Agenzia FIDES – 1 marzo 2008

 

DOSSIER FIDES

 

Los mártires de la guerra civil en España y su repercusión en el mundo misionero

 

 

Introducción general 

 

LOS RELIGIOSOS MÁRTIRES Y LA EVANGELIZACIÓN 

 

         ¿Y en las misiones qué sucedía?

                   El testimonio de un Claretiano 

 

LA IGLESIA NO QUISO LA GUERRA 

 

GUERRA CONTRA LA RELIGIÓN Y POR LA RELIGIÓN 

 

         Hacia una revolución marxista 

         La prensa de izquierda desvela los fines de su lucha 

         El Gobierno también se declara contra la religión              

         Persecución religiosa en la zona republicana durante la guerra 

         La Iglesia se pronuncia sobre la persecución 

         El Gobierno Negrín y el ministro Irujo 

 

ALGUNOS TESTIMONIOS 

  

                   Beato Narciso De Estenaga y Echevarría, Obispo de Ciudad Real 

                   Beato Francisco Maqueda López 

                   Sierva de Dios Madre Cándida del Corazón de Jesús 

                   Beato Ceferino Giménez Malla, primer Beato de raza gitana 

                   Siervo de Dios Santiago Mosquera y Suárez de Figueroa 

 


Este Dossier está disponible también en la pagina web de la Agencia Fides:
www.fides.org

 

 

INTRODUCCIÓN GENERAL

 

Ciudad del Vaticano (Agencia Fides) - El número de víctimas martirizadas durante la persecución religiosa que, desde 1931, asoló España y que sobre todo, coincidió en el espacio temporal con los días aciagos de la Guerra Civil Española de 1936 a 1939, ascendía a 6.832. Según el estudio de investigación histórica de Antonio Montero Moreno, arzobispo emérito de Mérida-Badajoz, publicado en 1960, de los 6.832 mártires, 4.184 pertenecían al clero secular: doce eran obispos, había un administrador apostólico y una treintena de seminaristas; 2.365 son religiosos y 238 son religiosas.

           

Con motivo de la celebración del Jubileo del Año 2000, el papa Juan Pablo II solicitó la preparación de un catálogo de los mártires cristianos del siglo XX. También España colaboró con la reelaboración de los catálogos que las diferentes diócesis entregaron para la celebración ecuménica que tendría lugar en el Coliseo romano en el mes de marzo de ese año 2000. Pero ya entonces, Mons. Vicente Cárcel Ortí, sacerdote y afamado historiador, comenzó a hablar de una cifra superior a los 10.000 mártires españoles asesinados en dicho período. Los datos se desglosan así: doce obispos, un administrador apostólico, cerca de siete mil sacerdotes, religiosos y religiosas, y en torno a tres mil seglares, la mayoría de ellos pertenecientes a la Acción Católica. El trabajo en las diócesis sigue reconstruyéndose minuciosamente para afinar lo más posible en dichas cifras.

           

El 29 de marzo de 1987 fue una jornada realmente histórica en la trayectoria de las Causas de Canonización españolas: el papa Juan Pablo II elevaba al honor de los altares a tres religiosas y a dos sacerdotes, testigos los cinco de la fe y de la santidad que ha florecido siempre en tierras españolas. Eran las diez de la mañana cuando el Romano Pontífice, en su cátedra bajo el impresionante baldaquino de Bernini, sobre la tumba de San Pedro, pronunció los nombres de los cinco Siervos de Dios: María del Pilar de San Francisco de Borja, Teresa del Niño Jesús y de San Juan de la Cruz, María de los Ángeles de San José, Marcelo Spínola y Maestre y Manuel Domingo y Sol, declarando que en adelante se les llamase Beatos y autorizando su culto en los lugares y del modo establecido por la ley eclesiástica. Las tres religiosas del Carmelo de San José de Guadalajara se convertían en las primeras beatificadas del inmenso grupo de mártires españoles de la persecución religiosa de 1931-1939.

           

El otro hito lo marcarían los mártires de Turón, ocho hermanos de La Salle y un pasionista, asesinados en esa localidad asturiana el 9 de octubre de 1934. A este grupo se sumaría un ilerdense, que también era hermano de La Salle, Jaime Hilari Barbal, fusilado en Tarragona el 18 de enero de 1937. Los diez habían sido beatificados el 29 de abril de 1990 y fueron canonizados el 21 de noviembre de 1999. Fueron los primeros santos de tan amargo y cruel episodio de la historia de España. Finalmente, a ellos se unía Pedro Poveda Castroverde, fusilado en la mañana del 28 de julio de 1936. El P. Poveda fue beatificado el 10 de octubre de 1993 y canonizado en España el 4 de mayo de 2003, en la última visita que Juan Pablo II hizo a nuestra nación.

           

Por medio de una carta pastoral, el Sr. Cardenal D. Marcelo González Martín, se dirigió a sus fieles con  motivo de las beatificaciones de marzo de 1987:

 

           

“Hoy, a la vuelta de cincuenta años, si no se quiere escribir la historia desde el silencio, el disimulo convencional o la mentira, ya resulta sospechoso tan sólo cuestionar el hecho palmario de una auténtica persecución religiosa. Existió esta persecución, aunque el conflicto tuvo también otras motivaciones. Constituiría una auténtica aberración antihistórica, antipastoral y antiteológica pretender explicar de otra manera una muerte alevosa, ensañada e impune a plena luz del día, cazadas en calles céntricas las tres religiosas salidas de su clausura monacal y por el solo hecho de sospechar que fueran “monjas”. Poco importa que la saña anticristiana en aquellos tiempos se encarnara en grupos adueñados de las calles, no por generación espontánea, sino como fruto sociológico de ideologías, consignas y programas largamente incubados en el odio visceral, social y político a Dios y a la Iglesia. Tales hechos, con la profusión, impunidad y uniformidad programada con que se registraron en cuantas regiones españolas quedaron en la contienda a merced de una de las partes beligerantes, no tendrán nunca cabal explicación histórica si se disimula o trata de eliminar en su génesis ideológica y social el hecho profundo del odio antirreligioso”.

 

           

El 28 de octubre de 2007 tuvo lugar en Roma la beatificación de 498 hermanos nuestros en la fe, obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas y seglares que dieron su vida por amor a Jesucristo en España durante la persecución religiosa de los años treinta del pasado siglo XX. La Iglesia reconocía solemnemente, una vez más, que murieron como mártires, como testigos heroicos del Evangelio. ¡Fue la beatificación más grande de la Historia de la Iglesia!

 

Como en las anteriores ocasiones, cada caso fue estudiado por sí mismo con todo cuidado a lo largo de años. Estos 498 mártires dieron su vida, en diversos lugares de España, en 1934, 1936 y 1937. Eran los Obispos de Cuenca y de Ciudad Real, varios sacerdotes seculares, numerosos religiosos -agustinos, dominicos y dominicas, salesianos, hermanos de las escuelas cristianas, maristas, distintos grupos de carmelitas, franciscanos y franciscanas, adoratrices, trinitarios y trinitarias, marianistas, misioneros de los Sagrados Corazones, misioneras hijas del Corazón de María-, seminaristas y laicos, jóvenes, casados, hombres y mujeres. Las biografías y fotografías de todos, y su relación con las diócesis actuales, se encuentran en el libro titulado Quiénes son y de dónde vienen. 498 mártires del siglo XX en España (Edice, Madrid 2007).

 

Hasta esa fecha 479 habían sido beatificados en once ceremonias a partir de 1987. De los 479, 11 de ellos eran ya santos. Ahora, casi quinientos fueron reunidos, esta vez, en una única ceremonia de beatificación.

           

Que la Virgen María, Reina de los Mártires, abra el corazón de todos para acoger y poner en práctica el mensaje que nos dejaron, con su palabra y con su vida, estos hermanos nuestros inscritos en el catálogo de los santos.           

 

 

LOS RELIGIOSOS MÁRTIRES  Y LA EVANGELIZACIÓN

 

 Sin duda, cualquiera que desconociera la cruel persecución que sufrió España durante la década de los años treinta tuvo durante el pasado 2007 la posibilidad de recibir un breve curso con la información que en tan poco tiempo se ofreció desde tantos medios de información y, sobre todo, a través de Internet. Si, por ejemplo, uno se acercaba a la página Web de la Conferencia Episcopal Española, se ofrecían las cifras de todos aquellos que iban a ser beatificados el 28 de octubre: 2 obispos (el de Cuenca y el de Ciudad Real), 24 sacerdotes diocesanos, 462 religiosos, 1 diácono, 1 subdiácono, 1 seminarista y 7 laicos.

           

Los números desequilibraban la balanza a favor de la vida religiosa: fueron beatificados 462 miembros de Institutos de Vida Consagrada masculinos y femeninos, que se distribuían así:

 

98  O.S.A. (Orden de San Agustín – Agustinos)

62  O.P. (Orden de Predicadores – Dominicos)

59  S.D.B. (Sociedad Salesiana de San Juan Bosco – Salesianos)

58  F.S.C. (Hermanos de las Escuelas Cristianas – La Salle)

47  F.M.S. (Hermanos Maristas de la Enseñanza)

31  O.C.D. (Carmelitas Descalzos)

29  O.F.M. (Orden Franciscana – Franciscanos)

23  A.A.S.C. (Adoratrices Esclavas del Santísimo Sacramento y Caridad)

16  O.Carm. (Carmelitas. Orden del Carmen)

  9  O.S.D. (Orden II de Santo Domingo – Dominicas)

  9  O.SS.T. (Orden de la Santísima Trinidad – Trinitarios)

  4  C.M. (Carmelitas Misioneras)

  4  M.SS.CC. (Misioneros de los Sagrados Corazones)

  4  S.M. (Compañía de María – Marianistas)

  3  C.M.F. (Misioneras Hijas del Corazón de María)

  2  F.H.M. (Franciscanas Hijas de la Misericordia)

  1  O.P. (Orden de Santo Domingo – Religiosa de clausura)

  1  HH.C.a.CH. (Hermana Carmelita de la Caridad)

  1  O.SS.T. (Instituto de Hermanas Trinitarias, de clausura)

  1  (Religiosa Carmelita de la Presentación)

 Pero si en el dossier, tan concienzudamente preparado, examinábamos un poco lo acontecido desde que en 1987 tuvo lugar la primera beatificación de unas religiosas carmelitas de clausura, asesinadas en Guadalajara, hasta octubre de 2007, podíamos observar lo siguiente:

           

De todos los beatificados desde 1987 hasta 2005, hay 10 canonizados. Todos religiosos: los primeros canonizados fueron 9 Hermanos de las Escuelas Cristianas de La Salle, ocho de ellos mártires en Turón (Asturias) por la persecución religiosa que tuvo lugar durante la Revolución de octubre de 1934, y otro martirizado en Tarragona el 28 de julio de 1937, más un sacerdote Pasionista, mártir también en 1934. Habían sido beatificados los diez en Roma el 24 de septiembre de 1990 y fueron canonizados, también en Roma, el 21 de noviembre de 1999, por el Papa Juan Pablo II.

 

La segunda ceremonia en la que tuvo lugar la canonización de un mártir de la persecución religiosa en España, fue la del sacerdote diocesano Pedro Poveda Castroverde, martirizado en Madrid el 28 de julio de 1936. Tuvo lugar el 4 de mayo de 2003 en Madrid, durante la V Visita Apostólica del Papa Juan Pablo II a España, en la que también fueron canonizados otros cuatro beatos no mártires. San Pedro Poveda había sido beatificado en Roma el 10 de octubre de 1993.

  

Los Beatos, sin contar estos 11 Santos -que también lo fueron - suman 468.

