El mártir, su jardín, las flores del alma

 
   


El mártir, su jardín, las flores del alma y su corazón

Conferencia del Dr. José Mª Montiu de Nuix, Pbro. del día de los mártires (2025) en “Hispania martyr”

Postulador de la causa de Solsona

 

 

        

 Quiero en primer lugar expresar mi agradecimiento a Hispania martyr por la tan valiosa ayuda que viene prestando en la causa martirial de Solsona, y, en particular, por su importante labor en la Comisión Histórica de la Causa. Comisión de la cual es presidente el Sr. Ernest Gallart. Causa, ésta que tanto debe al Sr. José Javier Echave, entre otras personalidades de “Hispania martyr”. También un recuerdo cariñoso al Sr. Arcadio del Pozo y Pujol de Senillosa que, tras haber sido tantos años presidente de institución tan valiosa, dejó esta vida mortal.  

  1. Introducción

En esta conferencia me referiré a algunos excelentes y preciosos, Siervos de Dios, de la causa diocesana de Solsona, esto es, de la causa de beatificación y de canonización de Mosén Gil Castells Rovira y cuarenta y cinco compañeros. Ante todo, una observación crítica: dado que estos Siervos de Dios aún no han sido beatificados, y dado que solo el Papa tiene autoridad para declarar que una persona es mártir, el título,  que les corresponde, en lenguaje preciso y técnico, en el momento actual, conforme a la indicación del glorioso y finísimo intelectual Papa Benedicto XVI, es el de “testigos de la fe, presuntos mártires.”

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Cuerpo de la conferencia

  1. Juan Burniol Orriols

Dedicaré la primera parte de esta conferencia al Siervo de Dios mosén Juan Burniol Orriols.

Juan Burniol nació en 1860, en Castellar de n’Hug, diócesis de Solsona. Se preparó al sacerdocio en el pre – seminario de Sant Pau de Casserres y en los seminarios diocesanos de Vic y de Solsona y en 1887 fue ordenado presbítero, siendo destinado sucesivamente a Merlès, Viver de Serrateix, Verdú, Solsona, Mollerussa, Clarà y Saló, y párroco de Miralcamp.

El martirologio de la diócesis de Solsona de 1947, leemos: “Su retrato despide luz, como su bondadosa persona irradiaba virtudes en su vida mortal. Modelo de sacerdotes y pastor celosísimo […]

 

En la edición de 1988, se afirma sobre mosén Juan Burniol: “La cantidad de vocaciones religiosas que surgieron en aquella villa del Pla de Urgel en esta época, hablan suficientemente claro de su interés y trabajos pastorales.”

Un primer ejemplo nos lo ofrece el beato Antonio Dalmau. Nació en Miralcamp, en 1912. Fue uno de los famosos cincuenta y un beatos mártires claretianos de Barbastro.

De esos mártires nos ha quedado, entre otras muchas cosas, la siguiente poesía: “Jesús, ya sabes, soy tu soldado: siempre a tu lado yo he de luchar. Contigo siempre y hasta que muera, una bandera y un ideal ¿Y qué ideal? Por ti, Rey mío, la sangre dar”.

A su vez, el capuchino y beato Tarsicio de Miralcamp, nació en Miralcamp, en 1912. Fue ordenado sacerdote en 1935. En agosto de 1936, en la ciudad de Lérida, recibió la palma martirial, en la mayor matanza de sacerdotes y religiosos, habida en España durante aquella persecución, unos setenta y cinco ¡Torrentera de sangre!

También en esa gran matanza fue muerto el Siervo de Dios Mosén Josep Carulla, nacido en Miralcamp en 1904 y ordenado sacerdote en 1929.

Anita Solé Romá, nació en 1918, también en Miralcamp. Ingresó en las Terciarias Franciscanas de los Sagrados Corazones de Jesús y de María a sus 17ños.

Siendo novicia, murió en olor de santidad, ¡joven flor que perfuma con el buen olor de Cristo! De ella, la Hermana María Ángeles Maeso Escudero ha escrito una preciosa semblanza, en la obra “Jóvenes testigos de Cristo”, libro éste de editorial Edibesa, coordinado por el padre dominico José Antonio Martínez Puche y por un servidor.

