CRISTIANDAD AL REINO DE CRISTO POR LOS CORAZONES DE JESÚS Y MARÍA

RAZÓN DEL NÚMERO

EL pasado 13 de octubre tuvo lugar en Tarragona el acto más solemne y de mayor resonancia eclesial con el que la Iglesia en España ha podido celebrar el Año de la Fe. Nos referimos a la beatificación de los 522 mártires españoles que dieron su vida en testimonio de su fe durante la persecución que sufrió la Iglesia en España durante la guerra de 1936. Aún están vivas en el recuerdo las dos anteriores celebradas en Roma, también muy numerosas, las de los años 2001 y 2007, cuando fueron beatificados 233 y 498 mártires respectivamente. Junto con las restantes beatificaciones ya son 1523 los mártires españoles del siglo XX que han sido elevados a los altares, once de ellos ya canonizados. Este es el gran tesoro y la gran lección que la Iglesia nos ofrece para seguir fieles a los ejemplos que ellos nos dieron.

Al dedicar nuestras páginas a glosar la vida de los tres obispos beatificados y de diversos grupos de religiosos y sacerdotes, además de querer con ello sumarnos con gozo y agradecimiento al homenaje que justamente merecen, invitamos a nuestro lectores a admirar una vez más el testimonio de amor a Dios que dieron con su vida y con su heroica muerte. En unas circunstancias de especial manifestación de odio y crueldad dieron tales muestras de santidad que se les puede aplicar las palabras evangélicas «aprended de ellos que fueron mansos y humildes de corazón». Como dijo el cardenal Amato en la homilía de la misa de beatificación: «A la atrocidad de los perseguidores no respondieron con la rebelión o con las armas, sino con la mansedumbre de los fuertes».

Este acontecimiento es motivo muy especial de acción de gracias y de esperanza. En primer lugar, de acción de gracias por ser nosotros los herederos en la fe de estos mártires. La fecundidad de la Iglesia en los años siguientes a la guerra da testimonio de ello y, a pesar de todas las crisis, abandonos y secularización progresiva en tantos ambientes, tenemos la convicción de que si España aún es tierra de fe, se lo debemos a ellos, por ser tierra bendecida por la sangre de los mártires. También es motivo de esperanza para la Iglesia: en estas horas difíciles para la supervivencia de algunas de las órdenes religiosas que dieron numerosos mártires, tendrán una especial protección para que de nuevo encuentren el camino que ha llevado a tantos de los suyos a los altares. También de esperanza para España: cuando parece que por todas partes y desde distintas instancias se quiere dar por definitivamente cancelada toda su historia preñada de fe cristiana, la beatificación de estos 522 mártires será ocasión para que sus vidas de fe y de fidelidad a la fe recibida de sus mayores, vivida con fervor ejemplar, pueda ser modelo para todos y su intercesión nos alcance pronto aquello que nos ha sido prometido: que Cristo reine en España. Esta petición, que es un grito de esperanza y de reparación, la tuvieron en sus labios muchos de ellos en el ultimo momento de su vida y al recordarla hemos de ver realizada, como afirmaba Canals en escrito que hoy reproducimos, la promesa del Señor: «Bienaventurados seréis cuando los hombres os aborrezcan, os aparten de sí, y os maldigan y proscriban vuestro nombre como malo por amor del Hijo del Hombre».

Los mártires no se han avergonzado del Evangelio

Homilía de monseñor Angelo Amato en la misa de la beatificación de los mártires españoles

Tarragona, 13 de octubre de 2013

l. La Iglesia española celebra hoy la beatificación de 522 hijos mártires, profetas desarmados de la caridad de Cristo. Es un extraordinario evento de gracia, que quita toda tristeza y llena de júbilo a la comunidad cristiana. Hoy recordamos con gratitud su sacrificio, que es la manifestación concreta de la civilización del amor predicada por Jesús: «Ahora –dice el libro del Apocalipsis de san Juan– se cumple la salvación, la fuerza y el Reino de nuestro Dios y la potencia de su Cristo» (Ap 12, 10). Los mártires no se han avergonzado del Evangelio, sino que han permanecido fieles a Cristo, que dice: «Si alguno quiere seguirme, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y me siga. Quien quiera salvar la propia vida, la perderá, pero quien pierda la propia vida por mí, la salvará» (Lc 9, 23-24). Sepultados con Cristo en la muerte, con Él viven por la fe en la fuerza de Dios (cf. Col 2, 12).

España es una tierra bendecida por la sangre de los mártires. Si nos limitamos a los testigos heroicos de la fe, víctimas de la persecución religiosa de los años treinta del siglo pasado, la Iglesia en catorce distintas ceremonias ha beatificado más de mil. La primera, en 1987, fue la beatificación de tres carmelitas descalzas de Guadalajara. Entre las ceremonias más numerosas recordamos la del 11 de marzo de 2001, con 233 mártires; la del 28 de octubre de 2007, con 498 mártires, entre los cuales los obispos de Ciudad Real y de Cuenca; y la celebrada en la catedral de La Almudena de Madrid, el 17 de diciembre de 2011, con 23 testigos de la fe.

Hoy, aquí en Tarragona, el papa Francisco beatifica 522 mártires, que «derramaron su sangre para dar testimonio del Señor Jesús». Es la ceremonia de beatificación más grande que ha habido en tierra española. Este último grupo incluye tres obispos –Manuel Basulto Jiménez, obispo de Jaén; Salvio Huix Miralpeix, obispo de Lleida y Manuel Borràs Ferré, obispo auxiliar de Tarragona– y, además, numerosos sacerdotes, seminaristas, consagrados y consagradas, jóvenes y ancianos, padres y madres de familia. Son todos víctimas inocentes que soportaron cárceles, torturas, procesos injustos, humillaciones y suplicios indescriptibles. Es un ejército inmenso de bautizados que, con el vestido blanco de la caridad, siguieron a Cristo hasta el Calvario para resucitar con Él en la gloria de la Jerusalén celestial.

2. En el periodo oscuro de la hostilidad anticatólica de los años treinta, vuestra noble nación fue envuelta en la niebla diabólica de una ideología que anuló a millares y millares de ciudadanos pacíficos, incendiando iglesias y símbolos religiosos, cerrando conventos y escuelas católicas, destruyendo parte de vuestro precioso patrimonio artístico. El papa Pío XI con la encíclica Dilectissima nobis, del 3 de junio de 1933, denunció enérgicamente esta libertina política antirreligiosa.

Recordemos de antemano que los mártires no fueron caídos de la Guerra Civil, sino víctimas de una radical persecución religiosa, que se proponía el exterminio programado de la Iglesia. Estos hermanos y hermanas nuestros no eran combatientes, no tenían armas, no se encontraban en el frente, no apoyaban a ningún partido, no eran provocadores. Eran hombres y mujeres pacíficos. Fueron matados por odio a la fe, sólo porque eran católicos, porque eran sacerdotes, porque eran seminaristas, porque eran religiosos, porque eran religiosas, porque creían en Dios, porque tenían a Jesús como único tesoro, más querido que la propia vida. No odiaban a nadie, amaban a todos, hacían el bien a todos. Su apostolado era la catequesis en las parroquias, la enseñanza en las escuelas, el cuidado de los enfermos, la caridad con los pobres, la asistencia a los ancianos y a los marginados. A la atrocidad de los perseguidores, no respondieron con la rebelión o con las armas, sino con la mansedumbre de los fuertes.

En aquel periodo, mientras se encontraba en el exilio, Don Luigi Sturzo, diplomático y sacerdote católico italiano, en un artículo de 1933, publicado en el periódico El Matí de Barcelona, escribía con intuición profética que las modernas ideologías son verdaderas religiones idolátricas, que exigen altares y víctimas, sobre todo víctimas, miles, e incluso millones. Y añadía que el aumento aberrante de la violencia hacía que las víctimas fueran con mucho más numerosas que en las antiguas persecuciones romanas.

3. Queridos hermanos, ante la respuesta valiente y unánime de estos mártires, sobre todo de muchísimos sacerdotes y seminaristas, me he preguntado muchas veces: ¿cómo se explica su fuerza sobrehumana de preferir la muerte antes que renegar de la propia fe en Dios? Además de la eficacia de la gracia divina, la respuesta hay que buscarla en una buena preparación al sacerdocio. En los años previos a la persecución, en los seminarios y en las casas de formación los jóvenes eran informados claramente sobre el peligro mortal en el que se encontraban. Eran preparados espiritualmente para afrontar incluso la muerte por su vocación. Era una verdadera pedagogía martirial, que hizo a los jóvenes fuertes e incluso gozosos en su testimonio supremo.

4. Ahora planteémonos una pregunta: ¿por qué la Iglesia beatifica a estos mártires? La respuesta es sencilla: la Iglesia no quiere olvidar a estos sus hijos valientes. La Iglesia los honra con culto público, para que su intercesión obtenga del Señor una lluvia beneficiosa de gracias espirituales y temporales en toda España. La Iglesia, casa del perdón, no busca culpables. Quiere glorificar a estos testigos heroicos del evangelio de la caridad, porque merecen admiración e imitación.

La celebración de hoy quiere una vez más gritar fuertemente al mundo, que la humanidad necesita paz, fraternidad, concordia. Nada puede justificar la guerra, el odio fratricida, la muerte del prójimo. Con su caridad, los mártires se opusieron al furor del mal, como un potente muro se opone a la violencia monstruosa de un tsunami. Con su mansedumbre los mártires desactivaron las armas homicidas de los tiranos y de los verdugos, venciendo al mal con el bien. Ellos son los profetas siempre actuales de la paz en la tierra.

5. Y ahora una segunda pregunta: ¿por qué la beatificación de los mártires de muchas diócesis españolas adviene aquí en Tarragona?

Hay dos motivos. Ante todo, el grupo más numeroso de los mártires es el de esta antiquísima diócesis española, con 147 mártires, incluido el obispo auxiliar Manuel Borràs Ferré y los jóvenes seminaristas Joan Montpeó Masip, de veinte años, y Josep Gassol Montseny, de veintidós.

El segundo motivo nos viene del hecho de que, en los primeros siglos cristianos, aquí en Tarragona, ecclesia Pauli, sedes Fructuosi, patria martyrum, tuvo lugar el martirio del obispo Fructuoso y de sus dos diáconos, Augurio y Eulogio, quemados vivos en el 259 d. de C. en el anfiteatro romano de la ciudad.

Recordemos brevemente el martirio de estos dos primeros testigos tarraconenses, porque reproduce la dinámica esencial de toda persecución, que, por una parte, muestra la arbitrariedad de las acusaciones y la atrocidad de las torturas, y, por otra, la fortaleza sobrehumana de los mártires en el aceptar la pasión y la muerte con serenidad y con el perdón en los labios.

Tarragona, sede de una floreciente comunidad cristiana, en el siglo III d. de C. fue objeto de una violenta persecución, por obra del emperador Valeriano. Fueron víctimas de ella el obispo Fructuoso y los diáconos Augurio y Eulogio. De su martirio tenemos las Actas, que nos transmiten los protocolos notariales del proceso, del interrogatorio, de las respuestas, de la condena y de la ejecución. La captura de Fructuoso y de sus diáconos tuvo lugar la mañana del domingo del 16 de enero del 259. Llevado a la cárcel, Fructuoso rezaba continuamente y daba gracias al Señor por la gracia del martirio. Además, también allí continuó su obra de pastor y de evangelizador, confortando a los fieles, bautizando y proclamando el Evangelio a los paganos. Después de algunos días, el 21 de enero, los tres fueron convocados por el cónsul Emiliano para el interrogatorio. Fructuoso y los dos diáconos se negaron a ofrecer sacrificios a los ídolos, reafirmando su fidelidad a Cristo. Los tres fueron entonces condenados a ser quemados vivos. Llevados al anfiteatro, el santo obispo gritó con fuerza que la Iglesia no quedaría nunca sin pastor y que Dios mantendría la promesa de protegerla en el futuro.

¿Qué mensaje nos ofrecen los mártires antiguos y modernos? Nos dejan un doble mensaje. Ante todo nos invitan a perdonar. El papa Francisco recientemente nos ha recordado que «el gozo de Dios es perdonar... Aquí está todo el Evangelio, todo el cristianismo. No es sentimiento, no es “buenismo”. Al contrario, la misericordia es la verdadera fuerza que puede salvar al hombre y al mundo del “cáncer” que es el pecado, el mal moral, el mal espiritual. Sólo el amor colma los vacíos, la vorágine negativa que el mal abre en el corazón y en la historia. Sólo el amor puede hacer esto, y este es el gozo de Dios».

Estamos llamados, pues, al gozo del perdón, a eliminar de la mente y del corazón la tristeza del rencor y del odio. Jesús decía «Sed misericordiosos, como es misericordioso vuestro Padre celestial» (Lc 6, 36). Conviene hacer un examen concreto, ahora, sobre nuestra voluntad de perdón. El papa Francisco sugiere: «Cada uno piense en una persona con la que no esté bien, con la que se haya enfadado, a la que no quiera. Pensemos en esa persona y en silencio, en este momento, recemos por esta persona y seamos misericordiosos con esta persona».

La celebración de hoy sea, pues, la fiesta de la reconciliación, del perdón dado y recibido, el triunfo del Señor de la Paz.

7. De aquí surge un segundo mensaje: el de la conversión del corazón a la bondad y a la misericordia. Todos estamos invitados a convertirnos al bien, no sólo quien se declara cristiano sino también quien no lo es. La Iglesia invita también a los perseguidores a no temer la conversión, a no tener miedo del bien, a rechazar el mal. El Señor es padre bueno que perdona y acoge con los brazos abiertos a sus hijos alejados por los caminos del mal y del pecado.

Todos –buenos y malos– necesitamos la conversión. Todos estamos llamados a convertirnos a la paz, a la fraternidad, al respeto de la libertad del otro, a la serenidad en las relaciones humanas. Así han actuado nuestros mártires, así han obrado los santos, que –como dice el papa Francisco– siguen «el camino de la conversión, el camino de la humildad, del amor, del corazón, el camino de la belleza».

Es un mensaje que concierne sobre todo a los jóvenes, llamados a vivir con fidelidad y gozo la vida cristiana. Pero hay que ir contra corriente: «Ir contra corriente hace bien al corazón, pero es necesario el coraje y Jesús nos da este coraje. No hay dificultades, tribulaciones, incomprensiones que den miedo si permanecemos unidos a Dios como los sarmientos están unidos a la vid, si no perdemos la amistad con Él, si le damos cada vez más espacio en nuestra vida. Esto sucede sobre todo si nos sentimos pobres, débiles, pecadores, porque Dios da fuerza a nuestra debilidad, riqueza a nuestra pobreza, conversión y perdón a nuestro pecado.

Así se han comportado los mártires, jóvenes y ancianos. Sí, también jóvenes como, por ejemplo, los seminaristas de las diócesis de Tarragona y de Jaén y el laico de veintiún años, de la diócesis de Jaén. No han tenido miedo de la muerte, porque su mirada estaba proyectada hacia el Cielo, hacia el gozo de la eternidad sin fin en la caridad de Dios. Si les faltó la misericordia de los hombres, estuvo presente y sobreabundante la misericordia de Dios.

Perdón y conversión son los dones que los mártires nos hacen a todos. El perdón lleva la paz a los corazones, la conversión crea fraternidad con los demás.

Nuestros mártires, mensajeros de la vida y no de la muerte, sean nuestros intercesores por una existencia de paz y fraternidad. Será este el fruto precioso de esta celebración en el Año de la Fe. María, Regina Martyrum, siga siendo la potente Auxiliadora de los Cristianos.

Amén.

Mensaje del Papa a los asistentes a la beatificación de los mártires españoles

Queridos hermanos y hermanas, buenos días:

Me uno de corazón a todos los participantes en la celebración, que tiene lugar en Tarragona, en la que un gran número de pastores, personas consagradas y fieles laicos son proclamados beatos mártires.

¿Quiénes son los mártires? Son cristianos ganados por Cristo, discípulos que han aprendido bien el sentido de aquel «amar hasta el extremo» que llevó a Jesús a la cruz. No existe el amor por entregas, el amor en porciones. El amor es total: y cuando se ama, se ama hasta el extremo. En la cruz, Jesús ha sentido el peso de la muerte, el peso del pecado, pero se confió enteramente al Padre, y ha perdonado. Apenas pronunció palabras, pero entregó la vida. Cristo nos «primerea» en el amor; los mártires lo han imitado en el amor hasta el final.

Dicen los Santos Padres: «¡Imitemos a los mártires!». Siempre hay que morir un poco para salir de nosotros mismos, de nuestro egoísmo, de nuestro bienestar, de nuestra pereza, de nuestras tristezas, y abrirnos a Dios, a los demás, especialmente a los que más lo necesitan.

Imploremos la intercesión de los mártires para ser cristianos concretos, cristianos con obras y no de palabras; para no ser cristianos mediocres, cristianos barnizados de cristianismo pero sin sustancia. Ellos no eran barnizados; eran cristianos hasta el final. Pidámosles su ayuda para mantener firme la fe, aunque haya dificultades, y seamos así fermento de esperanza y artífices de hermandad y solidaridad.

Y les pido que recen por mí. Que Jesús los bendiga y la Virgen santa los cuide.

