Homilía del Obispo de Alcalá de Henares en la Clausura del ,4/70 de la Fe Cementerio de los Mártires de Paracuellos Domingo, 24 de noviembre de 2013 Solemnidad de Jesucristo Rey del Universo

1. Vamos alegres a la casa del Señor (Sal 121)

Recogiendo la invitación del Salmista, hoy venimos alegres a este lugar sagrado para clausurar, unidos al papa Francisco, el Año de la Fe: «¡Qué alegría cuando me dijeron: vamos a la casa del Señor!» (Sal 121, 1). Este cementerio humilde es la catedral de los mártires de la persecución religiosa de 1936 en España.

Esta alegría que canta el salmista se ve acrecentada porque entre los beatificados en Tarragona por el papa Francisco el pasado mes de octubre, quince de ellos están enterrados aquí en Paracuellos; dos dieron la vida por Cristo en Torrejón de Ardoz, los otros trece aquí mismo. En total ya son 134 los beatos, Testigos de la Fe, que se custodian en este cementerio-relicario a los que se sumarán otros muchos cuyas causas de beatificación ya están iniciadas y también otros cuya causa vamos a iniciar muy pronto. Estos hermanos nuestros, muchos de ellos jóvenes y procedentes de distintos lugares de España, son las piedras elegidas por Dios, labradas y cinceladas por el sufrimiento, que hoy configuran esta Catedral cuya bóveda es el mismo cielo y adonde se dirigen nuestras voces en honor de Cristo, Rey del Universo, vencedor de la muerte y corona de nuestros mártires.

Desde su encarcelamiento hasta su muerte, nuestros hermanos beatificados y sus compañeros se erigen como campeones de la fe que nos enseñan en este momento el itinerario para seguir a Cristo. Ellos, «no amaron tanto su vida que temieran la muerte» (Ap 12, 11 ). Sabían bien quien era su Señor y, escuchando interiormente su llamada, acudieron con entereza a la muerte proclamando la soberanía de Dios, profiriendo palabras de perdón y orando por sus propios verdugos. Cuando de sus labios surgía con fuerza el grito de / Viva Cristo Rey! sabían de quien se habían fiado (Cf. 2 Tm 1, 12) y entregaban su vida como víctimas de suave olor, como las oraciones de los santos que alcanzan las moradas eternas.

Paracuellos, la mejor y más humilde Catedral de los Mártires en España, es un lugar sagrado de peregrinación. Aquí, como los ancianos que subieron a Hebrón para encontrarse con David (2 Sam 5, 1-3), o como el pueblo de Israel que peregrinaba a la Ciudad Santa (Cf. Sal 121), nosotros venimos como peregrinos a aprender de nuestros hermanos beatos el camino de la vida; venimos a celebrar con ellos la Solemnidad de Jesucristo Rey del Universo y a clausurar solemnemente el Año de la Fe.

Este cementerio católico, custodiado, con tanto amor, por la Hermandad de Ntra. Sra. de los Mártires de Paracuellos, es también un lugar de oración. Aquí venimos a orar por nuestros hermanos difuntos y para suplicar la paz entre los españoles y la prosperidad de nuestro pueblo. Al mismo tiempo, teniendo tantos intercesores en el cielo cuyos cuerpos reposan en este camposanto, nuestra oración, llena de gratitud y alabanza, se transforma en deseo de que no nos falten en este momento santos en España que irradien su luz unida a la de los 134 religiosos ya beatificados: 63 religiosos Agustinos, 22 Hospitalarios de San Juan de Dios, 13 Dominicos, 6 Salesianos, 15 Misioneros Oblatos, 3 Hermanos Maristas, 1 sacerdote de la Orden de San Jerónimo, 1 Capuchino, 1 religioso de la Orden del Carmen y 9 Hermanos de las Escuelas Cristianas (La Salle).

Queridos hermanos, no podríamos escoger otro sitio mejor para clausurar el Año de la Fe, porque este lugar santo es como un candelabro Heno de luz que ilumina nuestra historia. Los siete brazos de este candelabro que son sus siete fosas con sus cruces blancas, son como antorchas de luz que brillan en la noche de una cultura hegemónica que se empecina en abandonar a Dios. Aquí cayeron nuestros mártires como granos de trigo que fecundan esta tierra para que no le falte a España el pan de la fe y el pan de la Eucaristía, para que no nos falte el equipaje y el sustento que nos han de conducir, por gracia de Dios, a la gloria del cielo que contemplan nuestros beatos.

Con sus testimonios ellos nos enseñan a adherirnos a Cristo, a abrazar con alegría la cruz; nos enseñan que Dios es lo primero; nos enseñan a perdonar, a esperarlo todo de Dios. Como los peregrinos ponderaban en la Ciudad Santa los tribunales de justicia y el palacio de David (Cf. Sal 121, 5) nosotros en este humilde santuario confesamos nuestra fe en la resurrección y en la vida eterna. Esta es la verdadera justicia de Dios: la resurrección de los muertos. Jesucristo es el verdadero Rey de justicia cuyo trono está presente en todos los altares donde se celebra la Eucaristía. La mesa de la Eucaristía es la antesala del cielo y el pan que nos reparten los sacerdotes es el Cuerpo de Cristo, resucitado y glorioso, prenda de la vida eterna, anticipo de la gloria.

