Conversión en el infierno

«Es posible vivir como hombre, cualesquiera que sean las circunstancias externas». Lo documentan historias como la de la escritora Eugenia Ginzburg, conversa al catolicismo en un campo de concentración estalinista, y autora de El vértigo. El suyo –del que ofrecemos aquí unos párrafos– es uno de los testimonios recogidos en Libres (ed. Encuentro), de Giovanna Parravicini.

La autora, directora de la edición rusa de la revista La Nuova Europa, presenta hoy el libro en Madrid (salón del Arzobispado, de calle Pasa, 3), a las 20 horas.

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Kazán, 1934. Eugenia Ginzburg y su marido, Pavel Aksenov, treintañeros, pertenecientes a la primera generación de la intelligentsia soviética. Son una pareja bien avenida, con tres hijos y una buena posición social. Pero el 1 de diciembre de 1934 este universo tan claro y diáfano se rompe en mil pedazos. El asesinato de Segei Kirov, uno de los máximos dirigentes del partido, abre el camino a una espiral de purgas deseada por Stalin para asegurar su poder. El mundo de Eugenia es desbaratado en sus cimientos. Es acusada de contrarrevolucionaria, porque no ha denunciado a su antiguo profesor. Frente a lo absurdo de las acusaciones, declina hacer acto de contrición, aunque, a su alrededor, «salas grandes y aulas atestadísimas se transformasen en confesionarios». «Dándose golpes de pecho, los culpables gritaban que habían tenido miopía política». Su mismo marido le reprochará: «Deja al lado tu odio personal. ¡Al partido no se le guarda rencor».

Eso que llamamos conciencia...

A lo largo de los extenuantes interrogatorios, rechaza declararse culpable de las acusaciones que le habían urdido y de dar pruebas falsas contra inocentes, a pesar de los careos a los que es sometida con algunos amigos, que, por miedo, sostienen falsas acusaciones en su contra.

La prisión es verdaderamente un lugar de reeducación; pero no en el sentido que querían los lemas pegados en las paredes, sino más bien en sentido de una vuelta a la realidad, sin las tergiversaciones, la monstruosidad de la ideología. Un día, una chica dieciocho años le pide un consejo, de joven comunista a comunista adulta: una detenida había escondido entre el cabello dos anillos, recuerdo de su marido que creía muerto: «Debo decírselo a la carcelera?» «Sabes que te digo, Katia… Como ahora estamos desnudas, tanto en sentido literal como en sentido figurado, creo que lo mejor sea hacerse guiar en las acciones propias de eso que habitualmente llamamos conciencia. Y la conciencia, me parece, te sugiere que la delación es una porquería, ¿verdad?», le responde Ginzburg.

Durante un traslado en barco al Norte, a los campos de Kolyma (el último círculo del infierno de los campos de concentración), por primera vez la convicta materialista Eugenia Ginzburg, gravemente enferma, se descubre rezando… En los durísimos años de campo de concentración, experimenta la dureza del trabajo, la crueldad de algunos jefes de campo, la inhumanidad de algunos de los delincuentes comunes. En 1944, una carta de su madre le comunica que su hijo mayor, confiado a unos parientes de Leningrado, ha muerto de hambre durante el asedio. Del marido, en un campo de concentración, ninguna noticia.

El dolor, paradójicamente, excava como un pico las costras, abriéndose camino hacia nuevos resplandores. Pero lo que es decisivo es el encuentro con un santo. Lo extraordinario es que se trata de un santo muy alegre. Es el médico del campo de concentración, Antón Walter. En 1951, se convertirá en el segundo marido de Eugenia, y ella recibirá el Bautismo en la Iglesia católica.

«¿La necesidad de arrepentirse y confesarse es un rasgo peculiar del alma humana? Allí discutíamos mucho, Antón y yo, en nuestras interminables conversaciones nocturnas en Taskan». «Ahora, en el ocaso de mi vida, lo sé seguro: Antón Walter tenía razón». «No te puede consolar la seguridad de no haber participado directamente en los asesinatos y las traiciones. Porque no mata sólo el que golpea, sino también el que favorece el odio. No importa cómo». «¿Hasta cuándo continuaremos con esta espiral de odio? ¿Cuántas veces, en los campos, habíamos sobrevivido gracias a la bondad de cualquier soldado de guardia? ¿No se le pasa por la cabeza que entre los simples soldados del ejército del Mal encontramos personas, muchas personas, a las que es posible atraer a la parte del Bien?»

Giovanna Parravicini



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