 CRÓNICA DE LA BEATIFICACIÓN

Firmes y valientes testigos de la fe 

OLEGUER VIVES

«Por la fe, los mártires entregaron su vida como testimonio de la verdad del Evangelio, que los había transformado y hecho capaces de llegar hasta el mayor don del amor, con el perdón de sus perseguidores» (Benedicto XVI, Porta fidei, 13).

ESTAS palabras de Benedicto XVI, que encabezan el mensaje de la Asamblea plenaria de la Conferencia Episcopal Española con motivo de las beatificaciones que vivimos el pasado 13 de octubre en Tarragona, contienen el mensaje principal que se nos transmitió a lo largo del fin de semana y resalta lo que caracterizó a aquellos que no dudaron ni un instante en dar su vida, por amor a Jesucristo, en diversos lugares de España, durante la persecución religiosa de los años treinta del siglo XX: fe y perdón, además de la llamada que se nos hizo a la conversión. Este es el ejemplo que nos han dejado los 522 nuevos beatos, a los que la Iglesia ve como modelos de fe y, por tanto, de amor y de perdón. Un ejemplo, ofreciendo este testimonio supremo de fidelidad, que nos tiene que estimular a confesar la fe con valentía y a ser auténticos apóstoles del Evangelio. Estos mártires nuestros, «son verdaderos creyentes que, ya antes de afrontar el martirio, eran personas de fe y oración, particularmente centrados en la Eucaristía y en la devoción a la Virgen. Hicieron todo lo posible, a veces con verdaderos alardes de imaginación, para participar en la misa, comulgar o rezar el rosario, incluso cuando suponía un gravísimo peligro para ellos o les estaba prohibido, en el cautiverio» (CEE).

En la que ha sido la ceremonia de beatificación más grande que ha habido en tierra española, en esta «ocasión de gracia, de bendición y de paz para la Iglesia y para toda la sociedad», en palabras de la CEE, hemos podido dar gracias a Dios por este «ejército inmenso de bautizados que, con el vestido blanco de la caridad, siguieron a Cristo hasta el Calvario para resucitar con Él en la gloria de la Jerusalén celestial» y, al mismo tiempo, nos hemos acogido a la intercesión de aquellos que son modélicos confesores e intercesores principales en el Cuerpo místico de Cristo.

Esta gran fiesta de toda la Iglesia y, en especial, de la Iglesia en España, tierra bendecida por la sangre de los mártires (como nos recordaba el cardenal Angelo Amato, en la homilía de las beatificaciones), comenzó la vigilia, día 12, festividad de Nuestra Señora del Pilar, con dos actos que había por la tarde: la celebración de las Vísperas, y la representación de la pasión de san Fructuoso y sus diáconos Augurio y Eulogio, protomártires del siglo III en Tarragona.

A las 7 de la tarde, en la catedral basílica de Tarragona, metropolitana primada, tuvo lugar la celebración de las primeras Vísperas del domingo, cuyo himno reflejaba lo que sentía la asamblea que allí estaba congregada:

Sanctorum meritis inclyta gaudia

pangamus, socii, gestaque fortia;

nam gliscit animus promere cantibus

victorium genus optimum.

(Los gozos bien merecidos de estos santos cantemos, hermanos, y sus hechos heroicos: pues a nuestro ánimo gusta de ensalzar con himnos a esta raza de vencedores.)

Efectivamente, para eso estábamos en Tarragona: para cantar, con el corazón lleno de alegría, los gozos merecidos de esta raza de vencedores que ya está gozando de las alegrías eternas del Cielo, participando de la victoria de Cristo sobre la muerte y sobre el pecado. Monseñor Jaume Pujol Balcells, arzobispo de Tarragona, en la homilía de estas Vísperas nos recordaba este hecho, que los mártires forman parte de la victoria de Cristo, a la vez que esclarecía la causa de su muerte y el por qué la Iglesia no los puede olvidar, desvaneciendo falsedades y tergiversaciones que se han podido escuchar acerca de ello: «Los mártires son del Señor, pertenecen a la victoria del Señor, no a la de los hombres. Son un anuncio de paz y de reconciliación. Es simplemente la Iglesia que, retomando la tradición desde los primeros siglos, no puede olvidar a aquellos que murieron por causa del Señor y del Evangelio. Ellos escribieron el Libro de la Verdad rubricado con sangre. Son los que siguieron al Señor imitándole». En esta homilía, el arzobispo de Tarragona también nos invitaba a ser cristianos valientes, a no vivir acomplejados por el hecho de ser cristianos, a salir de nosotros mismos y ser luz, con nuestra fe y nuestra actitud, para los demás, tal y como lo fueron nuestros mártires a pesar de saber que se jugaban la vida, cosa que no impidió que se mostraran ‘firmes y valientes en la fe’: «nuestros mártires no se avergonzaron ni de su bautismo, ni de su condición sacerdotal ni de su consagración religiosa ni de ser cristianos, católicos. En un momento límite no escondieren ni renegaron de su condición. Pido al Señor, a través de la intercesión de nuestros mártires, que nuestros cristianos salgan de todo anonimato, que no escondan el tesoro de la fe, sean luz en el celemín para iluminar a todos. ¡Nunca jamás una actitud vergonzante de la fe! ¡El mundo necesita estos cristianos!». El Santo Padre insistió en esto mismo en el breve mensaje que nos dio al día siguiente, momentos antes de iniciarse la ceremonia de las beatificaciones. «Cristianos con obras y no de palabras», pedía el Papa, «cristianos hasta el final, aunque haya dificultades, y no cristianos mediocres, cristianos barnizados de cristianismo pero sin sustancia» para ser, de este modo, «fermento de esperanza» en este mundo. No es la primera vez que el Papa nos exhorta a salir de nosotros mismos. Para poner dos ejemplos, podemos recordar su primera audiencia general, en la que nos invitaba a ir al encuentro de los demás, y también el famoso Hagan lío, en la pasada Jornada Mundial de la Juventud.

El otro acto que tuvo lugar la vigilia de las beatificaciones, fue la representación de la Passio de san Fructuoso, que narra el proceso martirial del obispo de Tarragona, san Fructuoso, y de sus diáconos Augurio y Eulogio, protomártires hispánicos, ejecutados en la hoguera, en el anfiteatro de la ciudad el año 259, en la persecución de Valeriano. En Tarragona se conserva la tradición de estos primeros mártires hispanos a los que san Agustín se refiere con admiración. La representación se realizó dos veces, en la plaza de toros de Tarragona, a lo largo de toda la tarde. Nos puso en contexto con el acontecimiento que íbamos a celebrar al día siguiente y, a lo largo de las seis escenas, nos ayudó a penetrar en este mensaje que llena de gloria las páginas de la Iglesia hispánica, ya desde los primeros siglos: el mensaje que nos han dejado aquellos que han dado un testimonio preclaro de la fe; el mensaje de aquellos cristianos ganados por Cristo, discípulos que han aprendido bien el sentido de aquel ‘amar hasta el extremo’ que llevó a Jesús a la cruz; un mensaje que nos anima a no tener miedo, a ser valientes. Fue muy emocionante el momento final de la representación, en el que podíamos ver los rostros de los mártires, que serían beatificados al día siguiente, proyectados en la cubierta de la plaza de toros, cosa que obligaba a los asistentes a levantar la vista hacia el Cielo, donde se encuentran estos hermanos nuestros, mientras la coral cantaba «Pugeu, pugeu» («Subid, subid») de la Pontifical de flames. Estos rostros de los mártires, que también pudimos contemplar al día siguiente, mientras el cardenal Angelo Amato, prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos, los iba nombrando, eran rostros que transmitían paz, serenidad. Eran un reflejo vivo del amor que esos hombres tenían por Cristo. Con estos rostros todavía en el pensamiento, nos despedimos hasta la mañana siguiente.

A la mañana siguiente, nos levantamos con un sol radiante. Decenas de miles de católicos llegados desde diversos puntos de nuestra geografía, fieles devotos de nuestros mártires, iban llenando el Complejo Educativo de Tarragona, lugar donde iba a celebrarse la ceremonia de las beatificaciones. A medida que los autocares iban acercándose, uno se daba cuenta de la magnitud de la fiesta que íbamos a celebrar sólo con ver como se paralizaban las carreteras colindantes. La procesión de fieles que iban llegando apresuraba el paso hasta el acceso al recinto.

Momentos antes de la ceremonia, tuvimos el gran gozo de ver cómo se hacía presente el Papa, transmitiéndonos un breve mensaje en el que nos animaba a ser cristianos con sustancia. Acto seguido dio comienzo la celebración en la que, después de la aspersión del agua, monseñor Jaume Pujol Balcells, arzobispo de Tarragona, lugar donde se instruyó la causa con mayor número de mártires, acompañado de todos los arzobispos y obispos en cuyas diócesis se introdujeron las 33 causas, elevó su demanda ante el representante del Papa, el cardenal Amato: «Eminencia: los arzobispos y obispos en cuyas diócesis se introdujeron las 33 causas que agrupan 522 mártires del siglo XX en España pedimos humildemente a Su Santidad el papa Francisco que se digne inscribir en el número de los beatos a estos venerables siervos de Dios. […] No pocos de ellos tuvieron explícita ocasión de evitar el martirio mediante algún gesto o palabra de renuncia a su fe, pero todos antepusieron, con gozo y firmeza, la fidelidad al Señor a su propia vida. […] En todos ellos brilla la fe, la esperanza y el amor como testimonio de la verdad del Evangelio».

El cardenal Amato, por mandato del papa Francisco, dio lectura a la carta apostólica en la que Su Santidad inscribía en el Libro de los Beatos a los venerables siervos de Dios que dieron la vida en defensa de la fe: «Nos, acogiendo el deseo de nuestros hermanos en el episcopado y de muchos fieles cristianos, obtenido el parecer de la Congregación para las Causas de los Santos, con Nuestra autoridad apostólica, concedemos la facultad de que los venerables siervos de Dios (fue nombrando a los integrantes de las distintas causas) que en España, en el siglo XX, derramaron su sangre para dar testimonio del Señor Jesús, desde ahora en adelante sean llamados beatos, y se pueda celebrar cada año su festividad, en los lugares y según los modos establecidos por el derecho, cada año el día 6 de noviembre. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén». Inmediatamente, la multitud congregada entonó con fervor el Christus vincit. Acababan de ser beatificados tres obispos: los siervos de Dios, Salvio Huix, de Lérida; Manuel Basulto, de Jaén y Manuel Borràs, de Tarragona. También un buen grupo de sacerdotes diocesanos, sobre todo de Tarragona. Y muchos religiosos y religiosas: benedictinos, hermanos hospitalarios de San Juan de Dios, hermanos de las Escuelas Cristianas, siervas de María, hijas de la Caridad, redentoristas, misioneros de los Sagrados Corazones, claretianos, operarios diocesanos, hijos de la Divina Providencia, carmelitas, franciscanos, dominicos, hijos de la Sagrada Familia, calasancias, maristas, paúles, mercedarios, capuchinos, franciscanas misioneras de la Madre del Divino Pastor, trinitarios, carmelitas descalzos, mínimas, jerónimos; también seminaristas y laicos; la mayoría de ellos eran jóvenes; también ancianos; hombres y mujeres.

En su homilía, una homilía preciosa, una homilía valiente y atrevida, el cardenal Amato, nos recordó que los mártires derramaron su sangre a causa de su fe, en un momento de especial persecución para la Iglesia de nuestra tierra: «Recordemos de antemano que los mártires no fueron caídos de la Guerra Civil, sino víctimas de una radical persecución religiosa, que se proponía el exterminio programado de la Iglesia. Estos hermanos y hermanas nuestros no eran combatientes, no tenían armas, no se encontraban en el frente, no apoyaban a ningún partido, no eran provocadores. Eran hombres y mujeres pacíficos. Fueron matados por odio a la fe, sólo porque eran católicos, porque eran sacerdotes, porque eran seminaristas, porque eran religiosos, porque eran religiosas, porque creían en Dios, porque tenían a Jesús como único tesoro, más querido que la propia vida. No odiaban a nadie, amaban a todos, hacían el bien a todos. Su apostolado era la catequesis en las parroquias, la enseñanza en las escuelas, el cuidado de los enfermos, la caridad con los pobres, la asistencia a los ancianos y a los marginados. A la atrocidad de los perseguidores, no respondieron con la rebelión o con las armas, sino con la mansedumbre de los fuertes.» Al mismo tiempo, expuso claramente el porqué de las beatificaciones, dando, principalmente, tres motivos. El primero de ellos es recordar el sacrificio que hicieron y honrar esta entrega: «la Iglesia no quiere olvidar a estos sus hijos valientes. La Iglesia los honra con culto público, para que su intercesión obtenga del Señor una lluvia beneficiosa de gracias espirituales y temporales en toda España. La Iglesia, casa del perdón, no busca culpables. Quiere glorificar a estos testigos heroicos del evangelio de la caridad, porque merecen admiración e imitación». El segundo motivo es porque son un ejemplo de perdón: «Ante todo nos invitan a perdonar. El papa Francisco recientemente nos ha recordado que «¡El gozo de Dios es perdonar! ¡Aquí está todo el Evangelio, todo el cristianismo! No es sentimiento, no es “buenismo”. Al contrario, la misericordia es la verdadera fuerza que puede salvar al hombre y al mundo del “cáncer” que es el pecado, el mal moral, el mal espiritual». Y por último, quiso subrayar que estos testimonios nos invitan a la conversión, a hacer el bien y no el mal, a ser cristianos auténticos y no barnizados de cristianismo: «el de la conversión del corazón a la bondad y a la misericordia. Todos estamos invitados a convertirnos al bien, no sólo quien se declara cristiano sino también quien no lo es. La Iglesia invita también a los perseguidores a no temer la conversión, a no tener miedo del bien, a rechazar el mal. […] Todos –buenos y malos– necesitamos la conversión».

Durante la comunión se entonó el tradicional Cantemos al amor de los amores, seguido fervorosamente por la totalidad de los fieles, y la celebración concluyó con el Virolai, interpretado por la Escolania de Montserrat, que ya habían cantado en el ofertorio y en la postcomunión, en un día especial para ellos, ya que habían sido beatificados veinte monjes de esa comunidad, y el Himno a los mártires del siglo XX.

Era hora de volver cada uno a su casa, acogiéndonos a estos nuevos intercesores y con el coraje que nos da el testimonio de sus vidas para vivir plenamente la fe.

Con la oración del mensaje de la Conferencia Episcopal Española, pidámosles a los mártires su ayuda para que, a ejemplo suyo, mantengamos firme la fe, aunque haya dificultades, y seamos así fermento de esperanza y apóstoles del Evangelio en nuestra sociedad:

Oh Dios, que enviaste a tu Hijo para que muriendo y resucitando nos diese su Espíritu de amor: nuestros hermanos, mártires del siglo XX en España, mantuvieron su adhesión a Jesucristo de manera tan radical y plena que les permitiste derramar su sangre por Él y con Él. Danos la gracia y la alegría de la conversión para asumir las exigencias de la fe; ayúdanos, por su intercesión, y por la de la Reina de los Mártires, a ser siempre artífices de reconciliación en la sociedad y a promover una viva comunión entre los miembros de tu Iglesia en España; enséñanos a comprometernos, con nuestros pastores, en la nueva evangelización, haciendo de nuestras vidas testimonios eficaces del amor a ti y a los hermanos. Te lo pedimos por Jesucristo, el testigo fiel y veraz, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

Los obispos españoles hablan de los mártires

La beatificación del Año de la Fe es una ocasión de gracia, de bendición y de paz para la Iglesia y para toda la sociedad. Vemos a los mártires como modelos de fe y, por tanto, de amor y de perdón. Son nuestros intercesores, para que pastores, consagrados y fieles laicos recibamos la luz y la fortaleza necesarias para vivir y anunciar con valentía y humildad el misterio del Evangelio (cf. Ef 6, 19), en el que se revela el designio divino de misericordia y de salvación, así como la verdad de la fraternidad entre los hombres. Ellos han de ayudarnos a profesar con integridad y valor la fe de Cristo.

Los mártires murieron perdonando. Por eso, son mártires de Cristo, que en la cruz perdonó a sus perseguidores. Celebrando su memoria y acogiéndose a su intercesión, la Iglesia desea ser sembradora de humanidad y reconciliación en una sociedad azotada por la crisis religiosa, moral, social y económica, en la que crecen las tensiones y los enfrentamientos. Los mártires invitan a la conversión, es decir, «a apartarse de los ídolos de la ambición egoísta y de la codicia que corrompen la vida de las personas y de los pueblos, y a acercarse a la libertad espiritual que permite querer el bien común y la justicia, aun a costa de su aparente inutilidad material inmediata.»[8] No hay mayor libertad espiritual que la de quien perdona a los que le quitan la vida. Es una libertad que brota de la esperanza de la gloria. «Quien espera la vida eterna, porque ya goza de ella por adelantado en la fe y los sacramentos, nunca se cansa de volver a empezar en los caminos de la propia historia».

 Mensaje de la Conferencia Episcopal Española

(19 de abril de 2013)

Monseñor Salvio Huix, primer obispo mártir catalán en diecisiete siglos

JOSÉ-JAVIER ECHAVE-SUSTAETA

MONSEÑOR Salvio Huix Miralpeix es el primer obispo mártir titular de una diócesis catalana desde que hace diecisiete siglos san Severo fue martirizado durante la persecución de Diocleciano. Su beatificación es un singular signo de esperanza para la Iglesia en tierras catalanas.

