resto de la comunidad abandonaba por primera vez la finca, expulsados por los milicianos.

 

La definitiva evacuación posterior del día 3 de agosto le forzó a integrar la expedición a Madrid. El viaje, resultó para don José María un tormento. Al llegar a la capital, estuvieron primero en el centro de Izquierda Republicana y luego fueron trasladados a la Dirección General de Seguridad. Su delicada salud le impedía descender sin ayuda de un escalón. Un joven insinuó que le pusieran una silla como peldaño. Pero los milicianos, por toda respuesta, empezaron a echar la culpa de la guerra a los frailes. Y a él, por creerle uno de los sacerdotes ancianos, le acusaban de haber envenenado al pueblo con sermones.

 

La primera media hora en la Dirección General de Seguridad la pasaron los detenidos de pie, cara a la pared, y con las manos atrás. Don José María agobiado por su mal, pedía insistentemente la medicina que tenía en la maleta. Su ruego fue siempre desatendido.

 

A las 2 de la madrugada, del día 4 de agosto, con otros salesianos procedentes de Mohernando, don José María entraba en la cárcel de Ventas. Aquí le esperaban al coadjutor nuevos sufrimientos hasta su muerte. Viendo, precisamente, que su salud se agravaba, le trasladaron inmediatamente a la enfermería, donde una “extraña” inyección que le pusieron acabó con su vida. Era el día 9 de agosto de 1936. Su cadáver permaneció algún tiempo abandonado en el patio de la enfermería. Insepulto, todavía fue objeto de insultos y burlas groseras por parte de los milicianos.

 

ANDRÉS JIMÉNEZ GALERA, sacerdote novicio

 

Nació en Rambla de Oria, Almería, el 25 de enero de 1904. Ordenado sacerdote, fue nombrado coadjutor de la parroquia del Sagrario de Almería y profesor de teología del seminario diocesano.

 

Cuando en 1934 pasó por el seminario de Almería el salesiano don Marcelino Olaechea, don Andrés aprovechó para manifestarle sus deseos de ser salesiano. Admitido el curso 1935-36 como aspirante en el colegio María Auxiliadora de Salamanca, se adaptó en seguida a la vida salesiana, que le parecía hecha a su medida. En el verano de 1936 comenzaba su noviciado en Mohernando (Guadalajara). Cuando el 23 de julio de 1936 fue asaltada la casa y detenidos todos sus moradores, don Andrés, sin lamentarse, se dedicó, junto con el director, a confortar los ánimos de los demás, exhortando a confiar en la Providencia y a aceptar cuanto el Señor quisiera disponer. Igual que los otros miembros de la comunidad, tras ser expulsados del colegio, don Andrés estuvo también deambulando durante varios días por las márgenes del Henares, en busca de cobijo.

 

El día 27 de julio, sorprendidos por un grupo de milicianos, serían llevados al palacio de los Marqueses de Heras, y de aquí al Gobierno Civil de Guadalajara. El gobernador ordenó seguidamente que fueran devueltos de nuevo a Mohernando, como detenidos. Pero en el camino de vuelta, un grupo de milicianos del madrileño centro de Ventas, que andaba por allí, requisó uno de los coches y, al conocer la identidad sacerdotal de uno de sus ocupantes, don Andrés, ordenaron que se dirigiera hacia la capital. Le acompañaba el estudiante profeso Eulogio Cordeiro. Cuando los coches iban por el Km. 52 de la carretera de Madrid, próximo a Guadalajara, se pararon y  les obligaron a bajar. En el cacheo le encontraron a don Andrés un crucifijo. Intentaron arrebatárselo, pero él no consintió. Entonces le ordenaron que cruzara la carretera y avanzara por una tierra en barbecho hacia el río Henares. No le dio tiempo a llegar. Ocho milicianos le dispararon por la espalda y el sacerdote cayó de bruces. Uno de los que le había disparado se adelantó hacia la víctima y al ver que todavía estaba vivo le disparó el tiro de gracia para rematarlo. El cadáver de don Andrés probablemente permaneció varios días sin ser sepultado. No se logró averiguar el lugar donde fue inhumado su cuerpo.

 

 

LOS MÁRTIRES DE LA CASA SALESIANA MARÍA AUXILIADORA DE SANTANDER 1936-1937

 

En Santander también fracasó el alzamiento militar del 18 de julio de 1936, por la indecisión, al parecer, del coronel que comandaba la plaza. Sometida, pues, la ciudad al  dominio frentepopulista, y de un modo especial las instituciones religiosas, hubo persecución y numerosos asesinatos por odio a la fe.

 

Dos casas tenía la Congregación Salesiana en la capital cántabra cuando comenzó la Guerra civil. La más antigua era el oratorio Don Bosco, fundado en 1892, situado en la calle Viñas. En éste funcionaban unas escuelas elementales con alumnos externos, y la asociación de antiguos alumnos. Lo atendían 6 salesianos: tres sacerdotes y tres coadjutores, entre los que no se produjo ninguna baja mientras la persecución.

 

El colegio María Auxiliadora, por otro lado, abierto en 1907, estaba situado en el paseo del Alta. Desde 1935, se había visto obligado por las leyes republicanas a llamarse Mutua Escolar Cantábrica. En 1936, este colegio tenía 250 alumnos, 40 de los cuales eran internos. Sólo 70 cursaban comercio, el resto recibía enseñanza elemental. Funcionaba también el oratorio festivo y el centro de antiguos alumnos. Toda esta actividad la atendían 10 salesianos: 5 sacerdotes, 4 coadjutores y un clérigo trienal. Desde el 9 de julio, además, había también en el colegio una colonia de 113 niños, acompañados de 4 salesianos estudiantes de teología, procedente de Madrid.

 

La persecución

 

Como del colegio María Auxiliadora sí hubo bajas, aquí nos referiremos exclusivamente a éste. Para la comunidad salesiana que lo atendía, la persecución se puede decir que había comenzado también unos meses antes de producirse el alzamiento, aunque sin consecuencias mayores por el momento. En efecto, el anuncio de una inspección en mayo de 1936, obligó a vestirse de paisano a los que hasta entonces llevaban el hábito talar. Pero como el informe de la inspección fue totalmente positivo, se pudo llegar a fin de curso sin mayores dificultades.

 

A partir del 18 de julio, sí se produjeron ya varios registros del colegio por parte de algunos milicianos, de los que, como cabía esperar, se percataron los niños de la colonia. Las pesquisas, no tuvieron, sin embargo, consecuencias negativas, ni para la colonia, ni para los salesianos de la comunidad que seguían haciendo vida normal.

 

Pero, cuando pasado el primer mes desde el comienzo de la Guerra civil, comenzaron a sentirse escaseces y penurias y, por otra parte, llegaban noticias alarmantes sobre la suerte de otros religiosos, entonces, de acuerdo con el director, los salesianos fueron dejando el colegio en busca de lugares más seguros, en pensiones o familias conocidas.

 

Los niños de la colonia y sus acompañantes, no obstante, seguirían allí, hasta que fueron evacuados el 10 de octubre. Desde este día, el edificio quedaría en poder de las milicias.

 

Los mártires

 

De los 10 salesianos que pertenecían a la comunidad del colegio María Auxiliadora de Santander, fueron asesinados por odio a la fe dos: el sacerdote Andrés Gómez Sáez, nacido en Bicorp (Valencia) y el coadjutor Antonio Cid Rodríguez, de San Xoán de Seoane-Allariz (Orense). Al dispersarse la comunidad, el primero se ocultó en una pensión cercana a la catedral santanderina, y el segundo, se marchó a Bilbao, a casa de unos parientes que vivían en Basurto. En Santander, pues, fue sacrificado don Andrés, posiblemente, arrojado por el acantilado del faro, la noche del día primero de enero de 1937. Don Antonio, por su parte, fue, probablemente, ejecutado en el bilbaíno Cuartel de Garellano, el 26 de septiembre de 1936. De ambos, se desconoce el lugar a donde fueron a parar sus cadáveres. Veamos con más detalle, algo de la vida y muerte martirial de estos dos mártires salesianos de la casa María Auxiliadora de Santander.  

   

ANDRÉS GÓMEZ SÁEZ, sacerdote

 

Nació en Bicorp, Valencia, el 7 de mayo de 1894. Del aspirantado de Sarriá-Barcelona pasó al noviciado de Carabanchel Alto (Madrid), donde profesó en 1914. Fue ordenado presbítero en Orense en 1925.

 

Durante el sexenio 1925-1931, don Andrés no figura en el catálogo de la Sociedad Salesiana, salvo el curso 1927-28, en que, como sacerdote, consta en la comunidad de Baracaldo, aunque lo más probable es que no estuviera allí dicho año, porque desde su ordenación  formaba parte del clero de la diócesis de Orense. Regresaría a la Congregación en 1931, permaneciendo en el colegio María Auxiliadora de Santander desde ese año hasta 1936, excepto el  curso 1933-34, que estuvo en A Coruña.

 

Autorizada por el director la disolución de la comunidad, don Andrés se hospedó en una fonda de la calle Atarazanas, por los alrededores de la catedral.

 

Durante los primeros meses de la guerra subía frecuentemente por el colegio. Cambiaba impresiones con los salesianos que se habían quedado allí, atendiendo a la colonia infantil, y comentaba los sucesos acaecidos en la ciudad.

 

Cuando evacuaron la colonia y los salesianos se dispersaron por la ciudad, todavía mantuvo contacto con algunos; los visitaba en su domicilio y él, a su vez, recibía visita de ellos. Parece ser que su residencia, cercana a la catedral, le daba oportunidad de ejercer su ministerio, al menos ocasionalmente.

 

El día 31 de diciembre de 1936 se acercó a la pensión cercana a la suya donde se hospedaba don Pedro Rodríguez, otro salesiano de la comunidad del colegio María Auxiliadora de Santander. La visita tenía por objeto ofrecerle algunas clases de francés para una familia conocida. Don Pedro aceptó, pero quedaron en verse al día siguiente, para acudir los dos juntos al domicilio de esa familia. Don Andrés no acudió a la cita, ni se supo nada más de él.