 Los siguientes pensamientos de Anita muestran su alma:

“Amar a Dios, esto basta. Tengo ardientes deseos de amar más y más a Jesús. Deseo unirme más íntimamente a Él. A Jesús me he entregado enteramente, que haga de mí lo que quiera ¡Qué dulce es habitar en la cariñosa compañía de Jesús! Estoy contenta de haber sido llamada a ser de los íntimos de Jesús, gozando siempre de las caricias de su amor. Mi corazón está lleno de alegría ¡Si supieras la felicidad de que goza mi alma! ¡Es tan grande! Parece que no estoy viviendo en la tierra sino en el cielo.”

Otra ilustración, o ejemplo, es la de un hermosísimo lirio, me refiero a José Mª Solé Romà,  nacido en Miralcamp en 1913.

En octubre de 1935 fue ordenado presbítero por el Sr. Obispo mártir de Barbastro, Monseñor Florentino Asensio. En mi opinión el Padre José M.ª Solé fue un gran santo y un gran sabio. La herida de la bala, del atentado que tuvo en Barcelona en 1981, le causó un padecimiento constante y casi insoportable de por vida. Desde entonces, y por amor al Papa, vivió lo que puede calificarse de martirio voluntario de casi once años. Su semblanza puede verse en mi libro “Biografía del sacerdote claretiano José Mª Solé Romá: un inmenso amor al Romano Pontífice”, Amazón, 2025, así como también en mi próximo libro “Las aventuras del Padre Solé. Una historia de amor al Papa”.

Paso ahora a considerar la persecución que sufrió mosén Juan Burniol.

El 22 de julio de 1936 fue detenido en Miralcamp. Le mandaron violentamente que se quitara la sotana, pero, se negó a quitársela, y no se la quitó. Los que le habían detenido lo cargaron en un camión. Vehículo, éste, que debía llevarle de Miralcamp a la cárcel de Lérida, por ser sacerdote, ministro del Altísimo. Pero, solo llegar a las puertas de esta ciudad, concretamente en la entrada del puente de Lérida, uno que allí estaba haciendo la guardia, al verle con el traje talar, se puso hecho una furia, y le disparó con un arma de fuego, hiriéndole mortalmente en el pecho. A consecuencia de ello morirá unas pocas horas después, pero no en aquel mismo día. El cadáver se enterró en el seno de la tierra del cementerio de Lérida. Tiene fama de martirio. 

 En esa narración podemos observar que hay un vector hacia fuera, esto es, que ya durante su vida mortal hizo mucho bien. Intervino de manera muy destacada en la formació5n de personas de vida muy ejemplar, flor que hace florecer a otros. A esto hay que juntar la tan importante afirmación de Tertuliano, los mártires son semilla de cristianos. A esta consideración podemos añadir las dos que siguen. Primera, el mártir es alguien que lo da todo por Dios, como una hermosa ofrenda floral, de rosas rojas ¡No puede dar más! ¡Muere por amor a Cristo! Su amor a Cristo supera tanto a todo lo demás que llega a perderlo todo por amor a Jesús. Segunda, resulta muy impresionante que en aquella persecución anticlerical no se quitara la sotana a pesar de las imposiciones violentas, arriesgándose así a que le mataran y a posibles y muy penosos padecimientos físicos y morales. Además, quitarse la sotana no habría conllevado ninguna claudicación en nada de la religión. En definitiva, ¡hay que tener mucho amor a Dios para proceder así!

En suma, mosén Juan Burniol fue un sacerdote fecundísimo, un hombre al que ni el martillo de la persecución consiguió doblar; alguien muy valiente que amó mucho al buen Jesús. Su purpúrea sangre es un estímulo para todos nosotros ¡Ejemplos como este son una clara llamada a dar testimonio, a ser valientes y a amar mucho a Nuestro Señor Jesucristo!Juan Camps Burniol

La segunda parte de esta conferencia estará dedicada al Siervo de Dios mosén Juan Camps Burniol.