Hijo de familia campesina tradicionalista de fe recia, nació en su casa solariega de Huix de Santa Margarita de Vellors, provincia de Gerona, y obispado de Vic. El padre, con espíritu de zuavo pontificio, dejó escrito uno de sus propósitos de Ejercicios Espirituales: «… por el Papa, hasta dar la vida, si es preciso». Dice su biógrafo Narciso Tubau que «en su fondo humano el padre Huix era un soldado de la Tradición». En la casa residía siempre un sacerdote. La misa diaria en el oratorio familiar, el rosario en familia, la visita al Santísimo Sacramento y los meses de María y del Sagrado Corazón eran las prácticas habituales de su piadosa familia.

Salvio entra a los doce años en el seminario de Vic, siendo ordenado sacerdote en 1903 por el obispo Torras y Bages, e ingresando en 1907 en la Congregación del Oratorio de San Felipe Neri, de la que sería elegido prepósito en 1922. Veinte años permanecerá como «filipón» en Vic.

Profesor en el seminario, la mayoría de sus discípulos lo escogieron como director espiritual, así como multitud de jóvenes y padres de familia. Se levantaba a las cuatro y media. Después de una hora de meditación, entraba en el confesionario, del cual sólo se levantaba para celebrar, volviendo otra vez y permaneciendo en él mientras hubiera penitentes. Por la tarde, otra hora de meditación y más confesionario. El padre Huix se acostaba siempre después de medianoche. ¿Cuántas horas dormía? Muy pocas y aun éstas eran con muchísima frecuencia interrumpidas por la llamada de los enfermos, dándose el caso de tener que levantarse cuatro veces en una sola noche para atender a otros tantos en peligro de muerte. Era el alma de la ferviente vida religiosa en la Ciudad de los Santos.

Como director de la Congregación Mariana de Vic, organizó la primera asamblea de Congregaciones Marianas de Cataluña. En 1923 organizó los actos de coronación canónica de la Virgen de la Gleva como patrona de la Plana de Vic, con tal éxito que el nuncio monseñor Tedeschini quedó admirado de sus dotes y piedad. Durante el banquete festivo, al no verle en el salón, el nuncio preguntó por él para felicitarle. Fueron a buscarlo, hasta hallarlo, por fin, absorto ante el Santísimo. Cuatro años después, en 1927, le proponía para obispo de Ibiza, diócesis que llevaba 75 años sin obispo propio y precisaba de un pastor celoso y capaz.

Los obispos españoles hablan de los mártires

El martirio pertenece a la entraña misma de la fe cristiana. Mártir fue Jesucristo, mártires fueron los apóstoles, muchos obispos y no pocos papas de los primeros siglos, y mártires han sido, con mucha frecuencia, los primeros evangelizadores y evangelizados de los países donde se implantaba el cristianismo. Ha habido momentos de especial virulencia, como las persecuciones durante el Imperio romano. Pero el siglo XX se lleva la palma, como lo atestiguan la persecución hitleriana, y las soviética y china. La que tuvo lugar en España entre 1934 y 1939 no les queda a la zaga.

La Iglesia no busca intencionadamente el martirio. Más aún, desea que todos sus hijos puedan vivir en paz su fe y que ninguno sea represaliado por tratar de vivir como discípulo de Jesucristo. Sin embargo, cuando se encuentra ante la alternativa de conservar la vida o traicionar la fe, la Iglesia no duda en aceptar la muerte, antes que ser infiel a su Fundador. No importan la edad ni las demás circunstancias. De hecho, en la persecución española antes citada, murieron sacerdotes y religiosos en plena juventud, otros en la madurez de su vida, otros cuando daban clase en un colegio de enseñanza o regían una diócesis como obispos.

Monseñor FRANCISCO GIL HELLÍN, arzobispo de Burgos

 Obispo de Ibiza y de Lérida

SE fijó como objetivo pastoral reavivar en sus diocesanos las tres devociones que estimaba fundamentales: al Santísimo Sacramento, al Sagrado Corazón de Jesús, y a la Virgen María, en su advocación patronal ibicenca de nuestra Señora de las Nieves.

Gobernó con prudencia su diócesis, pero ante las leyes sectarias de la República defendió con valor y entereza los sagrados derechos de la Iglesia y la fe del pueblo. Así, cuando aquellas leyes ordenaron quitar las cruces de los cementerios, organizó procesiones de penitencia y reparación, y en las gradas de la catedral monseñor Huix aguardó la llegada del gran crucifijo que venía desterrado del cementerio; lo abrazó, lo cargó sobre sus hombros y lo entró en la catedral entre la emoción de los fieles que la abarrotaban.

En 1930 el obispo de Lérida monseñor Manuel Irurita fue preconizado al obispado de Barcelona, siguiendo como administrador apostólico, hasta que en enero de 1935 monseñor Tedeschini propuso a Salvio Huix como obispo titular de Lérida.

Sólo un año llevaba como obispo de Lérida a la llegada de la fase sangrienta de la persecución religiosa. No le vino de sorpresa, pues había predicho las consecuencias que traerían las leyes inicuas y las protervas doctrinas con que altas instancias habían ido envenenando durante años el alma de tantas pobres gentes. El 6 de junio de 1936 ordenaba en la catedral a varios sacerdotes que en cosa de un mes iban a ser llevados al martirio como su prelado ordenante.

Premonición de martirio: confidencias entre dos obispos mártires: Salvio Huix y Manuel Irurita

EN reseña del viaje a Roma en visita ad limina, escribe monseñor Huix: «Sentíamos como el corazón nos palpitaba con fe renovada y confirmada, en firme propósito de fidelidad hasta la muerte y el martirio si fuera menester, con la ayuda de la divina gracia».

El doctor Amadeo Colom Freixa, que fuera familiar del obispo Huix, le contó a mosén Salvador Nonell, fundador de Hispania Martyr, como él fue testigo de excepción de una distendida conversación entre dos prelados que pronto iban a ser mártires. Pocos días antes del estallido de la guerra, monseñor Irurita, de paso por Lérida de regreso a Barcelona desde su Navarra natal, visita a monseñor Huix, su amigo y sucesor en la mitra. Comen juntos y comentan las crecientes amenazas que se ciernen sobre sus personas como máximos representantes de sus respectivas Iglesias diocesanas, y convienen en no abandonar a sus fieles, pase lo que pase, y en ofrecer a Dios sus vidas defendiendo la fe católica del pueblo en la persecución de sangre que ahora sentían ya segura y cercana. «Y se preguntan mutuamente si Dios les tendrá por dignos del martirio; y en caso afirmativo, si sabrían prestar ellos la docilidad necesaria, y se animaban tú a tú, ambos obispos, a decir sí… Y todos sabemos lo que pasó…».

El martirio de monseñor Huix le causó a monseñor Irurita extraordinaria pena y dolor, y queriendo imitar la conducta de su amigo, anunció a la familia Tort, en cuya casa se refugiaba, que, como él, iba a presentarse a las autoridades para ser también sacrificado. Mucho le costó a esta familia y a su vicario general, el padre Torrent, disuadirle de este propósito.

Comienza el viacrucis martirial

EL 20 de julio monseñor Huix dice aún misa en su capilla, pero a mediodía golpean la puerta de palacio gentes armadas asistidas de un oficial y varios guardias de Asalto exigiendo practicar un registro en busca de armas. El teniente de la Guardia de Asalto que asume el papel de dirigente lanza una velada amenaza: «Desde el campanario de San Lorenzo se ha causado la muerte de una persona, por disparo…» y comienza el saqueo de las dependencias por una turba de forajidos protegida por la Autoridad. El obispo contiene al familiar que trata de protestar: «Es inútil, todo se ha de consumar». La Generalitat ordena que el obispo y sus familiares permanezcan presos dentro de palacio y retiran a los guardias, dejándolos al albur de la turba revolucionaria.

La sirvienta Francisca Guiu testimonia en el proceso: «A la una y media de la tarde, 21 de julio, cuando ya las turbas habían comenzado a violentar las puertas del palacio episcopal, tras largas cavilaciones, el santo obispo se decide a salir a la calle. Vacilaba porque, por salvar su vida, nunca hubiera tomado él semejante resolución, ya que “su deber –decía– era de no abandonar su puesto, en el cual había resuelto morir”, pero la tomó para salvar la vida de sus familiares, todos los cuales, hasta el último portero, se resistían a abandonarle, no obstante las reiteradas instancias para que se pusiesen a salvo». Esta su decisión de salir sólo para proteger la vida de los demás, al cabo de los hechos, se demostrará acertada, pues, por su salida de palacio, «de todos aquellos que estuvieron con él hasta el último momento, ni uno solo pereció».

Por el huerto, salió de su residencia y se dirigió a la casa de unos familiares de los porteros, distante unos diez minutos, en las afueras de la ciudad, casi en plena huerta, los cuales se la habían ofrecido aquella misma mañana. Las noticias de los incendios, saqueos y asesinatos de personas y familias enteras, y la de la llegada a la ciudad de varias columnas de los terribles milicianos de Barcelona, hacen que el pánico se apodere de esta modestísima familia de labradores, tan dispuesta días antes a tener bajo su techo a su buen pastor, y el día 23 el dueño le advirtió que su presencia les llenaba de desazón, y le dijo con toda claridad que, por el peligro en que los ponía a todos, más valía que se marchara. Don Salvio salió a las nueve de la noche solo y desorientado.

«Soy el obispo de Lérida y me entrego a la caballerosidad de ustedes»

EL doctor Huix, al salir de aquel refugio, al final de la calle Alcalde Costa, junto a la carretera de Madrid, ve un control, con unos números de la Guardia Civil y unos milicianos, y se dirige a los primeros diciendo: «Soy el obispo de Lérida y me entrego a la caballerosidad de ustedes». La sorpresa es enorme. Los guardias civiles discuten con los milicianos, que lo quieren matar allí mismo, pero se impone el criterio de los guardias de consultar antes a la Generalidad. Llaman comunicando que tienen a «un pez gordo» y que ellos creen que lo procedente en aquel momento es llevarlo a la cárcel, en aquellas circunstancias el mejor refugio. Llegaron al poco un grupo de guardias de Asalto, que se hicieron cargo del detenido. Hacia las once de la noche entra el obispo en la prisión, vestido con traje negro, e ingresa en la antigua capilla de la planta baja, donde encuentra hacinadas a unas setenta personas, una de las cuales –el tradicionalista Lisardo Portal– le cede su petate de dormir. El obispo es un preso más.

El Boletín Eclesiástico de la Diócesis, número 3 de 1938, da cuenta de sus doce días de estancia en la cárcel, y de cómo le recuerdan sus compañeros: «Obispo, humilde y sencillo, no permitía ser relevado en los oficios más bajos, yendo a por agua y haciéndolo todo como los demás presos; distribuía siempre la comida que almas piadosas le traían entre los reclusos más necesitados, contentándose con el rancho de la cárcel; valiente y apostólico, animaba a todos con su palabra, ejerciendo decididamente los sagrados ministerios, confesando, predicando a grupos de fieles, distribuyendo la Sagrada Comunión...». La sirvienta Francisca corrobora que estaba a rancho, pues repartía con los necesitados lo que ella le llevaba; que barría los suelos, lavaba los platos y limpiaba el sucísimo retrete.

El inesperado Real Visitante de la víspera de Santiago

EL 24 de julio, víspera de Santiago, ingresaba en la cárcel de Lérida mosén Antonio Benedet, cura de Benavent. Avisado en su pueblo del peligro que sobre él se cernía, pues ya su iglesia está ardiendo, corre a salvar el Sacramento, y huye con el copón a una masía. Al poco fue detenido por unos patrulleros que tenían mucha prisa y, sin apenas registrarlo, le empujan a palos hasta su camión, sin advertir que bajo la sotana de cura va el Santísimo. Así llega a la cárcel. Un vez en la celda, mosén Benedet le entrega su tesoro al obispo, que lo irá distribuyendo cada día a todos los presos que asisten a su misa clandestina.

El obispo, baza disputada entre los Comités de Lérida y la Generalitat

LAS autoridades efectivas en la ciudad del Segre eran por entonces el Comité militar y el de Salud Pública. Sus jefes, Juan Farré y José Rodes, ambos del POUM, forcejeaban entre sí por el destino a dar a la persona del obispo preso, baza importante para su reputación y méritos revolucionarios. Rodes fue designado comisario de Orden Público y logró enseguida que los guardias de Asalto y la Guardia Civil reconocieran el nuevo poder revolucionario.

Según Álvarez Pallàs –en Lérida bajo la horda, pág. 43–, el Comité militar había logrado «gran popularidad entre la chusma ordenando el fusilamiento de los jefes y oficiales de la guarnición», en tanto que el Comité de Salud Pública, celoso de este aplauso, «estimaba conveniente la selección y fusilamiento de los numerosos detenidos, incluyendo entre ellos la figura destacada del señor obispo», temiendo además que el Comité militar afianzase su prestigio revolucionario si era él quien llevaba a cabo golpe de tanta resonancia».

Barcelona reclama la entrega del obispo Huix

A esta rivalidad sobre quién debe «despachar» el asunto del obispo, se suma un tercer pretendiente: el Departament de Governació de la Generalitat de Catalunya, que reclama al prisionero, entre otros de acusada personalidad, para juzgarlos en la Ciudad Condal. Dice Fernando Gómez Catón en su Iglesia de los mártires, que se trataba de dar impresión de legalidad al caso; que la desconfianza entre los tres poderes era mutua, que no se puede calibrar esta rivalidad en sus profundas motivaciones, «pero que el descabezamiento de la sociedad eclesial era la primera preocupación revolucionaria».

La orden de Barcelona es protestada, alegando, con razón, que la jurisdicción para juzgar a los presos leridanos no corresponde a Barcelona, sino a la «justicia» de Lérida. Governació insiste y los comités de Lérida exigen que la orden de traslado se les dé por escrito, pero la autoridad barcelonesa, no queriendo dejar pruebas, insiste en que se cumpla y más tarde enviará escrito. El comité más recalcitrante, el de Salud Pública, al fin dio su conformidad al traslado, aunque planeando el modo de burlarlo mediante su asalto y asesinato a la salida de la ciudad.

En la madrugada del 5 de agosto, fiesta de la Virgen Blanca

ERA la madrugada del 5 de agosto, festividad de Nuestra Señora de las Nieves, patrona de Ibiza, por cuya advocación siente monseñor Huix devoción destacada. Se despierta a los presos enumerados en una lista. La lista de saca incluye la apostilla «Para su traslado a Barcelona», bajo la custodia del sargento Venancio Navas. Momentos antes de la salida, el obispo, que intuye su destino, prepara a todos los compañeros para este viaje sin retorno, dándoles la comunión. A las tres y media de la madrugada les montan en la caja de un camión. Acompañan al sargento unos pocos guardias. Cruzan el puente sobre el Segre y enfilan la carretera de Barcelona. A la altura del cementerio, Navas y su gente se ven frente a «una partida de unos doscientos hombres armados» que en medio de la carretera les cierran el paso.

«No temáis, la mejor confesión es el martirio.»

EL camión y comitiva se detuvieron. –«¿A dónde vais con éstos? –A Barcelona. –¿La orden de traslado? –La tenemos verbal. –No sirve, ¡todos abajo!». El historiador Arrarás se pregunta si los doscientos milicianos que detuvieron el camión de los presos iban de acuerdo con el sargento Navas, responsable del traslado de los presos encomendados a su custodia, al no haberlos defendido, ni haberse provisto escolta suficiente. Venancio Navas aduce en su descargo que entre los milicianos que impidieron el paso de su convoy con los presos se hallaba su jefe el alférez de Guardias de Asalto Ruperto Montoro, que le ordenó se retirara, ya que él se hacía cargo de los presos.

Encañonados, los encaminan hacia el cementerio. Por el camino de cipreses piden al obispo confesión y absolución. Monseñor Huix les tranquiliza sonriente: «No temáis, la mejor confesión es el martirio.»

Nuestra Señora de las Nieves, patrona de Ibiza

ESCRIBE Tubau que este viacrucis «no le inmutó ni le quitó la serenidad de espíritu, porque, como san Esteban, vio los Cielos abiertos». Ruega a los fusileros lo dejen el último para confortar a sus compañeros. Mirando a su prelado y recibiendo su bendición fueron cayendo todos. Uno de los escopeteros miraba al obispo con ojeriza y le disparó a la mano derecha, pero monseñor Huix continuó bendiciendo con la izquierda. Al llegarle su vez aquel pobre hombre quiso ser su verdugo, y le disparó varias veces sin derribarle, exclamando: «¡Parece de madera!». Finalmente fue abatido.

