Otro medio millar de mártires españoles serán beatificados el 27 de octubre de 2013 Lo mejor de nuestra Iglesia
jueves, 12 de julio de 2012
El 27 de octubre de 2013 tendrá lugar otra beatificación de mártires de los años 30 en España: será otro medio millar de testigos del Señor que se sumarán a los mil fieles españoles cuyo martirio ya ha sido reconocido. Con esta iniciativa, enmarcada dentro del nuevo Plan pastoral de la Conferencia Episcopal Española, la Iglesia reconoce y propone como modelos de fe y de entrega a Dios a las víctimas de una de las mayores persecuciones religiosas que ha conocido la Historia. No son caídos de ninguna guerra, sino mártires de la fe: buenos amigos del Señor que constituyen el mejor modelo de fidelidad para los católicos españoles de hoy
Una nueva celebración de beatificación de mártires se está preparando ya en España. Enmarcada dentro del nuevo Plan pastoral de los obispos españoles, y con motivo de la conclusión del Año de la fe, convocado por Benedicto XVI, la Iglesia en España propone como modelo de fe y de vida lo mejor que tiene: nuestros mártires. Así, el 27 de octubre de 2013 será beatificado un numeroso grupo de mártires de la persecución religiosa de los años 30, cuyo proceso ya está en fase romana, sólo a la espera de la aprobación de su Decreto de martirio por parte de la Santa Sede. Hasta el momento, son 293 testigos de Jesucristo, procedentes de 16 Causas de canonización distintas; sin embargo, este número podría ascender hasta alcanzar el medio millar de mártires si, a lo largo de este año que queda, avanzan otras numerosas Causas que ya están en su fase final.
Aunque todavía no se ha decidido el lugar exacto en el que tendrá lugar la ceremonia, sí se conoce que será, con muchas posibilidades, en nuestro país. En ella, serán beatificados también tres obispos: los de Lérida, Jaén y el auxiliar de Tarragona, que alcanzaron el martirio en agosto de 1936; junto a ellos, varios centenares de mártires en un grupo más heterogéneo que los de anteriores beatificaciones, pues ya no sólo hay miembros de distintas Congregaciones religiosas, sino que también están cobrando un mayor protagonismo las Causas impulsadas por las diócesis, que agrupan a innumerables sacerdotes diocesanos y a cada vez más laicos.
Todos ellos se sumarán a los mil mártires (11 de ellos, ya canonizados) que ya han sido beatificados en España desde el año 1987, fecha en la que comenzaron las beatificaciones de nuestros mártires. Y seguro que no van a ser los últimos, pues aún hay pendientes numerosas Causas que siguen su curso, tanto en fase diocesana como en fase romana. No en vano, la Oficina para las Causas de los Santos, de la Conferencia Episcopal Española, ha estimado en más de 10.000 fieles los que alcanzaron la palma del martirio en la persecución religiosa de 1934-1939.
Ni indiferencia, ni politización
La Directora de la Oficina para las Causas de los Santos, de la Conferencia Episcopal Española, doña Encarnación González, explica a Alfa y Omega que el martirio forma parte del DNI de la fe católica, y que la Iglesia en España tiene un marcado carácter martirial: «El martirio ha acompañado siempre a la Iglesia, a lo largo de toda su historia. Tampoco es algo que se busque por sí mismo, sino que es un don de Dios. En nuestro país, fueron muchos los fieles que sufrieron el martirio. La Iglesia no puede ser indiferente a este hecho; nos ha venido sin buscarlo, pero es un don de Dios que debemos valorar. Por eso cuidamos la beatificación de nuestros mártires, sabiendo que, al final, siempre van a ser muy pocos los que van a ser beatificados, en comparación con todos aquellos católicos que dieron su vida a causa de la fe en aquellos años. Ha habido muchos fieles españoles que han dado su vida por Jesucristo, y esto no nos puede dejar indiferentes».
