(De Alfa y Omega, Nº 598,  19.06.08)

Jóvenes Cristianos de Cataluña Mártires


Fundada la Federación de Jóvenes Cristianos de Cataluña por el padre Albert Bonet en 1931-1932, con el objetivo de que todos los jóvenes alcanzasen la santidad, su trayectoria se quebró en 1936. José María Gironella fue uno de los miembros de la Federación y resume la importancia que tuvo en su vida: «El programa
fejocista me llenaba por completo. Me enseñaba a amar a Dios, lo que colmaba mi sed de trascendencia. Me enseñaba a amar el intelecto, pensamiento del hombre más noble de cuanto ha sido creado. Me enseñaba a amar a la familia, que son nuestra inmediata prolongación. Me enseñaba a amar el deporte, como descarga y vehículo compensador. Y me enseñaba a amar la tierra en que nací. Nos enseñaba, además, a amar la libertad. La visita a los enfermos era una de las actividades predilectas de la Federación.


Estos postulados me han ayudado con eficacia mayestática en las noches oscuras que, como toda criatura humana, he sufrido a lo largo de mi peregrinar».

 

Una familia mártir


Plácido y Emilia estaban casados y tenían 10 hijos. Una familia auténtica que vivía la fe en Barcelona, con el negocio de una panadería. En el año 1936 distintos milicianos registraron su casa en varias ocasiones y siempre salían apaciguados por la actitud bondadosa de la madre. Sin embargo, un día, el jueves 24 de septiembre, fiesta de la Virgen de la Merced, de improviso, se presentaron unos milicianos, a las 6 de la mañana. Dijeron ser de la Federación Anarquista Ibérica y tenían el encargo de llevarse a los hombres de la familia al Comité para que declarasen. Estaban en la panadería los padres y varios hijos, miembros de la Federación de Jóvenes Cristianos de Cataluña, y Teresa, la única chica que estaba en ese momento con ellos. Tres hijos y el padre, y un amigo, también de la Federación, que trabaja con ellos, tuvo que ir. Emilia les quiso acompañar. Al salir del coche, al haber llegado al  supuesto Comité, fueron tiroteados por la espalda.
María del Pilar Blázquez

 

Sacerdotes del clero diocesano, religiosos y religiosas, así como seglares pertenecientes a movimientos y asociaciones diversas, perdieron la vida por su fe, durante la persecución religiosa, entre 1934 y 1939, en diversas localidades de la archidiócesis de Valencia. Estos mártires «se distinguieron por su ejemplar vivencia de fe», en palabras del Delegado de la Comisión diocesana para las Causas de los Santos del Arzobispado de Valencia, don Ramón Fita.

 

Es precisamente por esto, por lo que la Santa Sede ha concedido prórroga de competencia y el preceptivo nihil obstat para el proceso de beatificación de 250 mártires valencianos. Este grupo de mártires de Valencia es el más numeroso al que se le abre el proceso de canonización, y el segundo cronológicamente, tras el grupo de los 226 mártires valencianos que fueron beatificados por el Papa Juan Pablo II el 11 de marzo del año 2001, en la plaza de San Pedro, en el Vaticano.

 

De los 250 mártires que van camino a los altares, 183 son sacerdotes, 6 religiosos, 4 religiosas y 57 laicos, entre los cuales había un monaguillo de 15 años y una mujer embarazada de 9 meses, quien rogó a sus captores tener al bebé antes de que la mataran para poder bautizarlo. Su petición no fue concedida. La Causa de este grupo la abrió monseñor Agustín García-Gasco en junio de 2004.

 

El cardenal José Saraiva Martins, Prefecto de la Congregación de las Causas de los Santos en Roma, firmó, en mayo pasado, el Decreto de aprobación del nuevo proceso de beatificación de los 250 mártires valencianos. El Tribunal nombrado para la Causa ya ha realizado 300 sesiones y ha tomado declaración a 550 testigos. María del Pilar Blázquez

 

250 mártires valencianos en proceso proceso de beatificación

Dieron su sangre por Cristo


A lo largo de 319 páginas, el sacerdote don José Antonio Marcellán, fallecido en 2001, relata la biografía de 152 mártires navarros, víctimas de la persecución religiosa del siglo XX en España y en otros países.
Mártires navarros del siglo XX. 48 Beatos y 104 hermanos «desconocidos» (ed. Laocoonte) ha sido revisada y completada por el sacerdote navarro don Santiago Cañardo Ramírez. En sus páginas, también, se encuentra un índice alfabético de los mártires, un mapa de sus localidades de origen y las fotografías de todos los beatificados.

 

Juan Pablo II, en la Carta apostólica Tertio millennio adveniente, decía que las Iglesias locales debían mantener el recuerdo de quienes «han sufrido el martirio de la gran causa de Dios y han sabido vivir el Evangelio en situaciones de hostilidad y persecución».

 

Por esto, se ha realizado esta obra. Monseñor Sebastián, arzobispo emérito de Pamplona, afirma en el prólogo que, «este libro nos recuerda la vieja tradición de nuestros mártires, las raíces más vigorosas de nuestra fe, los modelos más auténticos de nuestro estilo cristiano. Ser cristiano es vencer al mundo, no someterse a las imposiciones de la cultura triunfante, tener el valor de disentir y renunciar a todo aquello que no es compatible con el amor de Dios sobre todas las cosas, con la tradición y las enseñanzas de la Iglesia, con el estilo y la vida de los santos, con las enseñanzas y el Espíritu de Jesús. Así tiene que ser la verdadera vida cristiana».

 

Asimismo, monseñor Francisco Pérez, el actual arzobispo de Pamplona, asegura, en el epílogo, que, «el martirio no tiene su base solamente en lo físico, sino sobre todo en la oblación de la propia vida por la fe en Jesucristo. Sólo es libre quien ama de verdad. Morir al propio yo para que sea Cristo quien reine en el corazón de la persona, es el exponente mayor de una entrega generosa donde uno no cuenta, sino que sólo cuenta Dios». M.P.B.