«El Señor le había concedido la gracia del martirio, que tanto había pedido», escribe un anciano sacerdote, cuyo testimonio recoge Narciso Tubau: «El martirio, el dar su sangre, para el padre Huix no era sólo un deseo; constituía, como si dijéramos, una verdadera y constante obsesión». En un opúsculo que redactó en Vic para sus dirigidos se contiene este ofrecimiento: «Os pido, Señor, la gracia de querer sufrir siempre cualquier tribulación, trabajo o enfermedad e incluso la muerte… y derramar la sangre si es necesario para sostener y defender el honor de vuestro sagrado Evangelio. Confirmad Vos este propósito y con vuestra virtud divina haced eficaz y perseverante esta promesa mía». De regreso de Roma tras visita ad limina, recordando las palabras de su padre, escribe: «Sentíamos como el corazón nos palpitaba con fe renovada y confirmada, con adhesión más filial al Santo Padre, y firmes propósitos de fidelidad hasta la muerte y el martirio, si fuera menester, con la ayuda de la divina gracia».

Este deseo iba a cumplirse al amanecer del 5 de agosto de 1936, festividad de Nuestra Señora de las Nieves, patrona de Ibiza. La Reina del Cielo, agradecida, había hecho su postrer regalo a su fiel y valeroso siervo: el de llevarlo consigo por el camino directo del martirio a celebrar con ella su fiesta, como primicia y cabeza de sus 270 sacerdotes diocesanos, dos tercios del total, que iban a ser, como él, inmolados por la fe en Lérida.

El beato Manuel Basulto Jiménez, buen pastor que dio su vida por sus ovejas

ANA DÍAZ

«Cuando viene el lobo, se pone de manifiesto quien es pastor y quien mercenario» (san Gregorio Magno)

MANUEL Basulto Jiménez nació en Adanero (Ávila) en 1869. A los 11 años ingresó en el seminario diocesano, y fue ordenado sacerdote a los 23. Profesor de metafísica en el seminario, se licenció en Derecho en Valladolid, y regentó la canonjía de magistral de León y la de lectoral de Madrid. En 1910, a sus 40 años, fue consagrado obispo de Lugo. Su teresiano lema episcopal, «A quien Dios tiene, nada le falta», indica la sobrenaturalidad de su pontificado: promovió obras de espiritualidad firme como la Adoración Nocturna, o el Apostolado de la Oración, y secundó la llamada del Papa a la Acción Católica. Su celo por extender el Evangelio se refleja en el lema de su escudo, en el que figura un corazón herido por transverberación con la frase: «¡Oh, Señor, quien no os conoce no os ama!» Piadoso y afable, fue padre y amigo de sus sacerdotes; se ocupó de su formación y vida espiritual, sin olvidar su previsión social, y mantuvo un trato cercano y sencillo con sus diocesanos. Al cabo de diez años en la diócesis de Lugo, en 1920, Benedicto XV le nombraba obispo de Jaén.

Su buen gobierno, su bondad, su piedad, su sabiduría y prudencia en tiempos normales, así como su valor en tiempos difíciles, le significaron como pastor a quien pueden aplicarse las palabras de san Gregorio Magno en su comentario al evangelio del Buen Pastor: «No puede reconocerse si uno es pastor o mercenario mientras falte la ocasión oportuna, porque en tiempo normal el mercenario generalmente también atiende al cuidado de la grey, como el pastor, pero cuando viene el lobo, da a conocer con que disposición de ánimo estaba uno guardando las ovejas» (Homilías sobre los Evangelios, 1,14).

Y llegaron los tiempos de prueba. En junio de 1936 ordenaba a seis nuevos sacerdotes. En su homilía de ordenación explicitó la actualidad de las palabras de Jesús: «Mirad que os envío como corderos en medio de lobos…». Y les exhortaba a estar dispuestos a dar la vida por la salvación eterna de las almas de los fieles que iba a confiarles. A uno de ellos, Manuel Casado, un mes después le era aceptado su ofrecimiento de poder dar su vida por Cristo, al igual que su obispo ordenante.

«Quien pone la mano sobre el arado y vuelve la vista atrás, no es digno del Reino.»

EN los días primeros tras el alzamiento militar, ante el cariz de los acontecimientos, el gobernador civil le ofrece al obispo la posibilidad de facilitar su marcha a Ávila, donde podría salvar su vida, pero don Manuel la rechazó de forma tajante, pues había dispuesto quedar al lado de sus feligreses, corriendo sus mismos riesgos, y recordaba que «quien pone la mano sobre el arado y vuelve la vista atrás, no es digno del Reino.».

El 2 de agosto de 1936 un grupo de milicianos, escoltados por la policía, intentaban descerrajar las puertas del palacio episcopal. El obispo se las abrió de par en par, e irrumpieron en busca de armas. No las había, pero, bajo el usual pretexto de que desde algún campanario se había disparado contra el pueblo, fueron detenidos el obispo monseñor Basulto, su hermana Teresa, su cuñado Mariano y su vicario general, Felix Pérez Portela. El obispo pidió pasar por la capilla para consumir el Santísimo, pero el jefe de los milicianos se lo negó con blasfemias, y a las 11 de la noche fueron llevados todos a la catedral, ya repleta de presos. A la familia del obispo, para mejor controlarla, la ubicaron en una sala apartada, por lo que el obispo apenas podía comunicarse con los demás prisioneros. En aquellos días de prisión, estuvo atento a los problemas de gobierno, encomendando a uno de los sacerdotes allí detenidos que transmitiera a don Juan Aragón su nombramiento como gobernador eclesiástico, por lo que pudiera pasar. Durante sus diez días de cárcel se recogió en un silencio de oración meditativa y contemplativa. Había ofrecido su vida a Jesucristo, Rey de los Mártires, por la fe de sus diocesanos, y sentía que su ofrecimiento había sido aceptado.

Monseñor Basulto, llevado al segundo tren de la muerte

LAS autoridades habían concentrado a los detenidos de toda la provincia de Jaén en dos lugares: la cárcel y la catedral, y ambos se hallaban desbordados. El director general de prisiones, Pedro Villar, ordenó se hiciera un traslado de presos desde Jaén hasta Alcalá de Henares, y el día 11 de agosto de madrugada 322 presos de la cárcel eran introducidos en un tren especial con destino a la prisión de Alcalá. Por el camino sufrieron penalidades y ultrajes, siendo asesinados once presos, dos de ellos sacerdotes, pero el resto logró llegar a la cárcel de destino.

A la una de la madrugada del día siguiente, 12 de agosto, leyeron en la catedral una lista de unas doscientas cincuenta personas que debían estar preparadas para salir, y comenzaron a llegar los camiones para su traslado a la estación. La comitiva atravesó las calles céntricas de Jaén. La gente se apiñaba en las terrazas de los cafés y aplaudía y vitoreaba puño en alto el paso de los presos camino del suplicio. Eran ya las 3 de la mañana cuando acabaron de amontonarlos en los diez vagones del tren especial, escoltados por cuarenta guardias civiles. Estando a punto de partir trajeron al obispo acompañado del director de la cárcel, y lo subieron a uno de los primeros vagones. Partió el tren y, ya amaneciendo, llegó a la estación de Linares-Baeza, donde lo esperaba una masa de gente armada y vociferante que pedía les fueran entregados los presos para allí asesinarlos. Al paso por Valdepeñas arreciaron los gritos y blasfemias, y al llegar a Espeluy coreaban las turbas: «¡Que viene el obispo de Jaén, atadle a la cola del tren!». En Manzanares se quiso impedir el paso del tren invadiendo las vías, y con garfios de hierro pretendían subirse a los vagones, al grito de «¡A por el obispo!, ¿dónde va el obispo? ¡Queremos ver al obispo!» Los guardias civiles que le custodiaban le iban cambiando de vagón en las estaciones para despistar, pues desde una se avisaba a otra, y las turbas se concentraban en los andenes, dirigiendo su odio contra el obispo.

«Si es la voluntad del pueblo, que se los entreguen» (Casares Quiroga, ministro de la Gobernación).

LLEGARON al apeadero de santa Catalina, ya en Vallecas. El jefe de estación, Luis López, en 1939 declaraba: «Cuando hacia las doce del mediodía llegó el tren a la estación de Santa Catalina, grandes grupos de milicianos armados lo esperaban impacientes y comenzaron a dar gritos de alegría, pidiendo se les entregaran los prisioneros».

Entonces se presentaron dos camiones de guardias civiles y de Asalto, que intentaron conducir el tren hasta Alcalá, pero el populacho se opuso. No pudieron contenerlos y se abalanzaron sobre el tren. Se llamó por teléfono al ministerio de la Gobernación y a la Dirección de la Guardia Civil consultando el caso; como las órdenes no eran muy concretas, se puso al aparato un individuo llamado Arellano que, según parece, era el jefe de los libertarios, y tuteando al ministro de la Gobernación, Casares Quiroga, le dijo que si no le entregaba los prisioneros, matarían también a los guardias. La contestación del ministro fue: «Si es la voluntad del pueblo, que se los entreguen». Tal respuesta nos recuerda como sin la complicidad de Pilatos los judíos no hubieran podido crucificar a Cristo.

De rodillas, brazos en cruz y con el rosario en la mano

LOS guardias se retiraron, dejando el tren abandonado en poder de los revoltosos; fue desviado de su trayectoria a Madrid y llevado a un ramal de circunvalación hasta las inmediaciones del lugar llamado «Pozo del Tío Raimundo», siendo aproximadamente las tres de la tarde. Allí fueron haciendo bajar a los prisioneros y los colocaban junto a un terraplén frente a tres ametralladoras que los iban fusilando en tandas de una veintena cada vez. La noticia del apresamiento del tren por los milicianos de Vallecas y de que iban a matar al obispo de Jaén y demás presos, convocó a unas dos mil personas ávidas de presenciar el sangriento espectáculo que, tras cada descarga, hacían ostensible su alegría con ensordecedor vocerío. La escena recuerda el griterío de los «sans culotte» tras cada caída de guillotina.

Un testigo que pudo escapar de la muerte invocando su nacionalidad francesa, declara que le aseguraron que el obispo, al pasar ante las filas de cadáveres los iba bendiciendo, así como hizo con sus verdugos, siendo asesinado solo, de rodillas, en brazos en cruz y con el rosario en la mano, entre burlas e insultos. El que le mató declaró que lo hizo disparando una escopeta cargada de plomo a una distancia de metro y medio. La hermana del obispo, doña Teresa Basulto, única mujer de la expedición, fue asesinada personalmente por una jovenzuela que se brindó a ello, llamada Josefa Coso, «La Pecosa», que le disparó todo el cargador de su pistola sobre la nuca.

Junto a monseñor Basulto asesinaron también a su vicario general, don Felix Pérez Portela, que no le quiso abandonar, y que con él ha sido elevado a los altares. En la misma causa han sido también beatificados los párrocos y arciprestes Francisco Solís Pedraja y Francisco López Navarrete, de Mancha Real y Orcera respectivamente; el seminarista de Monte Lope Álvarez, Manuel Aranda Espejo, y el joven de Acción Católica, José María Poyatos Ruiz. A partir de su beatificación, podremos tributarles culto público y encomendarnos a ellos como intercesores.

Manuel Borràs, sombra muda y agradecida de monseñor Vidal y Barraquer

J.-J. E.-S.

MANUEL Borràs Ferré nació en l880 en La Canonja, lindante con Tarragona, hijo del farmacéutico del pueblo, que falleció cuando Manuel tenía 4 años, quedando sólo con su madre Dolores Ferré, en precaria situación. Ingresó en el seminario, y fue ordenado en 1903. Ejerció su ministerio en la Curia y en el seminario, y se graduó en Derecho canónico. Sacerdote celoso, puso en marcha la Adoración Nocturna y la Obra de Ejercicios. A la vista de su humildad, su prudencia y su eficacia en la resolución de cuestiones delicadas, al tomar posesión de la diócesis de Solsona el canónigo don Francisco Vidal y Barraquer, le nombra secretario de cámara y gobierno.

Como escribe el actual arzobispo de Tarragona Jaime Pujol en el prólogo de su biografía: «Manuel Borràs sería el contrapunto del cardenal Vidal y Barraquer, sombra muda y agradecida a su mentor». Bajo ella permaneció los últimos 21 años de su vida, a quien siempre trató de Vos, pues, como decía: por grande que sea la familiaridad, «el obispo es siempre el obispo». Sus biógrafos Fuentes y Roig destacan su gran humildad y fidelidad al cardenal Vidal: «Pasar desapercibido a los ojos de los demás era la característica del obispo Borràs; quedar en un segundo plano para que el cardenal pudiera lucir en toda su plenitud». Al ser preconizado obispo de Canarias el vicario general Miguel Serra Sucarrats, monseñor Vidal nombró para sustituirle al ya canónigo Manuel Borràs. Ambos vicarios generales de monseñor Vidal morirían mártires en la persecución religiosa.

«Yo no soy un obispo como los demás; no soy sino un ayudante, un auxiliar del señor Cardenal, que ya es mayor.»

EN 1934 Manuel Borràs era consagrado obispo auxiliar de Tarragona, con el título de obispo de Bísica. En carta al nuncio Tedeschini le dice proféticamente que acepta el nombramiento como voluntad de Dios para servir a la Iglesia, y que: «quisiera demostrárselo con amor filial, ferviente y abnegado, y aun sellar con mi propia sangre, si fuera menester». Así lo expresó en su escudo episcopal, cuyo lema era: «Nos has redimido con tu sangre».

Al recibir enhorabuenas y parabienes de su paisano mosén Roca, con admirable humildad le reconocía: «Yo no soy un obispo como los demás; no soy sino un ayudante, un auxiliar del señor cardenal, que ya es mayor». Así era. El cardenal, de salud débil, pasaba muchos días en casa de su hermano en Barcelona, dejando el gobierno del día a día de la archidiócesis en manos de su fiel auxiliar Manuel Borràs, que le tenía permanentemente informado.

El 15 de abril de 1931, al proclamarse la República, el cardenal Vidal se hallaba en Sarrià, barrio noble de Barcelona, en casa de su hermano José. Monseñor Borràs le puso al corriente de la situación en Tarragona. Volvió y el día l8 fue a cumplimentar al nuevo gobernador y al tiempo protestar por el intento de incendio de la iglesia de Figuerola del Camp y del asesinato de su párroco, intentos evitados por las mujeres del pueblo –sus maridos y padres estaban trabajando en el campo– que se enfrentaron con los escopeteros y los contuvieron. Se contentaron con derribar la cruz de término. Las autoridades republicanas locales tuvieron siempre en monseñor Borràs el interlocutor ordinario de la Iglesia en los numerosos y crecientes conflictos que provocó la legislación sectaria.

«Deben ustedes abandonar el palacio episcopal para que no se derrame sangre del pueblo»

EL 19 de julio de 1936 monseñor Borràs estaba enfermo en cama. El cardenal Vidal, que se hallaba en Barcelona, pudo reintegrarse a su sede. Mosén Florencio Giralt declarará en 1996 que: «A la hora de valorar la gravedad de la situación político-social creada a raíz de la rebelión militar de 1936, tanto Borràs como, sobre todo el cardenal Vidal y Barraquer, “vivían en la luna”».

El 21 de julio llegaba a Tarragona el tufo de las negras columnas de humo de las iglesias ardiendo en Reus y localidades cercanas, y con él la señal del triunfo de la revolución. Coches de milicianos armados llegados de Barcelona con sus siglas y banderas rojas y negras, merodean el palacio episcopal. A media tarde del día 23 le visitó el secretario del comisario de la Generalitat en Tarragona rogándole que saliera de la ciudad «para ahorrar sangre del pueblo». Monseñor Borràs le respondió que «no lo consideraba prudente y que todos ofrecían gustosamente su vida a Dios en cumplimiento de su deber pastoral». Seguidamente monseñor Vidal envió un telegrama urgente al conseller de Governació, su amigo y antiguo seminarista Ventura Gassol, pidiendo protección para las iglesias y conventos que empezaban ya a arder en la ciudad. Gassol le dijo que estaban desbordados.

Ardían ya la iglesia y el colegio de huérfanos contiguos al palacio episcopal, cuyas puertas las turbas intentaban derribar, cuando el cardenal recibió otra llamada del comisario de la Generalitat señor Prunés, requiriéndole al inmediato abandono de su sede con sus familiares y colaboradores, pues ya no podía garantizarles su seguridad. Les envió un coche oficial, en el que a las 12 de la noche, escoltados por tres policías, se introducían el cardenal Vidal, su obispo auxiliar Borràs, su secretario, mosén Albaigés, su familiar mosén Viladrich, y el administrador mosén Monrabà, enfilando la carretera de Poblet. Lograron pasar los distintos controles de milicianos a la entrada y salida de cada pueblo, y sobre las tres de la mañana llegaban al monasterio, cuya entrada se hallaba cerrada, pues nadie les esperaba. Las grandes voces de la escolta: «¡Abran a la policía, traemos al cardenal de Tarragona!» despertaron al portero, alarmando también a los vecinos. El presidente del Patronato de Poblet, el anciano diplomático y arqueólogo Eduardo Toda estaba durmiendo y había dado órdenes de que no se le despertara. Se alojó al cardenal en la habitación de huéspedes ilustres, y monseñor Borràs y demás acompañantes tuvieron que descansar en los sillones de la sala.

A la mañana siguiente Eduardo Toda recibió disgustado la noticia de que tenía alojados en el monasterio al cardenal Vidal y Barraquer, a su obispo auxiliar monseñor Borràs y a otros tres canónigos, y preocupado sólo por su seguridad personal y que no se le tuviera por encubridor de los recién llegados, se apresuró a viajar a Vimbodí y a la Espluga a comunicar a sus comités la presencia de dichas personalidades eclesiásticas, que había debido alojar por orden de la Generalitat.