Nació en 1897, en Castellar de n’Hug. Estudió en los seminarios diocesanos de Vic y de Solsona y en 1921 fue ordenado sacerdote. Ese año recibió el único destino de su vida, Coadjutor - Maestro de Miralcamp. Ahí fue profesor de la escuela parroquial creada por su tío, el párroco de Miralcamp, mosén Juan Burniol, del que acabamos de hablar.    

En el primer martirologio de la diócesis de Solsona, sobre mosén Juan Camps se dice lo siguiente: “¡Qué entereza y valentía la de este mártir! ¡Qué ejemplaridad rezuman sus cartas escritas desde la cárcel de Lérida ‘antesala de la gloria’, como él la califica! ¡Cómo brilla en la corona de nuestro martirologio ese rubí precioso!”

         El 20 de julio de 1936 la ciudad de Lérida quedó dominada por la FAI (Federación Anarquista Ibérica), por la anarquista CNT (Confederación Nacional del Trabajo), por el POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista) y por la Unión Agraria y la UGT (Unión General de Trabajadores). Quedó así determinada la situación de la ciudad. Ya en esos días hubo asesinatos de sacerdotes.

         La cercanía de Miralcamp a la ciudad de Lérida, no les separaban ni treinta kms, será un factor determinante, para que corriera la sangre. 

         El 22 de julio de 1936, muy de madrugada, mosén Juan Camps, celebró la Santa Misa en la Iglesia de Miralcamp a puerta cerrada, pues eran tiempos muy peligrosos. Aquella mañana se precipitaron sobre la localidad revolucionarios armados, venidos de Lérida. Éstos, junto con algunos de Miralcamp, se dedicaron a detener a personas del pueblo. Ese mismo día los revolucionarios hicieron un pregón en el que mandaban a la gente que sacaran todos los santos de la Iglesia y los quemaran, amenazando que, si no lo hacían, incendiarían la Iglesia. Llamas sacrílegas devoraron todos los altares, así como ornamentos e imágenes sagradas, pudieron salvarse solo unos pocos objetos gracias al ingenio de los               

Mosén Juan Camps fue detenido en su domicilio. Lo llevaron, detenido y encañonado, por la calle San Miguel. Finalmente, lo cargaron en un camión. Ese vehículo, con los otros que ese día habían sido detenidos en el pueblo, entre quince y veinte, partió hacia la prisión de Lérida. Como ya se ha dicho, ya solo entrar en esa ciudad, estalló el drama, el párroco de Miralcamp, mosén Juan Burniol, quedó herido de gravedad. Ese mismo día, mosén Juan Camps, y compañeros, fueron encerrados en la cárcel.

          El tiempo de prisión de mosén Juan Camps fue especialmente duro. Se puede vislumbrar algo de ello si se tiene en cuenta que en esa cárcel a muchos encarcelados les fue segada la vida, y que, además, los sacerdotes, lo tenían muy mal cuando eran juzgados por el tan anticlerical Tribunal Popular. Concretamente, de julio a diciembre de 1936, mataron a más de trescientos cincuenta presos. Además, en un solo día, concretamente, el 20 de agosto de 1936, fueron asesinados unos setenta y cinco sacerdotes y religiosos. Y no solo esto, sino que, durante esos meses, en la ciudad de Lérida, hubo un continuo goteo de rubís de sangre martirial de sacerdotes y religiosos.

Especialmente, el primer Tribunal Popular fue extremadamente anticlerical, con muchas penas de muerte a sus espaldas. La imagen, de fondo bíblico, del lobo voraz, expresa muy bien el ambiente siniestro, y tenebroso, en que se encontraban. El mismo mosén Juan Camps, que procuraba escribir unas cartas muy positivas y que intentaba que no se preocuparan por él, llegó a escribir: he pasado por “trances dolorosísimos”.

El 11 de diciembre de 1936 el Segundo Tribunal Popular juzgó al grupo de Miralcamp, que eran ocho personas. En realidad, fue solo un simulacro de juicio, una farsa. Allí lo que hicieron fue, principalmente, regalar tres penas de muerte, que fueron para mosén Juan Camps y para dos seglares, padre e hijo, Juan Jovells y Bartolomé Jovells.