 

Las primeras beatificadas fueron las tres Carmelitas Descalzas de Guadalajara, el 29 de marzo de 1987. Siguieron, el 1 de octubre de 1989, 26 religiosos Pasionistas de Ciudad Real. En tercer lugar, fue beatificada, el 29 de abril de 1990, una religiosa de la Compañía de Santa Teresa de Barcelona, junto con los 9 Hermanos de La Salle y un sacerdote Pasionista, actualmente ya canonizados. En la cuarta ceremonia, el 25 de octubre de 1992, el Papa beatificó a 122 mártires: 71 religiosos Hospitalarios de San Juan de Dios, de Madrid y Barcelona, y 51  Misioneros Hijos del Corazón de María, de Barbastro. La quinta beatificación agrupó a 10 mártires de 3 Causas: los de Almería, con los Obispos de Almería y Guadix y 7 Hermanos de las Escuelas Cristianas, el sacerdote Pedro Poveda, de Madrid, ya canonizado, y una maestra de la Institución Teresiana con la Causa iniciada en Córdoba.

 

En esta quinta beatificación del año 1993 fueron beatificados los dos primeros obispos y el primer sacerdote diocesano. Dos años después llegaría el primer laico.

 

            Estamos hablando de más de 150 religiosos beatificados en esos primeros años. Los historiadores determinan que, sumando a los miembros del clero y de la vida religiosa, pueden contarse 8.000 personas asesinadas por “odio a la fe”. En el caso de los religiosos varones, llegarían a sumar 3.000 víctimas. Mientras que fueron asesinadas un total de 296 monjas de clausura y religiosas de diversas Congregaciones que atendían asilos de ancianos, orfanatos, hospitales o colegios.

 

Es necesario aclarar que a diferencia de lo que se piensa normalmente, la persecución religiosa española comenzó en 1931 y no en 1936. La  Constitución republicana  fue aprobada el 9 de diciembre de 1931 y para  el 16 de enero de 1932 todos los maestros de escuelas de España  recibieron una circular que les obligaba a retirar de la escuela todo  símbolo religioso. De este modo, fueron suprimidos los crucifijos. El 24  de enero fue disuelta la Compañía de Jesús. El 6 de febrero fueron  secularizados todos los cementerios. A partir del 11 de marzo, se  suspendió en todos los institutos escolares la enseñanza de la Religión. La Compañía de Jesús era ilegal en España: fue expulsada en 1932 y confiscados todos sus bienes. El jesuita Alejandro Rey–Stolle (que firma sus obras con el pseudónimo de Adro Xavier) en su libro Jesuitas mártires: 1934 - 1939 afirma que fueron 118 los jesuitas asesinados.

 

Los mártires residían en varios Conventos, Colegios y Casas. Por ejemplo, una comunidad de agustinos (O.S.A.) formada por sacerdotes, estudiantes profesos de filosofía, novicios y seminaristas escaparon del monasterio y fueron acogidos por familias del pueblo; pero luego de ser encontrados e identificados como religiosos, fueron arrestados, encarcelados y posteriormente ajusticiados. Típico mecanismo utilizado por los milicianos comunistas. Otros hermanos martirizados que se dedicaban a la enseñanza en escuelas gratuitas para niños pobres tuvieron que refugiarse donde buenamente pudieron. Estos nunca aparecieron, y se comentó en el caso de uno en particular que fue arrojado vivo al mar con las manos atadas a la cintura y con una gran piedra al cuello.

 

            Otro ejemplo es el de los mártires de la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios. En la página Web de la Hermandad de Paracuellos de Jarama (Madrid), lugar donde 22 de ellos fueron asesinados, podemos encontrar la siguiente información, que a su vez toman del historiador eclesiástico Vicente Cárcel Ortí:

 

“Ellos son buen testimonio de que la persecución no se limitó a determinados aspectos de la vida política y social, sino que intentó la eliminación total del significado religioso. Por eso no hubo excepciones, ni se tuvieron en cuenta las peculiaridades de las instituciones, ni la dificultad de llenar sus vacíos.

 

Los Hermanos de San Juan de Dios, ligados con deberes sagrados para con los enfermos, no podían abandonar a éstos para salvarse a sí mismos sin hacer traición al ideal sublime de su propia vocación, que es de dar la vida por los pobres enfermos, como lo tienen prescrito en uno de los artículos de las Constituciones”.

 

“De los 71 mártires beatificados, 64 pertenecían a 30 provincias de la extensa geografía española; los otros siete hospitalarios eran de nacionalidad colombiana.

 

Por casas:  Del Sanatorio Psiquiátrico San José, de Ciempozuelos, del que fueron asesinados 35 miembros de la Comunidad (de ellos siete colombianos en Barcelona). En la famosa cárcel de San Antón, de Madrid, pasaron varios meses 54 Hermanos de esta Casa, de los que fueron asesinados 22 religiosos en Paracuellos de Jarama. Hospital infantil San Rafael de Madrid, a cuyo centro pertenecían y fueron muertos en forma aislada cinco religiosos de la Comunidad”.

 

            En el caso de las diócesis, podemos proponer el caso de Barcelona (se incluye a algún extradiocesano que se encontraba de paso): fueron asesinados 12 agustinos; 23 benedictinos, casi todos ellos de Montserrat; 1 camilo; 27 capuchinos, en su mayoría de Sarriá; 15 carmelitas descalzos; 4 carmelitas calzados; 3 hermanos terciarios carmelitas; 6 cartujos de Tiana; 28 jesuitas; 10 dominicos; 60 escolapios; 7 franciscanos; 6 franciscanos menores conventuales; 42 hermanos de las Escuelas Cristianas; 46 gabrielistas; 91 maristas; 2 mercedarios; 3 mínimos; 36 claretianos; 3 misioneros del Sagrado Corazón; 3 misioneros de los Sagrados Corazones; 4 misioneros de los Sagrados Corazones del mallorquín P. Roselló; 4 operarios diocesanos; 9 oratorianos; 3 paúles; 4 pasionistas; 17 hijos de la Sagrada Familia; 21 salesianos; 9 religiosos de San Pedro ad Vincula; 29 hermanos de San Juan de Dios; 9 hermanos de la Caridad de la Santa Cruz; 1 trinitario. Suman más de 500.

 

Bien, pero ¿por qué es necesario exponer toda esta cantidad de datos? Lo hacemos para poder formular la tesis de nuestro artículo ¿Cómo sobrevivieron las órdenes religiosas ante el holocausto de comunidades enteras? ¿Qué sucedió con la labor que “ad gentes” se hacía en el mundo entero?

 

Por ejemplo, de los 462 religiosos beatificados el pasado 28 de octubre de 2007 muchos habían trabajado en varios países de distintos continentes: de Europa, en Austria, Francia, Irlanda, Italia y Polonia; de América, en Estados Unidos, México, Costa Rica, El Salvador, Nicaragua, Puerto Rico, Venezuela, Colombia, Brasil, Perú y Argentina; de Asia, Tierra Santa, China, Filipinas; y de África, en Egipto y Marruecos… Los jóvenes sacrificados estaban preparándose para sustituir a los que habían regresado.

 

¿Y en las misiones qué sucedía?

           

La Orden de San Agustín recoge que, debido a las dificultades que ponía el gobierno comunista, comprometiendo la continuidad de los estudios de los candidatos al sacerdocio al obligarles al servicio militar antes de la ordenación, el Provincial y su Consejo decidieron enviar al Brasil a 8 estudiantes de Teología en edad de servicio militar, acompañados por tres padres y un hermano de obediencia. Llegaron en el mismo año de 1933, concluyendo sus estudios.

 

Al finalizar la Guerra Civil Española, la Provincia Matritense tuvo enormes bajas en sus cuadros, siendo de todas la provincias españolas la que sufrió más pérdidas por tener sus casas localizadas en Madrid, y ser la región más conflictiva de la guerra. Sólo de la Orden de San Agustín fueron asesinados 108 religiosos. De este modo, un grupo de religiosos que trabajaban en Brasil y Argentina tuvieron que regresar a España para poder continuar las obras de la Provincia. Se hizo necesario cerrar la parroquia de Buenos Aires que dependía de esa Vicaría y, posteriormente, dejar Santa Isabel y São Sebastião de Bento Ribeiro, Bom Sucesso y Calafate, entre 1941-1942.

 

Como este ejemplo podríamos poner cientos, en tantos lugares donde los misioneros españoles trabajaban desde hacía inclusos siglos y que se nutrían de los noviciados de las Casas religiosas españolas. Cuando acabó la guerra y, por lo tanto, también la persecución religiosa, muchos de los misioneros de las diferentes Órdenes y Congregaciones –sobre todo masculinas- tuvieron que regresar a  España…

 

Enseguida volvió a repetirse lo que desde los primeros siglos de la historia de la Iglesia era expresión común ante estos acontecimientos: “La sangre de los mártires fue semilla de cristianos”. Y fue semilla de vocaciones que recogieron el testigo, de futuros misioneros que llevarían en su propia historia vocacional la semilla de los mártires. Ellos tomaban el testigo de aquellos compañeros que se preparaban en los noviciados, de aquellos superiores que con la experiencia de las misiones preparaban a sus novicios y que fueron asesinados por odio a la fe. Casas, noviciados, comunidades al completo fueron exterminadas; en algunas, por providencia, quedó algún miembro para narrar lo sucedido…

 

¡Había llegado el momento de comenzar otra vez, una vez más! Y, con fidelidad, aceptaron el reto.

 

El testimonio de un Claretiano

 

El actual Arzobispo emérito de Pamplona (Navarra), Monseñor Fernando Sebastián Aguilar, en el prólogo de “Esta es nuestra sangre”, de Gabriel Campo (Madrid 1990) –libro que narra el martirio de los 51 claretianos de Barbastro– escribe:

 

 “Los jóvenes claretianos crecíamos alimentados por el ejemplo de la piedad admirable y la heroica fidelidad de los no menos jóvenes Misioneros que habían ofrecido su vida por la salvación de España y del mundo en aquel torbellino inexplicable del año treinta y seis.

 

Durante mis años de novicio y seminarista, en las comunidades claretianas se palpaba el espíritu de los mártires, su piedad, su fervor, su maravillosa fidelidad. Vivían todavía algunos superiores o formadores suyos, los pocos que no fueron asesinados; había entre nosotros compañeros y hasta parientes o paisanos de los mártires. Se comentaban con frecuencia anécdotas o recuerdos. Las casas que habitábamos, los libros que usábamos, las oraciones, los lugares de nuestros paseos y excursiones, rezumaban recuerdos de los mártires. Humana y religiosamente, crecíamos en intensa familiaridad con ellos, acompañados de una difusa presencia espiritual que ha dejado su huella imborrable en lo más profundo de nuestra personalidad religiosa y misionera.

 

Hubo unos años en los que, espontáneamente, los mártires claretianos, y de manera especial los jóvenes mártires de Barbastro, fueron verdaderos maestros de espiritualidad para nosotros. La austeridad, el trabajo, la rígida disciplina, la radical disponibilidad, el entusiasmo misionero, nos venían espontáneamente como consecuencia de la familiaridad con la memoria de los mártires. Recuerdo la conmoción interior que sentíamos al cantar las mismas estrofas que ellos habían cantando camino del martirio: “Jesús, ya sabes, soy tu soldado; siempre a tu lado quiero luchar; contigo siempre y hasta que muera; una bandera y un ideal; por Ti, Rey mío, la sangre dar”. Sin darnos cuenta éramos discípulos, hijos de mártires.

 

LA IGLESIA NO QUISO LA GUERRA

 

El 18 de julio de 1936 comenzaba en España un alzamiento militar contra el Gobierno. Estuvo ocasionado por la situación política y social de violencia, caos y falta de autoridad en que había caído la República. Citaré únicamente unas frases de Pío Moa: “La masa conservadora del país se alzó en 1936 contra un peligro de revolución real y muy avanzado”. Y más adelante, añade: “Baste con establecer, con muy pocas dudas, que fueron las izquierdas quienes, movidas por sus aspiraciones, rompieron las reglas de juego y empujaron al régimen a la guerra civil, que solían considerar empresa lamentable, pero necesaria para acceder al mundo nuevo y presuntamente luminoso; y que fueron los conservadores quienes, deseando evitar el choque, sostuvieron mayoritariamente una actitud moderada, próxima a veces a la cobardía, hasta que la amenaza se les hizo cuestión de vida o muerte”[1]

 

El alzamiento se convirtió en guerra civil que duró hasta el 1 de abril de 1939. La finalidad de esta exposición no es la de detallar las causas, agentes y evolución del alzamiento y la contienda; pero sí tenemos que dejar claro que en España se dio verdadera persecución religiosa y que la causa de la muerte de tantos sacerdotes y religiosos no fue el ser beligerantes, el haberse unido o tomado parte activa en el bando de los sublevados.