Milicianos de la FAI de la Torrassa de Hospitalet se apoderan del cardenal Vidal

A las 6 de la tarde llegaba a Poblet un coche de milicianos de la FAI de la Torrassa, barrio de Hospitalet, en Barcelona, que habían venido a buscar a la suegra de unos de ellos, pero que al enterarse de que en el monasterio se hallaba «un pez gordo», acompañados de otros del comité de Vimbodí, fueron allí y decidieron llevárselo. Nadie se les opuso. Monseñor Borràs pidió acompañarle, pero el cardenal le disuadió: «Sólo me buscan a mí, y para nada bueno, Ud. quédese y haga cuanto pueda en bien de los fieles y de la diócesis.» Monseñor Borràs, como siempre, acató sin más la decisión de su cardenal, pero su familiar mosén Juan Viladrich, dijo: «Pues yo voy con Ud.», y se introdujo también en el vehículo.

El médico doctor Guitert, al ver que se llevaban al cardenal, telefoneó a Ventura Gassol, conseller de Cultura de la Generalitat, pidiéndole protegiera la vida de Su Eminencia. Ventura Gassol se lo comunicó a Companys que, alarmado ante la repercusión política que podría causar el asesinato de tan emblemática figura de la Iglesia en Cataluña, confió al diputado Soler Pla, con policía a su servicio, la inmediata recuperación del cardenal y de su acompañante.

Los milicianos con sus dos detenidos llegaron a la plaza de Vimbodí, llena de gente expectante, y entraron en el Comité. Tras más de dos horas de tensas discusiones, pues los del pueblo no aceptaban que unos patrulleros foráneos les arrebataran tan importante presa, se impusieron los de la Torrassa, y con el cardenal y Viladrich emprendieron en dos coches el camino a Barcelona. Se retrasaron por buscar un vale de gasolina y por la avería en uno de los vehículos. Al volver dos milicianos en el otro coche a Montblanc en busca de un mecánico, fueron detenidos por unos Guardias de Asalto que llegaban de un servicio. Llegaron hasta el coche averiado y detuvieron al resto de patrulleros de Hospitalet, trasladándolos a Montblanc, y dejando al cardenal y a su familiar en la celda número 5 de la planta baja de la cárcel.

Detención y prisión de monseñor Borràs tras la marcha del cardenal

TRAS el apresamiento del cardenal en Poblet, la vida de monseñor Borràs estaba en peligro. El doctor Guitert le buscó un escondrijo más seguro en un molino próximo, pero Eduardo Toda le hizo volver, y llamó al jefe del comité de Espluga para informarle de la permanencia del obispo auxiliar, y de que si venían a buscarlo se lo entregaría. Borràs sólo dijo a Toda: «Ud. está en su casa y yo no debo decirle lo que tiene o no tiene que hacer». El coche del comité llegaba a los pocos minutos, y se llevaba al obispo auxiliar a la cárcel de Montblanc, recluyéndolo en la celda número 3. A medianoche ingresarían en la número 5 el cardenal Vidal y mosén Viladrich. A través del carcelero, Borràs le pidió a Vidal que le pasase el breviario, y después de rezar el Oficio, se lo devolvió.

Soler Pla llegó de madrugada a Montblanc y tuvo que imponerse a los comités de Vimbodí y Montblanc, que no querían dejarse arrebatar su presa, y exigían hablar directamente con Companys.

Pese a lo intempestivo de la hora, el President tuvo que ponerse al teléfono, y ante la exigencia de los comités de una orden escrita con su firma, les prometió enviarla de inmediato con un motorista. Sólo así permitieron la salida del cardenal. El diputado Soler a las 3 de la mañana respiró, viendo luz en la difícil misión confiada por el President de salvar la vida al cardenal y, de paso, a su innominado acompañante. Monseñor Vidal y Viladrich fueron sacados de su celda y, ya en el coche, el cardenal pidió que a la expedición salvadora se sumara también su obispo auxiliar, monseñor Borràs, preso en su celda. El diputado Soler volvió a hablar durante media hora con los de los comités, pero regresó con su negativa. Dijo al cardenal: «lo siento, pero Companys sólo me ha dado instrucciones de que el doctor Vidal i Barraquer y su acompañante sean entregados al dador». Así figuraba en su escrito autógrafo. Soler le urgía advirtiendo que la situación no estaba como para nuevas exigencias y que había que marcharse cuanto antes, y que «desde Barcelona ya conseguiremos lo que aquí no podemos obtener». A las 4 de la mañana el coche escoltado por mossos d’Esquadra partió raudo hacia Barcelona, y al llegar, ambos eclesiásticos fueron ocultados durante cinco días en la Conselleria de Governació. De la libertad de Mons. Borràs no consta que nadie allí se ocupara, pues no era personaje de trascendencia política ni mediática. El 30 de julio el cardenal era introducido en un barco de guerra italiano rumbo a Génova.

El Comité de Tarragona vino dos veces a Montblanc a llevarse al obispo Borràs, alegando que en una carta a su paisano mosén Colom, vicario de Santa María, le encargaba treinta misas, y ellos entendían se trataba de treinta pistolas, por lo que debía «ir a declarar», es decir, darle el «paseo». Al Comité de Montblanc le pareció excesivo entregar a otros un segundo obispo.

Monseñor Borràs pasa 19 días de cárcel sin que nadie se interese por su suerte

EL obispo Borràs seguía en la cárcel de Montblanc. Serra Vilaró escribe: «El obispo auxiliar de Tarragona estuvo en la prisión como estático, adentrado en sí mismo, como preparándose para la muerte.» Un compañero de cárcel, mosén Luis Robinat, declara: «En su celda oraba y meditaba casi continuamente, y en ella nos reuníamos para rezar el Rosario, y el Oficio con el breviario, que él había traído». Así pasó otros doce largos días de agosto, sin gestión alguna por su liberación ni desde Barcelona ni ya desde Italia, hasta que sus carceleros comprobaron que su prisionero no tenía valor de cambio y decidieron que ya debía morir.

El 12 de agosto el comité de Montblanc llamaba al de Vimbodí encomendándole la ejecución de «un preso de compromiso.» A las tres menos cuarto de la tarde, y bajo el pretexto de declarar ante un tribunal en Tarragona, hicieron subir atado al obispo Borràs a la caja de un camión, partiendo en dirección a Valls. Se detuvieron antes del Coll de Lilla; le bajaron y le fusilaron. Amontonaron un haz de sarmientos y echándoles gasolina prendieron fuego al obispo aún moribundo. De las averiguaciones practicadas después no queda claro si le prendieron fuego antes de fusilarlo o después.

Los escopeteros de los coches de la muerte sólo quemaban los cadáveres para dificultar fueran reconocidos o para no dejar pruebas de que antes de matarlos los habían torturado. Ante la publicidad de la salida de la cárcel del obispo hay que estar por la segunda razón. Así lo apunta Serra Vilaró: «Con el obispo Borràs, tras sacarlo de la cárcel, hicieron algo más que asesinarlo».

Aquel 12 de agosto Foguet Piñol conducía en un taxi a tres viajeros, y al cruzar aquel paraje, el ambiente fétido de carne quemada les hizo apearse para ver a qué obedecía; «vieron un cadáver decúbito sobre un montón de sarmientos; la cabeza y el brazo derecho algo levantados; los pies y el brazo izquierdo tocando tierra, y todo él ardiendo; parte del vestido quemado; la ropa que cubría el dorso, aún quedaba en relativo buen estado; cara y cuello muy consumidos por el fuego; vestía chaqueta, pantalón, calcetines morados y zapatos negros.»

Uno de los fusileros comentaba aquella noche en la taberna: «Este obispo aún ha tenido el atrevimiento de bendecirnos.» El cadáver del siervo de Dios fue enterrado en el cementerio de Lilla, pero no ha podido ser identificado por los hombres, aunque sí lo ha sido por el Rey de los Mártires, y así ha sido declarado oficialmente mártir por la Iglesia católica.

Mártires por la familia

Itinerario martirial de los nuevos beatos Jaime Puig y 19 compañeros, hijos de la Sagrada Familia

JOSEP M. BLANQUET, S.F.

«Estad preparados para lo peor»

ESTA fue la consigna que el padre Antonio Samá, superior general, dio a todos los religiosos a partir de las elecciones de febrero de 1936 en las que ganó el Frente Popular. Llevaban ya varios años –desde la proclamación de la Segunda República– acostumbrados a vivir en un clima de persecución. Un buen grupo llegó a rubricar la vida con la propia sangre, «un verdadero coro de mártires –en palabras del mismo padre Antonio Samá, del mes de septiembre de 1936–, que no sé si por su número y calidad o por el tedio que causa vivir esta vida de continuo tormento, le viene a uno el deseo de sumarse a ellos». Ellos constituyen la «siembra de mártires agradable a los ojos de Dios y fructificadora de paz, perdón y testimonios de fe cristiana», como dijo el también mártir Ramón Oromí en enero de 1937.

A la preparación remota de su vida cristiana y consagrada, supieron añadir la preparación próxima. Algunos conocieron varios refugios, que aceptaban agradecidos y con la mirada puesta en la Sagrada Familia. Por ejemplo, el mártir Ramón Oromí comentaba con la última familia que le hospedaba: «Ya ve, cómo es la divina Providencia... Estoy de posada en posada como la Sagrada Familia en Belén... No sufra por mí, que ya hace tiempo que me puse en las manos misericordiosas de Dios y la Virgen Santísima... ¡Y a levantar los ánimos y los corazones, familia!, que del sufrimiento de hoy no se pierda nada a los ojos de Dios que nos ve en todo momento».

Otros organizaron Ejercicios Espirituales de preparación a la muerte en la misma cárcel, o sacaban fuerza de la meditación de los salmos de la liturgia de las Horas, o tomaban como ejemplo el valor y confianza de los mártires primitivos, como santa Felicidad, y recordaban de ella esta frase: «Mañana no estaré sola a sufrir, Cristo estará conmigo»; contrarrestaban los escritos de las paredes de la cárcel con jaculatorias y actos de amor a Jesús, María y José; no temían a la muerte, sino caer en manos de las milicianas; hacían actos devocionales delante de una imagen del Sagrado Corazón de Jesús, hecha con arcilla y haciéndola cocer con habilidad en las calderas del barco Río Segre de Tarragona; rezaban en grupo el rosario, efectuado con sus propias manos y con maderas de la estufa y huesos de aceituna; se confesaban recíprocamente antes de emprender el «paseíllo» final; celebraban la misa clandestinamente en los refugios y guardaban las especies consagradas en las mesitas de noche o en cajitas de farmacia para distribuirlas con disimulo, como viático, a los compañeros paseando por la plaza de Cataluña o las Ramblas y a otros religiosos enfermos; se administraban el sacramento de la Reconciliación bajando las escaleras del metro y recibían la absolución en un rincón del andén; se prepararon con la confesión y la misa antes de emprender el viaje que les condujo a la muerte, etc. etc., terminando todo ello con un «¡Viva Cristo Rey!», «¡Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío!», o un «¡Sagrada Familia, Jesús, María y José, conservadnos santos, fuertes y con fe!», que repetían todos con entusiasmo.

Estaban preparados, sí, muy bien preparados, pero no para lo peor, sino para lo «mejor».

Las raíces de su heroica fidelidad

LA fidelidad de cada uno de estos sacerdotes, religiosos y el joven seglar exalumno, no se entiende sin una consideración que comprenda todo el recorrido de su vida durante el cual tejieron una preparación remota sólida, inquebrantable e indestructible, basada en una experiencia de Dios, profunda y cálida al mismo tiempo, en el seguimiento de Jesús. «El Señor –dijo el beato Ramón Oromí, pocos días antes de su martirio, refiriéndose a los hermanos que ya habían ofrendado sus vidas– va reuniendo con ellos su rebaño escogido, puro, inmaculado, santo, feliz de estar junto a su único Pastor... Todavía, hermanos, no hemos sido recogidos todos... Que su divina voluntad lo provea a su debido tiempo. Y nosotros, alegres, a aceptarlo y dar gracias. Que nos encuentre en gracia de Dios».

Si siempre la fidelidad definitiva, en mayúsculas, es el resultado de la suma de las pequeñas fidelidades de cada día, la fidelidad sellada con la propia vida no se explica sin una mirada en profundidad a la experiencia de fe que animó toda su vida de estudiantes, de consagrados, de sacerdotes y de apóstoles.

1. Una fe que hunde sus raíces en el ambiente familiar. Todos ellos proceden de familias sanas, bien constituidas, varias numerosas, con un ambiente cristiano sencillo pero arraigado fuertemente en la tradición familiar. Familias cuyo patrimonio más importante era la fe, y lo transmitían con el testimonio de vida, con la oración, con el sacrificio y con el trabajo. Las cartas que se conservan de algunos de ellos a sus padres o hermanos respiran confianza en Dios, que vela por todos sus hijos y quieren infundirla también en todos ellos. En agosto de 1936, en vigilias de su muerte, los beatos Eduardo y Ramón Cabanach escribían a su hermano desde el barco-prisión «Río Segre»: «Vamos felices con aquél que nos lleva siempre presentes en su sacratísimo Corazón. Que responde a nuestras faltas y agravios desde ese Corazón enorme y amoroso. Que Jesús, María y José hagan que mañana acabe nuestro cautiverio aquí en la tierra para ser libres para siempre en el Cielo. Y a los nuestros, que no nos lloren, sino que pidan por nosotros para que, libres del Purgatorio, seamos dignos de entrar en presencia del Padre bueno».

Además, varios de ellos contaban con hermanos o hermanas y parientes sacerdotes, religiosos y religiosas. El caso más emblemático es la familia de los tres hermanos mártires Llach Candell. Dios bendijo el hogar de sus padres con doce hijos, de los que sobrevivieron nueve, que fueron cinco sacerdotes, dos religiosos y dos casadas, y después ha continuado con varios sobrinos y sobrinas sacerdotes, religiosos y religiosas. El abuelo del beato Jaime Puig, en el día de su bautismo, dio una peseta por el bautismo de agua y otra por el bautismo de sangre. El beato Antonio Mascaró Colomina era sobrino de dos sacerdotes Hijos de la Sagrada Familia, uno por parte del padre y otro de la madre. Los hermanos Cabanach eran cinco hermanos: dos se hicieron jesuitas, dos de la Sagrada Familia y uno casado. El beato Roberto Montserrat tenía una hermana religiosa y conoció antes de su muerte el asesinato de su padre y un hermano por ser buenos católicos y tener un hijo y hermano sacerdote; el cuñado del beato José Vila fue arrestado por esconder en su casa a dos sacerdotes. El beato Pedro Roca tiene un hermano sacerdote, un sobrino sacerdote y varias sobrinas religiosas...

2. Este sustrato familiar se vio reforzado por la sólida formación humana, religiosa, espiritual e intelectual recibida en los centros de formación de la Congregación. Varios de ellos habían sido recibidos y formados al lado de san José Manyanet; y los más jóvenes lo hicieron con formadores herederos del más genuino espíritu del fundador, que murieron también víctimas de la persecución... El ritmo de la vida de los seminarios y de las comunidades era regido con toda fidelidad y generosidad por las constituciones que señalan los tiempos de oración, de estudio, de descanso, de recreo... Contamos con un testimonio de excepción.

En 1935, el obispo de Barcelona, monseñor Manuel Irurita, testigo también de la fe, «con motivo de su visita pastoral, fue invitado por el superior general de los Hijos de la Sagrada Familia a visitar el Seminario de les Corts de Barcelona. Éste quedó tan impresionado del alto nivel espiritual, humano y cultural de los estudiantes allí residentes que pasó el día fraternalmente con ellos compartiendo la «misa y la mesa».

El prelado quedó tan feliz y contento del seminario que dejó como recuerdo su bonete episcopal y al beato Roberto Montserrat, que había amenizado la sobremesa interpretando varias piezas al piano, le regaló un piano que le pertenecía y había regalado a su familiar el Rdo. D. Marcos Goñi.

Los obispos españoles hablan de los mártires

Con la beatificación de estos mártires, testigos en grado máximo de la fe cristiana, se sella y casi finaliza, en España, –precisamente en Tarragona, asociada a la fe que constituye la base y el cimiento de los pueblos de España– el Año de la Fe, convocado para fortalecer nuestra fe, que es la más rica y la mejor herencia que nos han legado nuestros antepasados.

Nuestros mártires son aliento, estímulo e intercesión, ayuda y auxilio para nosotros, para que demos testimonio público de fe en Dios vivo en un mundo que vive a sus espaldas y como si no existiera, y por tanto, contra el hombre y su futuro, para una verdadera convivencia en paz y justicia, en la verdad y en el amor, en libertad verdadera fruto del amor en que se expresa la verdad. Acudimos a la intercesión de nuestros mártires y seguimos con esperanza la estela que ellos nos han dejado –el testimonio y confesión de fe en Dios, que es amor– para alcanzar las verdaderas metas de humanidad y de paz que necesitamos en estos delicados momentos.