         Por aquel entonces el periódico “Combat” dio la noticia de la siguiente forma: mosén Joan Camps es el sacerdote del pueblo. Se le acusa además de tener una escuela en la que se ha dedicado a difundir los dogmas del oscurantismo religioso. El fiscal no necesita abundar en argumentos para pedir para él la pena de muerte.

Notemos, sobre este artículo de “Combat”, que lo que ha afirmado es como decir que, ya que es sacerdote y maestro, debe morir. Fue condenado a la pena capital únicamente por ser sacerdote. Mosén Juan Camps afirmó que su juicio fue una racha de flechas contra Jesucristo y la religión cristiana, y que todo el ataque se dirigió contra la escuela parroquial.

No hubo acusaciones contra su persona, sino que, por odio a Cristo, por haber enseñado la doctrina cristiana en la escuela, y por odio a la Iglesia, fue condenado a muerte. En suma, fue condenado por “odium fidei”, por odio a la fe cristiana.

          De aquí que mosén Juan Camps interpretara el resultado del juicio como algo muy favorable para él. Por esto, como ruiseñor, que se pone a cantar, exclamó: “¡Qué feliz me siento! ¡Morir por Cristo!, ¡por haber enseñado su Doctrina!.”  También añade una cosa, poética y maravillosa, esto es, que desde ese momento los santos ángeles le están preparando una hermosa palma, la del martirio. 

A su condena a muerte siguió el cambio de celda. Esto es, lo trasladaron a la siete, que era la de los condenados a muerte, por lo que como mejor podría ser representada es con un cráneo pintado sobre la puerta. Sin embargo, el nombre que le da es el de antesala del cielo.

 

En esa celda habitaron simultáneamente una veintena de prisioneros. Al igual que él, sus compañeros de celda habían sido condenados a muerte. Todos ellos tenían que esperar que la muerte violenta se precipitara sobre ellos como el águila cae sobre su presa. Desconociendo, pero, cuando sería esta explosión. Mosén Juan Camps, en una carta de por aquel entonces, dice: “Antes los reos estaban unas horas en capilla, ahora estamos días indeterminados, hasta que se les antoja, hasta que el lobo voraz se siente hambriento […]”. Por la expresión “estar en capilla” entiende que el preso ha sido condenado a muerte y está esperando que llegue ésta. Finalmente, de los encarcelados de esta celda, a la inmensa mayoría les cortaron el hilo de plata de la vida, únicamente unos pocos fueron indultados.  

 Por cartas que Mosén Juan Camps escribió en diciembre de 1936 podemos saber cómo fue su estancia en prisión. Ello puede sintetizarse con dos palabras, dolor y espiritualidad. Cuando fue condenado a muerte no derramó ninguna lágrima. Después de una sentencia tal, que es tan cortante como un filo de hacha afilada, continuó sereno, muy feliz, muy contento. Estaba esperanzado e ilusionado ante la proximidad del martirio.

Cada día renovaba su ofrecimiento martirial, la entrega de su sangre y de su corazón. Para él, todo el tiempo de cárcel, que comprende un periodo bastante largo, desde el 22 de julio hasta la noche del 30 de diciembre de 1936, consistió en una tanda de ejercicios espirituales. La celda de la cárcel le fue un oratorio continuo, un lugar donde se rezaba siempre. También otros compañeros de prisión destacaron por su espiritualidad.   

 

Juan Jovells, que estuvo con él en la cárcel, llevaba a cuestas un pesado fardo ya al llegar a la prisión, esto es, una salud un tanto débil. Además, tenía esposa y varios hijos. Estando prisionero escribió reiteradamente a su esposa e hijos, interesándose por todos ellos y por sus circunstancias. Como ya se ha dicho, el 11 de diciembre, tanto él, como su hijo Bartolomé Jovells, fueron condenados a muerte. Ambos, como mosén Juan Camps, pasaron a estar en la celda número siete, o en la trágica celda de la muerte. Juan Jovells, por la situación creada por su condena a muerte, fue decayendo en su ánimo, y, a la vez, en su salud física, lo que precipitó su fallecimiento, que se produjo el 20 de diciembre de 1936 en la enfermería de la cárcel. 

