Homilía fiesta de los mártires

HOMILIA DEL CONSILIARIO DE HISPANIA MARTYR
EN LA FESTIVIDAD DE LOS MARTIRES ESPAÑOLES
DE 1934-1939

Martirio espiritual puede darse en modalidades muy diversas. La Virgen
María, Regina martyrum sufrió sin duda un verdadero martirio al pie de la
cruz, compadeciendo la pasión de su Hijo.


También, ya desde muy antiguo, se ha considerado, por ejemplo, la
virginidad como una forma de martirio, y sobre todo la vida monástica. La
renuncia permanente al matrimonio, a los hijos, al hogar familiar, o bien el
enclaustramiento perpetuo en un monasterio o en una ermita, son sin duda
un testimonio (martirio) altamente fidedigno en favor de Cristo.


Virginidad y vida monástica proclaman con voz fuerte, clara y persuasiva:
solo Dios basta.
Los cristianos irlandeses, en la Edad Media, consideraban tres tipos de
martirio: rojo, con efusión de sangre, blanco, por la virginidad y la vida
ascética, y verde, por la penitencia y por el exilio voluntario.


Martirio de amor, siempre conocido en la tradición de la Iglesia: no implica
necesariamente la efusión de la sangre; pero es real, es espiritual.
San Pablo ofrece en esto un ejemplo perfecto. Su vida en el mundo
presente es un continuo martirio, y confiesa: «deseo morir para estar con
Cristo, que es mucho mejor» (Flp 1,23).

Pablo, viendo el pecado del mundo y añorando día a día la presencia
visible del Señor, sufre, sin duda, un martirio de amor: «yo me muero cada
día» (1Cor 15,31).


Muchos santos han vivido en forma peculiar el martirio espiritual por la
frecuente contemplación de la pasión de Cristo, hasta verse en ocasiones,
como San Francisco de Asís o el santo Padre Pío, estigmatizados con las
cinco marcas del Crucificado.


A no pocos santos les ha sido dado sufrir un verdadero martirio espiritual, y
han padecido con estremecedora realidad los mismos dolores de la Pasión
de Cristo.


Santa Teresa de Jesús, siendo niña, se concertó con un hermanito suyo para
ir a tierra de moros, «pidiendo por amor de Dios para que allá nos
descabezasen»: ardía en ansias de martirio; «el tener padres nos parecía el
mayor embarazo» (Vida 1,5). No logró su infantil proyecto, pero sí fue
mártir en su vida religiosa.


En efecto, escribe: «quien de verdad comienza a servir al Señor, lo menos
que le puede ofrecer es la vida... Si es verdadero religioso y verdadero
orador [orante] y pretende gozar regalos de Dios, no ha de volver las
espaldas a desear morir por él y pasar martirio. Pues ¿no sabéis,
hermanas, que la vida del buen religioso y que quiere ser de los allegados
amigos de Dios, es un largo martirio? Largo, porque comparado a los que
de pronto los degollaban, puede llamarse largo; pero toda vida es corta, y
algunas cortísimas» (Camino 12,2).


Este martirio de amor, propio de todo cristiano fue vivido y expresado con
gran profundidad por Santa Juana Francisca de Chantal (+1641). En una
ocasión, dijo a sus hijas religiosas de la Visitación:


«Muchos de nuestros santos Padres y columnas de la Iglesia no sufrieron
el martirio. ¿Por qué creéis que ocurrió esto?... Yo creo que esto es debido
a que hay otro martirio, el del amor, con el cual Dios, manteniendo la vida
de sus siervos y siervas, para que sigan trabajando por su gloria, los hace,
al mismo tiempo, mártires y confesores... Sed totalmente fieles a Dios y lo
experimentaréis».



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