2. Todo fue creado por Él y para Él (Col 1,16)

San Pablo en la Carta a los Colosenses que hemos escuchado, nos invita a dar «gracias a Dios Padre, que nos ha hecho capaces de compartir la herencia del pueblo santo en la luz. El nos ha sacado del dominio de las tinieblas, y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido, por cuya sangre hemos recibido la redención, el perdón de los pecados» (Col 1 12-13).

Estas palabras ya se han cumplido en nuestros hermanos mártires. Ellos ya participan de la herencia del pueblo santo y su sangre, derramada como la de Cristo, clama por todos cuantos suplicamos su intercesión. Este cementerio, que se extiende a la sombra de la cruz blanca colocada sobre la montaña, proclama a los cuatro vientos la victoria de muestro Dios. Cristo, «por quien todo fue creado» (Col 1, 16), ha colocado su trono en la cruz y en ella ha manifestado el destino de la creación y de la historia. En la cruz nace el hombre nuevo, el Nuevo Adán, el hombre de la obediencia que se deja medir por la Sabiduría de Dios. En la cruz, a su vez, se desvela, junto a la malicia del pecado, el destino del hombre: la muerte ha sido vencida por el Amor; la sangre derramada en la cruz es el antídoto del veneno de la muerte. Con su muerte y resurrección Cristo desvela el sentido de la historia: Cristo es la meta del universo. Todo será recapitulado en Cristo porque todo fue creado por Él y para El.

Si esto es así, nosotros, como los mártires, estamos llamados a resucitar con Cristo para reinar eternamente con Él en su «Reino eterno y universal; el reino de la verdad y de la vida, el reino de la santidad y la gracia, el reino de la justicia, el amor y la paz» (Prefacio de la Misa de Cristo Rey).

3. Hoy estarás conmigo en el paraíso (Le 23, 43)

La cruz y la resurrección de Cristo, del mismo modo que ponen de manifiesto su omnipotencia, a la vez expresan su infinita misericordia. Cristo, como confesamos en el Credo, murió «por nosotros y por nuestra salvación». Esta es la confianza de los mártires y debe ser nuestra confianza. De la omnipotencia divina y de su infinito amor lo podemos esperar todo y en cualquier momento. Así queda reflejado para todas las generaciones en la súplica del ladrón arrepentido: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino» (Le 23, 42). Sin duda que esta súplica fue recitada interiormente por muchos de nuestros mártires y pone en evidencia que, cuando parece que nadie nos escucha, Dios nos escucha siempre: la respuesta de Dios Padre es la resurrección y la vida.

Jesucristo, resucitado y glorioso, se hace presente en la Eucaristía. En esta ermita, construida en medio de este nuevo Calvario, cada vez que celebramos la Santa Misa plantamos el verdadero Árbol de la Vida de cuyos frutos se alimentaron nuestros hermanos mártires. Del mismo modo que ellos, de manera clandestina en las cárceles de Madrid, pudieron recibir la confesión de sus pecados y comulgar de mano de los sacerdotes beatos, hoy también nosotros, venimos a alimentamos del Cuerpo y la Sangre de Cristo para continuar construyendo una España digna y fraterna.

Queridos hermanos: al clausurar el Año de u Fe renovemos nuestra adhesión a Cristo y a la Iglesia que prolonga su presencia en la historia. En Cristo está depositada toda nuestra esperanza. Como el ladrón arrepentido hoy le suplicamos al Señor que se acuerde de nosotros en su Reino. La Iglesia es la casa que el Señor prepara para todos los desvalidos. A ella acudimos para alimentarnos con el Pan de la Palabra y de la Eucaristía. En ella encontramos la comunión de los santos que, como los mártires, testigos de la fe, de la esperanza y de la caridad, esperamos gozar en el país de la vida.

Gravemos este lugar sagrado en nuestra memoria y en nuestro corazón. Hagamos de él un jardín que nos recuerde el paraíso perdido. Que sea un lugar de peregrinación para todos, un santuario de reconciliación, de paz y de perdón. Los 134 beatificados por nuestra Madre la Iglesia Católica, y cuyas reliquias se custodian en este lugar sagrado, son como 134 estrellas que brillan en el firmamento y que se unen a la Virgen María, Reina de los mártires y Estrella de la Evangelización. En la oscuridad de este momento histórico y complejo por el que atraviesa España, ellos no dejarán de resplandecer para iluminar el camino de nuestra historia. Con ellos hoy queremos reavivar nuestra esperanza. Con ellos suplicamos «Venga a nosotros tu Reino». Y con ellos, llenos de entusiasmo, os invito a proclamar juntos el Credo de nuestra fe.

* Juan Antonio Reig Pía Obispo Complutense

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