Ante todo, doña Encarnación González hace una precisión: no son mártires de la Guerra Civil, sino de la persecución religiosa. «Los mártires –explica– han entregado la vida por su fe. No es una cuestión de bandos. Es verdad que ha habido una persecución religiosa, es un hecho innegable, pero hay que huir de la politización, porque no es un asunto político». Por eso, no se puede hacer de los mártires rehenes de una ideología o de otra. No son ni de izquierdas, ni de derechas y, al igual que murieron perdonando a sus enemigos, no se les puede esgrimir como argumento político, ni en un sentido ni en otro.
Las raíces del odio a la fe
La persecución religiosa en España fue una de las mayores del siglo XX, pero no fue un fenómeno novedoso. Don José Juan Alarcón, Delegado episcopal para las Causas de los Santos, de la diócesis de Almería, señala que «se pueden encontrar antecedentes de la persecución religiosa ya en el siglo XIX», y descarta cualquier motivación política al afirmar que «aquellos obispos, sacerdotes, religiosas y laicos cristianos nada habían hecho por motivaciones políticas para que fueran asesinados. Fue una auténtica persecución a la Iglesia, a los cristianos, por el simple hecho de serlo». También don Ramón Fita, Delegado de las Causas de los Santos de la archidiócesis de Valencia, afirma que la persecución religiosa en aquellos años «respondió a una tentativa de borrar del mapa cualquier hecho o manifestación religiosa, fundamentalmente cristiana. A finales del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX, en el mundo occidental tuvieron gran influencia las doctrinas filosóficas de Comte, Feuerbach y Nietzsche: el humanismo positivista, el humanismo marxista, y el humanismo nietzschano son, por la negación que hay en su base, más que un ateísmo propiamente dicho, un anticristianismo».
¿Se puede decir que los mártires son algo inevitable en la vida cristiana? Don José Juan Alarcón afirma que «son imprescindibles, pues ya dijo Jesucristo que seguirlo como discípulos conllevaría siempre la persecución. El martirio forma parte del seguimiento de Cristo, en la Cruz y la entrega de la vida hasta el final. Los mártires nos enseñan que Dios es el centro de nuestra vida, que merece la pena dejarlo todo y darlo todo, hasta la vida, por Él. También nos ayudan a ser valientes y decididos en nuestra confesión de la fe, a no tener miedo de dar testimonio. Y nos iluminan para saber que la persecución entra en el lote del testimonio cristiano».
Si el mundo os aborrece, sabed que me aborreció a mí primero. Si me persiguieron a mí, también a vosotros os perseguirán. Siguiendo las palabras de Cristo a sus discípulos, don Ramón Fita recuerda que «el martirio es inherente y consustancial al cristiano». Por eso, nuestros mártires son para nosotros, los católicos españoles de hoy, «ejemplo de fidelidad al Señor y a su Santa Iglesia; ejemplo de valentía, pues fueron consecuentes con la fe que profesaban; y, sobre todo, ejemplo de perdón, pues nuestros mártires murieron amando y perdonando».
Mártires de Cristo, no de la guerra
Pese a que las beatificaciones de los mártires de los años 30 se comenzaron a realizar bastantes décadas después de los hechos, hay que tener en cuenta que las primeras Causas se iniciaron ya en los años 40 y 50. «Hubo un momento en que Pablo VI las detuvo por motivos de prudencia –explica doña Encarnación–, porque el Papa no quería que los mártires fueran objeto de politización, y que todo se redujera a un asunto de malos contra buenos y de buenos contra malos. Lo que quiso Pablo VI era mantener la dimensión religiosa de su muerte. Así, cuando pasaron cincuenta años desde el fin de la guerra, se retoman las Causas, ya bajo el pontificado de Juan Pablo II, quien conocía bien las circunstancias martiriales de la Iglesia en Europa bajo el comunismo. Él propuso a los mártires, con valentía, como modelos para toda la Iglesia. Pero en España no nos habíamos olvidado de ellos. Cuando se desbloquea el proceso de los mártires españoles, algunas de las Causas llevan ya más de cuarenta años de Historia».