 

Lo único que se sabe es que el día primero del año 1937, después de comer, don Andrés salió a pasear por el muelle. Cuando se encontraba observando las lanchas que hacían la travesía de Pedreña, dos milicianos se le acercaron y le detuvieron. No se han podido averiguar más detalles sobre su desaparición. Lo más probable es que aquella misma noche del día 1 de enero de 1937 lo llevaran al faro y lo precipitaran por el acantilado. Era el género de martirio mayormente usado en Santander. Para algunas víctimas, el tormento sanguinario o la muerte precedían al despeñamiento; otras eran precipitadas vivas, con las manos atadas.

 

ANTONIO CID RODRÍGUEZ, coadjutor

 

Nació en San Xoán de Seoane-Allariz, Orense, el 15 de abril de 1890. Después de tres años de aspirantado en Écija, pasó a Sevilla para hacer el noviciado. Profesó como salesiano en San José del Valle en 1909. Allí siguió hasta 1911 y luego estuvo destinado sucesivamente en Málaga, Carmona, Sevilla-San Benito de Calatrava y Baracaldo.

 

De 1919 a 1929 estuvo en Salamanca, tres años en la casa de San Benito y cuatro en el colegio María Auxiliadora. Siguen sendos años en el oratorio Don Bosco de Santander y en Madrid-Atocha. De 1928 a 1931 es destinado a Madrid-Estrecho. Y de 1931 en adelante, a Santander: tres años en el oratorio Don Bosco y los dos últimos de su vida en el colegio María Auxiliadora.

 

Cuando se produjo la dispersión de los salesianos de la comunidad del colegio salesiano santanderino, don Antonio prefirió marchar a Bilbao, con unos familiares que vivían en Basurto. Pero allí fue pronto identificado como religioso.

 

Igual que en otras ciudades españolas de la zona republicana, en Bilbao, los bombardeos franquistas y reveses del Frente Popular, proporcionaban pretexto para suscitar represalias, sacas siniestras, registros escrupulosos y detenciones insospechadas. Es lo que le sucedió el 25 de septiembre a don Antonio. A media noche, cuatro milicianos llegaron a la casa donde se hallaba refugiado y, habiéndole encontrado en el registro un crucifijo y otros objetos religiosos, se lo llevaron detenido para fusilarlo. No se volvió a saber más de él. Por más averiguaciones que se han realizado se ignora su paradero.

 

Había dos posibilidades. Los dos lugares más frecuentes de asesinato eran el Alto de Castrejana y el Cuartel de Garellano. A don Antonio parece ser que se lo llevaron a Garellano y allí lo ejecutaron.

 

 

LOS MÁRTIRES SALESIANOS DE RONDA 1936

 

En la ciudad de Ronda, provincia de Málaga, había en 1936 dos presencias salesianas. La primera en el tiempo se había fundado en 1902, con el nombre de Escuelas Populares de Santa Teresa, que en el año del comienzo de la Guerra civil tenían cerca de 250 alumnos externos de enseñanza elemental y el domingo ofrecían las actividades del oratorio festivo.

 

De la segunda presencia en Ronda, cercana a la primera, se habían hecho cargo los Salesianos en 1919. Era un internado dedicado al Sagrado Corazón, que ofrecía enseñanza elemental y media a cerca de 200 alumnos, mitad internos y mitad externos. Dos tercios del total hacían el bachillerato. El nombre popular de este colegio era “El Castillo”.

 

La persecución

 

Las primeras noticias de la sublevación militar del 18 de julio de 1936 llegaron a Ronda  hacia las once de la mañana del mismo día. Un intento, al anochecer, de asalto al Ayuntamiento, de mayoría frentepopulista desde las elecciones de febrero de 1936, por parte de algunos militares de la ciudad, afines a los sublevados, se frustró. Por el contrario, los militantes rondeños de izquierda, muy bien apoyados por los de los pueblos vecinos, sí que se lanzaron inmediatamente a la calle y tomaron el mando político y militar de la ciudad a través de un “Comité de Defensa” formado íntegramente por miembros del Frente Popular.

 

Para los salesianos de Ronda, la persecución comenzó, precisamente, tres días después del alzamiento militar. Los efectos de la revolución se sentirían primero en el colegio Sagrado Corazón, e inmediatamente después, en las escuelas de Santa Teresa. 

 

En efecto, el martes 21 y el jueves 23, “El Castillo” fue tomado al asalto, registrado y saqueado. Y el 24, los salesianos fueron expulsados de allí. Los aspirantes de la denominada por el “Comité de Defensa” “Colonia Escolar Montillana” y el coadjutor don Aniano Ortega (murió poco después como consecuencia de una apendicitis), que pudo pasar desapercibido como uno más de los aspirantes, fueron distribuidos en los hoteles Royal, Polo y Castillo. Con ellos iba también don Florencio Sánchez y tres salesianos más que acompañaban al mencionado grupo de aspirantes que pasaba las vacaciones en Ronda: don David Morán, don Serafín García y don Juan Manuel Cereceda. Los demás salesianos expulsados del colegio Sagrado Corazón, fueron llevados en coches del “Comité de Defensa” a los siguientes lugares: don Miguel Molina y don Marcos Tognetti (éste era suizo y, por eso, pudo marcharse enseguida a Italia desde Málaga), a la pensión Progreso, don José Manuel Pérez y don Manuel María Martín, a la fonda La Farruggia y, por último, don Antonio Torrero junto con don Enrique Canut, aceptaron la hospitalidad del cooperador salesiano don José Furest, que, luego, sería asesinado también.

 

La relativa tranquilidad de la que, por otra parte, gozaron los salesianos de las escuelas de Santa Teresa, aún la zozobra general, se acabó el 25 de julio. A primera hora de la mañana del día de Santiago Apóstol, la casa fue, lo mismo que “El Castillo” unos días antes, registrada y saqueada también e, inmediatamente, estando los salesianos encerrados en una habitación de la casa, las imágenes sagradas y todos los objetos de culto, fueron sacados al jardín y quemados frente a la puerta de la capilla. El final de todo fue el desalojo de las escuelas por parte de los salesianos. Don Pablo Caballero, don Juan Canavesio (era italiano y se pudo marchar también poco después a su país desde Málaga), don Honorio Hernández (acababa de llegar a Ronda, tras finalizar los estudios de teología en Carabanchel Alto) y don Juan Luis Hernández, se refugiaron en la pensión Progreso. Por su parte, don Tomás Gutiérrez Cuadrado, que sólo estaba temporalmente en la comunidad de las escuelas de Santa Teresa, fue llevado al hospital por encontrarse enfermo. El director, don Antonio Mohedano, por último, recorrió distintos domicilios (uno, “Villa Liborio”, entre la actual plaza de Mondragón y “El Campillo” o plaza de María Auxiliadora), y estuvo también en la pensión Progreso hasta que recaló en la casa de la calle Marqués de Salvatierra, propiedad de doña Ana Cabrera, hermana del sacerdote y beneficiado don Juan Cabrera. El coadjutor don Rodrigo Rubio Tejero, en fin, tras varias peripecias, acabó refugiándose en el hotel Polo. Desde estos refugios, solos o en compañía de otros hermanos, tanto de la propia comunidad como de la otra, los salesianos serían sacados a la fuerza para recibir muerte martirial en diversas fechas del mes de julio y agosto de 1936, como en seguida veremos.

 

Los mártires

 

Afortunadamente, ni entre los aspirantes de Montilla, que habían llegado al colegio Sagrado Corazón en la tarde del día 13 de julio, para pasar unos días de descanso, ni entre los salesianos que les acompañaban, hubo que lamentar víctimas. Sin duda que en ello influyó el carácter de colonia escolar obrera protegida que el grupo de aspirantes tuvo desde el día 19 de julio, por concesión expresa  del “Comité de Defensa”, a petición de los salesianos don José Manuel Pérez y don Manuel María Martín que, igual que el alcalde de Ronda, eran también salmantinos.

 

De los 16 salesianos fijos en Ronda (5 en las escuelas y 11 en el colegio) fueron asesinados 6.  De la comunidad de las escuelas de Santa Teresa, 3: los sacerdotes Pablo Caballero y Antonio Mohedano, de Málaga y Córdoba, respectivamente, y un clérigo trienal: Juan Luis Hernández, de Cerralbo (Salamanca); y de la comunidad de “El Castillo” otros 3, todos sacerdotes: Antonio Torrero, Enrique Canut y Miguel Molina, de Villafranca de Córdoba, Llessui (Lérida) y Montilla (Córdoba), respectivamente. A los 3 de la comunidad de las escuelas populares, hay que añadir un cuarto: el subdiácono Honorio Hernández, de la localidad salmantina de El Manzano, que, como ya se ha indicado, acababa de terminar en Madrid-Carabanchel sus estudios de teología y había sido destinado a Ronda-Santa Teresa para colaborar en las actividades de verano.

 

En total fueron, pues, 7 los salesianos mártires en Ronda. En el mes de julio cayeron asesinados 6: el día 24, don Antonio Torrero y don Enrique Canut, de la comunidad salesiana de “El Castillo”; y el día 28, don Miguel Molina, de la comunidad del colegio Sagrado Corazón también, junto con don Pablo Caballero, don Juan Luis Hernández y don Honorio Hernández, de la comunidad de las escuelas de Santa Teresa. El séptimo mártir salesiano de Ronda, don Antonio Mohedano, director, en 1936, de las escuelas populares de Santa Teresa, murió el 2 de agosto.

 

Sus cuerpos sin vida fueron sepultados en una fosa común junto al cementerio rondeño de San Lorenzo, incluida posteriormente en el mismo. En marzo de 1968, con vistas a un eventual traslado al panteón salesiano en dicho cementerio, el salesiano portugués don Pedro Morais, en presencia de cuatro salesianos más, detectó por radiestesia dónde se encontraban los siete cadáveres, la profundidad y la postura, determinando que sólo parecía viable la exhumación de los restos mortales de don Antonio Mohedano. 

 

Veamos a continuación algunos datos biográficos más de estas siete víctimas salesianas de la revolución en Ronda al comienzo de la Guerra civil de 1936, así como las circunstancias de su persecución y de sus muertes violentas. [27]

 

ANTONIO TORRERO LUQUE, sacerdote

 

La lista de mártires de la Inspectoría Bética de María Auxiliadora con sede en Sevilla, la encabezaba don Antonio Torrero, director del colegio Sagrado Corazón de Ronda. Don Antonio nació en el pueblo cordobés de Villafranca, el 9 de octubre de 1888. Su párroco vio en él cualidades para ser salesiano y consiguió que lo admitieran como aspirante en el colegio de Córdoba, el 16 de enero de 1902. Un año después, pasó a la casa de Sevilla-Santísima Trinidad. Hizo el noviciado en Carabanchel Alto, donde profesó como salesiano en 1907. Recibió el presbiterado en 1913.