 

Testimonio de los obispos

 

Ya en su carta colectiva del 1 de julio de 1937, los obispos salían al paso de esta acusación, negándola de plano. Decían: El Episcopado, desde 1931, "ajustándose a la tradición de la Iglesia y siguiendo las normas de la Santa Sede, se puso resueltamente al lado de los poderes constituidos, con quienes se esforzó en colaborar para el bien común. Y, a pesar de los repetidos agravios a personas, cosas y derechos de la Iglesia, no rompió su propósito de no alterar el régimen de concordia de tiempo atrás establecido".

 

"La Iglesia no ha querido esta guerra ni la buscó, y no creemos necesario vindicarla de la nota de beligerante con que en periódicos extranjeros se ha censurado a la Iglesia en España. Cierto que miles de hijos suyos, obedeciendo a los dictados de su conciencia y de su patriotismo, y bajo su responsabilidad personal, se alzaron en armas para salvar los principios de religión y justicia cristianas que secularmente habían informado la vida de la nación; pero quien le acuse de haber provocado esta guerra o de haber conspirado para ella, y aun de no haber hecho cuanto en su mano estuvo para evitarla, desconoce o falsea la realidad".

 

"No nos hemos atado con nadie -personas, poderes o instituciones-, aun cuando agradezcamos el amparo de quienes han podido librarnos del enemigo que quiso perdernos y estemos dispuestos a colaborar, como obispos y españoles, con quienes se esfuercen en reinstaurar en España un régimen de paz y de justicia. Ningún poder político podrá decir que nos hayamos apartado de esta línea en ningún momento"[2].


 

GUERRA CONTRA LA RELIGIÓN Y POR LA RELIGIÓN

 

Mucho se ha discutido sobre el sentido de la guerra civil española y sobre la causa por la que lucharon uno y otro bando. Para unos fue una lucha político-económica de clases, para otros fue una guerra de religión o cruzada. No nos corresponde entrar a fondo en la cuestión, ya suficientemente esclarecida por los historiadores. Dando por sentado que la sublevación fue militar, sin referencia expresa inicial a la religión, y que la Iglesia no tuvo parte en ella, vamos a ver algunos datos que dejan claro que hubo una lucha real por destruir la Iglesia y la religión.

 

Hacia una revolución marxista

La carta colectiva del Episcopado español del 1 de julio de 1937 afirma que el comunismo soviético movía la guerra del bando republicano. Los historiadores distinguen entre el comienzo del conflicto y su internacionalización posterior. Así, Madariaga considera la guerra como efecto de dos pronunciamientos a la española y no del interés que por ella pudiesen tener Rusia, Alemania o Italia, aunque, una vez empezada, interviniesen. Pero aquí no nos interesa este aspecto político de potencias o naciones concretas. Nos interesa hacer ver que había un movimiento cada vez más fuerte hacia la implantación de un totalitarismo comunista marxista en donde la religión quedase destruida. En esto jugó un papel esencial el extremismo cada vez más acentuado del "Lenin Español", Largo Caballero, y el auge del partido comunista después de la revolución de Asturias, así como la política del Frente Popular aceptada por el Congreso de la Internacional Comunista de 1935[3].

 

Independientemente y con anterioridad a la conspiración militar que se les adelantó, se estaba preparando una revolución de extrema izquierda para la ocupación del poder y la implantación de la dictadura del proletariado. “El año 1935 concluyó con el desahucio del poder de Gil Robles; con una izquierda que creaba milicias y estaba decidida a ganar las siguientes elecciones para llevar a cabo la continuación de la revolución de octubre de 1934”. Y Largo Caballero decía que, si triunfaban las derechas, ellos y sus aliados irían “a la guerra civil declarada”, pues con votaciones no se realizaba la transformación total del país y “estamos ya hartos de ensayos de democracia”. Ya antes de las elecciones de febrero de 1936 se anunciaba a gritos la guerra civil[4].  Lo pregonaban sin tapujos Largo Caballero, comunistas y anarquistas. "El levantamiento extremista estaba en todas las miradas y en todas las esquinas. Era una auténtica certeza comunitaria". Los que lo propugnaban no defendían la república ni la democracia, sino las ideas marxistas y un régimen idéntico al soviético. Ya en Asturias se habían apellidado ejército rojo[5]. Basta ver en Claridad y El Socialista de finales de 1935 y principios de 1936 las declaraciones y discursos de Largo Caballero. Así, el 21-12-35: "Hay que aceptar en el programa del partido los postulados del socialismo marxista, hay que llegar a la dictadura del proletariado". El 15-1-36: "Nada de componendas o claudicaciones vergonzosas: o con el marxismo o socialistas a secas, es decir, antimarxistas, hablo del socialismo revolucionario". Y el 23-1-36: "Preferimos mil veces estar a las órdenes de Moscú que de Roma... Yo digo que no volveríamos más a guardar las vidas de nuestros enemigos como se hizo el 14 de abril. Eso jamás"[6].

 

Esos grupos son los que mandarían de hecho desde el comienzo de la guerra. Los republicanos del Gabinete del 20 de julio no contaban ya. Del Gobierno sólo quedaban "el polvo y las cenizas del Estado". Y esos grupos salieron a luchar, no por la República sino por la revolución. Esos fueron los que darían armas al pueblo y los que formarían el Gobierno bajo la presidencia de Largo Caballero el 4 de septiembre del 36[7].

 

 

La prensa de izquierdas desvela los fines de su lucha

 

La prensa fue desde el principio de la República un instrumento de primer orden a favor del laicismo por la gran cantidad y difusión de diarios y revistas anticlericales y antirreligiosos. Muchas de estas publicaciones adquirieron un tono de baja calidad cultural y hasta de mal gusto para encender más fácilmente a la masa inculta. Mucho antes de que se produjese la sublevación militar del 18 de julio de 1936, ya se hacía burla de la religión y de sus ministros y se llenaba la prensa con la difamación, la calumnia y los chistes o dibujos contra los clérigos. La Traca, de Valencia lanzó una encuesta preguntando "¿Qué haría usted con la gente de sotana?" cuyas respuestas aparecieron el 17 de julio. Entre tantos ejemplos de la etapa anterior a la guerra, aduciremos el de El Pueblo, de Huesca. Dice así: "Témplese, témplese la estridente y mal educada cotorra clerical. No se asuste demasiado de lo que ha pasado para no asustarse de lo que puede pasar". Y después de acusar de sectarios, cobardes y llenos de vicios a los clérigos, termina diciendo: "¡Y pensar que <<estos salvajes>> viven entre personas decentes por una lamentable equivocación de la sociedad que aún los tolera!"[8].

 

Ya comenzada la guerra, ABC de Madrid, en manos de los republicanos, decía a propósito del decreto de incautación de edificios religiosos:

"Para suerte nuestra, los frailazos y las monjuelas serán barridos hacia la ineficacia o hacia la muerte, según el lugar en que se hallen en la contienda del momento... En la voluntad y en el fusil de nuestras milicias revolucionarias, entre tantas y tantas ambiciones nobles, la de acabar definitivamente con el oscurantismo opresor que representa o representaba en nuestro país la enseñanza confesional".

Y días después, escribía:

"Militares, políticos, antigua y arqueológica aristocracia y miembros de su Iglesia retrógada, todos juntos, en montón de infamia han de caer en la misma maldición, y la Justicia de la República, sin desmayos, implacable, serena, hará oír su voz y su sentencia inapelable"[9].

 

En un mitin celebrado en Barcelona el 1 de agosto de 1936, por el POUM, su líder Andrés Nin expresaba en estos términos la labor del partido: "Había muchos problemas en España, y los republicanos burgueses no se han preocupado de resolver. El problema de la Iglesia lo ha resuelto sin dejar ni una iglesia". En el mismo mes, La Batalla, órgano del POUM, decía:

"Nuestra Revolución es la Revolución del proletariado mundial... El proletariado no perdona a ninguno de sus enemigos".

"No se trata de incendiar las iglesias y de ejecutar a los eclesiásticos sino de destruir a la Iglesia como institución social..."[10].

 

Por las mismas fechas, Solidaridad Obrera, portavoz de la CNT, titulaba así un editorial: ¡ABAJO LA IGLESIA! En él se acusa a la Iglesia de reaccionaria, a los eclesiásticos de insolidarios ("Nunca han defendido a los menesterosos"), corruptores, ladrones, chantajistas y criminales. Y dice textualmente: "En España la religión se ha manchado siempre con la sangre de los inocentes... La Iglesia ha de desaparecer para siempre... Hay que arrancar la Iglesia de cuajo... Las Ordenes religiosas han de ser disueltas. Los obispos y cardenales han de ser fusilados. Y los bienes eclesiásticos han de ser expropiados".

 

El mismo diario, en mayo del 37, a propósito del proyecto de libertad de cultos del ministro Irujo, dice:

 

"¿Qué quiere decir restablecer la libertad de cultos? ¿Que se puede volver a decir misa? Por lo que respecta a Barcelona y a Madrid no sabemos dónde se podría hacer esta clase de pantomimas. No hay templo en pie ni un altar donde colocar un cáliz...". Acusa a la Iglesia de haber intervenido en la rebelión militar y de bendecirla, de haber participado en ella y de disparar desde las iglesias y conventos. "¿No habíamos quedado que la Iglesia había sido, en la rebelión de julio, un beligerante más? Todos lo habíamos entendido así y en las mismas propagandas oficiales del Gobierno en el que el señor Irujo era ministro <<sin cartera>>, se ha dicho esto como justificación de la desaparición de los templos y de los curas". Dice también que la libertad de cultos sería "una imposición en aquellas regiones donde se vive -¡y muy a gusto!- sin religión. Una coacción católica. Una provocación intolerable". Dos días después repite las acusaciones y asevera que la profesión sacerdotal "no es en definitiva más que el tráfico de un <<opio>> según la expresión de Lenin"[11].

 

No se necesitan comentarios. Están claros los motivos últimos de la lucha para las milicias republicanas: extirpar ese <<opio>> que es la religión en versión marxista-leninista. Así eran incitadas esas milicias para combatir, destruir y matar. Se iba mucho más allá de la lucha contra un clero, carente de sentido social y, en gran parte, de mentalidad política inmovilista cerrada, y aliada con los ricos y poderosos, según las acusaciones que se le hacían entonces, admisibles con matizaciones.

 

El Gobierno también se declara contra la religión

 

El Gobierno se mostraba débil, pasivo, dejando sus poderes en manos de las masas así dirigidas por la prensa izquierdista. Si algo hacía, era acusar de beligerante a la Iglesia -lo hemos visto en la última cita de la prensa- o lanzar una sospecha o una acusación implícita contra la misma, como el decreto del Ministerio de Justicia del 11 de agosto de 1936 determinando la clausura de los establecimientos de las órdenes religiosas o la disolución de las mismas si hubiesen cooperado con la insurrección militar.

 

En el preámbulo de dicho decreto se dice que "habiéndose observado que algunas Asociaciones religiosas han cooperado más o menos directamente al movimiento insurreccional declarado el 18 del pasado mes de julio, procede hacer aplicación de lo ordenado en el artículo 23 de la Ley de 2 de junio de 1933" (Ley de Confesiones y Congregaciones religiosas. El artículo 23 prohibía el ejercicio de actividades políticas y establecía sanción si dichas actividades constituían un "peligro para la seguridad del Estado"). Se sanciona a los Institutos que hubieren participado en la insurrección directa o indirectamente, favoreciéndolo o auxiliándolo (art. 1º). Se entiende que han participado: si han formado parte de los grupos combatientes, servicios de enlace, de avituallamiento, aportación de cantidades, cesión de sus bienes muebles o inmuebles, dar alojamiento en los mismos, haberse adherido de cualquier modo aunque sin participación activa, haber elevado preces por el triunfo o ensalzado los fines de la insurrección, poseer armas, haber hecho fuego contra las fuerzas leales al Gobierno desde los edificios de la Congregación, "haber realizado cualquier otro acto que, aunque no comprendido en los casos anteriores, pueda estimarse como de participación directa o indirecta o de auxilio mediato o inmediato al movimiento sedicioso" (Art. 2º, primero-sexto). Una Comisión juzgaría los casos de delito y propondría al ministro de Justicia o a las Cortes la clausura de las casas o la disolución de la Congregación, cuyos bienes serían nacionalizados[12].