 A mosén Juan Camps le suprimieron la vida durante la noche del 30 al 31 de diciembre. Seguramente con él murieron aproximadamente una veintena de personas. Todas, o la mayoría de ellas, procedían de la celda de la muerte. Es claro que Bartolomé Jovells murió con mosén Juan Camps.  

          Lo que hemos visto hasta aquí es solo el esqueleto de lo que pasó. El paso siguiente, o nuevo apartado, consistirá en algo muy lógico y conveniente. Esto es, darle, a este esqueleto, figura humana y latido del corazón. O sea, ilustrarlo. Esto lo haré refiriendo lo que escribió en diciembre de 1936 en sus cartas de prisión. 

 En cuanto al deseo y ansías de martirio del Siervo de Dios, él mismo dice: Dios me proporcionará, dentro de poco, el honor más grande al que una persona puede aspirar, esto es, ofrecer mi sangre por Jesucristo ¡Qué feliz me siento! ¡Morir por Jesús! En suma, gran ideal suyo es el martirio, quiere ser mártir

 

Entrega muchas veces esa vida que quiere termine en martirio. Sobre ese darse, dice: cada día he ofrecido mi vida a Jesús. Ofrezco mi sangre para que la semilla cristiana arraigue en Miralcamp. Ofrezco generosamente mi sangre por Cristo, por España y por Miralcamp, y, añade, refiriéndose al destinatario de su carta, ojalá sea derramada en provecho tuyo, esto es, sirva para enfervorizarte más y más. En suma, cada día ha ofrecido su vida por Cristo.

 El martirio puede ser muy doloroso. Pues bien, acepta todo el malestar y todos los sufrimientos que esa muerte pueda ocasionarle. Sobre la aceptación de la muerte con todos sus dolores, dice:  la oración que pronunciarán mis labios y los de mis compañeros en el último instante de nuestras existencias será la siguiente: “Acepto Señor de buen grado la muerte con todos los dolores, penas y trabajos que tengáis a bien enviarme como castigo merecido por mis pecados. Amén”. Cada día rezamos muchas veces esta oración para que en el momento de nuestra muerte nos resulte más fácil rezarla. En suma, se ha ejercitado mucho en la aceptación de la muerte con todos los dolores y penas que la puedan acompañar. 

          Palpa, con toda certeza, que lo que le ocurrirá no dejará de ser que le asesinarán y que lo harán por odio. Eso para toda persona es una espina dura. A muchos les podría resultar difícil perdonar a los causantes. Sin embargo, sobre el perdón, dice: en mis labios y en mi corazón hay caridad y perdón. Ni el odio ni el rencor han encontrado eco en mi corazón. Muero sin rencores para nadie. Muero perdonando a todos los que se han demostrado enemigos nuestros. A todos perdono y a todos bendigo. Perdónalos. En suma, mosén Juan Camps, como seguidor del Hombre – Dios y Salvador, que perdonó a sus enemigos en la cruz, perdona a todos. 

          Acabamos de ver sus deseos de martirio, ofrecimiento de la vida, aceptación de la muerte y perdón de sus asesinos. Es conjunto de cosas manifiesta que está muy bien dispuesto a entregar la vida martirialmente.

          Hemos visto que desea y ama ser mártir. Pero, muy difícil resulta, en un tan prolongado período de prisión, en el que constantemente ve acercarse la muerte martirial, conservar la felicidad, la serenidad y la paz. Ya que, por una parte, el ideal está; pero, por otra, está la debilidad humana, no somos impermeables a los dolores, a las penas y a los sinsabores. Podemos, pues, preguntarnos, si consiguió estar a tanta altura. 

 En cuanto a la felicidad, dice: ¡Qué feliz me siento! Nunca hubiera creído que las horas pasaran tan felices en este recinto de la cárcel donde no se ve el sol, pero la Divinidad de Jesucristo resplandece continuamente. En suma, estando prisionero, destinado a la muerte, está muy feliz.

En cuanto a la serenidad y a la paz, dice: la serenidad y la paz del Señor reinan en nuestro ambiente. Pasamos las horas apaciblemente. Las horas transcurren apacibles. Estamos esperando tranquilos nuestra hora, la de recibir la corona y la palma del martirio. Mi cautiverio es placentero cautiverio. Estoy tranquilo y sereno. En suma, permanece sereno y tranquilo.