Cardenal ANTONIO CAÑIZARES LLOVERA

Todo este rico proceso formativo creó en todos ellos, tambien en los más jóvenes, una sólida conciencia de su vocación y un profundo amor al carisma de los Hijos de la Sagrada Familia. Jesús con María y José eran sus padres carísimos y tenían puesta toda su confianza en Dios y en la Sagrada Familia, como repetía el beato Ramón Oromí.

El martirio fue una gracia que coronó la intensa vida de fidelidad religiosa, sacerdotal y laical de todos ellos.

Mártires por la familia

Fueron mártires por Cristo, el único capaz de convertir la cruz en victoria, pero lo son también por la familia, pues murieron por fidelidad al carisma de su consagración como Hijos de la Sagrada Familia. Nadie negará la actualidad de su testimonio.

Han dejado un surco profundo por el que podemos continuar su labor. Por ello nos conviene conservar su memoria «como incentivo para su celebración y su imitación. Ellos, decía Juan Pablo II, nos iluminan con su ejemplo, interceden por nuestra fidelidad y nos esperan en la Gloria» (VC 86).

Necesitamos recuperar la cultura vocacional para que toda persona llegue a descubrir el proyecto de Dios sobre ella y se sienta dispuesto a acogerlo y a seguirlo. El ejemplo de estos testigos de la fe puede ser decisivo, pues nos estimulan a todos a ser fieles a nuestra propia vocación aun a costa de sacrificios.

 

Los nuevos beatos rodeando a la Sagrada Familia

Ellos proclaman que no hay vocación sin cruz, ni amor sin renuncia, pero también que la última palabra es la promesa de Jesús.

Hoy, sus nombres –Jaime Puig, Sebastián Llorens, Narciso Sitjà, Juan Cuscó, Pedro Sadurní, Fermín Martorell, Francisco Llach, Eduardo y Ramón Cabanach, Juan Franquesa, Segismundo Sagalés, José Vila, Pedro Ruiz, Pedro Roca, Pedro Verdaguer, Roberto Montserrat, Antonio Mascaró, Ramón y Jaime Llach y Ramón Oromí–, están escritos en el Libro de la Vida. Son los que vienen de la gran tribulación y han lavado y blanqueado sus vestiduras en la sangre del Cordero. Ellos intercederán por nosotros.*

* Para conocer el perfil biográfico de los nuevos beatos, puede consultarse el libro del autor de este artículo, titulado Mártires por la familia (Barcelona, 2013).

Los obispos españoles hablan de los mártires

La Iglesia, y en concreto la Iglesia en España, agradecida hasta lo más íntimo, quiere y debe conservar y vivir la memoria de sus mártires de la persecución religiosa del siglo XX. Ellos han sido y son una fuerza de la fe cristiana vivida hasta el extremo del amor, testigos singulares de Dios vivo, que es Amor en la vida de los hombres; ellos son fuego, luz, renuncia a todos los egoísmos, espléndida manifestación de vida de entrega a Dios por las causas más nobles que puedan darse: la del amor sobre el odio, la del perdón sobre la venganza, la de la paz sobre la guerra, en definitiva, la del triunfo de Cristo en la sociedad. Conservar y vivir la memoria de los mártires es un deber del cristiano.

Cardenal ANTONIO CAÑIZARES LLOVERA

Juan Huguet Cardona, sacerdote y mártir a los 23 años de edad

GUILLERMO PONS PONS

Se sintió llamado desde la infancia

ESTE joven sacerdote de Menorca acababa de estrenar su anhelada misión de servicio al Señor y a la Iglesia cuando el 23 de julio de 1936, a los treinta y tres días después de celebrar su primera misa, daba el supremo testimonio de fidelidad entregando su vida con una valerosa profesión de fe en la realeza de Cristo. Su martirio, sin embargo, no fue un acontecimiento que le sobreviniera de improviso, sino que constituyó el coronamiento de un camino de seguimiento fiel de Jesús. Juventud y martirio se han enlazado ya desde las antiguas persecuciones anticristianas y han configurado con un esplendor luminoso a muchos de los mártires que hubo en España en la década de los años treinta del siglo XX. ¡Esta entrega juvenil de nuestros mártires es un ferviente signo de esperanza!

Nació Juan el 28 de enero de 1913, el primer hijo de Juan y de Eulalia, que moraban en una finca rústica del término de Alaior. A pesar de la distancia de la población, que era de unas dos horas de camino, y en plena estación invernal, le llevaron a bautizar el 1 de febrero en la parroquia de Santa Eulalia. Se le impuso los nombres de Juan, Francisco y Jaime.

Desde muy pequeño dio el niño muestras de piedad y de interés por las enseñanzas de la fe cristiana. Cuando iban al pueblo, deseaba siempre entrar en las iglesias, y a los cuatro años de edad gustaba de jugar imitando las celebraciones religiosas. Por entonces sus padres se trasladaron a vivir a Alaior, y así pudo Juan asistir al colegio de los Hermanos de las Escuelas Cristianas (La Salle). Tanto en esta escuela como en el seno de la familia recibió una buena educación cristiana, cosa que él supo agradecer siempre muy cordialmente. Recibió su primera comunión a los nueve años en la parroquia, el domingo de la octava de Pascua.

El 1 de octubre de 1924 ingresó en el seminario de Menorca, como lo anhelaba desde muy pequeño. En la vida de piedad y de estudio se manifestó muy responsable y fue avanzando provechosamente. Todos los que fueron compañeros suyos apreciaban su carácter leal, amable y bondadoso, así como su laboriosidad en las clases y en las horas de estudio. En sus apuntes espirituales se pone de manifiesto su amor al Señor, su devoción a la Virgen y su generosa vivencia de la fe en medio de todas sus ocupaciones.

Su ruta hacia el sacerdocio

EL prepararse debidamente para ser un buen sacerdote era su mayor anhelo. En sus apuntes personales escribía: «En vuestras manos me pongo, Señor, modeladme a vuestro gusto». Un motivo de especial gozo fue para Juan el participar en una peregrinación de seminaristas a Roma, que se organizó en 1929 con motivo del cincuentenario de la ordenación sacerdotal del papa Pío XI. Los superiores del seminario le eligieron para que participara en este feliz acontecimiento. Merece especial consideración el hecho de que el 23 de julio, fecha en la que siete años después ocurriría su martirio, fue el día en que por la mañana los seminaristas hicieron su profesión de fe ante el sepulcro de san Pedro y por la tarde visitaron las catacumbas. Él guardó siempre un muy vivo recuerdo de esos días en que el testimonio de los mártires romanos estuvo muy presente en su espíritu.

Ejerció también en él un influjo espiritual muy intenso la presencia en el seminario de Menorca, en 1928, de algunos seminaristas mejicanos que fueron acogidos a fin de proseguir sus estudios, lo cual no podían realizar en su país a causa de la violenta persecución religiosa que allí se había desencadenado. Los testimonios transmitidos por esos compañeros, especialmente el martirio del beato padre Miguel Pro y de otros muchos sacerdotes y fieles, suscitaron entre los seminaristas menorquines, y de un modo muy intenso en el alma de Huguet, sentimientos de admiración y promovieron el desarrollo de una viva espiritualidad martirial.

Cuando en España, a partir de 1931, fueron apareciendo también indicios y señales de una situación proclive a los ataques hacia la Iglesia y la fe cristiana, Juan Huguet percibió con claridad que se aproximaban situaciones difíciles para los seguidores de Cristo y de un modo especial para los consagrados al ministerio sacerdotal. Cuando se preparaba para la recepción de las primeras órdenes, en su cuaderno de apuntes espirituales escribía: «Señor, soldado vuestro soy, alistado en vuestro ejército por confirmación y próximamente por tonsura. Vos sois mi herencia. A vuestra órdenes, pues. Mandad lo que gustéis, aunque sea el sacrificio de mi vida, aunque sea morir por Vos martirizado. ¿Qué podría hacer que Vos no lo hayáis ejecutado primero por mí?».

 

Sus ansias de apostolado no eran sólo una perspectiva de futuro, sino que se dedicaba ya a la formación cristiana de sus familiares y amigos, así como también alternando con los jóvenes de las parroquias en donde habitaba. En Ciutadella se dedicó a la catequesis en el seminario y en la iglesia de San Miguel. En Alaior estuvo en relación con los llamados «Tarsicios», o sea, la sección infantil de la Adoración Nocturna, y con el Patronato y los alumnos de La Salle. En 1933 la familia Huguet se trasladó al pueblo de Ferreries, donde Juan supo influir eficazmente en los grupos de la juventud de Acción Católica. Uno de estos jóvenes recordaba que les había hablado algunas veces de la necesidad de dar testimonio de cristianos siempre y, si llegaba el caso, incluso con la propia vida, añadiendo: «Si yo un día he de dar la vida por Cristo, con gusto la daré».

Ordenación sacerdotal y primera misa

EL 6 de junio de 1936 Juan fue ordenado sacerdote en la capilla del seminario de Barcelona por el obispo don Manuel Irurita, debido a que el prelado de Menorca era muy anciano y estaba completamente ciego. Según el testimonio de uno de los seminaristas menorquines allí presentes, el obispo dirigiéndose a los que se ordenaban les dijo: «Estáis destinados a la muerte y al sacrificio», palabras que resultaron proféticas respecto del obispo mismo, de Juan Huguet y de otros que aquel día eran ordenados.

El 21 de junio celebró Juan su primera misa, en la iglesia parroquial de Ferreries, dedicada a san Bartolomé. Le acompañaron como presbíteros asistentes el rector del seminario Pablo Brunet y el párroco de Ferreries Juan Benejam. Poco tiempo después tanto él, que celebraba su primera misa, como los dos sacerdotes que le asistían dieron su vida muriendo como mártires. El predicador fue el jesuita padre Ignacio Corrons, el cual, sin haberlo intentado expresamente, habló de tal manera que muchos, al recordarlo después, consideraron que había hecho como un anuncio del futuro martirio del novel sacerdote.

Emotiva consagración a Cristo

EN los días que siguieron a su primera misa, Juan celebraba a primeras horas de la mañana el santo Sacrificio. El pueblo permanecía sosegado y sus calles casi vacías, puesto que eran los días de la cosecha y los hombres andaban muy ocupados en la labor de la siega. Pero a la vez iban llegando algunas noticias alarmantes. Había fracasado en Menorca el alzamiento militar del 18 de julio. El día 22 llegó a Ferreries la noticia de que en Alaior había sido clausurada la iglesia parroquial. En previsión de lo que pudiera ocurrir, el cura de Ferreries decidió trasladar la reserva eucarística a la casa parroquial. En el acto estuvieron presentes además, el sacerdote coadjutor Alberto Triay, que también moriría mártir, y Juan Huguet, además de la hermana del párroco y algunas otras mujeres piadosas. Se leyó un acto de consagración que el cura no logró recitar íntegramente a causa de la emoción que le embargaba. Concluyó su lectura Juan Huguet, que estaba más sereno. Esta ferviente consagración a Jesús, Juan la llevaba desde siempre muy grabada en su corazón. En sus apuntes espirituales lo había expresado así: «Desde ahora os digo, Señor, que me entrego totalmente a Vos y en vuestras manos me abandono. Que yo salga un santo de vuestras manos es la gracia que os pido y la que espero alcanzar».

Última celebración eucarística

EN vista de que en Ferreries el día 22 de julio no había ocurrido ningún acto violento, a primera hora de la mañana del día 23 el Santísimo Sacramento fue de nuevo colocado en el sagrario. Era jueves, día de la semana especialmente vinculado al misterio eucarístico. Juan celebró devotamente la misa, asistiendo a ella unas pocas personas y actuando como acólito un niño que aún no había cumplido siete años, pero que ya había recibido la primera comunión.

Unas horas después y antes de que ocurriera nada anormal, este niño se acercó a su madre, se sentó sobre sus rodillas y le hizo esta confidencia: mientras ayudaba la misa a mosén Huguet, y cuando éste elevaba el cáliz después de la consagración, el niño había visto en lo alto una figura como de tamaño natural, que era un joven con vestidura blanca y con los brazos extendidos en cruz mirando hacia el cielo. A su alrededor se veían tres individuos de mala catadura, que estaban en actitud de apedrearle. La madre del niño, que era amiga de la de Juan Huguet, fue a contárselo, y ésta, como es natural, se sintió preocupada, aunque no parece que lo comentara con su hijo sacerdote. Después de la muerte del mártir, quienes oyeron hablar del caso, como es lógico, consideraron el paralelismo entre el protomártir de la Iglesia y el joven sacerdote que fue el primero de los cuarenta sacerdotes diocesanos de Menorca que fueron inmolados aquel año por razón de su fe y de su sacerdocio. Él poco después de haber sido ordenado de presbítero, había dicho a un amigo: «Ahora ya soy sacerdote, y para tener la dicha completa me falta ser sacerdote-mártir».

Sacerdotes detenidos

HACIA mediodía del 23 de julio, el párroco y su coadjutor fueron apresados y conducidos a la cárcel de Mahón. Entonces Juan pensó que debía poner a salvo la reserva eucarística, que llevó a su propio domicilio. Transcurrieron algunas horas de aquella tarde, durante las cuales la presencia eucarística sin duda hubo de inducir al joven sacerdote a una ferviente preparación espiritual para lo que muy pronto iba a acontecer. Juan manifestó a su madre que no sentía miedo, puesto que confiaba plenamente en el Señor. Advirtió a los suyos que si a él le pasaba algo, cuidaran con esmero de custodiar las sagradas especies eucarísticas y que, si era preciso para salvarlas, las consumieran sin temor alguno.

Sin duda en aquellas horas de adoración eucarística tendría en su mente aquellos anhelos que había consignado en sus apuntes espirituales: «Que mi comunión sea como la de los mártires, y entonces sí que se obrarán en mí los prodigios de fortaleza, de fe, de amor a Cristo que en las mazmorras y en el Coliseo se observaban. Que mi comunión sea como la de los santos, y entonces sí que será mi corazón una verdadera hoguera de amor y mi muerte será un éxtasis de amor que tendrá su fin en la mansión del amor, la Patria celestial». ¡Qué pronto pasaría desde la fervorosa adoración eucarística a la contemplación del rostro glorioso del Señor!

Glorioso mártir de Cristo

AL atardecer de ese mismo día 23 de julio, llegaban al pueblo de Ferreries unos coches con un grupo de guardias y soldados, bajo el mando del brigada Pedro Marqués que se había hecho cargo de gobierno militar de la isla, después de haber sido desarmados y recluidos los mandos superiores del Ejército. Este improvisado comandante militar se presentó en el local del Ayuntamiento y ordenó que fueran detenidas algunas determinadas personas de la villa y los sacerdotes que hubiera en el pueblo.

Tres guardias se presentaron en el domicilio de Huguet para conducirlo hacia las Casas Consistoriales. María, la hermana de Juan, que contaba unos diez años de edad les iba siguiendo hasta que su hermano le dijo que regresara a casa. Después la comitiva fue a buscar a otro sacerdote, superior del seminario que se hallaba en su casa familiar. Ambos iban vestidos de sotana.

Al llegar al Ayuntamiento el sacerdote mosén Mascaró saludó diciendo «Buenas noches», puesto que iba ya oscureciendo. El comandante, con malas formas, les dijo: «Quitaos ese ropaje, granujas». Ellos obedecieron y al despojarse de su túnica sacerdotal quedó a la vista que Juan llevaba sobre sí un pequeño crucifijo. Pedro Marqués al punto agarró despectivamente la figura de Cristo crucificado y sosteniéndola con su mano izquierda a la altura de la cara del sacerdote, y apuntándole con la pistola le dijo: «Escupe ahí, escupe ahí, que si no te mato».

En aquel momento, según atestiguaron personas que estaban muy cerca de él, en el rostro de Juan se reflejó una honda impresión. Debió darse cuenta de que le llegaba el momento presentido desde hacía mucho tiempo. Movió la cabeza haciendo señal negativa de que no haría lo que se le exigía. Al cabo de un instante levantó los ojos hacia lo alto, extendió sus brazos en cruz y con voz fuerte y segura exclamó: «Viva Cristo Rey». Seguidamente el comandante le disparó dos tiros a la cabeza. Al recibir el primer disparo el mártir se tambaleó, y al segundo tiro se desplomó cayendo al suelo y derramando copiosamente su sangre.

El brigada Marqués salió del local aparentando serenidad y coraje, pero quizá interiormente asustado del crimen cometido. Fue en busca del alcalde para comunicarle lo acontecido, y salió hacia Mahón, dejando en el pueblo un pelotón de soldados temiendo alguna alteración del orden público, cosa que en verdad no se produjo.

Juan Huguet, que se hallaba moribundo, fue colocado sobre la cama del conserje o vigilante nocturno. Aunque el médico del pueblo trató de darle algunos remedios, se vio que era imposible salvar aquella vida ya entregada a Dios. Allí mismo le fue administrada la Santa Unción, caso muy singular en un mártir el ser ungido con el óleo santo signo de fortaleza y del favor divino. Al cabo de una hora, al parecer sin haber recobrado el conocimiento, murió este sacerdote muy joven, pero ya bien maduro en el amor que siempre le mantuvo fiel a Cristo Salvador.