 

Como se ve, el decreto no deja escapatoria. No sólo se condena la participación directa o indirecta sino todo lo que pueda estimarse como tal. Y es que se parte de un supuesto: las órdenes religiosas han apoyado el alzamiento militar, han combatido contra los "soldados" leales a la República, más aún, son un "peligro para la seguridad del Estado". Por eso están condenadas de antemano. No puede eximirse al Gobierno de la República de responsabilidad sobre las muertes de sacerdotes y religiosos. Desde el Gobierno se incitaba a la matanza, no sólo con la pasividad sino con difamaciones y calumnias, propagadas en la radio y en la prensa -lo hemos visto en las citas de Solidaridad Obrera- y sancionadas por decretos como el que acabamos de referir. No se puede probar con documentos que el Gobierno ordenase la persecución contra la Iglesia, pero la consentía y la justificaba. "En el delirio de los últimos días de julio de 1936, Manuel Azaña, Presidente de la República, lanzaba aquella frase famosa: <<Ahora es cuando de veras se ha proclamado la República>>"[13]. No hay que engañarse, la meta del Gobierno era acabar con la religión. Así lo declara Jesús Hernández Tomás, comunista, ministro de Instrucción Pública en los dos Gabinetes presididos por Largo Caballero y en el primero de Juan Negrín, desde el 4 de septiembre de 1936 hasta mayo de 1938. En febrero de 1937, Hernández Tomás mandó al Congreso de los anti-Dios que se celebraba en Moscú este telegrama: "Vuestra lucha contra la religión es también la nuestra. Tenemos el deber de hacer de España una tierra de ateos militantes. La lucha será difícil, porque en todo este país hay grandes masas de reaccionarios que se oponen a la absorción de la cultura soviética. Todas las escuelas de España serán transformadas en escuelas comunistas". El Consejo de la Liga soviética de ateos contestó expresando a Largo Caballero su gratitud por la lucha contra la religión y nombrándole miembro honorario de la Liga laica[14].

 

No es de extrañar que, ante todo esto, ante la matanza de sacerdotes y religiosos y ante la destrucción y saqueo de iglesias, los que combatían del lado del alzamiento militar tomasen conciencia de que no luchaban únicamente por el orden público y por la paz social sino también en defensa de su fe, en defensa de la religión cristiana. Los militares no hicieron referencia a la religión en sus planes previos ni en sus primeras proclamas al iniciarse la contienda, pero los hechos dejaron claro muy pronto que, además de los fines políticos y sociales, unos luchaban contra la religión y otros por la religión.

 

Persecución religiosa en la zona republicana durante la guerra

 

Cuando se inicia el alzamiento militar el 18 de julio de 1936, España queda dividida así: Bajo el control de la República: Castilla la Nueva, Badajoz, Andalucía excepto Cádiz y Sevilla, parte oriental de Aragón, Cataluña, Valencia, Murcia, Menorca, Bilbao, Guipúzcoa, Santander y Asturias.

 

Bajo los militares levantados en armas: Canarias, Baleares excepto Menorca, Cádiz, Sevilla, Cáceres, Castilla la Vieja, León, Galicia, Alava, Navarra y parte occidental de Aragón. También la vega y capital de Granada[15].

 

Desde el primer momento la persecución religiosa fue una realidad en la zona republicana y, aunque fue disminuyendo, la libertad y normalidad religiosa no existió en esta zona mientras duró la guerra. La elevada cantidad de asesinatos de sacerdotes, religiosos, religiosas y simples fieles, así como la incautación y destrucción de iglesias, imágenes y objetos de culto están consignadas en muchos escritos y en muchos procesos de beatificación iniciados por las diócesis y órdenes religiosas. Nos limitaremos a dar unos datos sumarios que manifiestan la realidad de la persecución religiosa y que la causa más profunda era el querer acabar con la religión, no precisamente las razones socioeconómicas o políticas, aunque éstas también existieron. Nos basaremos principalmente en la obra de A. Montero.

 

1.- El elevado número de muertes de miembros del clero, órdenes religiosas y militantes católicos de cualquier edad o condición social y a lo largo de todo el territorio dominado por la República, perpetradas por milicianos, por miembros de organismos o partidos de izquierdas y de los ayuntamientos. Desde el 1 de enero al 18 de julio de 1936, 17 sacerdotes y religiosos asesinados. En el resto del mes de julio, otras 861 víctimas. En el mes de agosto del 36, 2.077 asesinatos más, entre ellos los de 10 obispos. A mitad de septiembre, las víctimas se acercaban a 3.400. El 1 de julio de 1937, sumaban 6.500 muertos. Desde julio del 37 hasta el final de la guerra, otras 332 víctimas.

 

El total de víctimas del clero, además de 13 obispos, da estas cifras:

 

Clero secular, incluidos seminaristas: 4.184

Religiosos.........................................2.365

Religiosas..........................................283[16]

Total................................................6.832

 

A esto hay que sumar los cristianos seglares sacrificados, cuyo número no está perfectamente determinado y los sacerdotes, religiosos y fieles que sufrieron prisión o tortura sin llegar a morir[17].

 

2.- La prontitud con que fueron asesinados. El arresto y consiguiente asesinato de sacerdotes y religiosos comenzó nada más producirse el levantamiento militar, incluso en las regiones y localidades en que no se produjo y antes de que las víctimas pudiesen pronunciarse en favor de los sublevados o huir. Así, por citar algunos casos, el 20 de julio se produce el asalto y consiguiente matanza del teologado claretiano de Barbastro; los pasionistas de Daimiel fueron obligados a salir de su convento la noche del 21 de julio y algunos de ellos fueron fusilados en las primeras horas de la mañana del 22, cinco comunidades franciscanas de Castilla fueron expulsadas de su convento el 21 y el 24 de julio,  sin que en ninguno de los casos hubiesen hecho manifestación alguna de carácter político. Se publicaron bandos de municipios y comités para que se revelara el paradero de sacerdotes o se los entregara, ofreciendo a veces premios en metálico, celebrándose luego en la prensa el hallazgo[18]. La expulsión de sus conventos, en caso de religiosos, y el encarcelamiento de sacerdotes, religiosos y cristianos seglares se realizaban casi siempre en nombre de la autoridad, y en la ejecución de los mismos solían participar los alcaldes y miembros de los ayuntamientos.

 

3.- El fusilamiento inmediato de eclesiásticos, sin juicio o con simulacro del mismo por un "tribunal popular". La mayoría de las veces se los fusilaba sin haber acusación o se les mataba en el mismo momento de asaltar un convento o de ser encontrados en un refugio o en la calle, como a las tres carmelitas de Guadalajara, ya beatificadas[19].

 

4.- En caso de darse una razón de la condena a muerte o de la muerte ya ejecutada, no se alegaban generalmente causas sociales o políticas, sino la condición de sacerdote o religioso de la víctima. Abundan los testimonios: "No matamos a tu cuñado, matamos a la sotana". "Sotana que pillamos, sotana que matamos". "Viste sotana y basta". Letrero sobre el cadáver de un sacerdote: "Por cura". "Tenemos orden de quitar de en medio toda esta simiente". "Son perseguidos y exterminados todos los sacerdotes, religiosos y no religiosos, sólo por ser sacerdotes". "La destrucción de la Iglesia es un acto de justicia... Matar a Dios, si existiese... es una medida muy natural"[20].

 

5.- El exterminio total de comunidades religiosas sin diferencia de edades, sin preguntar o identificarlos por sus nombres. El asesinar a seminaristas, religiosos y religiosas que por sus circunstancias de edad (ancianos, estudiantes recién profesos como los pasionistas de Daimiel, estudiantes de teología franciscanos de Consuegra y otros), de cultura y trabajo concreto desempeñado en la congregación, de género de vida (religiosas de clausura), nivel económico (sacerdotes y religiosos pobrísimos), etc., no ejercían influjo en la vida política y social o realizaban una acción benéfica hacia enfermos o hacia los más pobres[21].

 

6.- El haber sido encarcelados o fusilados miles de seglares por ser o haber sido pertenecientes a alguna asociación religiosa, por ser parientes de sacerdotes o religiosos, por creer que eran sacerdotes o religiosos, por defender o ayudar a éstos, por haber sido sorprendidos asistiendo a una misa a escondidas o haberles sido encontrados libros religiosos, crucifijos, rosarios, medallas u otros signos cristianos, por haber custodiado las iglesias o "por el solo hecho de ser católicos"[22].

 

7.- La crueldad y formas de martirio. El pretender de las víctimas que blasfemasen, pisasen el crucifijo, apostatasen o quebrantasen el sigilo sacramental, y el atentado contra el celibato de los consagrados[23].

 

8.- Lo que Montero llama el martirio de las cosas: La incautación de edificios religiosos, el incendio, derribo o profanación de iglesias y quema de imágenes y objetos de culto, determinada a veces por los mismos ayuntamientos, incluso en ciudades como Ciudad Real, Valencia. Lérida, Jaén, en donde el alzamiento no llegó a brotar. Pueden estimarse en 20.000 las iglesias total o parcialmente destruidas. Las no destruidas fueron dedicadas a otros fines, no al culto[24]. Esto no puede achacarse a que el clero estaba de parte de los rebeldes. Ni valen aquí las razones de que la Iglesia estaba aliada con los ricos.

 

9.- Las calumnias más ridículas o groseras contra el clero (fuentes y caramelos envenenados, crímenes para ocultar las víctimas de su crueldad o lujuria), la acusación de poseer millones de pesetas, de guardar armas, de disparar desde las iglesias y conventos contra el pueblo, de formar parte del ejército sublevado, etc., para justificar los asesinatos. El Gobierno daba además base jurídica a esos actos "al permitir que se hicieran públicos en la prensa, como figuras de delito, el ejercicio del culto católico o la simple pertenencia al clero"[25].

 

Pío Moa afirma que la persecución religiosa “tomó proporciones gigantescas, superiores a las de la Revolución francesa y, probablemente, a las del Imperio romano”. Para él, “la persecución religiosa obedecía a algo más que al odio político”. Califica de pretextos falsos el afirmar que la persecución estuviese justificada por el poder político de la Iglesia o se debiese a la intransigencia antidemocrática de la misma. “La realidad -dice- es la inversa exactamente. No fue la Iglesia la que hostigó a la República, sino los políticos jacobinos y revolucionarios de la república quienes hostigaron sin tregua a la Iglesia”. Falso es también que se debiese a que la Iglesia se había desentendido del pueblo pobre y necesitado, pues eso, en todo caso, se habría podido aplicar a una parte del clero y no justificaría el asesinato de tantos sacerdotes, religiosos y religiosas que vivían pobremente, daban clase a los obreros y atendían asilos y hospitales. “Lo que hacía la Iglesia, mucho o poco, y desde luego no era poco, no lo hacía casi nadie”. Para concluir, escuchemos esta frase del citado Moa: “La Iglesia sufrió un acoso letal, no desde el 18 de julio, sino desde el 16 de febrero; y al reanudarse la contienda, la persecución desatada no esperó a que la jerarquía eclesiástica se pronunciase a favor de uno u otro bando”[26].

