Don Marcelo de Toledo

 

Los martirologios

 

 


El Martirologio romano es el catálogo de los santos y beatos (no solo mártires), honrados por la Iglesia católica. Fue escrito en el siglo XVI y ha sido revisado frecuentemente. El nuevo Martirologio romano (publicado el 2 de octubre de 2001), que actualiza la edición de 1956, contiene 6.538, pero el número de santos y beatos incluidos es mayor ya que, junto a muchos nombres se añade: “y compañeros mártires”. Está ordenado según los días del año e incluye el lugar y fecha de la muerte, el título (apóstol, mártir, confesor, etc.), el tipo de memoria litúrgica, y una pequeña nota hagiográfica.

 

Y ese mismo nombre, recibieron los trabajos que una serie de beneméritos religiosos y sacerdotes comenzaron a realizar, tomando notas y declaraciones, incluso en los mismos días de la guerra civil. Desde entonces hasta nuestros días fueron apareciendo nuevos trabajos. Por ejemplo:

 

    - En 1942 aparece publicado por la Imprenta Católica Sigirano Díaz de Ávila el “Martirologio de los Carmelitas Descalzos de la provincia de nuestra padre San Elías de Castilla en la revolución marxista de 1936” por el R.P. Evaristo de la Virgen del Carmen, C. D.

 

- En 1964, con un título más periodístico el padre Heliodoro del Niño Jesús, C. D. publica “Sangre sobre capas blancas”, también en la abulense “Imprenta y Librería Vda. de Sigirano”.

 

    - En 2007, con ocasión de la beatificación de estos mártires el Padre José Vicente Rodríguez, OCD, publica en la madrileña Editorial de Espiritualidad la obra “La dichosa ventura. Vida y martirio de 16 carmelitas descalzos en Toledo”.

 

 

En las diócesis

Por ejemplo, el incombustible párroco de San Nicolás de Bari de Avilés, don Ángel Garralda García (1923) publicó en 1977 “La persecución religiosa del clero en Asturias” en dos tomos (I. Martirios y II. Odisea). En 2009 ha publicado una nueva edición en uno solo.

En Toledo don
Juan Francisco Rivera Recio (1910-1991) publica en 1945 el primer volumen de “La persecución religiosa en la diócesis de Toledo (1936-1939)”. El segundo aparecía trece años después, en 1958. En ese momento, don Juan Francisco revisó y mejoró el tomo primero y ambos fueron publicados simultáneamente, aunque de forma separada. Su trabajo en único en la materia. Yo trabajo con sus notas originales y es impresionante muchas veces leer cosas que el mismo dice que aún no se conocen por tratarse de alguna parte de la diócesis que todavía no había sido liberada. En 1995, Monseñor Jaime Colomina Torner, publica la tercera edición, esta vez sí, en un solo tomo.

 

En Cuenca el sacerdote Sebastián Cirac Estopañán (1903-1970) publica en 1947 el “Martirologio de Cuenca”.

 

Fue Gregorio Sedano de los primeros en publicar un martirologio. Y lo hizo en la diócesis de Ávila con el título “Del Martirologio de la Iglesia abulense en 1936” (1941).

 

Siguió su estela, don Andrés Sánchez Sánchez (1926-2009) que publica en 1987: “Pasión y gloria de la Iglesia abulense”. Más de quince años después don José Antonio Calvo Gómez edita una revisión y aumenta lo ya publicado en una nueva obra con el doble título: “Mártires de nuestro tiempo. Pasión y gloria de la Iglesia abulense” (2003).

El prólogo de la edición de 1987 fue escrito por el Cardenal Marcelo González Martín. En él nos ofrece un espléndido resumen de ideas que ayuda a comprender el tema martirial. Y, son sobretodo alentadoras las referencias hechas para que no caiga en el olvido la santidad de nuestros mártires.