 

Como catequista o animador espiritual de los alumnos internos, don Antonio estuvo destinado en las casas de Écija, San José del Valle, Alcalá de Guadaira, Utrera y Cádiz. Dirigió la casa de Alcalá de Guadaira de 1927 a 1934, año en que pasó a dirigir la de Ronda-Sagrado Corazón (“El Castillo”). Allí estaba cuando sufrió la persecución y recibió el martirio.

 

El 24 de julio de 1936 fue el día señalado por el Señor para la suprema prueba. Don Antonio Torrero y don Enrique Canut estaban refugiados en casa del cooperador salesiano, don José Furest desde que, en las primeras horas de la tarde del día 24 de julio, los habían expulsado del colegio junto con los demás salesianos de la comunidad.  

 

Al anochecer del mismo día 24, varios milicianos se presentaron en casa de la familia Furest, reclamando a los dos salesianos. “¿Dónde están los curas?”, dijeron al entrar. Tras prometer que no les pasaría nada malo, se los llevaron por la carretera que conduce al barrio de San Francisco. Don Antonio, con parálisis, y don Enrique, anciano y casi ciego, caminaron por una larga y accidentada cuesta. Los dos cayeron varias veces. Llegados al Huerto del Gomel, les ataron con alambre las manos y, seguidamente, los asesinaron entre peñascos en el lugar llamado Corral de los Potros.

 

Don Antonio, al despedirse del director del aspirantado de Montilla, don Florencio Sánchez, que, según sabemos ya, pasaba en Ronda el verano con los aspirantes, le comentó: “Si a mí me ocurre algo, que Manolito –su sobrino aspirante que estaba allí- no escriba nada a mis padres. Son tan ancianos...Adiós”. No hizo falta, pues a los pocos días del asesinato de don Antonio en Ronda, en Villafranca de Córdoba, a sus setenta y un años, era asesinado también su padre por el sólo motivo de tener un hijo sacerdote.

 

ANTONIO ENRIQUE CANUT ISÚS, sacerdote

 

El compañero de martirio del director de la casa de Ronda-Sagrado Corazón, don Antonio Torrero, nació en Llessui, Lérida, el 17 de febrero de 1874. A los dieciséis años ingresó en el seminario diocesano de Urgel, donde estuvo dos años. Atraído por la figura de don Bosco y deseando consagrar su vida al bien de la juventud, entró en el aspirantado de Sarriá-Barcelona. Allí mismo, mes y medio más tarde, inició el noviciado, que culminó en 1894 con la profesión perpetua.

 

Fue ordenado presbítero en 1901 en Béjar, donde ejerció de prefecto durante tres años. Seguidamente fue destinado como confesor a Cádiz y, tras cuatro años, a Sevilla- Santísima Trinidad, como encargado del externado y de los antiguos alumnos, siendo el fundador del primer “Círculo Domingo Savio”. Tras un curso en Carmona, estuvo de nuevo en Cádiz, con la misión de confesor, durante 14 años. Los doce restantes, hasta su muerte, los pasó en Ronda-Sagrado Corazón, también como confesor.

 

Igual que don Antonio Torrero, don Enrique se refugió en casa de don José Furest –asesinado también poco después por “ser amigo de los curas”-, desde las primeras horas de la tarde del día 24 de julio, hasta que, al anochecer de este mismo día, fueron detenidos y conducidos ambos “por el camino del “Barrio” y la cuesta de las Imágenes, hasta el “Huerto del Gomel”. “Los sufrimientos de don Enrique, casi ciego y cargado de años, fueron indecibles en aquel recorrido largo y accidentado”. A él, lo mismo que a don Antonio, le ligaron también sus manos con alambre y escoltado por dos milicianos, fue asesinado en el lugar llamado Corral de los Potros por el único delito de ser sacerdote salesiano.

 

Los cadáveres permanecieron en el lugar del asesinato hasta que, al día siguiente, fueron llevados a la plaza del Campillo y de allí –en camión- hasta el cementerio rondeño de San Lorenzo.

 

MIGUEL MOLINA DE LA TORRE, sacerdote

 

Era el prefecto o vicario-administrador del colegio Sagrado Corazón de Ronda, y por ello, “el más conocido” por mucha gente. Nació en Montilla (Córdoba) el 17 de mayo de 1887. Con 12 años fue inscrito en la casa salesiana recién fundada (1899) en esta ciudad de la campiña cordobesa. Aquí inició los estudios hasta que, como aspirante, entró en la casa de Sevilla-Santísima Trinidad. Prosiguió en Carabanchel Alto (Madrid), donde, en 1905, inició el noviciado, que culminó en 1906 con la profesión religiosa en Sevilla. La ordenación presbiteral la recibió en Jerez de la Frontera en 1913.

 

Ya como sacerdote, don Miguel estuvo tres años en Utrera, de consejero escolástico, cargo que repitió en Córdoba de 1917 a 1919. Este año fue destinado a Ronda-Sagrado Corazón como prefecto, hasta 1927 que fue a Sevilla-Santísima Trinidad con el mismo cargo. Desde 1930 a 1933, estuvo de nuevo en Córdoba como catequista, volviendo definitivamente a Ronda-Sagrado Corazón como prefecto desde 1933 a 1936, año en que lo sorprendió la persecución.

 

Igual que los demás salesianos de “El Castillo”, don Miguel Molina fue obligado a abandonar el colegio a primeras horas de la tarde del día 24 de julio, en su caso, para encaminarse a la pensión Progreso, cuyo dueño, empleado municipal era conocido suyo y estaba relacionado con el colegio. En esta pensión permaneció don Miguel hasta la madrugada del día 28 de julio. Entonces, un piquete de milicianos se lo llevó junto con otros tres salesianos de la casa de Ronda-Santa Teresa que estaban refugiados con él en la misma pensión.  Cuando los metieron en el famoso vehículo, que por su función el pueblo llamaba “el Drácula”, don Miguel Molina susurró: “¡Jesús mío, ten piedad de mí!” No pasaron por ningún comité. Atados de dos en dos, acabaron junto a las tapias del cementerio. Seguramente, tras abrazarse y animarse al supremo sacrificio y perdonar a los verdugos, recibieron la descarga mortal.

 

Un testigo en el proceso, recogió el rumor de que don Miguel había muerto con fortaleza cristiana y por el único motivo de ser sacerdote salesiano. 

 

PABLO CABALLERO LÓPEZ, sacerdote

  

Pertenecía a la comunidad de la primera casa salesiana fundada en Ronda, las escuelas populares de Santa Teresa, fundada en 1902. Don Pablo nació en Málaga el 16 de febrero de 1904, siendo el séptimo hijo de una familia numerosa. El empleo del padre, conserje del Banco de España, le obligaba a cambiar de lugar con frecuencia. Pablo fue alumno en los Salesianos de Córdoba y en 1916 entró como aspirante en la casa de Cádiz. De aquí marchó al noviciado en San José del Valle (Cádiz), donde profesó en 1921. Fue ordenado presbítero en Granada en 1932.

 

Estrenó su sacerdocio como consejero en las casas de Fuentes de Andalucía (Sevilla) y Montilla (Córdoba), prosiguiendo con este mismo cargo en las escuelas de Santa Teresa de Ronda. Aquí estaba  cuando le sorprendió la persecución.

 

El día 27 de julio, se presentaron los milicianos en las escuelas de Santa Teresa para inspeccionarlas. Después de encerrar a los salesianos en una habitación, empezó el registro minucioso, el saqueo, la destrucción y, tras amontonarlos a la puerta de la capilla, el incendio de los objetos de culto. Después los milicianos preguntaron: “¿A dónde queréis ir?”. “A la pensión Progreso”, respondió don Pablo. Y allí los llevaron, a él, al subdiácono Honorio Hernández y al clérigo Juan Luis Hernández,  poniéndoles un guardia en la puerta para que los vigilara.

 

Tras una noche interminable, a primeras horas de la mañana del día 28 de julio, un piquete de milicianos se llevó en el “Drácula” a los tres salesianos de las escuelas populares y a don Miguel Molina que, como sabemos ya, había llegado a la pensión el día 24. Entre insultos y amenazas, atados de dos en dos, los llevaron junto a las tapias del cementerio de Ronda, donde los fusilaron.

 

 HONORIO HERNÁNDEZ MARTÍN, subdiácono

 

Dios lo esperó a las puertas del sacerdocio y, tal vez, donde él no había pensado. Don Honorio había nacido en El Manzano, Salamanca, el 18 de diciembre de 1905. A sus 16 años ingresó en el aspirantado de Cádiz, y allí “sencillo y piadoso, amable y animador de los juegos, estudió los cuatro años de humanidades”. Seguidamente hizo el noviciado en el pueblo gaditano de San José del Valle, donde profesó como salesiano en 1926.

 

Después de cinco años en Argentina, por razones del servicio militar sustitutorio, volvió a España a finales de 1934, y tras vivir un año en Sevilla-Santísima Trinidad, pasó –curso 1935-1936- al seminario de Carabanchel Alto (Madrid), donde concluyó los estudios teológicos. Aquí recibió las órdenes menores y el subdiaconado, siendo a continuación destinado a la casa de Ronda-Santa Teresa para colaborar en las actividades pastorales de verano y prepararse a la ordenación sacerdotal. No llevaba, pues, Don Honorio todavía un mes en Ronda, cuando tuvo lugar el levantamiento del ejército de África contra la República y, casi de modo inmediato, el comienzo de la Guerra Civil. La localidad malagueña quedaría, como sabemos, en zona republicana, comenzando la persecución de los salesianos de la comunidad de las escuelas populares salesianas de Ronda el día 27 de julio.  

 

De cómo recibió el martirio don Honorio, estamos enterados ya, pues, además de haber estado refugiado en la pensión Progreso con don Miguel Molina, salesiano de la comunidad de “El Castillo” y  don Pablo Caballero y don Juan Luis Hernández, de la comunidad de las escuelas de Santa Teresa, don Honorio fue detenido en dicha pensión con los tres salesianos mencionados y, lo mismo que ellos, fusilado, al amanecer del día 28 de julio, junto a las tapias del cementerio rondeño de San Lorenzo.