En esta situación pre – martirial, es fácil tener el espíritu agitado, descuidar un poco el alma, por el embate de los sentimientos. Se encontraría en un gran nivel espiritual quién en estas circunstancias fuese capaz de permanecer constantemente en alta oración. Pues bien, en cuanto a la oración, dice: desde el 22 de julio hasta muy avanzado el mes de diciembre estoy practicando una tanda de ejercicios espirituales. En suma, su alma está metida en la zona de Dios.

Pero, en principio, ante una realidad tan punzante, lo que al menos, muy especialmente, parece seguro, es que no puede haber alegría. Sin embargo, no fue así. Pues, en cuanto a la alegría, dice: el ambiente de la celda está saturado de santa alegría. La alegría del Señor reina en nuestro ambiente. Estamos muy alegres todos. Rogamos y cantamos el entusiasmo de nuestra fe. Es imposible describir nuestro entusiasmo.

 Esta no es la celda del dolor; no vemos la luz del sol, pero la Divinidad resplandece en todo el ambiente que nos rodea, por lo que la celda es un oratorio continuo, en éste se reza y se canta y la alegría resplandece en nuestra cara serena y apacible.

 Mosén Juan Camps tiene fama de martirio. Su vida y muerte aporta un importante mensaje al Pueblo de Dios. Su camino de seguimiento de Cristo es muy impactante, navegó por la tempestad marítima del sufrimiento, con alegría, felicidad, serenidad y paz, llevado por su ideal de amor y de unión con Cristo, con el solo deseo de darlo todo por Él y así poder alcanzarle pronto en la eternidad. 

 Está claro que lo que hasta ahora he considerado ha consistido únicamente en mostrar la película de los hechos de su vida, profundizándolos mediante sus cartas, consiguiendo así ver lo que ocurría dentro de su alma. Como esta exposición no ha sido muy breve, sigue una concisa recapitulación.  

Recapitulando, pues, se tiene lo siguiente: ha estado mucho tiempo en una cárcel oscura, donde le han tratado mal, y de la que los iban sacando para asesinarlos.

 En este clima manchado, en este aire enrarecido y contaminado, lo natural parece ser deprimirse, ya que somos humanos, y nos sentimos profundamente de los dolores físicos y morales que padecemos. En cambio, le hemos visto con el ideal enarbolado, con deseo y amor de martirio, con felicidad radiante, con alegría y serenidad, con mucha paz, con amor a Cristo y a sus hermanos, etc. Y todo ello ha culminado con la muerte martirial. Esto es, le hemos visto con un ramillete de flores realmente increíble. O, mejor dicho, lo increíble hecho realidad ¿Parece, pues, como si estuviésemos viendo visiones? ¿Cómo puede ser esto? La única explicación que me parece posible es que Cristo vence en la debilidad del mártir. 

Apéndice: Mosén Eudaldo Sampons

Paso ahora a otro apartado, al apéndice. Consideraré ahora al Siervo de Dios mosén Eudaldo Sampons. Sea o no mártir, su caso es un caso de donación de la propia vida. Entregó su vida para la salvación de la de un padre de familia. 

Eudaldo Sampons nació en Castellvell, en las inmediaciones de la ciudad de Solsona, en 1879. Durante el período 1890 - 1903 cursó estudios sacerdotales en el Seminario Conciliar de Solsona. Fue ordenado presbítero en 1904. Se licenció en Teología en la Universidad Pontificia de Tarragona.

Estuvo destinado en Castellar de n’Hug, Casserres, Biosca y la Colonia Valls. Su último destino fue Sant Joan de Montdarn.

Cuando llegó la guerra residía en Sant Joan de Montdarn. El 29 de julio de 1936 la Iglesia de esa localidad fue incendiada. Ya que la situación era muy peligrosa, mosén Eudaldo tuvo que huir del pueblo. Pasó a refugiarse en Cal Viladás. A finales de enero de 1939 dejó Cal Viladás y se refugió en cal Ballará, en Sorba. En cal Ballarà estaban escondidos varios sacerdotes, y otras personas, y, desde el desde el 22 de enero de 1939 estaba, además, allí refugiada, toda la familia de cal Viladás.