 

La Iglesia se pronuncia sobre la persecución

 

1. Instrucción de los obispos de Vitoria y Pamplona

 

Hemos visto cómo en un principio la jerarquía eclesiástica no se pronunció sobre el alzamiento militar. Acabamos de escuchar las palabras de Madariaga que califican de extraña la connivencia de vascos católicos con los que perseguían a la Iglesia. El primer pronunciamiento de la jerarquía fue en un ámbito particular. El 6 de agosto, los obispos de Vitoria, Mateo Múgica, y de Pamplona, Marcelino Olaechea, dirigían una Instrucción pastoral a sus fieles. Fue radiada ese mismo día, repartida en folletos a los párrocos y publicada en el Boletín Eclesiástico de Vitoria el 1 de septiembre. En ella se les dice a los fieles que no es lícito a los católicos aliarse con los enemigos de la religión ni dividir las fuerzas católicas ante el común enemigo, el comunismo ateo; que los intereses de la religión deben prevalecer sobre los intereses políticos (como pudiera ser el obtener la autonomía para el país vasco). En locución radiada por el obispo de Vitoria el 8 de septiembre se reivindicaba la autenticidad del documento y, ante la persecución religiosa desatada en la zona republicana, se inclinaba por el alzamiento. A finales de septiembre aparecería la extensa carta pastoral del obispo de Salamanca, Enrique Pla y Deniel, que bajo el símbolo de las dos ciudades fijaba la posición de la iglesia jerárquica en el conflicto y daba origen a la denominación de "cruzada" aplicada al alzamiento militar[27].

 

2. El Papa Pío XI

 

La primera voz autorizada sobre la persecución fue la de Pío XI en una audiencia a 500 españoles refugiados en Italia y que acudieron a ella presididos por cuatro obispos. La audiencia tuvo lugar el 14 de septiembre de 1936. En ella el Papa habló de "verdaderos martirios en todo el sagrado y glorioso sentido de la palabra", denunciaba la persecución religiosa movida "por un verdadero y satánico odio contra Dios", la "reiterada manifestación y confesión de odio especial contra la religión y contra la Iglesia católica en los luctuosos acontecimientos de España", las violencias sin freno, las crueldades y matanzas, la trampa de la colaboración con el marxismo por parte de los católicos. Y añadía:

"Diríase que una satánica preparación ha vuelto a encender más viva aún, en la vecina España aquella llama de odio y de ferocísima persecución manifiestamente reservada a la Iglesia y a la Religión Católica, como el único verdadero obstáculo para el desencadenamiento de unas fuerzas que han dado ya razón y medida de sí mismas, en su conato de subversión en todos los órdenes, desde Rusia hasta China, desde Méjico a Sudamérica". Daba su bendición a la España "que a centenares y millares (y vosotros pertenecéis a la gloriosa pléyade) ha añadido confesores y mártires al ya glorioso martirologio de la Iglesia de España". Decía también: "Por encima de toda consideración política y mundana, Nuestra bendición se dirige de manera especial a cuantos han asumido la difícil y peligrosa tarea de defender y restaurar los derechos y el honor de Dios y de la Religión, que es tanto como decir los derechos y la dignidad de las conciencias".

 

De nuevo en el Mensaje radiofónico de Navidad, del 24 de diciembre, aludía a la guerra de España en donde los enemigos de la Iglesia "han querido hacer un supremo experimento de las fuerzas deletéreas que están a su servicio y se encuentran ya difundidas por todos los países. Nueva advertencia, la más grave y amenazadora, para el mundo entero y principalmente para Europa y para su civilización cristiana".

 

El 19 de marzo de 1937, Pío XI publicaba su encíclica Divini Redemptoris sobre el comunismo ateo. En ella hablaba de la persecución religiosa llevada a cabo por el comunismo en Rusia y Méjico. En el n. 20 habla del azote comunista desencadenado en España con la violencia más furibunda:

 

"No ha derribado alguna que otra iglesia, algún que otro convento; sino que siempre que le fue posible, destruyó todas las iglesias, todos los conventos y hasta toda huella de religión cristiana... El furor comunista no se ha limitado a matar Obispos y millares de sacerdotes, de religiosos y religiosas, escogiendo precisamente a los que con mayor celo se ocupaban de los obreros y de los pobres; sino que ha hecho un número mucho mayor de víctimas entre los seglares de toda clase, que aun ahora son asesinados cada día, en masa, por el mero hecho de ser buenos cristianos o, al menos, contrarios al ateísmo comunista. Destrucción tan espantosa se lleva a cabo con un odio, una barbarie y una ferocidad que no se hubiera creído posible en nuestro siglo"[28].

 

 

3. La Carta colectiva del Episcopado español sobre la guerra de España (1 julio 1937)

 

Diversos obispos fueron pronunciándose sobre la guerra y, sobre todo después de la encíclica Divini Redemptoris, fue cuajando la idea de una Pastoral colectiva sobre la guerra civil y la persecución religiosa. La redacción se encomendó al Cardenal Gomá. Lleva fecha del 1 de julio de 1937, prácticamente un año después del comienzo de la guerra, cuando ya eran miles los sacerdotes, religiosos y laicos cristianos asesinados. Fue aprobada por la Santa Sede antes de su publicación y firmada por todos los obispos, excepto Vidal y Barraquer y Múgica, ambos a la sazón fuera de España. No se publicó hasta el mes de agosto. Iba dirigida al Episcopado universal y tuvo gran resonancia. Los obispos españoles recibieron 580 mensajes de adhesión de parte de los Episcopados y particulares de obispos. El mismo Secretario de Estado, Cardenal Pacelli, dirigió el 5 de marzo de 1938 al Cardenal Gomá un mensaje de congratulación por la Carta colectiva y por el eco encontrado en el Episcopado mundial.

 

He aquí el resumen de su contenido. La Carta colectiva quería salir al paso de las tergiversaciones que de los hechos y de la actitud de la jerarquía eclesiástica se hacían en el extranjero, incluso en parte de la prensa católica. No pretendía ser la demostración de una tesis sino la exposición de hechos. La guerra pudo preverse desde que la República empezó a atacar a la Iglesia ya en 1931. No obstante esos ataques, la jerarquía se mostró sumisa al régimen y pidió al pueblo esa misma sumisión. La Iglesia no había querido esa guerra y si ahora se pronunciaba sobre la misma, era por su repercusión en el orden religioso y porque "ha aparecido tan claro desde sus comienzos que una de las partes beligerantes iba a la eliminación de la religión católica en España, que nosotros, obispos católicos, no podíamos inhibirnos". La Carta habla de los planes y actos contra la religión en el quinquenio que precedió a la guerra, y del plan de exterminar al clero y de implantar el comunismo, cosa que había evitado en parte el alzamiento militar. En la guerra luchaban dos Españas, dos tendencias: la espiritual, del lado de los sublevados, y la materialista. "La Iglesia, a pesar de su espíritu de paz y de no haber querido la guerra ni haber colaborado con ella, no podía ser indiferente en la lucha: se lo impedían su doctrina y su espíritu". Sólo el triunfo del alzamiento militar podía esperarse la justicia y la paz. Caracterizaba a la revolución comunista de "cruelísima", "inhumana", "bárbara", "antiespañola" y, sobre todo, "anticristiana", exponiendo brevemente los hechos y características de la persecución religiosa, que en pocas semanas había superado a todas las persecuciones en número de víctimas y en manifestaciones "del odio contra Jesucristo y su religión sagrada".

 

Se hablaba de las características de la España nacional y se recordaban las palabras de Pío XI de que en España se habían producido verdaderos martirios. Se respondía a las acusaciones de que la Iglesia era rica, que atacó al pueblo desde sus templos y de que se ha mezclado en la contienda. Declaraba la independencia de la Iglesia, su no atarse a ningún poder, aunque acogía a aquel que la defendía de la aniquilación que intentaba el comunismo. Y añadía unas palabras luminosas:

 

"Cuanto a lo futuro, no podemos predecir lo que ocurrirá al final de la lucha. Sí que afirmamos que la guerra no se ha emprendido para levantar un Estado autócrata sobre una nación humillada, sino para que resurja el espíritu nacional con la pujanza y la libertad cristiana de los tiempos viejos... Seríamos los primeros en lamentar que la autocracia irresponsable de un parlamento fuese sustituida por la más terrible de una dictadura desarraigada de la nación. Abrigamos la esperanza legítima de que no sea así".

 

La carta tuvo influjo beneficioso en la zona republicana. La República había quedado en evidencia ante el mundo. La persecución cruenta, que ya había remitido bastante desde principios de 1937, disminuyó aún más. A pesar de todo, todavía fueron sacrificadas otras 332 víctimas hasta el final de la guerra, la mayoría de ellas en 1937[29].

 

El Gobierno Negrín y el ministro Irujo

 

     1. Testimonio y labor del ministro católico Manuel de Irujo

 

El 17 de mayo de 1937 se formaba nuevo Gobierno, presidido por el socialista Juan Negrín. En él entraba como ministro de Justicia, Manuel de Irujo, católico, perteneciente al PNV, que ya desde septiembre de 1936 había figurado en los dos Gobiernos de Largo Caballero como ministro sin cartera[30]. Irujo trabajó denodada, aunque inútilmente, en dichos Gobiernos por hacer cesar la persecución religiosa. El 9 de enero de 1937 presentó al Consejo de Ministros un Memorandum que llevaba fecha del 7. En él se exponía la situación de persecución, concretada en detenciones y fusilamientos de sacerdotes y religiosos, destrucción y profanación u ocupación de iglesias, destrucción de objetos religiosos, prohibición de tenerlos aun en privado y pesquisa de los mismos. Pedía que se diese fin a la persecución por el bien de la República. Y continuaba:

 

"La opinión del mundo civilizado observa con extrañeza, que conduce a la repulsión, la conducta del Gobierno de la República que no ha impedido los acusados actos de violencia y que consiente en forma y términos que expuestos quedan. La ola revolucionaria pudo estimarse ciega, arrolladora e incontrolada en los primeros momentos. La sistemática destrucción de templos, altares y objetos de culto ya no es obra incontrolada. Mas la participación de organismos oficiales en la transformación de templos y objetos de culto para fines industriales, la prisión confinada en las cárceles del Estado de sacerdotes y religiosos, sus fusilamientos, la continuidad de sistema verdaderamente fascista por el que se ultraja a diario la conciencia individual de los creyentes en la misma intimidad del hogar por las fuerzas oficiales del poder público, todo ello deja de tener explicación posible, para situar al Gobierno de la República ante el dilema de su complicidad o de su impotencia".

 

Pedía a continuación libertad para sacerdotes y religiosos encarcelados, respeto de los templos, declaración expresa de la licitud de la práctica del culto y prohibición de que la policía dificultara las prácticas religiosas en el interior del hogar.

 

El Gobierno rechazó estas peticiones, que únicamente obtuvieron el voto favorable de Irujo[31]. Este rechazo y las acusaciones del Memorandum son un testimonio irrefutable de que la persecución religiosa estaba en los planes del Gobierno de la República, no era algo fortuito.

 

La situación no cambió al asumir Irujo el Ministerio de Justicia en mayo de 1937 con el primer Gobierno presidido por Negrín. Las declaraciones Irujo de que, mientras él ocupara ese Ministerio se cumplirían las leyes y cesarían los asesinatos, fueron tomadas a broma por la prensa. Pensó Irujo que el nuevo Gobierno favorecería sus planes, pero sólo consiguió la libertad para unos pocos sacerdotes detenidos, debiendo la mayoría seguir en la cárcel. Las medidas tomadas por Irujo eran virtualmente anuladas por otras de Gobernación y Presidencia. A finales de julio presentó un proyecto de decreto sobre autorización de culto público, que fue rechazado, "Ante esta negativa Irujo redujo sus aspiraciones y en la reunión del 6 de agosto solicitó que se aprobase un decreto autorizando el culto privado, pero tampoco esta solicitud hallaría vía libre, aunque son muchos los historiadores que afirman que el día 7 de agosto se aprobó un decreto en este sentido y que fue publicado en la Gaceta del día siguiente. La realidad es que ni el decreto se aprobó ni, por tanto, se hizo público"[32]. Lo que sí firmó Irujo el 7 de agosto fue una Orden en virtud de la cual serían sancionados los que realizasen denuncias falsas y perjudiciales a la República, entre las cuales se incluía "el que denuncia a un ciudadano por ser Sacerdote de una Religión o por administrar sus sacramentos"[33].