Uno de los motivos por el que el asunto de los mártires de los años 30 ha corrido el riesgo de ser politizado es porque se trata de la mayor persecución que ha conocido nuestro país desde tiempos del Imperio romano. Al suceder en los años de la Segunda República y en los años de la Guerra Civil, se les ha hecho la injusticia de hacerlos caer en un bando, cuando ellos únicamente son del bando de Cristo y de la Iglesia. Pero, ¿por qué se desató una persecución religiosa tan fuerte en España en aquellos años? «Es un tema complejo, y que tiene 200 años de Historia –afirma la Directora de la Oficina de las Causas de los Santos–.
En España no brotó una persecución en aquellos años por casualidad, como de la nada. La lucha contra la Iglesia venía germinando ya desde tiempos de la Revolución Francesa, y encontró su caldo de cultivo en los regímenes totalitarios de tipo materialista, que combaten la dimensión religiosa y que tuvieron en España su versión más dramática durante la Segunda República y la Guerra Civil».
Un elevado número de laicos
Una de las novedades de la próxima ceremonia de beatificación es la presencia de un grupo significativo de laicos. De hecho, alguna de las Causas presentadas por las diócesis sólo está compuesta por laicos. Se trata de una tendencia que irá a más en los próximos años, y responde a la realidad de la Iglesia de aquel tiempo, que contaba con un laicado fiel y valiente. Si los laicos no habían tenido una presencia destacada en anteriores beatificaciones es porque, al terminar la guerra, fueron las Órdenes religiosas las que, desde fecha muy temprana, iniciaron las Causas de sus mártires. Esto es así porque las Congregaciones ya tenían sus Postuladores, personas preparadas para llevar Causas. También algunas diócesis empezaron pronto a llevar las Causas de sus sacerdotes. ¿Qué ocurrió con los laicos de aquellos años? «Hubo muchísimos laicos mártires –confirma doña Encarnación–, pero, además de que no contaban con nadie especialmente preparado para llevar su Causa, era más difícil determinar si habían sido asesinados sólo por un motivo religioso, o si hubo motivos políticos o de venganza personal. Hoy, en las Causas, hay ya bastantes laicos, y en el próximo grupo, el de 2013, va a haber muchos de ellos».
En realidad, hacer un cálculo del número de fieles laicos que fueron llevados a la muerte sólo por motivo de su fe es algo muy difícil, pero sin duda hubo numerosos mártires, hombres y mujeres, adultos y jóvenes, de Acción Católica, de la Adoración Nocturna, de diferentes cofradías y asociaciones; y también numerosos padres de familia bien conocidos por su vida de fe. Los datos que refirieron las diócesis al terminar la guerra apuntan a que, en realidad, son muchos más de los cerca de 3.000 que se suelen estimar habitualmente. La propia Oficina para las Causas de los Santos, en la Introducción al libro Los doce obispos mártires del siglo XX en España, recoge algunos datos que dieron las propias diócesis, muy significativos: en la diócesis de Badajoz, el 30% de los asesinados lo fueron «por ser católicos prácticos»; en Barbastro, «no puede darse la cifra exacta de los asesinados en la diócesis, aunque se supone que pasan de 1.100; la casi totalidad fueron asesinados por sus ideas religiosas»; en Jaén, «aproximadamente unos 12.000 laicos fueron asesinados; de éstos, un 70% lo fueron por sus ideas religiosas»; en Valencia, «de un total de 3.404 asesinados, parece que sólo por sus ideas religiosas fueron asesinados unos 1.000». Como revela doña Encarnación González, «fueron muchísimos los fieles laicos martirizados en las treinta diócesis en las que se los persiguió, con lo que se elevarían en varios miles –quizá decenas de miles– los números con que hasta ahora contamos».