 

JUAN LUIS HERNÁNDEZ MEDINA, clérigo

 

Hacía el trienio de prácticas educativo-pastorales en la casa salesiana de Santa Teresa de Ronda, siguiendo, en plena juventud, la suerte de la mayoría de los miembros de su comunidad. Había nacido en Cerralbo, Salamanca, el 19 de diciembre de 1912, aunque cuando contaba con solo ocho meses toda la familia se trasladó a Sobradillo, en la provincia de Salamanca también.

 

A los 14 años, ingresó en el aspirantado de Cádiz, pasando al año siguiente al de Montilla (Córdoba). En 1930 marchó a San José del Valle (Cádiz) para hacer el noviciado, donde profesó como salesiano en 1931. Las escuelas populares de Santa Teresa en Ronda fue la casa donde desarrolló las prácticas pedagógicas. El martirio le llegó precisamente cuando estaba para terminar el trienio práctico y esperaba, tras las vacaciones, iniciar los estudios teológicos.

 

Don Florencio Sánchez resume el perfil de su  figura con estos rasgos: “don Juan Luis Hernández, clérigo estudiante aún, sólo llevaba tres años dedicado a la enseñanza. Era el maestro de música de las escuelas. Los alumnos lo querían con delirio. Era un niño más entre ellos. Tampoco fue respetada su juventud. La vida del joven salesiano que se abría riente y prometedora, fue segada también”. 

 

El clérigo Juan Luis Hernández fue conducido, según sabemos, junto con don Pablo Caballero y el subdiácono Honorio Hernández, a la pensión Progreso. Los tres salesianos de las escuelas de Santa Teresa y don Miguel Molina, del colegio Sagrado Corazón, fueron sacados de allí por un piquete de milicianos, atados de dos en dos, en el famoso “Drácula”, y, junto a las tapias del cementerio los asesinaron.

 

ANTONIO MOHEDANO LARRIVA, sacerdote

 

Era, al ser perseguido y recibir el martirio por ser religioso, el director de las escuelas salesianas de Santa Teresa de Ronda. Será el último de los salesianos de allí en ofrendar su vida por Cristo.

 

Don Antonio había nacido en Córdoba el 14 de septiembre de 1894. Desde 1904 frecuentó las escuelas salesianas de la ciudad. Allí germinó la vocación salesiana, siendo a sus quince años admitido en el aspirantado de Écija (Sevilla).

 

Hizo el noviciado en San José del Valle (Cádiz), culminado en 1914 con la profesión religiosa. Fue ordenado presbítero en Málaga en 1925. Las escuelas de Santa Teresa en Ronda cosecharon desde los primeros hasta los últimos frutos de su sacerdocio, como catequista durante ocho años (1925-1933) y como director desde 1933 hasta su muerte en 1936.

 

Según se ha narrado ya, los milicianos se llevaron a la pensión Progreso, a don Pablo Caballero, al subdiácono Honorio Hernández y al clérigo Juan Luis Hernández, los tres, salesianos de la comunidad de Ronda-Santa Teresa. Mientras, el director, don Antonio Mohedano, se refugió sucesivamente en una casita junto al huerto de las escuelas, en el hogar de un antiguo alumno, en la pensión Progreso y, tras el asesinato de los salesianos de su comunidad que se acaban de mencionar, en casa de doña Ana Cabrera, hermana del sacerdote y beneficiado don Juan Cabrera. Allí fueron a buscarle el 2 de agosto.

 

Se hallaba en el último piso. Cuando se acercaban a su escondite, salió a su encuentro. Fue reconocido por varios: -“Yo te he dado clase”, dijo al primero que acudió a prenderlo.- “Esto ya pasó”, contestó.- “¡Oh! Si estuvieran aquí mis alumnos”, repetía don Antonio mientras le ataban las muñecas con alambres fuertes y cortantes. –“Yo soy uno de ellos”, replicó el que lo ataba,- “¿Y qué?”. El mismo testigo recuerda haberlo visto pasar por la calle Armiñan, rodeado por ocho o diez que lo insultaban; uno de ellos era antiguo alumno. Llevaba las manos atrás, atadas con alambre que le hacían sangrar. Él no respondía. Iba muy tranquilo, dueño de sus actos y despidiéndose de los conocidos que encontraba al pasar.

 

Don Antonio fue asesinado a las puertas del cementerio de San Lorenzo en Ronda. Un sinfín de testimonios aseguraron haber oído a algunos de los verdugos, comentando horas más tarde la enormidad de su crimen: “¡Qué brutos hemos sido! Matar nada menos que a don Antonio Mohedano!“.[28]

  

UN SALESIANO MÁRTIR EN SEVILLA 1936

 

Aunque Sevilla fue una de las primeras ciudades en las que triunfó el alzamiento militar del 18 de julio, sin embargo, el control efectivo de la capital hispalense por parte de los sublevados no se efectuó de inmediato. Durante algunos días después 18 de julio, al menos, todavía permanecieron instalados en diversos barrios de la ciudad andaluza grupos de milicianos revolucionarios descontrolados que campearon a sus anchas.

 

Uno de esos barrios fue, precisamente, el de las escuelas Salesianas de la Santísima Trinidad, atendidas, entonces, por una comunidad formada por 29 salesianos: 13 sacerdotes, 3 clérigos y 13 coadjutores. La casa era, además, sede del inspector de la Bética.

 

El colegio tenía unos setenta internos artesanos repartidos en siete especialidades y un centenar de internos estudiantes, que en las clases se reunían con unos 300 externos. En el oratorio festivo participaban, además, unos 450 chicos del barrio.

 

Durante los días de control del barrio de la Trinidad por parte de los revolucionarios, las escuelas salesianas se vieron, por supuesto, atacadas, aunque sin mayores  consecuencias para salesianos y alumnos. El día 19 de julio por la tarde, concretamente, un grupo de milicianos se situó en las inmediaciones del edificio con intenciones de asaltarlo. No lo pudieron hacer, aunque prendieron fuego al taller de carpintería por unas ventanas externas, que los salesianos lograron extinguir. Seguidamente se inició, además, un tiroteo, que duró algunas horas. Entonces, varios profesores y alumnos se refugiaron en dependencias del mismo colegio o salieron y se hospedaron en casas de amigos y conocidos. Algunos, fueron a llevar a los alumnos a sus respectivos domicilios. Los que salieron fueron todos cacheados, pero no pasó nada. Sería al día siguiente, 20 de julio, cuando, estando fuera del colegio, los revolucionarios que merodeaban por el barrio, acabarían con la vida de uno de los salesianos de la comunidad, don Antonio Fernández Camacho, de Lucena (Córdoba), la única víctima salesiana de la persecución religiosa en Sevilla. A la narración de algunos detalles de su muerte violenta, dedicamos las líneas que siguen de este trabajo.     

 

ANTONIO FERNÁNDEZ CAMACHO, sacerdote

 

Don Antonio Fernández Camacho es el protomártir salesiano y uno de los primeros sacerdotes asesinados en la Guerra civil de 1936-1939. Había nacido en Lucena, Córdoba, el 22 de octubre de 1892. Siendo alumno en las escuelas salesianas de la Santísima Trinidad de Sevilla, se sintió cautivado por el espíritu de san Juan Bosco, y allí mismo hizo el aspirantado y el noviciado, que culminó con la profesión religiosa en 1909. La ordenación presbiteral la recibió en Sevilla en 1917.

 

A excepción del sexenio transcurrido entre Utrera, Ronda y Alcalá de Guadaira, alternando los cargos de catequista y consejero con la entrega a la docencia, don Antonio estuvo siempre en la casa de la Santísima Trinidad de Sevilla, ciudad en la que fue asesinado el 20 de julio de 1936.

 

A primera hora de la tarde del día 19 de julio, don Antonio salió del colegio, vestido de paisano y acompañado por un estudiante interno, testigo determinante en el proceso. Dada la poca seguridad que ofrecía el barrio, especialmente durante la noche, pernoctó en la pensión de los parientes de unos antiguos alumnos suyos. A la mañana siguiente, 20 de julio, tras celebrar la misa fue a visitar a los familiares de otro antiguo alumno y a su anciana madre, que, temporalmente, residía en la casa de las Hijas de María Auxiliadora, de la calle Castellar.

 

Terminada la visita, don Antonio y el alumno interno que le acompañaba, se encaminaron hacia la plaza de San Marcos, para volver al colegio de la Trinidad. Al llegar a dicha plaza, fueron sorprendidos por una barricada de milicianos. Don Antonio intentó volverse pero un miliciano le obligó a proseguir adelante, pidiéndole la documentación: “La he dejado en casa”, respondió haciendo ver la cartera vacía. “¿No sabes que en estos tiempos no se puede andar indocumentado?”, le respondió el miliciano mientras le cacheaba. De uno de los bolsillos le sacó un reloj, de cuya cadena pendía un crucifijo. “Entonces, ¿tú crees en esto?”, le preguntó.

 

Don Antonio permaneció callado con la cabeza baja. “Si éste es un cura que veo pasar por aquí con frecuencia”, exclamó el miliciano que lo había cacheado. Y sin más, otro miliciano le disparó tres o cuatro veces, hiriéndole en el costado derecho. Don Antonio cayó a tierra, solicitando ayuda, momento que el alumno que le acompañaba aprovechó para correr al colegio de la Santísima Trinidad y referir a lo salesianos lo sucedido.

 

Otro testigo, que vio todo desde la ventana de su casa, oyó decir a don Antonio: “Por favor, llevadme a la casa de urgencias porque me muero”. Pensaron hacerlo, pero uno se opuso por temor a ser descubiertos y optaron por arrastrarlo entre varios hacia la calle San Luis. Y, entre el número 7 y 9 –declaró una tercera testigo-, lo sentaron bajo mis ventanas con el cuerpo encorvado. Al abrirle el cuello de la camisa y ver el crucifijo y el escapulario, uno de los milicianos dijo al otro: “¿No te das cuenta que es un fascista?” Y a bocajarro, le dispararon. Murió desangrado.