 

En cuarto a la libertad de cultos todo se redujo a permitir la apertura de dos capillas en Barcelona para el culto privado de la colonia vasca. "El resto de los católicos seguían tan hostilizados como antes e incluso los vascos sólo podían cumplir sus prácticas religiosas en una cierta clandestinidad permitida, lo mismo que los demás católicos lo hacían en una clandestinidad más o menos tolerada, en un ambiente a medias permisivo, sin excluir frecuentes redadas en las casas donde se reunían los católicos para oír la misa o recibir los sacramentos". Negrín dejaba actuar a Irujo, pero sin dar ningún paso que rectificase la política antirreligiosa. El ministro de Justicia tropezaba por todas partes con dificultades y presentó su dimisión el 11 de diciembre. Había iniciado también gestiones para establecer relaciones diplomáticas entre la República y la Santa Sede, pero también fracasaron y 1937 concluyó sin dichas relaciones diplomáticas, que tampoco llegarían a efecto en 1938[34].

 

2. Nuevo Gobierno de Negrín. Los trece puntos de su programa

 

El 5 de abril de 1938 Negrín formaba su segundo Gobierno. En él, Irujo, ya sustituido tras su dimisión por el navarro Mariano Ansó, continuó como ministro sin cartera hasta el 17 de agosto. El nuevo Gobierno se impuso la tarea de crear la unidad interna y establecer las bases de una República democrática que ofreciera al exterior una imagen de moderación. Para ello publicó un programa de 13 puntos, hecho público el 30 de abril. El documento fue muy aireado pero obtuvo escasa credibilidad. El punto 6 decía literalmente: "El Estado español garantizará la plenitud de los derechos al ciudadano en la vida civil y social, la libertad de conciencia, y asegurará el libre ejercicio de las creencias y prácticas religiosas".

 

En el terreno religioso, Negrín, cada vez más en manos de los comunistas, quería "normalizar" la situación, pero copiando el modelo soviético, no el de las democracias occidentales.            "En el orden religioso los progresos habían sido hasta entonces nulos. Cuando llegó a España M. Labonne, como embajador de Francia, el espectáculo que contempló era el de la desaparición total de la religión, extinguida <<bajo la capa de opresión del silencio>>. El propio Negrín le confesó que el <<restablecimiento del culto no ha sido estudiado hasta ahora de una manera seria por el Gobierno>>, y esto lo decía el 30 de junio de 1938, dos meses después de la formulación de los 13 puntos"[35].

 

Las únicas concesiones habían sido permitir a los vascos refugiados en Barcelona asistir a dos capillas privadas y que los religiosos fuesen destinados a los servicios de Sanidad, disposición ocasionada por la petición de dos nacionalistas vascos y dictada por Indalecio Prieto, ministro de Defensa en marzo del 38[36].

 

Como ministro de Defensa, dispuso también Negrín por Orden del 25 de junio de 1938 que se concediesen los auxilios espirituales a quien los solicitase. Decía así la Orden: "Todos los Jefes de unidades de Tierra, Mar y Aire otorgarán las facultades posibles para que quienes lo demanden reciban los auxilios espirituales de los ministros de la religión que profesen". Esto apenas se podía llevar a la práctica pues los sacerdotes o habían sido ejecutados o habían pasado a zona nacional, se habían expatriado o estaban ocultos[37].

  

 3. Una denuncia y un decreto tardío

 

No ya como ministro, sino como diputado, Irujo pronunció un discurso en la sesión de las Cortes celebrada en San Cugat del Vallés el 30 de septiembre de 1938. Aún tenía que reprochar al Gobierno el incumplimiento de las leyes en materia religiosa. Decía:

"Yo que, además de liberal y demócrata, soy ferviente religioso, soy cristiano y católico, siento tener que decir al Gobierno de la República que ya es tiempo de que los cristianos, de que los católicos podamos tener una iglesia abierta. Lo he pedido muchas veces siendo ministro; no trato de entrar ahora en discusión de dónde ni cuándo; pero yo invito a los ministros que se sientan ahí y a cuantos diputados me escuchan, a que recorran Europa y vean cuál es la preocupación de las gentes que, sabiendo que luchamos por una República democrática, no aciertan a comprender cómo al año y medio o a los dos años de haber dominado todas las impurezas de la realidad de la calle y de estar en poder del Gobierno todos los resortes, según frase que acabamos de oír del señor Presidente del Consejo de Ministros, todavía tenemos que ir a capillas privadas aquellos católicos que queremos cumplir con los preceptos de nuestra religión"[38].

 

El Gobierno de la República no cumplía sus proclamas y programas de libertad religiosa si no era sobre el papel. Es curioso el decreto que emitió el 8 de diciembre de 1938 creando el Comisariado General de Cultos. La medida llevaba señales evidentes de ser una autodefensa y una preocupación por salvar la propia imagen. Achacaba los excesos propios de la guerra a la reacción del pueblo en defensa de su libertad frente al olvido de algunos jerarcas de la Iglesia de los deberes de convivencia social. Declaraba que uno de los fines de la guerra era la libertad de conciencia y que "ha procurado siempre la República el más delicado respeto a las convicciones religiosas". El decreto establecía "un Comisariado General de Cultos encargado de la información, trámites y propuestas de las cuestiones referentes al ejercicio de cultos y práctica de actividades religiosas en España"[39]. Apenas cuatro meses después, acabaría la guerra.

  

ALGUNOS TESTIMONIOS

 

 

Son muchos. Casi un millar los beatificados, más otro millar los que están en procesos entregados en la Sagrada Congregación, más casi 900 en los que nuestra Archidiócesis de Toledo y la de Ávila están trabajando en estos últimos años… Son muchos más los que faltan. Pero elegimos a estos para ofrecéroslos como ejemplos de vida, santos de Dios, santos mártires que lo dieron todo hasta el final.

 I

 

BEATO NARCISO DE ESTENAGA y ECHEVARRÍA

Obispo de Ciudad Real

 

Nació en Logroño el 29 de octubre de 1882 y fue bautizado el 1 de noviembre. Muy niño todavía, quedó huérfano de padre y madre y fue acogido por personas caritativas que lo llevaron a Vitoria. El Beato Joaquín de la Madrid Arespacochaga (que fue beatificado en la ceremonia del 28 de octubre de 2007) había fundado en Toledo un colegio para niños huérfanos o pobres, y llevó a este centro al pequeño Narciso, al que había tenido ocasión de conocer y por cuya vivacidad de inteligencia había quedado impresionado.

 

Bajo la sabia orientación de este sacerdote, inició en el Seminario de Toledo los estudios eclesiásticos, que culminaron con su graduación en su ordenación sacerdotal en 1907. Dadas las cualidades excepcionales que le adornaban, pronto fue nombrado canónigo de la catedral primada y, posteriormente, deán de la misma. El 20 de noviembre de 1922 fue elegido obispo de Ciudad Real, donde hizo su entrada el 12 de agosto de 1923.

 

Verdadero hombre de espíritu, que transmitía con sus obras y palabras, la actividad del nuevo prelado se extendió a todos los campos.

 

Cuando la situación se complicó, sobre todo a mediados de julio de 1936, y peligraban las personas de Iglesia, algunos amigos ofrecieron al Sr. Obispo y a su familiar la posibilidad de ponerse a salvo abandonando la diócesis. Pero él no lo aceptó. Decía: “Mi puesto está aquí”. Nuevamente, el día 26 ó 27 les ofrecieron la posibilidad de librarse, y su respuesta fue la misma: “Aquí está mi puesto”. El 5 de agosto un grupo de milicianos armados asaltó el obispado donde él residía, y empezaron un registro meticuloso.

 

El Sr. Obispo defendió el Sagrario de una profanación inminente. En un momento dado amenazaron con matar al Prelado, quien, de rodillas, les dijo: “Matadme”. Pero no lo hicieron. El día 12 de agosto los echaron fuera del obispado y fueron acogidos por una familia amiga, con la que permanecieron hasta el día 22. Ese día los milicianos asaltaron la casa y se llevaron al Sr. Obispo y a su secretario, que no opusieron la menor resistencia. Los condujeron por el camino de Peralvillo Bajo, hacia el río, donde los asesinaron disparándoles. Don Narciso tenía 53 años. Al día siguiente, sus cadáveres fueron vistos por un testigo, que los reconoció. Llevados al depósito del cementerio, los colocaron en dos sencillas cajas de madera y los transportaron a la sepultura del Cabildo, donde fueron enterrados. El 10 de mayo de 1940 el cadáver de Don Narciso fue sepultado en la catedral.

 

II

BEATO FRANCISCO MAQUEDA LÓPEZ

 

Nació el 10 de octubre de 1914, en Villacañas (Toledo). En 1925, sin haber cumplido 11 años, ingresó en el Seminario Menor de Toledo. El 5 de junio de 1936 recibió el subdiaconado. La vida del joven subdiácono Francisco Maqueda López fue corta; aún no había cumplido los 22 años cuando le llegó la muerte. Pese a su corta edad, se vislumbraba en su vida una gran madurez humana y una fuerte personalidad. Asimismo, destacaba por su reciedumbre en virtudes ascéticas y místicas. Desde muy pequeño, sintió una clara inclinación a las cosas de Dios y a la vida espiritual. Era muy dado a conocer -a través de la lectura- la vida de los santos, hacia quienes se sentía profundamente atraído, para después imitarles. Siempre estuvo centrado en su vocación. La sinceridad, la justicia y la fortaleza sobresalían en él.

 

Cuando estalló la Guerra, el joven Maqueda ya había sido detenido, el 23 de junio de 1936, por enseñar a los niños la doctrina cristiana. Fue sólo ese día y le pusieron una multa. Después, el 11 de septiembre, fue detenido nuevamente. Unas horas antes se confesó con Don Gonzalo Zaragoza. Se sabe que la víspera ayunó a pan y agua. Arrodillado a los pies de su madre, le dijo: “Madre, déme la bendición, que me voy al cielo”.

 

Mientras sus captores se mofaban de él, Francisco pronunciaba sus últimas palabras de despedida para los suyos: “¡Adiós, madre, hasta el cielo! ¡Adiós, adiós, hasta el cielo a todos!”. Fue conducido desde su casa a la ermita de la Virgen de los Dolores, que los milicianos usaban como cárcel, y donde tenían apresadas a otras quince personas más, la mayoría jóvenes. En seguida, Francisco les congregó. Su intención era ayudarles espiritualmente para la muerte ya muy próxima. Les dijo: “Preparémonos, esta noche nos llevarán al cielo. ¿Queréis acompañarme y rezamos juntos el rosario a la Santísima Virgen?”. La invitación fue muy bien acogida y, puestos de rodillas, con toda devoción, rezaron juntos ante la imagen de la Virgen.

 

Sobre las doce de la noche vinieron a buscarlos y les transportaron en un camión por la carretera general de Andalucía. Muy cerca de Dosbarrios, en el Km. 67, entre las poblaciones de La Guardia y Ocaña, les hicieron bajar; eran las dos de la mañana del 12 de septiembre. Camino del martirio fueron cantando y rezando. Y Francisco, en medio de ellos, con los brazos en alto. Los milicianos le dijeron: “Ahí está tu padre”. Y aunque efectivamente era verdad, porque días antes le habían matado a medio kilómetro, él les contestó: “Os equivocáis, mi padre está en el cielo”. Indignados, se burlaron: “¿Y aún estás alegre?”.

 

Imaginándose lo que todavía quedaba, les pidió por favor le permitieran ser el último para ayudar a morir bien a sus hermanos en Cristo. Les dejaron casi sin ropa y, según testigos, les dieron una descarga de piernas para abajo. Y, a continuación, todos fueron pasados a cuchillo.

