Por las calles de Toledo, «con su mantilla y su misal»

Cómo un año en Toledo cambió la vida de Roy Campbell y de su esposa Mary

«¡Dios mío, niña! Esta ciudad es fabulosa. Quedémonos aquí el resto de nuestra vida», exclamó el poeta inglés Roy Campbell al conocer, recién convertido al catolicismo, Toledo. La ciudad fue parte importante de esa España que – afirmó– «salvó mi alma». El autor inglés Joseph Pearce presenta, estos días, en España la biografía, editada por LibrosLibres, de este poeta lleno de matices. Participará también en el Congreso Internacional sobre G. K. Chesterton, que organiza la Universidad CEU San Pablo la semana próxima.

En 1935, Roy, Mary y sus dos hijas se instalaron en Toledo. Dejaban atrás Altea, el pueblecito mediterráneo que les había llevado al catolicismo. «La fragancia y el frescor» de la vida de los campesinos locales, buenos católicos, «imperceptiblemente nos impregnó a todos», recordaba Roy años después. En palabras de su biógrafo, don Joseph Pearce, los Campbell «encontraron, en el enraizamiento de España» en el catolicismo, «el antídoto al desarraigo cosmopolita» de Inglaterra.

Pearce define a Campbell como «uno de los poetas más importantes del siglo XX». Eso sí, no está libre de sombras, como la estridencia y agresividad de sus versos satíricos, o su tendencia a beber en exceso. La conversión acabó con los escarceos sexuales del matrimonio, pero no fue un remedio inmediato a sus otros defectos. Con todo, la fe católica «tuvo una profunda influencia en la vida de todos nosotros –afirmaba su hija Tess–, y llenó un vacío abismal».

Campbell ya se había ganado enemigos por sus críticas al grupo de Virginia Woolf, del que había formado parte. Su conversión, y su apoyo al bando nacional durante la Guerra Civil española, lo condenaron definitivamente al ostracismo. Y Toledo, donde apenas vivió un año, es clave para entender tanto cómo vivía su nueva fe, como su toma de partido.

Por sus callejuelas caminaba Mary cada día hacia el convento carmelita, en cuya Orden Terciaria ingresó. Ante el sagrario, «donde podía pasar horas absorta», encontraba «compensación y consuelo», recuerda Tess. Los meses anteriores a la guerra, cuando la situación era cada vez más tensa y ya habían recibido amenazas, ella se negó a abandonar la ciudad. «Esta mujer valiente y hermosa caminaba por las calles con su mantilla y su misal, llevando su vida como un pajarillo entre sus manos», explicaba, admirado, su marido.

A Roy le marcó la persecución religiosa de esos meses; sobre todo, el martirio de sus amigos carmelitas, a quienes ya había dado refugio durante unos disturbios anticlericales en marzo. Antes de morir, le habían encomendado sus archivos, entre ellos documentos personales de san Juan de la Cruz. Cuando los Campbell terminaron huyendo de España, pocas semanas después, los archivos quedaron ocultos en su casa, gracias a lo cual se salvaron.

Durante ese oscuro verano del 36, Roy prometió al místico traducir su obra al inglés si protegía a su familia. Cuando la traducción se publicó en 1950, su esposa Mary hablaba, en el prefacio, del padre Eusebio, uno de los mártires. Roy «lo quería como a un amigo y lo respetaba como a un padre. A través de él y de su muerte llegó a entender el espíritu no sólo de san Juan, sino de la Cruz, que entonces se tornó para él, como nunca antes, en la característica central del cristianismo». María Martínez López



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