 

Sus cuerpo sin vida no se encontró. Ha quedado la convicción, avalada por algunas confidencias en el proceso, que fue arrojado a los rescoldos, aún candentes, de la incendiada iglesia de San Marcos o de Santa Marina.[29]

 

  

LOS MÁRTIRES SALESIANOS DE MORÓN DE LA FRONTERA 1936

 

La casa Salesiana de Morón de la Frontera (localidad de la provincia de Sevilla situada a 60 kilómetros de la capital hispalense) fue fundada en 1929. En 1936 era una escuela primaria para unos 250 alumnos externos, junto con la iglesia y el oratorio festivo. A todo atendía una pequeña comunidad de cinco salesianos: 3 sacerdotes, un clérigo y un coadjutor. A éstos se añadió ese verano de 1936, el estudiante de teología Rafael Infante, que había acabado segundo curso en Carabanchel Alto (Madrid) y que sería testigo partícipe de la cárcel y martirio de los salesianos en Morón de la Frontera.

  

La persecución

 

La localidad sevillana de Morón de la Frontera no fue ocupada por las tropas de Franco hasta el 25 de julio de 1936. Quiere decir, pues, que, hasta ese día, esta localidad estuvo a merced de la revolución y sus consecuencias, especialmente para los hombres y mujeres de Iglesia que allí vivían, entre otros los salesianos. En efecto, según la narración que nos ha dejado don Rafael Infante, a las 10 de la mañana del día 19 de julio, se presentó en el colegio un grupo de asaltantes que lo registró en busca de armas. Por supuesto que no encontraron nada, pero, de todos modos, se llevaron detenidos a tres de los cinco salesianos de la comunidad: don José Limón, don José Blanco y el mismo don Rafael Infante, quienes, con las manos atadas, recorrieron las calles más concurridas del pueblo hasta llegar al Ayuntamiento. Allí se hicieron cargo de ellos unos guardias municipales que los encarcelaron.

 

Al día siguiente, 20 de julio, temiendo que la cárcel fuera incendiada e invadida, la Guardia Civil consiguió que los tres salesianos, y unos cuantos encarcelados más, pasaran a su cercano cuartel. Pero de allí, asediados por los revolucionarios, se vieron obligados a salir el 21 por la tarde, día del martirio. Efectivamente, cuando, al  abandonar el cuartel de la Guardia Civil, los tres salesianos y algunos más avanzaban con las manos en alto hacía la plaza del Ayuntamiento, más de 20 hombres que había apostados en los balcones de la calle por donde pasaban, les dispararon hasta dejarlos en el suelo, unos muertos y otros malheridos. A continuación, las víctimas -11 en total- fueron amontonadas en la caja de un camión, donde, tras dispararles nuevamente a fin de rematarlas, recorrieron todo el paseo hasta el cementerio donde los volvieron a bajar del camión.  

 

Los mártires

 

De los seis salesianos que había en la casa Salesiana de Morón de la Frontera, en julio de 1936, perdieron la vida, por causa de su fe, dos de ellos: el director, don José Limón, de la localidad sevillana de Villanueva del Ariscal, y el coadjutor de Souto-San Bartolomé de Ganade (Orense), don José Blanco. Los otros cuatro salesianos eran: don Luis Hernández Ledesma, don Mariano Subirón López, don José María Márquez y don Rafael Infante. Los cuatro pudieron salvar su vida. Don Luis Hernández y don José María Márquez, estaban ausentes de Morón en esos días y don Mariano Subirón, logró huir cuando, el día 19 de julio, los milicianos asaltaron el colegio. Don Rafael Infante, por su parte, fue, como sabemos, compañero de cárcel de don José Limón y don José Blanco e, igual que ellos dos, él también fue fusilado en la plaza del Ayuntamiento. Junto con don José Limón y otros fusilados en dicha plaza, lo trasladaron en el mismo camión hasta el cementerio. Pero, aunque, al llegar allí, los milicianos lo consideraron muerto, seguía, aún sus graves heridas, con vida todavía. Por eso, según el mismo don Rafael narró después,[30] pudo huir del cementerio a las once de la noche del día 21 de julio, “llegando a Sevilla –se lee en la Positio- la mañana del 25 tras vagar tres días por los campos”.

 

Los cuerpos de los dos salesianos asesinados: don José Limón y don José Blanco, fueron enterrados, un día después de su muerte, en una fosa común del cementerio de Morón de la Frontera. Allí permanecieron hasta que los trasladaron al atrio de la iglesia de María Auxiliadora del colegio salesiano de la mencionada localidad sevillana, donde reposan actualmente. De ambos, ofrecemos, seguidamente, sus datos biográficos principales junto con algunas circunstancias más personales de su muerte martirial.      

 

JOSÉ LIMÓN Y LIMÓN, sacerdote

 

El director de la casa salesiana de Morón de la Frontera en julio de 1936, don José Limón, nació en Villanueva del Ariscal, Sevilla, el 27 de diciembre de 1892. Hizo el aspirantado en las casas de Sevilla- Santísima Trinidad y Écija (Sevilla). Profesó como salesiano en San José del Valle (Cádiz) en 1912 y fue ordenado presbítero en Pamplona en 1919.

 

Los primeros cuatro años de su sacerdocio estuvo en Utrera y los cuatro siguientes en Cádiz como catequista de los aspirantes. De 1927 a 1930 dirigió la casa de Carmona, y, tras un trienio como párroco y confesor de los novicios en San José del Valle, dirigió la casa de Arcos de la Frontera (Cádiz), pasando en septiembre de 1935 a dirigir la de Morón de la Frontera (Sevilla), donde le sorprendió la revolución.

 

Su testimonio martirial, lo recogió, como ya sabemos, don Rafael Infante, entonces, estudiante de teología destinado en Morón durante el verano, y salvado milagrosamente de la muerte. Don Rafael es el testigo excepcional que narra y vive el itinerario del vía crucis martirial de don José Limón.

 

A las diez de la mañana del día 19 de julio, se presentó en el colegio un grupo de milicianos dispuestos a registrarlo. El director soportó pacientemente sus vejaciones y las repetidas amenazas de fusilamiento.

 

Terminado el registro, don José Limón, don Rafael Infante y el coadjutor don José Blanco, fueron llevados a la cárcel con las manos atadas. Salieron tal como estaban –el director y don Rafael con sotana, don José Blanco con su traje de fiesta-, recorriendo las calles más concurridas. Ante el Ayuntamiento intentaron fusilarlos por la espalda, pero seis guardias municipales se hicieron cargo de ellos y los metieron en la cárcel.

 

Al día siguiente, 20 de julio, temiendo que invadieran e incendiaran la cárcel, los guardias civiles consiguieron que los encarcelados pasaran a su cercano cuartel, donde comenzó una resistencia heroica. El cuartel ardía por varias partes. Un grupo de asediados acudió entonces a don José Limón para confesarse, a lo que accedió de buen grado.

 

Al amanecer del día 21 de julio, desde la casa de enfrente incendiaron la puerta del cuartel. Al ver que las llamas invadían los locales, el teniente, después de hablar con los incendiarios, ordenó salir a las mujeres y niños. Al indicarle también a los salesianos que salieran, don Rafael Infante empezó a quitarse la sotana. Entonces le dijo don José Limón: “Nos conocerán igualmente. Y si hay que morir, mejor con la sotana puesta”. Salieron, pues, a la calle, manos en alto. Les cachearon y les mandaron avanzar hacia la plaza del Ayuntamiento. Fue cuando vieron a más de 20 hombres parapetados en los balcones. Enseguida se oyó una descarga cerrada y, luego, nuevos disparos antes de que todos yacieran en el suelo. Eran las siete y media de la tarde del día 21 de julio.   

 

Una hora después, arrastraron a las víctimas y las amontonaron en la caja de un camión. A don José Limón le volvieron a disparar allí. Don Rafael Infante, gravemente herido también, pudo seguir de cerca su agonía. Oyó sus ¡ayes! entremezclados con palabras de perdón: “¡Jesús, misericordia! ¡Perdón, Señor!” Tras recorrer el camión todo el paseo, dejaron en el suelo, junto al último farol, las once víctimas. Don José Limón, arrojado de un golpe, dejó escapar un débil ¡ay!, último suspiro truncado por una nueva descarga que acabó con su existencia. Así, vestido con sotana, coronó su vida este mártir, cuyo único delito fue el ser sacerdote y educador salesiano.

 

JOSÉ BLANCO SALGADO, coadjutor

 

Don José Blanco sufrió también, en la plaza del Ayuntamiento, la descarga junto con los otros dos salesianos que le acompañaban: don José Limón y don Rafael Infante. Sin embargo, el coadjutor no iba con ellos en el camión en el que los trasladaron al cementerio. ¿Por qué?  Lo que pasó lo sabremos en seguida.

 

Don José Blanco había nacido en Souto-San Bartolomé de Ganade, Orense, el 10 de noviembre de 1892. Hizo el aspirantado en Écija (Sevilla) y el noviciado en San José del Valle (Cádiz). Allí profesó como salesiano en 1914.

 

Tras un primer trienio en Málaga, regresó allí en 1922, y esta vez como educador durante ocho años, tarea que, antes, también ejerció en Écija. Pasó a Morón por primera vez en el trienio 1930-1933 como “responsable de la escuela salesiana...que, como seglar según la exigencia de la ley, le confiaron durante la República”. Tras desempeñar el cargo de responsable de la finca en San José del Valle (Cádiz) el curso 1933-1934, regresó a Morón, donde “sufriría el martirio”.

 

Don José Blanco, en efecto, recorrió el camino de los otros dos salesianos, hasta el momento de la descarga en la plaza del Ayuntamiento. Pero él, gravemente herido, pudo huir de allí, por lo que no fue echado al camión junto con don José Limón y don Rafael Infante. “Fue encontrado la tarde del 22, ya cadáver, con el pulmón derecho perforado por una bala de fusil, tendido en el rellano del primer piso de la tienda ‘Eladio’, situada en la misma calle del fusilamiento. Quedaban en la barandilla las huellas de las manos teñidas en sangre. La puerta del piso había sido forzada con tal violencia, que había caído el montante. Parece que la muerte le sobrevino tras varias horas de total abandono”.[31]

  

LOS MÁRTIRES SALESIANOS DE MÁLAGA 1936

 

Tras unos pocos meses de actividad en situación precaria en 1883, los Salesianos se marcharon de Málaga, pero volvieron a la ciudad en 1894, con un oratorio festivo. Tres años después (1897) regresaron a las Escuelas de San Bartolomé, donde, precisamente, ya habían estado en 1883. En 1936, se atendía en San Bartolomé a un buen número de jóvenes: casi 400 externos, 115 internos estudiantes y 40 internos de formación profesional. Había, además, iglesia pública y se educaba a unos 500 jóvenes en el oratorio festivo.