 

III

SIERVA DE DIOS

MADRE CÁNDIDA DEL CORAZÓN DE JESÚS

 

¿Quién no ha oído hablar de San Maximiliano María Kolbe? ¿Quién no conoce -sin exagerar, en el mundo entero- el testimonio de auténtica caridad del P. Kolbe? ¿Quién no sabe que ofreció su vida a cambio de la de un padre de familia desconocido, y que así pudo consolar y ayudar a bien morir a un grupo de condenados al búnker de la muerte? ¿Y que, finalmente, fue asesinado con una inyección de ácido muriático en la locura del campo de exterminio de Auschwitz? Era el 14 de agosto de 1941.

 

Pero años antes, un 21 de mayo de 1937, durante la cruel guerra civil que asoló nuestra España, la Madre Cándida del Corazón de Jesús se convertía en la Kolbe de la caridad… La única diferencia es que en lugar de dar la vida por un desconocido, ella se presentó como religiosa para ofrecerse en lugar de su hermana, una mujer casada y con niños pequeños. En ambas ocasiones, el verdugo pudo haber sumado “un voluntario” a los ya condenados; pero en ambas ocasiones Madre Cándida y San Maximiliano ocuparon su puesto entregando su vida como Nuestro Señor Jesucristo: “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos”.

 

Cándida López-Romero y Gómez del Pulgar nació en Mora de Toledo, el 3 de octubre de 1895. La Compañía de Santa Teresa de Jesús (las teresianas de San Enrique de Ossò) llegó a tierras toledanas en septiembre de 1920, para fundar de la mano de la señorita María Martín Maestro el Colegio “María Inmaculada” que abrió en el mes de octubre. Años después, Cándida ingresaría en la Compañía el 6 de junio de 1923, vistió el hábito el 12 de diciembre de ese año, y emitió sus primeros votos el 12 de diciembre de 1925. Finalmente, hizo su profesión perpetua el 15 de diciembre de 1928.

 

La actual Comunidad de teresianas de Mora nos ha facilitado de la Curia General de Roma las actas de la Historia de la Compañía, en donde se describe la persona y el martirio de la Sierva de Dios. Allí podemos leer que Cándida “fue una religiosa moldeable como la cera en manos de los Superiores; sencilla, ingenua y llena siempre de entusiasmo y optimismo, el nombre de Cándida le venía  perfectamente y fue como un símbolo de su vida y muerte”.

 

Monseñor Antonio Montero recoge en su “Historia de la persecución religiosa en España (1936-1939)” el caso de la teresiana. Y recuerda que al estallar la guerra civil, Madre Cándida estaba destinada en un Colegio de Valencia. “Fue a refugiarse en la pobre habitación de la sirvienta del Colegio después de pasar por el dolor de verse rechazada por unos parientes que vivían en la ciudad, alarmados por el riesgo que podrían correr hospedando bajo su techo a una religiosa desvalida”.

 

Después de varios intentos, logró llegar a su pueblo natal, donde se la persiguió con verdadero ensañamiento desde el primer instante de su llegada. Lo primero fue encarcelarla juntamente con sus hermanas, odiadas por su labor catequética en la parroquia. Con una serenidad e intrepidez que asombraba a sus verdugos, la religiosa soportó en la prisión toda clase de vejaciones, golpes y malos tratos, que en varias ocasiones le hicieron arrojar sangre por la boca. Sobre ella recaían los oficios peores y le negaron el menguado alivio de una silla en que sentarse y de un colchón para extender sus miembros doloridos.

 

“Encarcelada en tres ocasiones, en una de ellas la sacaron por la noche en una camioneta simulando que iban a darle el trágico “paseo”. Y para asustarla más, le preguntaron si quería morir envenenada o fusilada. La Madre Cándida respondió con entereza que eligieran ellos mismos la muerte que mejor les pareciera y continúo rezando tranquilamente su rosario. Largas semanas de humillación y sufrimiento faltaban a la víctima para la gloria de su triunfo. Y después de haber tenido tan cerca aquella noche la palma del martirio, no pudo asirla con las manos…”

 

Prosigue el relato de la Curia afirmando que “tan ingenua en la muerte como en la vida, no quiso ocultar jamás su condición de esposa de Jesucristo, mostrando santo orgullo de su profesión religiosa que la hacía blanco de las iras de aquellos desalmados. Nunca abandonó sus prácticas piadosas, y tan ferviente era la devoción con que a ellas se entregaba, que, subyugado un miliciano por la memoria de su madre, a quien había visto rezar de igual manera, la acompañó más de una vez en la recitación del rosario”.

 

Enrique Líster declaraba impunemente en la revista “Triunfo” (19 noviembre 1977; nº 773), al preguntarle sobre la eliminación de varios campesinos castellanos y anarquistas: “Hubo que crear un Tribunal en Mora de Toledo y tomar algunas medidas muy duras, muy serias… Luego me acusaron de que si yo había fusilado y tal y cual. Y yo he respondido que sí, que yo he fusilado, y que estoy dispuesto a hacerlo cuantas veces haga falta. Porque yo no hago la guerra para proteger a bandidos ni para explotar a los campesinos; yo hago la guerra para que el pueblo tenga la libertad”.

 

No cuesta mucho pensar que si esto hizo con sus propios correligionarios qué no haría con los que habían destacado en Mora por su defensa a la Iglesia y que no habían sido ajusticiados en los primeros meses de guerra. Nada más entrar Líster en el pueblo, se detuvo a una veintena de personas.

 

Según se sabe, el 21 de mayo de 1937 los milicianos se presentaron en casa de las López-Romero para detener a las dos hermanas solteras (Edmunda y Carmen) y a una tercera hermana casada y con niños pequeños (el que tenía seis añitos recién cumplidos llegaría a ser sacerdote). En ese preciso momento, Madre Cándida salió de su escondite para ofrecerse por su hermana, lo cual fue aceptado por los milicianos.

 

A las diez de la noche, un pelotón de internacionales sacó de la cárcel al grupo de 20 personas. Fueron llevadas fuera del vecindario en las inmediaciones de la fábrica de harinas; y tras ser asesinadas,  fueron sepultadas en una zanja abierta al efecto en pleno campo. Lo más grave del caso es que, según acredita la exhumación, los cuerpos fueron salvajemente mutilados, probablemente antes de morir. Madre Cándida descansa, junto a los otros mártires, en la Iglesia Parroquial de Mora. Su Causa se encuentra en fase diocesana desde 2002.

 

IV

BEATO CEFERINO GIMÉNEZ MALLA,

el primer beato de raza gitana

 

            Hijo de padres gitanos españoles, el Beato Ceferino Giménez Malla, conocido familiarmente como el Pelé, nació en Fraga (Huesca), probablemente el 26 de agosto de 1861, fiesta del papa San Ceferino, de quien tomó el nombre, y fue bautizado ese mismo día. Como su familia, Ceferino también fue un gitano que vivió siempre como tal, profesando la ley gitana tanto en su formación como en el desarrollo de su vida.

          

  De niño recorrió los caminos montañosos de la región, dedicado a la venta ambulante de los cestos que fabricaba con sus manos. Todavía joven, se casó según la costumbre gitana con Teresa Giménez de Castro, una gitana de Lérida de fuerte personalidad, y se estableció en Barbastro. En 1912 regularizó la unión con su Teresa celebrando el matrimonio según el rito católico. Comenzó desde entonces a frecuentar la iglesia, hasta convertirse en un cristiano modelo. No tuvo hijos, pero adoptó de hecho a una sobrina de su esposa, llamada Pepita.

           

El Pelé dedicó los mejores años de su vida a la profesión de tratante, experto en la compraventa de caballerías por las ferias de la región. Llegó a tener una buena posición social y económica, que estuvo siempre a la disposición de los más necesitados. Acusado injustamente de robo y encarcelado, fue declarado inocente. El abogado que lo defendía dijo: El Pelé no es un ladrón, es San Ceferino, patrón de los gitanos. Sumamente honrado, jamás en los tratos engañó a nadie.

           

 Al inicio de la guerra civil española, fue detenido por salir en defensa de un sacerdote que arrastraban por las calles de Barbastro para llevarlo a la cárcel, y por llevar un rosario en el bolsillo. Le ofrecieron la libertad si dejaba de rezar el rosario. Prefirió permanecer en la prisión y afrontar el martirio. En la madrugada del 8 de agosto de 1936, lo fusilaron junto a las tapias del cementerio de Barbastro. Murió con el rosario en la mano, mientras gritaba su fe: ¡Viva Cristo Rey!

 

            V

SIERVO DE DIOS

SANTIAGO MOSQUERA Y SUÁREZ DE FIGUEROA

 

En una obra escrita por el famoso padre benedictino Fray Justo López de Urbel, titulada "Los mártires de la Iglesia", hay un capítulo dedicado al Siervo de Dios Santiago Mosquera. Allí se lee: "Era un niño de quince años. No se comprende muy bien qué clase de hombres poseen suficiente valor para asesinar a un niño. No es, desgraciadamente, un trance nuevo. Los primeros pasos de la Iglesia van ya teñidos de sangre infantil. Y esto es, si se para mientes en ello, profundamente significativo..."

 

Santiago había nacido el 3 de febrero de 1920 en Villanueva de Alcardete (Toledo). Y según declara su propia hermana, era de carácter extrovertido, travieso, simpático... Eran ocho hermanos y, como los tres mayores, Santiago pertenecía a la Congregación de San Luis Gonzaga de Madrid. Habían estudiado en Colegios de la Compañía de Jesús. Ramón tenía 24 años, había cursado el bachillerato en el Colegio de Nuestra Señora del Recuerdo en Chamartín de la Rosa (Madrid), era artillero y estudiaba el último curso de Leyes en la Universidad. José María y Luis habían estudiado en Areneros (Madrid), se preparaban para ingresar en la Academia General de la Marina y en la Academia General Militar, respectivamente. Santiago estaba estudiando en el Colegio que los PP. Jesuitas tenían en Estremoz (Portugal).

 

Cuando tenía 16 años, estalló la guerra. El 25 de julio de 1936 los milicianos se presentaron en casa de los Mosquera. Iban buscando armas y encontraron dos escopetas de caza. El padre se encontraba fuera del pueblo. Inmediatamente fueron detenidos sus hermanos Ramón y Luis. Santiago se indignó por la injusta detención y gritando les preguntó: "¿Por qué? ¡Si todos en el pueblo tienen escopetas para ir a cazar conejos y perdices!". También él fue detenido.

 

Conducidos a la iglesia parroquial de Santiago Apóstol, que, como en tantos otros lugares hacía de cárcel, fueron encerrados en las capillas laterales que tenían verjas de hierro y puertas con candados. Fueron salvajemente maltratados. Allí los tuvieron hasta el 15 de agosto, solemnidad de la Asunción. Ese día, en la madrugada, señalaron un grupo de doce personas encabezados por el párroco de Villanueva de Alcardete. Los fusilaron a unos tres kilómetros de La Villa de Don Fadrique. En el grupo estaban Ramón y Luis, hermanos de Santiago.

 

Entretanto, también fue detenida la madre de Santiago, a la que querían sacar el lugar donde se escondía su esposo. Éste, ajeno a cuanto estaba sucediendo, se encontraba en Portugal realizando un trabajo para el periódico "El Debate". Tras maltratarla física y verbalmente, la dejaron regresar a casa, diciéndola que su hijo Santiago seguiría detenido hasta que apareciera su marido. Aunque el otro hermano, José María, logró huir al campo durante las primeras semanas, también sería asesinado en la carretera de Valencia.

 

Fray Justo Pérez de Urbel escribe: "Santiago, un adolescente de dieciséis años, merecía figurar, ya antes de su martirio, en las estampas de los ángeles que hacen cortejo al Cordero Inmaculado de Cristo Jesús, por su bondad, docilidad, pureza angelical, ternura fraternal y filial obediencia".

 

En la iglesia-prisión quedaban todavía seis personas: junto a Santiago estaba el coadjutor de la parroquia de Villanueva, el Siervo de Dios Eugenio Rubio Pradillo. Amarraron a Santiago a una estaca. Y siguió la horrible y continua cantinela de siempre:

 

- Blasfema.

- Nunca. Aunque me matéis.

Una bofetada le llenaba la boca de sangre.

