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Una mañana para recordar

Este año se cumple el 75 aniversario del genocidio de Paracuellos. Y acudí. Confieso, con vergüenza, que no soy un asiduo. La segunda vez en mi vida que acudo a aquel lugar santo. Y ambas empujado por mi queridísimo amigo José Manuel Ezpeleta, alma de que aquello no hubiera caído en el más absoluto e impresentable olvido. Porque ya no quedan parientes próximos de los asesinados. O apenas. Padres o tíos, ninguno. Hermanos tal vez alguno pero poquísimos. Hijos o sobrinos alguno más pero casi ninguno. Piénsese que el hijo póstumo de alguien asesinado allí hoy tendría 75 años.

 

Paracuellos ha sido sin duda una referente de la barbarie roja y está en todos los libros. Pero los años vergonzantes de nuestra Iglesia, verdaderamente también vergonzosos, nos han privado de la veneración. Los católicos españoles no han ido a Paracuellos, que está a escasísimos kilómetros de Madrid, a honrar a sus mártires.

 

A los innumerables mártires de Paracuellos. Olvido verdaderamente incomprensible cuando no hay sitio en el mundo que sea un relicario semejante. Bajo aquella tierra ocre e inhóspita hay ya 104 mártires reconocidos de la Iglesia. Que dentro de veinte días serán 119. No hay en el mundo nada igual. Ni el Coliseo romano. Así lo dijo ayer, con toda razón, el obispo de Alcalá de Henares Don Juan Antonio Reig. No sé, tal vez sí, si en aquel lugar de Roma fueron inmolados más cristianos que en Paracuellos. Pero si allí está su martirio no están allí sus restos. Como en Paracuellos. Que es un inmenso relicario. El obispo llamó a la pequeña ermita la catedral de los mártires. Con inmenso orgullo de que estuviera en su obispado. Y nos convocó a la peregrinación a aquel lugar. A la peregrinación repetida. Como al lugar más martirial del mundo de una Iglesia de mártires.

 

Ayer hubo en Paracuellos una concentración gozosa pero en mi opinión insuficiente. Para lo que Paracuellos se merece y nos reclama. Tres o cuatro centenares de personas. Que en lo sucesivo tendrían que multiplicarse por mucho. Me parece no poco para el olvido, vergonzoso me parece escaso calificativo, diría mejor repugnante, de nuestra Iglesia.

 

Aquello se ha mantenido gracias al ímprobo esfuerzo de un Hermandad de seglares que luchó siempre contra una incomprensible preterición. He mencionado a Ezpeleta, uno de esos seglares que nuestra Iglesia cobarde y acomodaticia no se merece. Y con él a todos los miembros de la Hermandad que contra la intemperie han mantenido el sagrado recinto. Que parecía traer sin cuidado a nuestros obispos. No recuerdo si el primer obispo de Alcalá, excelente refundador de la diócesis por otra parte, acudió alguna vez a Paracuellos. Su segundo obispo, Catalá, fue un par de veces al principio pero luego me parece que desapareció. Nunca fue de laureada de San Fernando. Hubo que esperar al tercer prelado complutense para que la joya del obispado fuera reconocida como debía. La homilía de ayer fue extraordinaria. Y luego pasó, acompañado por el clero concelebrante y los fieles, a rezar un responso en cada una de las fosas. En una especie de Vía Crucis emocionante.

 

Invitó el obispo, otro acierto, a todos los provinciales de las órdenes y congregaciones que tienen hijos suyos bajo la tierra de Paracuellos. Y allí estaban, o sus delegados, en la misa conmemorativa. No insistiré en lo de los delegados. Tendrían algo más importante que hacer, O que a ellos les parecía más importante.

 

Los agustinos son sin duda los que aportan el mayor número de beatos. Con mucho. Daba gusto ver a unos cuantos jóvenes agustinos, no pocos con rasgos sudamericanos, con el hábito de la orden. Alguien me señaló al prior del El Escorial. Ese, en cambio, de riguroso paisano.

También me pareció extraña la ausencia de la archidiócesis de Madrid, que, pienso, debería estar representada por algún obispo auxiliar. Pues de Madrid eran la gran mayoría de los asesinados. Digo de Madrid como residencia.

       

Paracuellos es el gran tesoro de la Iglesia española del siglo XX. No contribuyamos a su olvido. Como católicos. Y concluyo repitiendo lo ya dicho.

Gracias José Manuel. Gracias Monseñor Reig. Porque estáis haciendo Iglesia. Iglesia verdadera. Que siempre tuvo a los mártires por su gloria y su corona.  



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