 

La persecución

 

Fracasado en Málaga el alzamiento militar, los incendios y saqueos empezaron ya en la madrugada del 18 al 19 de julio. Para los salesianos del colegio de San Bartolomé, sin embargo, el camino hacia el martirio no comenzará hasta el día 21. En efecto, a las seis de la mañana, se oyó una fuerte detonación de fusil y una voz que decía: “Los curas están  tirando desde las ventanas”. Era la señal convenida de antemano para iniciar el asalto al colegio, que se produjo inmediatamente.

 

A continuación, condujeron a los salesianos al vecino cuartel de Capuchinos y los encerraron en el calabozo. Allí permanecieron hasta que, el día siguiente, a eso de las doce de la mañana, fueron trasladados al Gobierno Civil.

 

Como no podía ser de otro modo, el gobernador los encontró inocentes, pero consideró que, por motivos de seguridad, debían pasar la noche en la prisión provincial. Por desgracia, los salesianos no estarían, sin embargo, solamente esa noche en la cárcel. La orden de ponerlos en libertad, llegaría, en efecto, a la hora de la comida del día 23, pudiendo salir algunos, pero, poco después, llegaría la contraorden de no dejarlos salir, debido a que, al parecer, conforme salían los presos o eran ejecutados o nuevamente detenidos. Los que no pudieron salir, pues, antes de la contraorden, seguirían detenidos en la prisión provincial hasta que, del 22 de agosto en adelante, se lleven a cabo sucesivas sacas de esta prisión donde los salesianos de la comunidad de Málaga se encontraban desde el día 23 de julio.

 

Los mártires         

 

La comunidad salesiana de Málaga contaba en 1936 con 14 salesianos: 7 sacerdotes, 5 coadjutores y 2 clérigos trienales. En verano se había añadido un estudiante de teología, don Antonio Ureña. De los 15 salesianos fueron asesinados nueve: 6 sacerdotes: Francisco Míguez, Manuel Fernández Ferro, Félix Paco Escartín, Manuel Gómez Contioso, Antonio Pancorbo y Vicente Reyes, de Corvillón (Orense), Paradiñas (Orense) Adahuesca (Huesca), Moguer (Huelva), Málaga y Sevilla, respectivamente; y 3 coadjutores: Tomás Alonso Sanjuán, de la localidad salmantina de Vitigudino, Esteban García, de El Manzano (Salamanca) y Rafael Rodríguez Mesa, de la malagueña ciudad de Ronda. Los demás salesianos  lograron salvarse. Los clérigos Juan Martín y José Canal Míguez salvaron sus vidas al estar haciendo ejercicios espirituales en San José del Valle (Cádiz); el coadjutor Manuel Prieto, al ser ciego, no llegó a entrar siquiera al calabozo del cuartel de Capuchinos; Serafín Rodríguez pudo salir de la prisión el día 23 de julio antes de que llegara la contraorden, refugiándose en la fonda de una familia amiga hasta el día de su liberación en febrero de 1937, y Adolfo Inarejos logró escapar de la prisión, antes del fatídico 24 de septiembre, haciéndose pasar por un preso común. El estudiante de teología  Antonio Ureña, por su parte, con la ayuda de un joven miliciano, que no conocía, de nombre Rafael Chamizo, pudo salir de la prisión el día 8 de septiembre.  

 

Cuando el 21 de julio fue asaltado el colegio, permanecían todavía en San Bartolomé, unos 40 alumnos huérfanos que no habían sido retirados por sus familiares, 2 maestros seglares y 4 empleados que vivían prácticamente con la comunidad. Junto con los salesianos, aunque por separado, a estos alumnos, maestros y empleados los condujeron, igualmente, al cercano cuartel de Capuchinos, pero quedaron libres pronto: los alumnos, el mismo día 21, uno de los maestros y tres empleados, el día 23.

 

Los 9 salesianos de la comunidad de San Bartolomé asesinados por odio a la fe en diversas fechas de los meses de agosto y septiembre de 1936, fueron primero enterrados en el cementerio de San Rafael y, posteriormente, sus restos, trasladados a la catedral de Málaga, donde reposan hoy. En todos ellos, a excepción de don Vicente Reyes que, como ya se ha dicho, fue excluido de la postulación por petición expresa de la Congregación para las Causas de los Santos, nos fijamos a continuación. Son los ocho salesianos martirizados en Málaga en 1936.    

 

FRANCISCO MÍGUEZ FERNÁNDEZ, sacerdote

 

El primer salesiano víctima de la persecución religiosa en Málaga fue don Francisco Míguez. Había nacido en Corvillón, Orense, el 9 de febrero de 1887. Tras estudiar dos años en el seminario diocesano, invitado por don Dionisio Ferro, ingresó como aspirante en la casa de la Santísima Trinidad de Sevilla. Allí mismo hizo el noviciado y profesó como salesiano en 1907. La ordenación presbiteral la recibió en el santuario de Loreto de Espartinas (Sevilla) en 1916.

 

Su apostolado sacerdotal lo inició en la misma casa de la Santísima Trinidad y lo continuó luego  en Écija y Málaga donde, desde el curso 1921-1922, se encargó de los artesanos y luego del oratorio festivo y las escuelas populares hasta su muerte martirial en 1936.

 

El 21 de julio, cuando volvía de celebrar la eucaristía a las cinco de la mañana en el Psiquiátrico de Señoras cercano a San Bartolomé, don Francisco pudo escuchar la detonación provocada para indicar que debía comenzar el asalto al colegio.

 

Tras poder salir de la prisión el día 23 de julio, permaneció en el hotel Imperio hasta el día 15 de agosto, cuando con el pretexto de un registro, delatado por un empleado del hotel, lo apresaron, demostrando –en palabras de un testigo- “una presencia de ánimo, soportando, pacientemente, los insultos, y respondiendo siempre con palabras cariñosas.”

 

Conducido al lugar llamado “Camino de Suárez”,  dispararon contra él, y como seguía aún con vida, rodearon su cuerpo de chumberas secas y hojarascas, prendiéndole fuego, mientras algunos le hacían objeto de horribles profanaciones. Al día siguiente, apareció su cuerpo con algunas partes quemadas.

 

Es unánime el juicio de los testigos: “Todo el barrio de Capuchinos, lamentaban la muerte de don Francisco diciendo: ‘Han matado al padre de los pobres’...Da la impresión de que era el más buscado, por ser el más popular a causa de su beneficencia”.

 

MANUEL FERNÁNDEZ FERRO, sacerdote

 

El profesor en el internado salesiano de Málaga, sección estudiantes, don Manuel Fernández Ferro, nació en Paradiñas, Orense, el 30 de mayo de 1898. Con 16 años hizo su aspirando en las casas salesianas de Écija (Sevilla) y Cádiz y luego ingresó en el noviciado salesiano de San José del Valle (Cádiz), consagrándose al Señor con la profesión religiosa en 1920. En la casa de la Trinidad-Sevilla (1920-1925) hace los dos cursos de filosofía y después el trienio de prácticas pedagógicas. Fue ordenado presbítero en El Campello (Alicante) en 1928, una vez que hubo terminado allí mismo los estudios teológicos. Tras un año de apostolado educativo pastoral en la casa de Córdoba, fue destinado a las escuelas profesionales salesianas de Málaga. Allí estaba cuando sufrió la persecución por odio a la fe hasta la entrega de su vida.

 

Después de salir de la prisión el 23 de julio, don Manuel Fernández y don Francisco Míguez se refugiaron en el hotel Imperio, acogidos por el propietario don Francisco Cabello. Allí vio don Manuel con profunda pena cómo se llevaban a don Francisco para asesinarlo el 15 de agosto, conociendo, un día después, los detalles de su trágica muerte. Comprendiendo entonces don Manuel  que sus horas estaban contadas, se despidió de su familia con una preciosa carta: “Me parece que éstas serán mis últimas líneas....No tengáis pena por mí; muero contento por la Religión y por España”, escribió.

 

Durante unos cuantos días más, don Manuel esperó la muerte. A las 11 de la noche del 24 de agosto fue sacado del hotel en compañía del dueño del mismo, de dos religiosos agustinos y un sacerdote del seminario diocesano. Todos fueron asesinados junto a las tapias del cementerio de San Rafael en la madrugada del día 25 de agosto. 

 

FÉLIX PACO ESCARTÍN, sacerdote

 

A los 68 años, era el “abuelo” de la comunidad salesiana malagueña y el asiduo confesor, cuando comenzó la revolución y arreció la persecución, que haría que su entregada y fecunda vida, con el martirio colmara su ser de “sacerdote, víctima y altar”. Don Félix había nacido en la localidad oscense de Adahuesca, el 21 de febrero de 1867. A los 25 años, ingresó en la casa de Sarriá, Barcelona, donde, diez meses después, inició el noviciado, que culminó con la profesión perpetua en 1894. Fue ordenado presbítero en Sevilla en 1899.

 

En sus 36 años de ministerio sacerdotal experimentó numerosos cambios de casa. Estuvo en Écija, Utrera, Ronda-Santa Teresa, Montilla (por dos veces), Sevilla- Santísima Trinidad (por tres veces), Valencia, Barcelona-Rocafort, Baracaldo, Cádiz, Carmona (por dos veces), Alcalá de Guadaira, Sevilla-San Benito de Calatrava, desempeñando los cargos de prefecto, catequista, consejero y, sobre todo, confesor. Las breves estancias en Málaga las escalonó: año 1907 como prefecto, año 1913 como confesor, misión que al ser destinado por tercera vez en 1935, ejercerá hasta “confesar a Cristo con su vida”.

 

Don Félix Paco, en efecto, siguió la misma suerte de sus dos hermanos salesianos don Vicente Reyes y don Tomás Alonso. Al atardecer del 30 de agosto de 1936 la aviación franquista volvió a bombardear la ciudad de Málaga y una multitud, furiosa, invadió seguidamente la cárcel. La meta preferida fue el dormitorio o “brigada de los curas”. En el elenco de esta horrible saca don Félix ocupaba el número 55.