- Blasfema.

- Puedes pegarme otra vez. Yo no blasfemo.

Otra bofetada le producía sangre sobre la sangre. Atado a la estaca, estuvo dos días sin comer ni beber. El niño gemía dolorosamente...

- Si haces lo que nosotros hacemos... comes y te perdonamos la vida.

El joven cerraba los ojos y no respondía.

- Abre los ojos o te pego un tiro.

Y uno de aquellos criminales le aplicaba una pistola al vientre.

- No quiero veros.

- ¿Que no quieres vernos…? Ahora sí que vas a ver. Pero las estrellas.

Y con un látigo, cruzaron repetidamente el rostro de Santiago.

 

Es inútil tratar de prolongar al lector el martirio de describir lo que hicieron con este joven. Se trata de las verdaderas Actas de los mártires de los primeros siglos, de las persecuciones romanas, actualizadas con tal veracidad que parece que escuchamos a Tarsicio, a Cecilia, a Eulogio, a Sixto o a Cornelio...

 

La noche del 24 al 25 de agosto de 1936, los seis detenidos que quedaban fueron conducidos al cementerio de Villanueva de Alcardete (Toledo) para ser fusilados.

 

Sigue narrando Fray Justo: “Ya están contra el paredón. Una descarga, dos descargas, y el crimen ha sido consumado”. Santiago no murió, fue gravemente herido en sus piernas por la metralla de los fusiles. La escena es dantesca. “Deseamos que el lector se imagine la escena. Un niño con las piernas destrozadas a tiros, entre los cadáveres de sus amigos, en un cementerio, una noche entera... Todavía tendría confianza en la piedad de los hombres...”

 

El 25 de agosto Villanueva siempre recordará con horror el final de la historia. Aunque intentó escapar, le fue imposible. Esperó que amaneciera. Santiago escuchó que alguien se acercaba: “El sepulturero se acerca. Crece la confianza en el pecho de Santiago, se ensancha su fe y su corazón late con más ansiedad, y exclama: ¡Piedad, buen hombre, piedad!”

 

La respuesta de los labios es mejor silenciarla. Los testigos declaran que el sepulturero le obligó nuevamente a blasfemar contra Dios y María. Santiago le dijo que eso no lo podía hacer, pues era pecado contra Dios. El sepulturero le dijo que si no blasfemaba, lo mataría y Santiago le dijo: “Prefiero morir antes que ofender a Dios”. El cruel asesino tomó un pico y de un golpe acabó con su vida.

 

Según cuentan los diferentes testigos, tras la guerra su cuerpo, que no se sabía dónde había sido enterrado, fue hallado casi milagrosamente... Tenía su rosario en la mano izquierda y su rostro reflejaba la serenidad del encuentro con Dios.

 

Hemos esbozado estas líneas junto a una reliquia del Siervo de Dios. Se trata de un lazo blanco con la leyenda «Rdo. de mi 1ª Comunión», que antiguamente se llevaba a la altura del hombro en los trajes de Primera Comunión. La Postulación la conserva como preciado tesoro. Su Proceso se inició en el año 2002.

 

 

 

Dossier realizado por  D. Jorge López Teulón, Postulador de las causas de Beatificación de los mártires de la diócesis de Toledo, y por el P. Marcón Rincón Cruz, O.F.M.  

Agencia Fides 1/3/2008; Director Luca de Mata 

 

 

[1] Los mitos de la guerra civil, 34ª ed., Madrid dic. 2004, 189, 193. Sobre la guerra civil, en general, cf. ibid., espec. 21-77, 183-195; P. Moa, El derrumbe de la segunda república y la guerra civil (ed. Encuentro, Ensayos 173), Madrid 2001, 510-557; W. J. Callahan, La Iglesia Católica, cit., 273-286.

[2] Carta colectiva, n. 3, Nuestra posición ante la guerra.

[3] Cf. MADARIAGA, ibid.

[4] C. VIDAL, Paracuellos, cit., 109, 110 y cf 111.

[5] Cf. GARCIA ESCUDERO, o.c., III, 1316-1321, 1359-1360 (las frases entrecomilladas son de la p. 1319); MADARIAGA, o.c., 379-380.

[6] Claridad, 24 (21-12-1935) 8; 29 (15-1-1936) 1 y 7. El Socialista, 8.040 (23-1-1936) 3.

[7] Gobierno de Largo Caballero: Gaceta M, 249 (5-9-1936) 1671-1672; VOLTES, Tablas, cit., 97-98; Cf. GARCIA ESCUDERO, ibid., 1366-1368.

[8] Pellizcos y coscorrones, en El Pueblo, de Huesca, 1.014 (2-3-1936) 1. Las referencias de la prensa pueden verse en MONTERO, o.c., 34-39.

[9] La enseñanza confesional para los trabajadores de la enseñanza (firmado por Gabriel García Maroto), en ABC de Madrid, 10.347 (28-7-1936) 25; Serenidad de la República, ibid., 10.362 (14-8-1936) 6.

[10] La Vanguardia, 22.585 (2-8-1936) 3. La Batalla, 14 (18-8-1936) 8; 15 (19-8-1936) 1.

[11] ¡ABAJO LA IGLESIA!, en Solidaridad Obrera, 1.353 (15-8-1936) 1; La Máscara y el Rostro. La libertad de cultos, (firmado por Ezequiel Endériz), ibid., 1597 (25-5-1937) 3; Un poco de demagogia, (del mismo autor), ibid., 1599 (27-5-1937) 3.

[12] Decreto del Ministerio de Justicia; Gaceta M, 226 (13-8-1936) 1222-1223.

[13] CARCEL ORTI, V., La persecución..., cit., 219.

[14] Cf. MONTERO, o.c., 36, con nota 51. Gobiernos de 1936-1937: VOLTES, Tablas, cit., 98-100

[15] Cf. BAU, C., La persecuzione religiosa..., cit. 27-28; SALAS LARRAZABAL, Historia General de la Guerra, cit., 60-69; TAMAMES, La República. La era de Franco, cit., 236-240; TUÑON, La España del siglo XX, cit., III, 529-550.

16 G. RODRÍGUEZ FERNÁNDEZ, en su libro El hábito y la cruz (Madrid 2006), cifra en 296 las religiosas        asesinadas, pertenecientes a 62 órdenes.

[17] Cf. IRIBARREN, J., Doc Col, Introducción, 42-43: MONTERO, o.c., 762; en 763-768, estadísticas de muertes por diócesis e institutos religiosos.

[18] Cf. MONTERO, 61, 209, 301-302.

[19] Cf. ID., 62; PORSI, L., Informatio, Positio super martyrio servarum Dei Mariae Pilar a S. Francisco de Borgia duarumque sociarum, monialium Ord. Carm., Roma 1983, 33-36.

[20] Cf. MONTERO, 79, nota 72; BAU, o.c., 59-61. Ver Memorandum de M. de Irujo en PALACIO ATARD, Cinco Historias de la República, cit. 82 y 86. Cf. CARCEL ORTI, V., La persecuión..., cit. 222-223.

[21] Cf. MONTERO, 209-541; AMBROGI, A.- MOCCIA, F., Informatio, Positio super martyrio servorum Dei Nicephori a Jesu et Maria et XXV sociorum, Roma 1987, 86, n. 32.

[22] Cf. MONTERO, 541-589 y 79, nota 72. Un caso digno de                mención: "A la entrada de los legionarios de Beorlegui en San Sebastián, los 'jelkides' se hallaban haciendo aquella especie de 'guardia santa' a las puertas de los templos.

- ¡Eh...! ¿Qué hacéis aquí vosotros? - les preguntaron.

- Os guardamos las iglesias -respondieron-, seguros que, como            cristianos, nos agradeceréis este rasgo.

Por toda respuesta recibieron ésta:

- ¡Daos presos!

Los cándidos combatientes católicos así lo hicieron, y dos horas más tarde eran fusilados, sin comprender la grandeza de su rasgo" (E. ENDERIZ, La Máscara y el Rostro. La libertad de cultos, en Solidaridad Obrera, 1597 (25-5-1937) 3. Cf. CARCEL ORTI, V., La persecución..., cit., 248.

[23] Cf. MONTERO, espec. 589-626.

[24] ID., 67-68 y 627-653. En las págs. 629-630 ofrece la estadística de iglesias destruidas, por diócesis.

[25] ID., 79; también 63-66 y 69.

[26] Los mitos de la guerra civil, cit., 223, 229, 231, 233, 235-236. Sobre la expresión “al reanudarse la contienda”, téngase en cuenta que, para el autor, ésta empezó en la revolución de octubre de 1934, como expusimos en su lugar.

[27] Ver estos tres documentos en MONTERO, o.c., 682-708.

[28] Alocución de Pío XI: AAS, 28 (1936) 373-381; también en El Vaticano y España. Hitos documentales desde 1936, ed. N. LOPEZ MARTINEZ, edic. Aldecoa, Burgos 1972, 25-46. Mensaje radiofónico: AAS, 29 (1937) 6-8; El Vaticano y España, cit., 47-48. Encíclica Divini Redemptoris: AAS, 29 (1937) 65-106; Col. Enc., I, Madrid 1967, 154-177. (Los párrafos referentes a Rusia, Méjico y España (19-24), págs. 159-160). Pío XII, en un Radiomensaje pronunciado el 16-4-1939, congratulándose "por el don de la paz y la victoria con que Dios se ha dignado coronar el heroísmo cristiano de vuestra fe y caridad", daba un sentido cristiano a la victoria y recordaba los textos citados de su predecesor. (Cf. AAS, 31 (1939) 131-154, y El Vaticano y España, cit., 69-72.

[29] Textos citados de la Carta colectiva: Doc Col, 224, 230, 238. Texto íntegro de la Carta, 219-242. Prescindimos de los aspectos políticos de la Carta que quedan fuera de las finalidades de esta exposición histórica. Carta del Secretario de Estado al Cardenal Primado, Gomá, en El Vaticano y España, cit., 55-56. Para los datos históricos de este punto, cf. IRIBARREN, Doc Col, cit., Introducción, 42-44; MONTERO, o.c., 71-75; CARCEL ORTI, La Iglesia durante la II República, cit., 379-380; SALAS LARRAZABAL, Historia General de la Guerra, cit., 239-241.

[30] VOLTES, Tablas, cit., 98-100.

[31] Cf. PALACIO ATARD, Cinco Historias de la República, cit., 81-89. El Memorandum, parcialmente reproducido por ATARD, fue publicado íntegro por el hermano de Manuel de Irujo, Andrés, bajo el pseudónimo de A. de LIZARRA, en "Los vascos y la República Española. Contribución a la historia de la guerra civil, Buenos Aires 1944, 201 ss.

[32] SALAS LARRAZABAL, o.c., 242. A pesar de que casi todos los libros y artículos (también MONTERO) dicen que el 7 de agosto de 1937 se dio el decreto que autorizaba el culto católico, la afirmación de los hermanos SALAS es totalmente fidedigna. En la Gaceta de la República no aparece ese decreto.

[33] Orden del Ministerio de Justicia: Gaceta R, 224 (12-8-1937) 590-591.

[34] Cf. SALAS LARRAZABAL, o.c., 242-243; PALACIO ATARD, o.c., 89-116.

[35] SALAS LARRAZABAL, ibid., 335, Cf. 334-336; TUÑON DE LARA, o.c., 744-745; VOLTES, Tablas, cit., 100. Los 13 puntos del Gobierno: DIAZ-PLAJA, F., La guerra de España en sus documentos, cit., 323-325.

[36] Orden del Ministerio de Defensa del 1 de marzo: DOMDN, Barcelona, 53 (3-3-1938) 637. Cf. SALAS LARRAZABAL, o.c.,  335.

[37] Orden del 25 de junio: DOMDN, 157 (26-6-1938) 1091. Cf. también SALAS LARRAZABAL, o.c., 336.

[38] LIZARRA, A. de, Los Vascos y la República, cit., 255, cit. en PALACIO ATARD, Cinco Historias de la República, 118.

[39] Gaceta R, 343 (9-12-1938) 1004.