 

Torrentes de energías del espíritu al servicio del Evangelio

 

Escribo estas líneas movido por sentimientos de veneración y respeto a la memoria de los sacerdotes de la diócesis de Ávila, que murieron por amor a Jesucristo y a la Iglesia en los trágicos días de 1936. Quince de ellos regentaban parroquias que hoy pertenecen al arzobispado de Toledo.

 

El autor del libro, don Andrés Sánchez canónigo archivero de la catedral de Ávila, ha realizado un benemérito trabajo que hemos de agradecer todos, por lo que tiene de servicio a la historia y de proclamación del heroísmo con que dieron testimonio de su fe los que perdieron su vida por defenderla y propagarla. En su día recorrió los lugares donde se sucedieron los hechos que se narran, habló con quienes conocieron a las víctimas y a veces a los asesinos, captó los sentimientos de las gentes del pueblo que fueron testigos impotentes de la persecución desatada, y redactó después con pluma serrana y dolorida la crónica conmovedora que ahora sale a la luz.

 

Cuando estas parroquias de Ávila pasaron a pertenecer a la diócesis de Toledo se sintieron unidas enseguida por los lazos de la fraternidad cristiana de nuestro arzobispado, no sólo por la fe común y las costumbres, sino también por la sangre de los sacerdotes “mártires”, que se incorporaba a la que habían derramado más de trescientos ministros del Señor en tierras toledanas.

 

Humanamente hablando ¡qué espantosa inútil carnicería y qué barbarie! Pero a la luz del misterio de la Iglesia -signo de contradicción, como Jesucristo, en el mundo-, ¡qué torrente de energías del espíritu al servicio del Evangelio! Este libro, como los que en su día escribió don Juan Francisco Rivera sobre el martirologio de Toledo, servirá también para que los sacerdotes hoy destinados a aquellas o a estas parroquias alimenten su capacidad de abnegación pastoral y sacrificio constante con el recuerdo no lejano de esos otros que entonces murieron, cuyas firmas pueden encontrarse en los libros parroquiales de aquellos años, si es que el vandalismo destructor se detuvo a las puertas de los modestos archivos que los guardaban.

 

La Guerra española tuvo mucho de Cruzada en defensa de la fe, tanto por lo menos como de enfrentamiento social y de odio político entre hermanos llevado hasta la desesperación. Los historiadores y los sociólogos han escrito infinidad de páginas sobre el gran drama, y se esfuerzan por explicar acontecimientos según los criterios que adopten como fruto de sus análisis personales.

 

 ¡Qué cómodo es hacer esto años después, no obstante la dificultad que supone un estudio riguroso y documentado! Me refiero sobre todo a los que tratan de dar su versión inapelable, con sus enjuiciamientos e interpretaciones en las que tantas veces se interfieren modos de pensar de hoy con los hechos que sucedieron ayer. Seguirán haciéndolo, sin duda, porque es vocación irreprimible de los hombres cultos reflexionar sobre la historia de sí mismos y de sus pueblos, y más de una vez, cuando se unen en el historiador la rectitud de espíritu con la competencia científica, podrán ofrecernos lecciones provechosas, extraídas de la amplia y fundada visión general por ellos alcanzada.

 

Admitido esto de buen grado, pienso que es absolutamente necesario acercarse a los hechos individualizados y concretos y narrarlos tal como sucedieron para que no se pierda el valor de los mismos entre la fronda de las reflexiones subjetivas. Cuando se habla de los más de siete mil sacerdotes asesinados en nuestra guerra, surgen enseguida referencias a la inadaptación de la Iglesia española a los tiempos, su beligerancia en el campo de la política, su separación de la clase obrera, la alianza con los ricos, etc., con lo cual se incurre en graves inexactitudes, en tópicos que impiden un juicio sereno, en parcialismos apasionados. Y se pierde el valor de los hechos que terminan por ser olvidados en fáciles consideraciones a las que se inclina el gusto de quien escribe o habla.