Las madres de los mártires
Son numerosos los testimonios edificantes que recorren la geografía del martirio en nuestro país durante los años 30, y muchos tienen como protagonistas a sencillas madres de familia, dotadas de una profunda fe, que vivieron y transmitieron en el seno de su familia. Don José Juan Alarcón y don Ramón Fita, Delegados diocesanos de las Causas de los Santos en Almería y Valencia, respectivamente, refieren algunos ejemplos, como el de las Beatas María Teresa Ferragud y sus cuatro hijas, religiosas de clausura: al ser expulsadas de sus respectivos monasterios, las hijas buscaron refugio en la casa paterna de Algemesí. Un día, los milicianos fueron a por ellas, y su madre, María Teresa, de 83 años, no quiso abandonarlas, dando un testimonio digno de la madre de los Macabeos: «Donde van mis hijas, voy yo». Al llegar al lugar del martirio, pidió a los que las iban a fusilar ser ella la última en morir, pues quería alentar a sus hijas a ser fieles al Señor hasta el fin. Otra madre ejemplar es la del Beato sacerdote valenciano Ricardo Pla Espí, quien, ante la posibilidad del martirio, dijo a su hijo: «Hijo mío, mucho valor para sufrir y mucho amor para perdonar»; a lo que respondió don Ricardo: «Madre, me criaste para el cielo; ésta es la hora».
También destaca una mujer de etnia gitana, Emilia Fernández Rodríguez, que fue encarcelada, aun estando embarazada, porque su marido era prófugo del ejército. Sus compañeras de celda eran mujeres seglares de Acción Católica; al tratar con ellas, pidió que la enseñaran a rezar, y así comenzó a recibir la fe. Un día, las autoridades de la cárcel le ofrecieron mejorar sus condiciones en el penal a cambio de denunciar a su catequista, pero Emilia se negó y fue recluida en una celda de aislamiento, donde dio a luz a su hija sobre un jergón de esparto, completamente sola. Aguantó cuatro días sin recibir asistencia médica, pese a tener una grave hemorragia. Al cuarto día, fue llevada al hospital, pero ya no se podía hacer nada; fue devuelta a su celda de aislamiento, donde falleció a las pocas horas, sin haber denunciado en ningún momento a su catequista.
Pero el amor a Dios trasciende los vínculos familiares, porque el que ame a su padre o a su madre más que a Mí, no es digno de Mí. Lo vivió en su propia carne el laico Francisco Salinas Sánchez, de veinticuatro años, que trabajaba en el llamado Socorro blanco, un sistema de ayuda organizado por la Iglesia clandestina para llevar alimentos a los sacerdotes escondidos. Movilizado al frente de batalla, iba con el uniforme a visitar a los sacerdotes ocultos, y recogía las Sagradas Formas para llevarlas a los cristianos enfermos o escondidos en aquellos años de persecución. Al final, su fecundo apostolado llevó consigo un riesgo del que no le libraron ni siquiera sus propios padres y hermanos, quienes lo denunciaron a las autoridades. Una vez hecho prisionero, Francisco decía: «Yo tengo que servir a lo que Dios mande, no quiero saber de otras cosas». Al ser apresado fue conducido a Turón, en Granada, un auténtico campo de exterminio que allí se organizó, donde fue asesinado en mayo de 1938, como tantos otros laicos y padres de familia.
Unas vidas para aprender
Todos ellos no nos quedan lejos. Son muchas las familias que tienen el honor de contar entre los suyos con algún pariente mártir. Para los católicos en España hoy, «el martirio de nuestros hermanos en la fe no nos puede dejar indiferentes –señala doña Encarnación–. No podemos dejarnos llevar por nuestras condiciones de vida actuales, o pensar que son algo del pasado. Los mártires nos tienen que poner de pie: son hermanos nuestros que dieron la vida por Jesucristo, y que la dieron, además, perdonando. Ésta es nuestra fe, asentada sobre Jesucristo, que es el primer mártir. Los mártires deben ser un aldabonazo constante para todos aquellos que, en un momento dado, podemos tener la fe un poco dormida; porque nuestra fe implica la vida entera».
La Iglesia siempre será martirial, y mártires habrá siempre, pero «es deseable que no haya más», señala la Directora de la Oficina para las Causas de los Santos, de la Conferencia Episcopal Española. Y concluye: «Creo que los cristianos debemos trabajar por el derecho a la libertad religiosa, para evitar que haya más violencia por motivos de fe. Debemos luchar con la palabra y con el diálogo, de modo que nadie tenga que dar su vida por motivos religiosos. Hay que abrir paso a la gracia de Dios para favorecer actitudes de paz y de comprensión».
Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo

