Crónica Beatificación Mártires de Jaén - Jorge López Teulón

 

Jorge López Teulón Beatos mártires de Jaén, rogad por nosotros

Beatos mártires de Jaén, rogad por nosotros Beatos mártires de Jaén, rogad por nosotros 

Cardenal Marcelo Semeraro

Beatos mártires de Jaén, rogad por nosotros Beatos mártires de Jaén, rogad por nosotros. Ya están en los altares 2.254 mártires de la persecución religiosa

El cuadro de los 124 mártires de Jaén.DIÓCESIS DE JAÉN En la web de la diócesis de Jaén, se lee: ―Jaén amanecía, este 13 de diciembre con la mirada puesta en la Catedral y con la memoria en esos hombres y mujeres que, ante la prueba más difícil, la de la muerte, no dudaron en entregar la suya por amor a Aquel que antes la entregó por todo el género humano. Pedro Granados; Antonio Martínez López; Juan Ángel Román, Obdulia Puchol, Teresa Basulto, Alberto Pancorbo, Sor Isabel María Aranda…, y así hasta 124 nombres que ya no pertenecen solo a sus familias, sino a los millones de católicos de todo el mundo, para los que desde hoy estos hombres y mujeres son referentes de testimonio, de entrega y de amor, al ser oficialmente declarados mártires‖.
Desde los balcones se han descolgado gigantografías de diversas partes del cuadro original que ha hecho que se pudieran ver perfectamente los rostros de los mártires.

Letras apostólicas «Cumpliendo los deseos de nuestro hermano, Sebastián Chico Martínez, Obispo de Jaén, así como de muchos otros hermanos en el Episcopado y de numerosos fieles cristianos, tras consultar al Dicasterio para las Causas de los Santos, por nuestra autoridad Apostólica, concedemos que los Venerables Siervos de Dios MANUEL IZQUIERDO IZQUIERDO y 58 compañeros mártires y ANTONIO MONTAÑÉS CHIQUERO y 64 compañeros mártires, sacerdotes diocesanos, religiosos, fieles laicos, testigos heroicos y constantes del Señor Jesús, por cuyo amor no temieron derramar su propia sangre, sean de ahora en adelante llamados Beatos y puedan ser celebrados el día seis de noviembre de cada año, en los lugares y formas establecidos por la ley. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén». León XIV, papa. Leemos en la web de la diócesis de Jaén: ç

―Al término de la lectura de las letras apostólicas ha tenido lugar uno de los momentos más emotivos de la celebración. Mientras MusicAlma entonaba el Pleni sunt coeli –Te Deum– , se ha descubierto una obra pictórica con la imagen de los nuevos Beatos, del pintor torrecampeño Francisco Galán, situada en el tornavoz. A la vez que se abrían 14 de los balcones interiores del Templo Catedral y eran descolgadas las imágenes de los ya declarados beatos, al tiempo que las campanas de la Catedral repicaban jubilosas y los fieles aplaudían con entusiasmo‖. Aquí podéis ver la celebración completa: https://youtu.be/dLFoKbIEIpI Liturgia impecable. La orquestación y las piezas musicales exquisitas. Una celebración de primer orden. Muchísimas felicidades a monseñor Sebastián Chico Martínez, y con él a la Delegación para las Causas de los Santos y con todos los que habrán preparado esta magnífica celebración.
Homilía del Cardenal Marecelo Semeraro, Prefecto para la Causa de los Santos

LOS MÁRTIRES NOS DAN TESTIMONIO DE LA GRAN ESPERANZA Beatificación de los 124 mártires de la Iglesia de Jaén
Otro rito más para la beatificación de mártires, aquí, en tierra española y, hoy, en esta iglesia de Jaén que su obispo, queridos hermanos y amigos, no deja de llamar «cuna de mártires» y «tierra abundantemente regada con la sangre de los mártires». He leído atentamente la carta pastoral con la que ha querido preparar este momento de gracia, subrayando la providencial coincidencia con un año jubilar dedicado a la virtud de la Esperanza; un año que nos anima a todos a ser testigos de la Esperanza. A los muchos mártires que, desde sus inicios hasta épocas más recientes, han sido en esta Iglesia «semilla de cristianos» (Tertuliano, Apologeticus, 50: PL 1, 535), se suma ahora una nueva y larga lista. La historia, a la vez dolorosa y luminosa, de este acontecimiento, que también se inscribe en los acontecimientos de la guerra civil del siglo pasado, ha sido evocada y deseo subrayar lo que ha escrito el obispo: «No fueron héroes, humanamente hablando, ni luchadores ideológicos, ni caídos en una guerra por intereses terrenales...

Su única arma fue el amor. Y murieron perdonando a sus verdugos... Este perdón martirial es el fruto más sublime de la esperanza que no se rinde ante el mal». Queridos hermanos, deseo corroborar esta reflexión fundamental con lo que enseñó Benedicto XVI en su encíclica Spe salvi (cf. n. 39). Dentro de quince días recordaremos los tres años de su paso a la casa del Padre, por lo que recordar su magisterio puede ser un acto de gratitud por lo que ha dado a la Iglesia. En ese documento advierte que en nuestra vida hay muchas situaciones en las que nos pueden bastar incluso las esperanzas humanas, las pequeñas esperanzas. Hay otras, sin embargo, en las que necesitamos algo más sólido, más consistente, más válido. Se trata de circunstancias en las que se necesita una «gran esperanza»; son momentos en los que necesitamos amigos, hermanos y hermanas que con su testimonio nos ayuden a comprender que es posible seguir adelante, que podemos lograrlo. Son momentos en los que « necesitamos también testigos, mártires, que se han entregado totalmente, para que nos lo demuestren día tras día. Los necesitamos en las pequeñas alternativas de la vida cotidiana, para preferir el bien a la comodidad, sabiendo que precisamente así vivimos realmente la vida». ¿De dónde nace esta fuerza interior? La respuesta del Papa es que su origen no es el esfuerzo voluntarista, sino la esperanza, y enuncia un principio sobre el que conviene reflexionar mucho: que «la capacidad de sufrir por amor de la verdad es un criterio de humanidad».

Con esta frase, Benedicto XVI no está en absoluto 1 exaltando el dolor en sí mismo; no está hablando en absoluto de un sufrimiento como fin en sí mismo, sino que se refiere a una fuerza que nace de la esperanza y del amor por todo lo que es verdadero, justo y santo. Se trata, en resumen, de la disposición a comprometerse por algo más grande, y no me parece inútil subrayarlo en un contexto cultural en el que —lo digo con las palabras de Romano Guardini, un teólogo cuya práctica de las virtudes está siendo examinada por la Iglesia con vistas a una posible beatificación— y el suicidio mismo se hace cada vez más fácil y banal (cf. Accettare se stessi, Morcelliana, Brescia 1992, p. 15).

Muchos años después (la obra apareció por primera vez en 1960), el papa León XIV repite: «en el mundo hay una enfermedad difundida: la falta de confianza en la vida» y vuelve a subrayar que vivir invoca un sentido, una dirección, una esperanza, porque «sin esperanza la vida corre peligro de aparecer como un paréntesis entre dos noches eternas, una breve pausa entre el antes y el después de nuestro paso por la tierra» (cf. Audiencia general del 26 de noviembre de 2025. Reflexiones de este tipo nos plantean la pregunta: en definitiva, ¿dónde está el verdadero valor?

Teniendo en cuenta el testimonio de los mártires beatificados hoy, creo que la respuesta correcta sigue siendo la que nos dejó Benedicto XVI: «Sufrir con el otro, por los otros; sufrir por amor de la verdad y de la justicia; sufrir a causa del amor y con el fin de convertirse en una persona que ama realmente, son elementos fundamentales de humanidad, cuya pérdida destruiría al hombre mismo... En la historia de la humanidad, la fe cristiana tiene precisamente el mérito de haber suscitado en el hombre, de manera nueva y más profunda, la capacidad de estos modos de sufrir que son decisivos para su humanidad». En este sentido, los mártires beatificados hoy son sin duda un modelo de cristianismo.

El martirio es el testimonio más elevado de la fe cristiana, porque encarna el amor total a Cristo y a los hermanos, transformando el sufrimiento en redención y la sangre en semilla de evangelización. Sí, es posible narrarlo, pero ante la crueldad humana y ante la fuerza interior de un mártir, a veces las palabras ya no bastan. Así lo experimentó una vez san Ambrosio, quien, refiriéndose a santa Inés, exclamó: Appellabo martyrem, predicavi satis, ¡he dicho «mártir», lo he dicho todo!. Solo ahora, tal vez, estamos volviendo a percibir la enormidad de la palabra «mártir». Durante mucho tiempo se perdió su valor en la Iglesia, ya que la época de los mártires había quedado relegada y se consideraba concluida en sus primeros cuatro siglos. Luego se perdió incluso el sentido de la palabra y así fue como los «mártires» pasaron a ser los ascetas y los 2 monjes, aquellos que huían del mundo. Se decía que había terminado la época del «martirio rojo» y había llegado la del «martirio blanco», que se alcanza mediante la lucha continua contra el mal que nos acecha desde dentro con nuestras pasiones. Hoy nos encontramos en una nueva etapa.

«Os digo —dijo una vez el papa Francisco— que hoy hay más mártires que en los primeros tiempos de la Iglesia. Muchos de nuestros hermanos y hermanas que dan testimonio de Jesús y son perseguidos. Son condenados por poseer una Biblia. No pueden llevar la señal de la cruz. Y este es el camino de Jesús […] La vida cristiana no es una ventaja comercial, no es hacer carrera: es simplemente seguir a Jesús» (Homilía en Santa Marta, 4 de marzo de 2014). Es historia vivida en esta Iglesia diocesana, en la Iglesia de España y en muchas otras Iglesias. Hoy mismo, en París, se celebra un rito como el nuestro en el que se beatifican a cincuenta mártires, entre los que hay muchos sacerdotes, religiosos y laicos comprometidos en asociaciones católicas. Al concluir su homilía, el papa Francisco añadió: «Pensemos si tenemos dentro de nosotros el deseo de ser valientes en el testimonio de Jesús...».

Al venerar a estos nuevos Beatos y también a todos los demás que los acompañan, pedimos al Señor que nos ayude a sentir y conservar ese deseo, que está unido a la virtud cristiana de la fortaleza: una virtud que, entre otras cosas, nos hace capaces de vencer el miedo, incluso al de la muerte, y de afrontar las pruebas y las persecuciones conscientes de la palabra de Jesús: «Tened confianza; yo he vencido al mundo (Jn 16,33)» (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1808). Oremos, pues: Oh Señor, por intercesión de los nuevos Beatos y de todos sus compañeros, sostennos siempre en la esperanza y en el valor de Tu amor. Amén. Catedral de Jaén, 13 diciembre 2025 Marcelo Card. SEMERARO 3



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