 

El salesiano y testigo ocular don Antonio Ureña, relata: “Lo vi (a las tres de la madrugada del día 31 de agosto) cuando salían para ser fusilados: su rostro estaba sereno. Poco después escuchamos, en la misma prisión, los disparos de la ejecución, realizada en un lugar cercano, llamado “Camino de la Pellejera”.

 

En los días de su cautiverio, don Félix destacó  por la exquisita caridad con que consolaba a todos en aquellas horas amargas, animándolos con la esperanza del cielo e impartiendo la absolución cuantas veces  se le solicitaba.

 

TOMÁS ALONSO SANJUÁN, coadjutor

 

El jefe del taller de imprenta del colegio San Bartolomé de Málaga, don Tomás Alonso, había nacido en Vitigudino, Salamanca, el 13 de marzo de 1893. Con 13 años, ingresó en el aspirantado de Écija (Sevilla), aunque, después, marchará como aspirante coadjutor a la casa de Sevilla- Santísima Trinidad, donde aprendió el oficio de impresor. Profesó como salesiano en San José del Valle (Cádiz) en 1915.

 

Entregado a su oficio de impresor, su vida de profeso sólo conoció un cambio: dejar tras quince años la casa de Sevilla- Santísima Trinidad (1914-1929), para encargarse de la tipografía de Málaga, cargo que desempeñaba al arreciar la persecución.

 

Uno de los testigos del proceso diocesano, aseguró que a don Tomás, en aquellos días del estallido de la guerra, se le veía con un fervor especial: “Si hay que dar la vida –decía- nosotros la daremos”.

 

En la noche del 30 al 31 de agosto, apenas concluido el bombardeo de Málaga por los franquistas, los milicianos invadieron la prisión. Ordenaron a todos los encarcelados ponerse en pie, con los brazos en alto y comenzaron a hacer la selección para la ejecución. “El primero seleccionado fue don Tomás que dormía junto a la puerta de la brigada”. Hacían la selección tan al azar que incluyeron entre las víctimas un empleado del colegio y don Tomás intercedió por él asegurando que no era sacerdote ni religioso, súplica que fue escuchada y el empleado volvió a su puesto, “ya que el odio por Cristo no encontraba en él la requerida motivación para matarlo”.

 

En el elenco de la saca, don Tomás tenía el nº 57. Conducido junto a los muros del cercano cementerio de San Rafael, fue privado de la vida, únicamente porque era religioso salesiano.

 

MANUEL GÓMEZ CONTIOSO, sacerdote

 

El director de la casa salesiana de Málaga en julio de 1936, don Manuel Gómez Contioso, nació en Moguer, Huelva, el 13 de marzo de 1877. Con 17 años entró en la casa  de Utrera (Sevilla) pasando, dos años después, al noviciado de San Vicenç dels Horts, Barcelona, donde, en 1897, hizo la profesión  perpetua. Allí estudio el primer año de filosofía y el segundo en Sarriá. Vuelto a Andalucía, simultaneó primero en San Benito de Calatrava, Sevilla, y luego en Utrera las prácticas pedagógicas con los estudios teológicos, que culminó el 23 de marzo de 1903 con la ordenación sacerdotal en Sevilla.

 

Estrenó don Manuel su sacerdocio en Utrera como consejero escolástico y, excepto los cinco años de confesor en Córdoba y el siguiente sexenio de director en Écija (Sevilla), desarrolló todo su ministerio salesiano durante 20 años –no seguidos- en Málaga, como confesor, prefecto-administrador y, por dos veces, director. La segunda vez, desde un año antes de que comenzara la Guerra Civil.

 

A don Manuel le llegó “su hora” el 24 de septiembre. La saca, en la que fueron sacrificados 110 hombres y 8 mujeres, tuvo lugar desde la una y media a las seis de la tarde; los salesianos, con los de su ‘brigada’, salieron a eso de las 3 de la tarde. Don Manuel estaba signado con el número 179. Llevado ante las tapias del cementerio de San Rafael, el anciano sacerdote fue asesinado.

 

Un salesiano de su comunidad dice que “era el clásico salesiano. A pesar de su edad estaba a la altura de todo. Recuerdo que en el fervorín de una fiesta de 1931 exclamó: ‘Nosotros defenderemos a Cristo y derramaremos hasta la última gota de sangre y estaremos a la máxima altura que haya que estar’...” ¡Y lo cumplió!

 

 

ANTONIO PANCORBO LÓPEZ,  sacerdote

 

El catequista de la casa salesiana de Málaga, don Antonio Pancorbo, había nacido en la capital malagueña el 30 de septiembre de 1896. En el oratorio festivo y en las escuelas salesianas de la ciudad brotó su vocación salesiana. Tras el aspirantado en Écija (Sevilla), ingresó en el noviciado de San José del Valle (Cádiz). En 1917 profesó como salesiano en Utrera (Sevilla). Fue ordenado presbítero en Cádiz en 1925.

 

Su apostolado sacerdotal se desplegó en los colegios de Utrera, Las Palmas de Gran Canaria y “su Málaga del alma”, donde sufrió la persecución y el martirio.

 

Según el testimonio de un sobrino –alumno interno en las escuelas-, cuando el día 19 de julio su padre fue a recogerle a él, le ofreció a don Antonio, su hermano, su casa con la seguridad de que aquel mismo día zarparían en un barco inglés, rumbo a Gibraltar. Pero don Antonio le respondió que deseaba compartir la suerte de sus hermanos salesianos de la comunidad.

 

La noche del bombardeo de Málaga –30 de agosto- por las tropas de Franco, fue señalado como una de las víctimas. Un miliciano quiso arrancarle la medalla de la Virgen que pendía de su cuello. “Si me habéis de matar lo mismo, dejadme que muera con la medalla”, protestó enérgicamente. No obstante se la arrancaron violentamente, arrojándola al suelo, de donde la recogió otro salesiano que la devolvió a su dueño. Don Antonio la besó con ternura y la colocó de nuevo sobre el pecho.

 

Al partir hacia la muerte, advirtió con don Tomás Alonso, la presencia del señor Cárdenas, empleado del colegio, por quien intercedió para que lo indultaran. “No vengo a pediros nada para mí, vengo a interceder por un obrero, que se halla en fila para ser ejecutado. Él ni es sacerdote ni es religioso”.

 

Pudo también don Antonio aquel día escapar de la muerte, merced a una jocosa circunstancia. Sus pantalones eran muy cortos para salir de la cárcel y el policía le mandó que se los cambiara. Entre tanto, el cupo de alrededor de 60 víctimas se había cerrado, por lo que quedó descartado aquella noche.

 

No ocurrió así el 24 de septiembre. La saca de aquel día lo incluyó con el número 211, junto al director de San Bartolomé, don Manuel Gómez Contioso, y otros dos hermanos coadjutores, don Esteban García y don Rafael Rodríguez. Todos fueron asesinados junto a la tapia del cementerio de San Rafael.

 

 ESTEBAN GARCÍA GARCÍA, coadjutor

 

Don Esteban, hermano de otro salesiano mártir en San Vicenç dels Horts, Barcelona, nació en El Manzano, Salamanca, el 28 de noviembre de 1901. Siendo aspirante coadjutor en Sevilla- Santísima Trinidad, aprendió el oficio de sastre. Profesó los votos religiosos en San José del Valle (Cádiz) en 1926.

 

Tras un año en Ronda-Sagrado Corazón y otro en San José del Valle (Cádiz), desde 1928 hasta su muerte estuvo en Málaga, al frente del taller de sastrería.

 

Don Esteban siguió la suerte de su comunidad desde los primeros días de la persecución. Cuando el 23 de julio el gobernador civil dio la orden de que los salesianos podían  abandonar la prisión provincial, él fue uno de los últimos que salieron antes de que se diera la contraorden.

 

Poco antes de llegar a la ciudad, todavía en pleno campo, un grupo de fusileros, le acusó de ser sacerdote, por su aspecto exterior. Él lo negó. Entonces uno del grupo le dijo que lo demostrara blasfemando. Al negarse don Esteban, le amenazaron con matarlo, pero al pasar en ese momento un camión militar, estimaron más oportuno llevarlo a la comisaría, de donde fue trasladado aquella misma noche, de nuevo, a la prisión provincial, en la que permaneció durante dos meses más. De don Esteban en concreto testificaron que “durante aquellos interminables días fue visto hacer largas y frecuentes confesiones para prepararse al gran paso que todos sabían inminente”, en especial, tras vivir las terribles sacas del 22 y del 30 de agosto, en las que, -como ya se ha narrado-, fueron asesinados varios salesianos.

 

El 24 de septiembre, las turbas asaltaron la prisión e hicieron la saca más horrible, en la que don Esteban aparecía señalado con el número 180 y de la que formaban parte también el director, don Manuel Gómez Contioso, don Antonio Pancorbo y el coadjutor, don Rafael Rodríguez.

 

Conducido junto a las tapias del cementerio de San Rafael, “allí fue asesinado por el único motivo de ser religioso salesiano”.

 

RAFAEL RODRÍGUEZ MESA, coadjutor

 

A sus 23 años, don Rafael es el más joven de los salesianos martirizados en Andalucía. Nació en Ronda, Málaga, el 5 de julio de 1913. A sus 13 años, en 1926, ingresó en el  colegio salesiano de Málaga. Allí aprendió el oficio de carpintero.“Por su conducta ejemplar  fue admitido a la compañía de San José, de la que fue pronto presidente. En aquel clima de piedad y de apostolado se desarrolló su vocación salesiana”, alentada por el ejemplo y los consejos de su futuro compañero de martirio, don Esteban García, maestro de sastrería.

 

En 1932 profesó como coadjutor salesiano en San José del Valle (Cádiz). Aquí permaneció otro año de formación y luego fue destinado a Málaga como maestro de carpintería, donde sufrió la persecución y el martirio.

 

Aunque podía haberse refugiado en casa de una hermana que vivía en Málaga, don Rafael también prefirió compartir la suerte de su comunidad.

 

De este modo, el 21 de julio, en el asalto al colegio y el traslado de la comunidad a la improvisada cárcel del cuartel de Capuchinos, comenzó el martirio de don Rafael: “Lo traían entre dos como muerto, rostro y pecho bañados en sangre. Le habían dado un golpe con el fusil partiéndole la nariz y el labio superior, por lo que había caído al suelo desvanecido por el dolor”. Al día siguiente, fue conducido, junto con los demás salesianos, a la prisión provincial, donde permaneció durante dos largos meses. En este tiempo, don Rafael, “intensificaría su vida de piedad con lecturas, rezo del rosario, confesión...”.

