El Holocausto cristiano

Cada año se nos invita a recordar las víctimas de los campos de exterminio nazi: el horror de los Lager de Auschwitz, Dachau, Treblinka, Belzek, MaJdanek y tantos otros fosos de los leones.

Pero en la historia no encontramos sólo el “holocausto de los hebreos”, sino que perdura, desde hace veinte siglos, “el holocausto de los cristianos” desde un extremo al otro de la tierra, en odio a Cristo y a los hombres.

En los primeros siglos de la Iglesia

Apenas habían nacido los cristianos en Jerusalén, en torno al 33-36 a. C., y ya eran perseguidos a muerte por los judíos, hasta el punto que tuvieron que huir y dispersarse. Antioquía se convirtió en su nuevo centro. Pero pronto, también allí, estalló la persecución contra ellos.

Cuando los cristianos hicieron su aparición en Roma, a los pocos años el emperador Nerón desencadenó contra ellos la primera persecución sangrienta, de tal modo que los que eran ciudadanos romanos, como San Pablo, tuvieron el privilegio de que les cortaran la cabeza; los demás, como San Pedro, el primer Papa, fueron crucificados o cubiertos de brea para ser usados como antorchas vivientes en la iluminación de los jardines imperiales. Así lo cuenta el historiador romano Cornelio Tácito en sus Anales.

Desde el 64 d. C. a lo largo de 250 años, o sea hasta el 313, tuvieron lugar las persecuciones de los emperadores contra ellos, por lo que fue llamada la era de los mártires. Los primeros Sumos Pontífices de la Iglesia Católica murieron casi todos derramando su sangre por Cristo.

Gracias precisamente a aquel “mar de sangre”, la Iglesia si difundió por doquier. “La sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos”, había escrito Tertuliano. Y hubo de nuevo mártires en la conversión de la Galia, de Bretaña, de Alemania, de las tierras más allá del Oder, la actual Polonia. Mártires en las costas de África y mártires en el cercano y lejano Oriente.

Así los cristianos han pagado con su sangre la penetración de Cristo en las almas y en los pueblos.

Desde el siglo octavo a finales del Medioevo

A partir del séptimo–octavo siglo, el naciente Islam se desparramó por África, España, Sicilia y Oriente. Otra vez entre los cristianos, hasta 1492 con el descubrimiento de América y fin de la Edad Media, surgieron tantos mártires en las tierras ocupadas por el Islam. ¿Cuántos? Sólo Dios lo sabe.

Hagamos un salto en el tiempo, en la “democrática” Inglaterra, convertida al anglicanismo bajo despotismo de su rey Enrique VIII, adúltero, uxoricida y homicida. Durante 100 años (del 1500 al 1600), los católicos fueron perseguidos a muerte, ahorcados, descuartizados y asesinados sólo porque celebraban la “Misa papista”. ¿Quién conoce esto? Casi ningún libro de historia lo cuenta.

Cuando en 1789 estalló la “celebradísima” revolución francesa, considerada aún hoy por la mayoría como el inicio de todo progreso y modernidad, los primeros que pagaron con su sangre fueron, una vez más, los católicos, exterminados a millares; en la Vendée tuvo lugar el primer genocidio de la historia moderna. Otros fueron enviados a la guillotina en un número incalculable. Pero al respecto se habla sólo de libertad, igualdad y fraternidad, como si aquella revolución hubiese sido obra de los ángeles.

Torbellino rojo

Y llegamos al siglo XX que es, en verdad, el siglo de los mártires cristianos católicos. Por millones han sido masacrados por los comunistas: obispos, sacerdotes y humildes fieles, en la Unión Soviética y en los países del este europeo desde 1917 a 1989, bajo hombres con los nombres de Lenin, Stalin, Kruschev y Breznev. En China han sido exterminados o expulsados por Mao y sus sucesores, y lo son aún hoy día.

Es el mayor asesinato en masa de la historia. Lo mismo ha ocurrido entre 1926-27 en Méjico y entre 1931-1939 en España, por obra de los sin-Dios, de los comunistas, un verdadero “torbellino rojo”.

¡Nunca vencidos!

La historia de la Iglesia es un verdadero martirologio. Y, sin embargo, ¿hay alguien que pida excusa o perdón a los cristianos, a la Iglesia Católica, por todo el mal que han sufrido?  ¿Quién se manifiesta en público, entre los “pacifistas” y sedicentes defensores de los derechos civiles, a hacer valer los derechos y el respeto de los cristianos? Nadie. Ya lo había profetizado Jesús, el Hijo de Dios, inmolado en la cruz y resucitado, el único Salvador del mundo: “Seréis odiados por todos por causa de mi nombre” (Mt. 10, 22).

Lo sabemos: hay un gran plan satánico, una conjura colosal che sigue a la de Caifás y Herodes, a la de todos los “Nerones” de la historia: borrar hasta el nombre de Jesús.

Pero “no prevalecerán” (Mt. 16, 18), ha asegurado Jesús. “Sufriremos siempre tribulación, pero jamás seremos vencidos”, explicó a los jóvenes católicos el beato Papa Pío IX  que sabía de tribulaciones y persecuciones.

Sabiéndonos poseedores de la única Verdad que salva, que estamos en buenas manos, las de Dios, también hoy nos sentimos animados por esta sola luminosa certeza: “Sub Christi Regis vexillis militare gloriamur. Nos gloriamos de militar bajo los estandartes de Cristo nuestro Rey”.

Benedicto XVI (Londres, septiembre de 2010) nos recuerda que hoy “el precio que hay que pagar por la fidelidad a Cristo  no es sólo el de ser colgados…sino que implica, con frecuencia, ser considerados como irrelevantes, ridiculizados o hechos objetos de burla. Sin embargo la Iglesia no se puede eximir del deber de proclamar a Cristo y su Evangelio como verdad que salva, como fuente de nuestra felicidad última como individuos y como fundamento de una sociedad justa y humana

El obispo de Trento Monseñor Bressan, en su informe sobre la persecución en el mundo afirma que “en el 2010 han sido asesinados 2.160 cristianos… desde Corea a las Maldivas, a la India, a Nigeria..,y que el viejo continente parece haber querido marginar al Cristianismo”.

Nicolás Echave, sdb