Copiosos frutos de la inmolación del joven sacerdote

DESPUÉS de que el mártir hubo expirado en la paz de Cristo, su propio padre, ayudado de otra persona, trasladó el cuerpo del difunto al domicilio familia, donde su madre le revistió con los ornamentos sagrados con que había celebrado su primera misa. Durante la noche y el siguiente día todos los vecinos del pueblo acudieron a venerar el cuerpo del mártir. Fue un clamor de respetuosa admiración el que se produjo en torno a aquel triste y a la vez glorioso acontecimientos. Muchos le besaban las manos ungidas como lo habían hecho treinta y tres días antes al celebrar por primera vez la misa. Los mismos soldados allí destacados decían: «¡Cuánta simpatía tenía este curita!».

Al día siguiente, 24 de julio, a las dos de la tarde le llevaron a ser enterrado. Muchos hombres le acompañaban, algunos con cirios encendidos y con cruz alzada que llevaba uno de ellos. El pequeño grupo de soldados que permanecían en el pueblo, al pasar frente a ellos la comitiva, presentaron armas en señal de respeto. Sobre el ataúd había una estola y un bonete, como se acostumbraba en las exequias de sacerdotes. El día de Santiago, 25 de julio, después de practicársele la autopsia, fue sepultado en espera del florecer y fructificar de este mártir, como podía augurarse de acuerdo con las palabras de Jesús: «Si el grano de trigo cae en tierra y muere, da mucho fruto» (Cf. Jn 12,24).

Juan Huguet fue el primero de cuarenta sacerdotes diocesanos de Menorca, más dos religiosos, que sufrieron una generosa muerte martirial. Él, que era el más joven de todos, les abrió el camino con su ejemplo. Cuando los que habían presenciado en la casa del Ayuntamiento la muerte de Juan llegaron a la cárcel de Mahón, donde había otros sacerdotes y seglares detenidos, les refirieron lo acontecido y les hicieron ver que sus ropas estaban salpicadas de sangre, porque el mártir se había desplomado junto a ellos. Entonces el coadjutor de Ferreries, Alberto Triay, exclamó: «¡Dichosos nosotros si podemos morir con las mismas palabras del señor Huguet en nuestros labios!».

Entre los frutos espirituales del sacrificio de Juan Huguet destaca con resplandor de fe y de esperanza el sincero arrepentimiento de aquel que le había dado muerte. Al ser juzgado y condenado a la pena capital, el infortunado Pedro Marqués ya hacía tiempo que había empezado a estar disgustado de su actuación. Al ofrecérsele asistencia espiritual, la aceptó de buen grado. Lo pone de manifiesto el testimonio del sacerdote que le asistió, Guillermo Coll, que en el proceso de beatificación se expresaba así: «Al ofrecerle, en mi presencia, el juez la ayuda de un sacerdote, el mismo Marqués se adelantó manifestando su satisfacción por recibir los auxilios espirituales; prestados éstos, pidió un espacio de tiempo para escribir a sus familiares, lo que hizo con pulso firme y serenidad admirables. Después oyó la Santa Misa, en la cual comulgó devotamente, y terminado el Santo Sacrificio, al quitarme los ornamentos sagrados, se adelantó hacia el altar, me abrazó efusivamente mientas decía: Abrazo a este sacerdote como un acto de reparación por el crimen que cometí matando a aquel otro sacerdote de Ferreries. Después marchó sereno al lugar de la ejecución, continuando así hasta el último momento».

El proceso de beatificación de Juan Huguet lo abrió el obispo Pascual en 1953 y felizmente pudieron recogerse muchos testimonios de vista de su martirio. En 1997 se actualizó y aprobó el proceso con nuevas aportaciones. El 26 de noviembre del año 2000, fiesta de Cristo Rey, bajo la presidencia del obispo Jesús Murgui, los restos del Siervo de Dios fueron trasladados desde el cementerio a la iglesia de San Bartolomé, donde él había celebrado su primera misa. El 3 de mayo de 2012 el prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos, cardenal Angelo Amato, en Zaragoza ante un gran número de sacerdotes presentó la ejemplar figura de Juan Huguet, afirmando que su testimonio «recompone en clave moderna la teología del martirio, presente ya en los escritos neotestamentarios». Su beatificación, junto con 522 mártires del siglo XX en España, efectuada por autoridad del papa Francisco y presidida por el cardenal Amato ante el episcopado y una gran multitud de fieles, se ha realizado en Tarragona el 13 de octubre de 2013, a finales del Año de la Fe promulgado por Benedicto XVI.

Los mártires de El Pueyo

LUIS CUESTA

 El monasterio

LA devoción a la Virgen en la colina de El Pueyo, tiene como origen una legendaria aparición de María, situada hacia el año 1101. Una vez se construyó el santuario, comenzó pronto a ser objeto de culto en Barbastro y en general en la comarca del Somontano. En el año 1889, con objeto de dar más vida espiritual a El Pueyo, se solicita al abad de Montserrat monjes para iniciar una pequeña comunidad benedictina. Así, El Pueyo pasa a ser también monasterio.

Desde su fundación, la comunidad estaba muy vinculada a la diócesis y relacionada con el obispado y el clero en general, y con una especial asiduidad para con las monjas de clausura. El Pueyo, por tanto, era ya un foco de irradiación cristiana en la comarca y en Aragón. En el 1936, la comunidad constaba de doce monjes sacerdotes, un diácono, un subdiácono, un tonsurado, seis hermanos conversos y cuatro jóvenes profesos que cursaban estudios. Esta comunidad, fue exterminada y brutalmente fusilada por los anárquico-marxistas en las primeras semanas de la Guerra Civil española.

El martirio

EL 8 de marzo de 1936, en reunión capitular y ante el rumbo de los acontecimientos, la comunidad acordó el traslado a Lumbier de los colegiales residentes en el monasterio. No obstante, el 24 de junio dichos colegiales volvieron al monasterio.1 Ya el 19 de julio, el monasterio había conocido la noticia del Alzamiento por toda España. Al día siguiente, dejaron El Pueyo varios jóvenes religiosos, naturales de la región, ante la perspectiva que le esperaba al monasterio para regresar con sus familias. Así, el día 20, por la noche quedaron en el mismo dieciséis benedictinos y los seis colegiales.

El día 21 de julio fue detenido el primer monje y el resto resultó apresado el 22 por la tarde; acusaban a los religiosos de esconder armas, algo que era del todo falso, pero que era creído por los milicianos rojos, dado que no se atrevían de primeras a asaltar el monasterio.

El grupo fue detenido en el colegio de las Escuelas Pías de Barbastro, donde estaban recluidos también la mayoría de los 51 claretianos y la propia comunidad de trece escolapios, a todos los cuales se uniría el obispo de la diócesis, don Florentino Asensio Barroso. Los seis colegiales benedictinos, fueron primero encerrados también con ellos, pero el día 23 de agosto el Comité revolucionario de Barbastro, les separó y finalmente se pudieron salvar.

El 9 de agosto fue asesinado el obispo con otros más, posiblemente entre ellos el benedictino padre Mariano Sierra (el primer monje que había sido apresado). El 28 de agosto, a las doce de la noche, sin previa forma de juicio alguno, los milicianos irrumpieron en la estancia de los monjes y los sujetaron con una larga soga; el prior, dio la absolución a todos y los sacerdotes se la dieron entre sí.

Fueron subidos a un camión, en el cual enseguida comenzaron a gritar: «¡Viva Cristo Rey! ¡Viva la Virgen del Pilar! ¡Viva la Virgen de El Pueyo!» Las blasfemias de los milicianos nada pudieron contra los vivas y las alabanzas de los monjes, como han testificado muchos vecinos de Barbastro, ni tampoco los terribles culatazos de fusil que comenzaron a propinarles y que llegaron a romper los dientes de algunos y a herirles duramente en la cabeza. Los monjes, al poco de bajar del camión en las cercanías de la ciudad, perdonaron a sus verdugos, quienes les maltrataron y les dispararon. El padre prior, después de exhortar a todos el perdón, no dejó este mundo sin despedirse «mirando a mi Madre», la Virgen de El Pueyo, y entonándole la Salve Regina.

Los mártires

LA lista de los mártires es la siguiente: padres Mauro Palazuelos Maruri (prior, nacido en 1903), Honorato Suárez Riu (subprior y prefecto de júniores; 1902), Mariano Sierra Almázor (1869), Raimundo Lladós Salud (1881; profeso de Montserrat), Leandro Cuesta Andrés (1870), Fernando Salinas Romeo (1883), Domingo Caballé Bru (1883), Santiago Pardo López (1881), Ildefonso Fernández Muñiz (1897), Anselmo Mª Palau Sin (1902) y Ramiro Sanz de Galdeano Mañeru (1910); dom Rosendo Donamaría Valencia (1909; diácono), dom Lorenzo Ibáñez Caballero (1911; subdiácono), dom Aurelio Boix Cosials (1914; tonsurado); hermanos Lorenzo Santolaria Ester (1872), Lorenzo Sobrevia Cañardo (1874), Ángel Fuertes Boira (1889) y Vicente Burrel Enjuanes (1896). Por origen geográfico eran: nueve aragoneses, cuatro castellano-viejos, dos navarros, dos catalanes, un asturiano y un santanderino (el prior). 

1. Uno de estos colegiales posteriormente explicó su testimonio, que se puede encontrar en la obra «…Iban a la muerte como a una fiesta».

Entrevista al padre Benigno Benabarre, OSB (13/09/2013)

98 años. Actualmente monje benedictino en Filipinas. Vivió en el monasterio de El Pueyo del 1926 al 1932. Compañero de quince de los dieciocho mártires de El Pueyo. Ha ejercido su labor pastoral, entre otros destinos, en España (Montserrat, Salamanca y Lérida), Chile, Puerto Rico, Estados Unidos y Filipinas. Ha trabajado durante décadas por la beatificación de sus compañeros en el monasterio. Autor de Murieron cual vivieron, donde recogió una gran cantidad de testimonios. Aprovechamos su visita a España con motivo de las beatificaciones de sus compañeros para que nos cuente el suyo.

–¿Cuál fue su experiencia en el monasterio de Nuestra Señora de El Pueyo?

–Entré en el monasterio en el 1926 y estuve seis años, hasta el 1932. Los primeros cuatro años fueron como seminarista menor y los dos últimos como noviciado. Como me preparaba para las misiones benedictinas en Filipinas, en el 1932, me destinaron para continuar la formación al monasterio de Samos (en Lugo). Como sabréis, Galicia fue zona nacional desde el inicio de la Guerra Civil y por ese motivo, no morí mártir como el resto de mis compañeros.

–¿En la comunidad eran conscientes de que podrían llegar al martirio?

–La verdad es que en la temporada en que yo estuve no nos podíamos llegar a imaginar que se llegaría a esa situación. En el 1932, aunque ya había habido ataques a la Iglesia en el año anterior, se había vuelto a tranquilizar la situación.

–¿Qué ambiente había en el monasterio en los años en que usted vivió? ¿Era un ambiente que podía propiciar el martirio de la comunidad unos años después?

–Totalmente. La comunidad se vivía al pie de la letra el lema benedictino «Ora et labora» y como ejemplo, de 1925 a 1933, los monjes benedictinos de la comunidad predicaron unos dos mil sermones, y dirigieron cincuenta tandas de Ejercicios Espirituales. Por este motivo, cuando nos enteramos de lo que había pasado en El Pueyo después de la guerra, no nos extrañó que entregasen su vida de esa manera.

–¿Cómo se siente al saber que tantos de sus antiguos compañeros de comunidad van a ser beatificados próximamente?

–Pues una tremenda alegría porque aunque ya están en el Cielo, se va a confirmar que ya lo están y por tanto, les voy a decir «Amigos: ¡a ver si intercedéis por mí ante el Señor!». Además, va a ser un día tremendo para la Orden benedictina ya que también se van a beatificar a veinte del monasterio de Montserrat.

Los obispos españoles hablan de los mártires

 También hoy nosotros, como los cristianos de los primeros siglos de la Iglesia en su peregrinar hacia la patria celestial, buscamos guías seguros que garanticen la meta, mediante la proximidad y vecindad de aquéllos –los santos mártires– que, habiendo entregado su vida por Dios, gozan ya de su confianza.

«El mártir, en efecto, es el testigo más auténtico de la verdad sobre la existencia. Él sabe que ha hallado en el encuentro con Jesucristo la verdad sobre su vida y nada ni nadie podrá arrebatarle jamás esta certeza. Ni el sufrimiento ni la muerte violenta le harán apartar de la adhesión a la verdad que ha descubierto en su encuentro con Cristo. Por eso el testimonio de los mártires atrae, es aceptado, escuchado y seguido hasta en nuestros días. Ésta es la razón por la cual nos fiamos de su palabra: se percibe en ellos la evidencia de un amor que no tiene necesidad de largas argumentaciones para convencer, puesto que habla a cada uno de lo que él ya percibe en su interior como verdadero y buscado desde tanto tiempo. En definitiva, el mártir suscita en nosotros una gran confianza, porque dice lo que nosotros ya sentimos y hace evidente lo que también quisiéramos tener la fuerza de expresar».

Monseñor JULIÁN BARRIO BARRIO, arzobispo de Santiago de Compostela

Mártires mercedarios

DOLORES BARROSO

Heroicos defensores de la fe

LOS miembros de la Orden de la Merced, orden –que en sus inicios se conocía como orden militar–, formada de heroicos defensores de la fe, fueron siempre fieles a su vocación de redentores, y se han sometido en todo tiempo a multitud de penalidades entregando su vida y pudiendo presentar más de mil hijos mártires. Además de otros, un manantial de martirologio para dicha orden han sido las persecuciones contra la Iglesia, por los hugonotes en Francia y más tarde con la Revolución francesa, llegando a nuestras tierras, con la persecución de las órdenes religiosas durante la Guerra Civil. Grandes y heroicos ejemplos que hoy se nos presentan para alentarnos a lograr la santidad a la que todos estamos llamados.

Los 19 religiosos que alcanzaron la palma del martirio son los padres Mariano Alcalá Pérez, Tomás Carbonell Miquel, Francisco Gargallo Gascón, Manuel Sancho Aguilar, Mariano Pina Turón, Pedro Armengol Esteban Hernández, Antonio Lahoz Gan, José Trallero Lou, Jaime Codina Casellas, José Reñé Prenafreta, Antonio González Penín, Tomás Campo Marín, Francisco Llagostera Bonet, Serapio Sanz Iranzo, Enrique Morante Chic, Jesús Eduardo Massanet Flaquer, Amancio Marín Mínguez, Lorenzo Moreno Nicolás y Francisco Mitjà Mitjà.

Ocho religiosos del convento de El Olivar, cinco del convento de Lérida, dos del convento de San Ramón, otros dos del convento de Barcelona y dos más del convento de Lorca.

El padre Mariano Alcalá (ex maestro general), nacido en 1867, fue padre espiritual de muchas almas. Los últimos años de su vida tuvo que trasladarse a su pueblo natal debido a una enfermedad que padecía, allí seguía viviendo los tiempos señalados en el monasterio, en recogimiento y oración. Ya habiéndose iniciado la guerra, lo llevaron a un Comité el 26 de agosto, donde se compadecieron de él por ser tan anciano. Sin embargo, el 15 de septiembre, volvieron a buscarlo, sacándolo y conduciéndolo hacia la tapia del cementerio, donde junto con su sobrino y seis personas más, murió, no sin antes decir las palabras de ¡Viva Cristo Rey! Al día siguiente fueron enterrados en la fosa y posteriormente, en 1941, colocaron sus restos en el panteón que se encuentra en el centro del cementerio de Andorra.

Otro de los padres que murió alejado de su comunidad por diversas circunstancias fue el padre provincial fray Tomás Carbonell Miquel. Este religioso pronunció sus últimos sermones durante el triduo de la solemnidad de Cristo Rey en el año 1935. Siendo provincial al estallar la guerra, se encontraba en esos días de camino a Lérida. Se alojó en casa de mosén Tarrassa hasta que el día 24, lo cogieron y fusilaron en la misma ciudad, dejando su cuerpo tendido en las escaleras de la catedral. Con estas palabras lo despedían sus hermanos: «Así terminó su vida nuestro buen padre provincial; el que durante toda ella no tuvo más afán que extender el Reino de Cristo, tuvo la dicha de terminar sus días del modo más glorioso: derramando la sangre por su causa».

Convento de El Olivar

EN 1936 cuando se inicia el Alzamiento en España, empieza para los moradores del convento de El Olivar un penoso camino, que va acabando para cada grupo y para cada uno tras numerosos incidentes, a unos llegar a la zona nacional y a otros alcanzar la palma del martirio. Es gracias a los testimonios de los padres mercedarios y personas de los pueblos y ciudades cercanas que sabemos todo lo que se cuenta de ellos.

Si bien no nos podemos detener a explicar detalladamente la vida de cada uno, dichas lecturas son de gran provecho para el alma, pues muestran corazones consagrados completamente al Señor en la vocación de la Orden de la Merced, ocupando cada uno el lugar que Dios les tenía preparado para dar gloria a nuestro Señor. Brillaban por la obediencia y humildad con que cada uno ejercía su labor: unos, con grandes cualidades intelectuales, dedicados a la formación y a la predicación. Otros, eran reconocidos por su virtud por gran multitud de personas, las cuales deseaban acercarse a ellos y frecuentar su trato; y otros santos religiosos, cuyas virtudes se ocultaron a los ojos de los hombres al dedicarse a las labores cotidianas del convento. Y todos llevaban una vida intensa de oración, sabedores de lo que era más importante en dicho vivir, piadosos y devotísimos de la Virgen María y la Eucaristía, la Providencia les iba preparando para la meta deseada.