 

En la saca del 24 de septiembre le asignaron el número 219. Y en las cercanías del cementerio de San Rafael “sellaba con su sangre una breve pero fecunda existencia, consagrada a la gloria de Dios y a la salvación de las almas, por medio de la enseñanza profesional y la educación religiosa impartida a los jóvenes obreros”. [32]

  

LOS COOPERADORES SALESIANOS MÁRTIRES DE POZOBLANCO 1936

 

Cuando, en julio de 1936, comenzó la Guerra civil, los Salesianos llevaban apenas seis años en  Pozoblanco, un pueblo de la sierra cordobesa al que habían llegado en 1930 para poner en marcha unas escuelas populares y el oratorio festivo.

 

En esta población cordobesa, a 84 kilómetros al norte de la capital, se dio el caso –único en la zona- de que la Guardia civil local se unió al levantamiento militar del 18 de julio, tomó el Ayuntamiento y consiguió que, al día siguiente del alzamiento, todos los que en el pueblo se relacionaban con el Frente Popular huyeran de allí. Pero esta situación solamente duró hasta la madrugada del 15 de agosto de 1936. Este día, una columna de militares republicanos, junto con milicias populares pozoalbenses formadas fuera de la localidad tras la huída del 19 de julio, entraron de nuevo en Pozoblanco y lo devolvieron a la República.   

 

Antes, tras algunos tira y afloja, la Guardia civil, queriendo evitar la carnicería que se hubiera producido de empeñarse en la defensa de la localidad, sensatamente se avino a firmar un pacto con los que se aproximaban a recuperar Pozoblanco. El pacto incluía una cláusula que las milicias populares pozoalbenses, exclusivamente, no cumplieron de ninguna manera: el respeto de todas las vidas. 

 

Los mártires    

 

En julio de 1936, la comunidad salesiana de Pozoblanco estaba formada por tres salesianos: don Antonio do Muiño, don Baldomero Pagán y don Antonio Sánchez. A éstos, se habían unido, para el verano, dos salesianos más: don Claudio Sánchez y don Luis Parrondo. Ninguno de ellos fue asesinado pero todos fueron, sin duda, perseguidos por su condición de religiosos. En efecto, luego de la rendición de Pozoblanco el día 15 de agosto de 1936, los salesianos consideraron más seguro dejar el colegio y refugiarse en casas particulares o en hoteles. Pronto se vieron juntos de nuevo, aunque, ahora, en la cárcel del pueblo donde, un mes después, jueces venidos desde Jaén, empezaron a juzgarlos. Fue, sin embargo, tanta la presión que las milicias populares pozoalbenses ejercieron sobre esos jueces que éstos decidieron no volver más y consiguieron que trasladaran a todos presos a la cárcel de Jaén, donde, finalmente, y con más tranquilidad, sí que pudieron juzgarlos y condenarlos. Excepto a don Claudio, a quien dejaron libre, a los otros cuatro salesianos los condenaron a diversas penas que cumplirán en cárceles y cuarteles republicanos de Totana (Murcia), Valencia y Paterna, hasta su liberación al finalizar la guerra.

 

Quienes, por desgracia, no verían este final feliz fueron tres cooperadores salesianos de Pozoblanco: el sacerdote don Antonio Rodríguez Blanco y los seglares doña Teresa Cejudo y Bartolomé Blanco. Son los mártires de la Familia Salesiana de dicha localidad cordobesa a los que nos referiremos a continuación. Los tres fueron asesinados por ser personas de Iglesia o estar vinculados a ella a través de su militancia en asociaciones católicas. Don Antonio y doña Teresa fueron ejecutados en Pozoblanco y Bartolomé en Jaén. Al primero lo fusilaron el 16 de agosto, un día después de que Pozoblanco hubiera sido recuperado para la República. A doña Teresa la detuvieron en agosto, pero la juzgaron y ejecutaron en el mes siguiente, septiembre. El último en morir, en este caso fuera de su pueblo, fue Bartolomé Blanco.

 

Los restos mortales de los tres mártires reposan en el cementerio de Pozoblanco.[33]

 

ANTONIO RODRÍGUEZ BLANCO, sacerdote cooperador

 

El primero de los mártires del grupo de Pozoblanco, es, como ya se ha dicho, el sacerdote y arcipreste don Antonio Rodríguez Blanco, nacido en Pedroche, Córdoba, el 26 de marzo de 1877. Sus padres le proporcionaron una cuidada educación cristiana desde la infancia, que continuó cuando, finalizados los estudios primarios, le enviaron a estudiar al colegio salesiano de Utrera, Sevilla. A su regreso de Utrera, con 15 años, solicitó ingresar en el seminario cordobés de San Pelagio. Alternó los estudios eclesiásticos con los civiles en las universidades de Sevilla y Granada, y, durante un año, fue también maestro de primera enseñanza en el colegio salesiano de Utrera. Recibió el presbiterado en 1901.

 

Recién ordenado fue nombrado capellán de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados, de Córdoba, mientras ejercía como profesor del seminario diocesano. Obtenida en 1902 la licenciatura en Teología, pasó a su pueblo natal donde ejerció de confesor extraordinario de las religiosas Concepcionistas, hasta que, poco después, fue nombrado cura ecónomo de la parroquia del Salvador, de Pedroche, cargo que desempeñó hasta 1903 en que volvió al seminario como profesor. En 1905, fue destinado como cura ecónomo a la parroquia de Santa Catalina de Pozoblanco, y, cinco años después, previas oposiciones, pasó a ser cura propio de la misma iglesia.

 

Don Antonio Rodríguez, que no estaba entre las personas comprometidas con la defensa de Pozoblanco para el ejército sublevado, a las que se les proporcionaron dos trenes para salir del pueblo, “fue detenido por los milicianos en la mañana del día siguiente a la rendición de Pozoblanco, el 16 de agosto, en casa de sus primas, sobrinas del obispo Pozuelo. Allí estaba vestido de seglar en contra de su voluntad. Reclamó la sotana para ponérsela, pero los milicianos no se lo consintieron. A sus sobrinas, que se habían venido desde Pedroche a refugiarse en casa de su tío, en Pozoblanco y que, al ser detenido le dijeron: “Por Dios, tío, que no te maten, que no tenemos más que a usted”, les respondió: “Desde el cielo os podré ayudar más”.

 

En el camino hacia el cementerio se encontró con una niña que le besó la mano y también con un monaguillo de la parroquia que le abrazó. Durante el trayecto fue maltratado e injuriado por los milicianos. Al llegar al cementerio suplicó que le dejaran orar un momento. Se recogió, pues, unos instantes y después pronunció estas palabras: “Estoy a vuestra disposición. Que Dios os perdone como yo os perdono”. Se ofreció a los verdugos, pidiéndoles que lo dejaran morir abrazado a la cruz que preside en el centro del cementerio”.[34]

 

TERESA CEJUDO REDONDO, cooperadora salesiana

 

Una extraordinaria mujer que sufrió la persecución y el martirio en 1936 por su condición de católica, fue doña Teresa Cejudo, madre de familia nacida en Pozoblanco, el 15 de octubre de 1890. Cuando la asesinaron tenía por tanto 46 años. En 1925 se casó con el arquitecto Juan Bautista Caballero, conociéndosela por eso en el pueblo como “la arquitecta”. Su marido sería también asesinado en 1936.

 

Doña Teresa destacaba por ser animadora de todas las obras buenas de la ciudad. Propagandista católica muy activa y mujer ejemplar como hija, esposa y madre. Era secretaria de la Asociación de María Auxiliadora de Pozoblanco y de las Mujeres de Acción Católica, además de presidenta de las Conferencias de San Vicente de Paúl y de las Marías de los Sagrarios. Demostraba una devoción eucarística poco común y figuró entre las más activas cooperadoras salesianas.

 

Procuró encajar la persecución con espíritu de fe, ofreciéndose como víctima por la salvación de España. Detenida y encarcelada el 22 de agosto de 1936, nada significaron para ella los rigores y duras incomodidades de la prisión, que disimulaba por espíritu de sacrificio y por calmar la angustia de sus hermanas y de su hija, que acudían a visitarla.

 

El 16 de septiembre fue juzgada con 21 inculpados más. De los 22, 18 fueron condenados a muerte. A doña Teresa la acusaron por sus prácticas de piedad y por hacer –decían- propaganda política en contra de las ideas marxistas. Su respuesta fue: “No ha sido por defender el capital, sino la ley de Jesucristo”. Nunca negó en el juicio ser católica. Cuando fue condenada a muerte, el numeroso público asistente comenzó a gritar y a aplaudir. Al oír la sentencia, dijo muy tranquila: “Esto lo esperábamos nosotros. Nos reclama Jesucristo y nos vamos con él, que estaremos mejor que aquí entre esta familia”.

 

“¡Perdonad...,y hasta el cielo!”, fueron las únicas palabras que le arrancaron, cuando salió camino de la muerte, entre las lágrimas de dos de sus hermanas y de su hija.

 

En un camión fue conducida al cementerio en compañía de los otros 17 condenados. Con ellos fue fusilada el 20 de septiembre a las seis de la mañana. Pidió ser la última en morir para dar ánimo a todos ante el martirio. Quisieron vendarle los ojos, pero se negó porque no temía a la muerte. “¡Os perdono, hermanos!, ¡Viva Cristo Rey!”, fueron sus última palabras.[35]

 

BARTOLOMÉ BLANCO MÁRQUEZ, cooperador salesiano

 

Otro cooperador salesiano asesinado en 1936 fue el joven sindicalista católico Bartolomé Blanco Márquez. Había nacido en Pozoblanco el 25 de noviembre de 1914. Huérfano desde niño, fue acogido por unos tíos suyos con los que trabajaba de sillero.

 

Una vez abierto el colegio salesiano de Pozoblanco (septiembre de 1930), Bartolomé fue asiduo al oratorio festivo y ayudó como catequista. El director del colegio, don Antonio do Muiño, le facilitó máquina de escribir y libros, y le invitó a participar en los círculos de estudios, auténtica palestra de for