 

La muerte violenta de tantos sacerdotes españoles, y aún de muchos seglares católicos, en aquellos días, tiene características propias y singulares: el odio a la fe por parte de quienes mataron, y el testimonio espléndido en favor de esa fe por parte de quienes murieron. Aceptación humilde de la persecución, confianza en Dios, fortaleza ejemplar, perdón y amor a sus mismos enemigos, fueron actitudes que brillaron con singular esplendor en aquellos buenos pastores del pueblo de Dios, a la hora de ser arrancados de su grey para condenarlos a muerte ignominiosa. Éste es el valor de los hechos, que la Iglesia no puede olvidar porque son el obsequio que ellos, hijos suyos, ofrecieron a Jesucristo, el primer mártir, a quien quisieron imitar con amor innegable.

 

De ahí el interés de un libro como éste del archivero de la catedral de Ávila. A lo largo de estas páginas el autor nos invita, con frecuencia, al logro de una plena y sincera reconciliación entre todos los españoles. Para conseguir este clima reconciliador sería tan injurioso como vano sepultar en el olvido las lecciones de vida que con su muerte nos dieron los sacerdotes de tantas diócesis de España. El autor, en una admirable Introducción al libro, fija los criterios que le han guiado: nada de polémicas, nada de consideraciones política, ningún ataque o impugnación a nadie; que hablen los hechos, esto basta.

 

Pero ¿quién no inclinará su frente y cerrará sus ojos, cegado por tanta luz, cuando contempla la muerte de ese párroco de Almendral de la Cañada, don José Sáiz Rodríguez, de 35 años de edad y cuando vea el comportamiento de sus hermanas con el que le asesinó?

 

 ¿O entre el sacrificio del coadjutor de Oropesa, don Nicéforo Pérez Hérraz, “lidiado” en el patio del castillo que convirtieron en plaza de toros, y ultrajado en su cuerpo con saña infernal y de la manera más inverecunda imaginable?

 

¿O cuando don César Eusebio Martín, también de Oropesa, ordenado sacerdote sólo cinco años antes, se vuelve hacia los milicianos que iban a fusilarle y exclama: “Que Dios os perdone como yo os perdono”. De él dijo después su madre: “Mi hijo se pasaba aquellos días leyendo historias de mártires y rezando. Expresaba muy anhelantes deseos de ser uno de ellos. Por eso, no opuso resistencia alguna cuando llegaron los milicianos a buscarle”.

 

Y así tantos otros, que nunca hicieron daño a nadie, que amaron a todos, que predicaron el Evangelio como mejor supieron y pudieron hacerlo, que creyeron en Jesucristo hasta el final, que sirvieron a la Iglesia y a la sociedad, a esta suya y nuestra patria española de ayer y de hoy, tan fácil para olvidar, para cambiar, para acusar.

 

Excelente resumen para que cualquiera pueda dar una conferencia uniendo a lo expuesto el testimonio de los mártires de su parroquia (seglares o sacerdotes) en este año, en que la mayoría de nuestro mártires celebran el 75 aniversario de su glorioso martirio (1936-2011).

 

Homilética de don Marcelo

El próximo sábado es el aniversario de la última ordenación sacerdotal que don Marcelo presidió en su Catedral de Toledo. Fue el 25 de junio de 1995. A lo largo de su fructífero ministerio episcopal en la Archidiócesis de Toledo, 414 sacerdotes recibimos la ordenación sacerdotal de sus manos.

 

El último domingo de ese año 1995 comenzó a publicar en el periódico ABC un comentario semanal al Evangelio. La página web www.cardenaldonmarcelo.es acaba de colgar todas las homilías que escribió a lo largo de dos años en el citado diario madrileño. Con el mismo título con el que aparecieron PALABRA DE VIDA podéis meditar el Evangelio, gozaros con su pluma, y los sacerdotes encontrar un apoyo para la predicación.

 

Jorge López Teulón