A las tropas nacionales, como acababan de conquistar Barcelona, les dieron fiesta. De aquí que el frente de las tropas adversarias a estas, que, por aquel entonces, se estaban debatiendo en retirada, se estabilizara en el Solsonés. Por aquel entonces tuvo lugar una denuncia contra el amo de cal Viladás. Se sabía, además, que éste estaba refugiado en cal Ballarà.

Fueron pues a cal Ballarà a buscar al amo de cal Viladás para detenerlo y eliminarlo. Con disimulo de ésta su verdadera intención, pidieron que se presentaran los emboscados que hubiera en cal Ballarà. Entonces se presentaron mosén Eudaldo Sampons, el amo de cal Viladás, ..., Pero, ni el amo de cal Viladàs, ni mosén Eudaldo Sampons, revelaron su propia identidad personal. Los que querían detener al amo de cal Viladàs no lo conocían, por lo que no pudieron identificarlo por su aspecto externo. Pero, sí que habían visto un poco antes a mosén Eudaldo Sampons en cal Viladás.

De aquí que se llevaron detenido a mosén Eudaldo Sampons. Lo llevaron a un bosque cercano, donde se encontraba el comisario del grupo. Allí le interrogaron a fin de poder llegar a conocer como detener al amo de cal Viladás. Después lo devolvieron a cal Ballarà, dejándole cierto espacio de tiempo para que pudiera reflexionar y así se decidiera a decirles donde estaba el amo de cal Viladàs. Mosén Eudaldo Sampons, una vez regresado a cal Ballarà, no dijo nada a nadie. Simplemente, estuvo callado, y rezando, esperando a que volvieran para pedirle la respuesta.

Una vez regresados los que antes le habían detenido, no les comunicó donde estaba el amo de cal Viladás, con lo que se lo llevaron y lo mataron en un bosquecillo que se denomina “La Fossa”, que no dista mucho de cal Ballarà. Se pensaron que con ello lo que habían hecho era matar al amo de cal Viladás. Era el día 27 de enero de 1939. Fue enterrado en el cementerio de Sorba.

Notemos que en cualquier momento se habría podido librar de que le mataran, para ello habría bastado que hubiera denunciado al amo de Viladàs. Pero, prefirió dar la vida y así salvar la de ese padre de familia. Entre su vida y la del padre de familia, prefirió la de éste.

En 1989 el entonces Sr. Obispo de Solsona, Monseñor Miquel Moncadas, en el Boletín oficial de la diócesis, hablando sobre el libro “Martirologi solsoní” de Lluís Badia y sobre mosén Eudaldo Sampons, dijo lo siguiente: “Todos los asesinados dan testimonio de su fe en Jesús y en la Iglesia con su vida y en la hora de su muerte. Pero a mí me parece que hay que subrayar el testimonio de caridad heroica de mosén Eudald Sampons Viladrich […].

Hacía nueve años que servía a la pequeña feligresía de la ‘tenencia’ de Montdarn de Viver. Se refugió en Viladàs, perteneciente al término de Navès, donde se quedó solo a guardar la casa de los amos. Estos se fueron a Ballarà de Sorba, de donde era hija la patrona del Viladàs.

Un grupo de soldados a las órdenes de un comisario político detuvieron a mosén Eudaldo Sampons, se lo llevaron y lo interrogaron; después, lo dejaron libre. Esperó la media hora que le habían dado de tiempo, antes de dar una respuesta que no dio nunca. Lo fusilaron en una parte honda del bosque llamada “la Fossa”. Aquellos soldados republicanos exclamaban que habían muerto al amo de Viladàs, ¡porque era un ‘fascista’! Mosén Eudald dio la vida, pues, en lugar del amo de la masía al cual no quiso denunciar; entregó su vida para librar a un cabeza de familia del Solsonés. Un caso parecido al del martirio del P. Kolbe”.

Entrega del Premio de Investigación martirial 2025 a Dª. Elena Macaya sobre los mártires de la checa de San Elias en Barcelona

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



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