Habiendo encomendado el gobierno de la comunidad al padre Francisco Gargallo, se inició la guerra, se hallaban todavía –debido a la falta de comunicación–, los religiosos en el convento el día 1 de agosto. Esa misma noche, salió el primer grupo formado por los postulantes, algunos padres y hermanos hacia el pueblo de Crivillén. El resto se esparcía por cuevas y corrales, y se ocultaban por los montes acudiendo al amanecer al convento, donde se seguían practicando todos los ejercicios de Comunidad. Los PP. de la Comunidad decidieron abandonar el convento y salir divididos en grupos lo antes posible.

La primera expedición salió a las diez de la noche y estaba formada por: Manuel Gargallo, Liborio Mir, Esteban Portugal, Jesús Lorenzo y Severiano Peláez, los coristas fray Francisco Angulo, Marcelino Barandiaran, Ignacio Ibarlucea y los hermanos novicios fray Eliseo Varona y Porfirio Gracia. Dicho grupo se encaminó hacia Oliete, Muniesa, y Zaragoza, llegando a pie a Muniesa. La segunda expedición estaba formada por los postulantes y su maestro el padre Ángel Millán, a la que se unió el sacerdote de Estercuel, don Melchor Ollé, y procedió a salir a las tres de la tarde del día 3 de agosto, este grupo siguió el mismo itinerario que el anterior y consiguieron llegar a Zaragoza. La tercera expedición, en la que quedaban el resto de padres y postulantes, no pudo salvarse. Por motivos desconocidos no siguieron el mismo recorrido y decidieron pasar la noche del día 3 en una cueva llamada Cabezo Gordo, en el pinar de La Codoñera. Iba al frente el padre Francisco Gargallo, junto con el padres Sancho y los hermanos Pedro Esteban, Antonio Lahoz, José Trallero, Jaime Codina y seis postulantes. Permanecieron dos noches en dicha cueva. Sin embargo, el día 4 los dos hermanos salieron siendo los primeros en recibir la corona del martirio. Salieron camino de Oliete para ver si había posibilidad de avanzar a Muniesa; cerca de Oliete encontraron a un grupo de milicianos, que tras reconocerlos los detuvieron, haciéndoles preguntas sobre el resto de hermanos y padres del convento. Les llevaron esa noche al convento donde estuvieron cocinando para todos los milicianos que se encontraban allí y posteriormente les encerraron en una celda. Al día siguiente, los llevaron al camino de Oliese, cerca del barranco del Agua, donde volvieron a preguntarles ante lo cual no contestaron. Un miliciano les ordenó gritar «¡Viva Rusia!» ante lo que contestaron «¡Viva Cristo Rey!» al mismo tiempo que caían fusilados. Intentaron quemar los cuerpos, pero varios testigos cuentan que era imposible que el fuego los consumiese, por lo que fueron finalmente enterrados el mismo sitio, hasta que el 17 de abril de 1938, los trasladaron triunfalmente al cementerio del convento. Los que quedaban en la cueva oyeron los tiros, y pronto descubrieron los cuerpos de los hermanos. Viendo el peligro que corrían permaneciendo en la cueva decidieron dividirse hacia distintas direcciones. Los hermanos Pedro Esteban y Antonio Lahoz, hacia Crivillén, para seguir luego hacia Híjar, su pueblo natal. Los padres con los postulantes pasaron la noche en Mases de Crivillén, pasando por la finca de don Francisco Rubio, quien les ayudó y les indicó que fueran hacia Alcaide, pues hacia Oliete y Muniesa era peligroso. Al no conocer bien el terreno, anduvieron por aquellos parajes hasta llegar al embalse del pantano de Oliete. Cruzaron montañas siguiendo el camino de Alcaine a Muniesa, pero poco antes de llegar al último pueblo, creyeron divisar fuerzas nacionales a los cuales saludaron con alegría, encontrándose después que eran milicianos. El padre Sancho incluso les ofreció sus servicios como capellanes, ante lo cual inmediatamente fueron detenidos e introducidos en un coche. A los postulantes los metieron en otro coche, y posteriormente los pusieron en libertad. Sin embargo, los padres, tras insultos y burlas fueron fusilados. Parece ser que los llevaron primero a la estación para después salir para el martirio. El padre fue visto a las diez de la mañana el día 7 de agosto en la estación de Muniesa. Lo sacaron para fusilarlo mientras lo insultaban llevándolo a la orilla de la carretera que viene de Oliete a Muniesa. Cerca del kilómetro 40 lo fusilaron y, según cuentan, permaneció de pie varios minutos. Los restos reposan en el cementerio del Convento.

Fray Pedro y fray Antonio, presentes en la tercera expedición también, se marcharon como dijimos hacia su pueblo natal. Allí se dedicaron a trabajar las tierras hasta que una mujer los delató, y en su misma casa fueron fusilados, yaciendo actualmente en el cementerio de El Olivar.

El padre Mariano Pina Turón se refugió en Crivillén, y posteriormente al encontrarse enfermo pasó varias horas en el convento y procedió a subir a Estercuel, donde permaneció del 3 al 6, saliendo la noche del 6 hacia Alcaide, donde le pidieron que abandonase el pueblo, por lo que salió hacia Alacón y recorrió el mismo camino que el padre comendador y el padre Manuel Sancho. En Alacón no tuvo reparo en decir quién era, por lo que no tardaron mucho tiempo en prenderlo, llevándoselo sin saberse con seguridad el destino, pues no se ha podido encontrar su cuerpo.

Por último, el joven postulante Rafael Villanueva, fue fusilado en Alcorisa la primera semana de agosto, simplemente por haber sido por pocos días miembro de una comunidad religiosa.

Convento de Lérida

LOS padres Tomás Campo (comendador), Francisco Llagostera, Enrique Morante, Jesús Massanet, y el hermano Serapi Iranzo componían dicha comunidad. Decidieron buscar refugio en distintas casas de amigos. Sin embargo, el padre Campo ya se hallaba detenido el 24 de julio encerrado en la cárcel provincial junto con el padre Francisco Llagostera y el hermano fray Serapio. Allí dieron pruebas de valor y virtud, rezando el santo Rosario y animándose mutuamente a derramar la sangre por Cristo. Ese mismo día, llegaba la columna de García Oliver, los cuales asaltaron la cárcel llevándose a veinticinco personas. Fueron conducidos hacia el Campo de Marte, yendo todos los mártires alegres, gritando ¡Viva Cristo Rey! y cantando el himno eucarístico Cantemos al Amor de los amores. Fueron fusilados la noche del 24 al 25 de agosto de 1936.

El padre Enrique Morante se trasladó a casa de su madre, pero para no darle disgusto salió y anduvo vagando hasta que lo descubrieron. Una mujer vio como se lo llevaban atado, maltratándolo camino de Lérida, donde cerca de la estación lo mataron a tiros dejando el cuerpo tirado en el arroyo.

El padre Jesús Eduardo Massanet, junto con fray Tomás Carbonell y el sacerdote mosén Tarrasa, el día 24 de julio fueron capturados y los iban a llevar supuestamente a la cárcel, pero en el Paseo de Boteros los mataron dejando los cadáveres en ese mismo sitio.

Convento de San Ramón

DISPERSA la comunidad, el padre Amancio Marín Míguez intentó ir a su tierra, Burgos, pero llegando a Huesca fueron a buscarle y lo exhibieron por las calles entre burlas y escarnios, hasta llegar a la tapia del cementerio, donde tras prepararse cinco minutos a morir, confesó a Jesucristo delante de aproximadamente cien personas antes de morir.

El otro mártir de dicho convento fue el hermano Francisco Mitjà, cuyo martirio se desconoce. Únicamente fue encontrada posteriormente su cabeza, sola, en las cercanías del pueblo de Iborra (Lérida).

Convento de Barcelona

TRAS la dispersión de la comunidad se produjo la quema y destrucción total de la iglesia y el convento. El hermano Antonio González, se refugió en casa de mosén José Tolosa, en la calle Sepúlveda, donde fueron detenidos en compañía de otro sacerdote, mientras dormían. Los metieron en un taxi, sin saber el destino. Cinco horas más tarde fueron fusilados y se encontraron sus cuerpos en el hospital (reconocidos por el doctor Tort, que tras analizar las marcas dijo que habían sido cruelmente martirizados).

El martes 21 de julio, estaban sucediendo en Barcelona los asesinatos más horribles y, sin embargo, el padre José Reñé tuvo serenidad para entrar con el hermano fray Manuel Tomás Pina, a celebrar por última vez la santa misa en la iglesia del Buensuceso. Según cuentan, durante los últimos veinticinco días de su vida, se dedicó a orar frecuentemente ante Jesús Sacramentado. Manifestaba gran admiración por los mártires; decía: «Los matan, porque son ministros y seguidores de Cristo, por lo tanto son tan mártires como san Pedro, como san Lorenzo, como san Sebastián… Y esto es muy grande; ya no puede ser mayor». Ardía su corazón en grandes deseos de entregar la vida por amor a Cristo. «Si me llevan a matar –decía–, yo de todas las maneras gritaré ¡Viva Cristo Rey! a fin de que conste por qué muero». Su cadáver, destrozado, fue reconocido en el Hospital Clínico.

Convento de Lorca

LOS últimos dos mártires son de este convento. El padre Lorenzo Moreno, conocido por ser gran pedagogo y hombre de sencillez infantil, se trasladó en los últimos años junto a su madre necesitada en Lorca. Allí fue martirizado de manera lenta y cruelísima. En la noche del 3 de noviembre de 1936, fueron a buscarlo y lo llevaron fuera de la ciudad, llevando éste su breviario consigo. No habiéndole podido sacar ninguna blasfemia procedieron a mutilarlo lentamente. Tras haber cometido tales atrocidades, acabaron machacándole el cráneo, llegando este padre a la cumbre del heroísmo cristiano. Finalmente lo tiraron (no se sabe si con vida) a un pozo que había en las inmediaciones. Según cuentas las madres mercedarias de Lorca, les informaron de que clamaba y repetía mientras lo martirizaban las palabras de ¡Viva Cristo Rey! Por último, el padre Tomás Tajadura, provincial de Aragón, con serias afecciones de salud, se encontraba en Madrid, en cuya residencia fue mártir junto con sus otros hermanos, desconociéndose más detalles.

Martirio de las monjas mínimas de Barcelona

BALBINA GARCÍA DE POLAVIEJA

UNO de los muchos episodios admirables del martirio sufrido por religiosos durante la persecución religiosa del siglo XX en España es la historia de las nueve monjas mínimas martirizadas en Barcelona el 23 de julio de 1936.

Estas religiosas pertenecían a una orden fundada por san Francisco de Paula en el siglo XV. Un santo que había sido consejero del rey de Francia Carlos VIII e influyó en las negociaciones para restituir los condados de Rosellón y Cerdaña a Aragón. El monarca fue capaz de perdonar al reino vecino una deuda de trescientos mil ducados, como aportación de la corona francesa a los cuantiosos gastos que la guerra contra los moros de Granada ocasionaba a Aragón.

Los cronistas de las Monjas Mínimas hablan de don Pedro de Lucena, embajador de los Reyes Católicos cerca del rey de Francia. Aquel hombre estaba impresionado por lo que veía en Francisco de Paula, y en sus viajes a España hablaba de aquella vida santa a su familia. Así fue como brotó en unas sobrinas suyas el deseo de ser monjas bajo su dirección. Vencido por su generosa insistencia, el santo se decidió y les dio una regla como la suya, adaptada a su condición femenina. Tres años después de la conquista de Granada empezaba en Jaén la vida de estas monjas, que, encerradas tras los muros de un convento, buscaban la soledad de la vida eremítica en comunidad.

Las Monjas Mínimas habían llegado a Barcelona en 1623. Se habían instalado en una torre de Horta. Y en aquel monasterio sufrieron, tres siglos más tarde, la Semana Trágica de julio de 1909 y la terrible persecución religiosa iniciada en toda Cataluña el 19 de julio de 1936. En ese momento eran veinticinco las mujeres que vivían en el monasterio, totalmente alejadas de las agitaciones políticas. Allí, cual soldados que aguantan vigilantes en su puesto mientras los demás duermen, intercedían por la ciudad de Barcelona.

Rondando la media noche del sábado 18 al domingo 19 de julio, la campana del monasterio interrumpe el sueño de la comunidad. En Barcelona, las tropas sublevadas han salido ya a la calle para proclamar el estado de guerra, pero son derrotados rápidamente por las milicias populares, armadas por el gobierno de la Generalitat, y las fuerzas de orden público.

El día 19, hacia las nueve de la mañana, una amiga de las monjas, la señorita Mercader, acude al convento para alertarlas del peligro que corren, ya que en Barcelona templos y casas religiosas están ardiendo, y el fuego de la revolución se extiende rápidamente. Deben salir todas inmediatamente de su monasterio. Vestidas de seglar se distribuyen entre tres casas vecinas. Por miedo a los registros, tienen que ocultarse durante el día en una cueva cercana. Mientras ellas permanecen escondidas, el monasterio es saqueado y las tumbas de su cementerio profanadas, dejando expuestas, ante la puerta de la entrada a la clausura, las momias de dos religiosas recientemente enterradas.

Al terminar el día 22, se encuentran en la casa donde era portero-hortelano David Furné las diez mujeres que van a ser inmoladas: las ancianas madre Margarita de San Ramón (73 años), madre Asunción (65 años), madre Montserrat (64 años), acompañada siempre de su hermana doña Lucrecia García Solanas; las profesas solemnes sor María de las Mercedes (47 años), sor María de Jesús (37 años), y las hermanas legas: Josefa del Corazón de María (71 años), Trinidad (60 años), Enriqueta (46 años) y Filomena de San Francisco de Paula (40 años)

Habían pasado la noche en la torre de los Bofarull. El día 23 estaban más tranquilas de lo habitual, ya que no habían sido llevadas a la cueva. Pero hubo una delación, y los milicianos se presentaron a tiro seguro: buscaban a diez monjas. En la tradición de la comunidad quedó la versión de que había sido Esteban, el portero del monasterio, el autor de la delación. Un cuñado suyo estaba metido en el Comité de Horta –traducción española de los soviet rusos–. Quizá no pensaba que las fueran a matar, sino que iban a colocarlas en algún Hospital para cuidar heridos. Esto, en todo caso, es lo que dijeron los milicianos en el momento de detenerlas. Eran cinco muchachos jóvenes, entre ellos un guardia urbano, que daba las órdenes. Las monjas acababan de rezar el rosario cuando las detuvieron.

La Madre Montserrat se adelantó:

–La superiora soy yo. ¿Qué queréis?

–Queremos a la superiora, para que nos dé el capital del monasterio.

–Pues yo lo soy. Pero capital no tengo ninguno. A estas dejadlas en paz, porque ellas, pobrecitas, no tienen nada que ver. Si tienen que hacernos algo malo, háganmelo a mí, porque yo soy la responsable, pero ellas no. Si quieren, me matan a mí, pero ellas son inocentes.

–¡Las diez monjas! ¡Y tú también! –dirigiéndose a la señora Lucrecia–, que eres como una monja! ¡y tú también, David, que las habías escondido! ¡En marcha!

Las echaron bruscamente en un camión. Una de ellas, sor Carmen de San Francisco, tenía un hermano anarquista que fue a rescatarla y se la llevó justo en aquel momento. Esta mujer, al acabar la guerra, tuvo que cuidar a su madre y no volvió al convento. Siempre se emocionaba recordando los hechos: «Lástima que llegó mi hermano Salvador a salvarme, pues de lo contrario hubiera podido ofrecer al Señor el derramamiento de mi sangre, con las nueve hermanas mártires.»

Las demás fueron llevadas en dirección a San Andrés, a una fábrica de ladrillos llamada Bòbila Boada. A David Furné, el hortelano, le dejaron escapar. Una señora vecina oyó los tiros en la finca hacia las siete de la tarde. También oyó las voces de los milicianos y dijo que las monjas habían sido muy valientes. Y los mismos patrulleros comentaban en la lechería La Rabassada, que solían frecuentar: «¡Vaya unas monjas valientes esas nueve que han caído hoy!».

Hasta qué punto las martirizaron no se ha podido saber, pero debió de ser terrible, ya que hasta las dos de la madrugada no las acabaron de matar. No hay testigos directos que hayan querido hablar, pero los cuerpos de las víctimas hablan elocuentemente con el lenguaje de sus heridas, descritas por el forense del Hospital Clínico de Barcelona: heridas de arma de fuego, desgarros, hemorragias, heridas cortantes, heridas que indican intentos de violación, «hundimiento de la cara por contusión», etc.

Después de estar todo el día 24 de julio los cadáveres expuestos al sol, un señor que había ido alguna vez al monasterio y conocía a las hermanas pasó por allí, y al ver los cadáveres reconoció que eran las monjas mínimas; dio parte a Sanidad y el día 25 las recogió la Cruz Roja y las llevaron al Hospital Clínico. Antes de ser sepultadas en una fosa común, un hermano de sor Enriqueta y sobrino de la madre Margarita pudo reconocer por las fotos a sus dos familiares y ver que las demás fotos eran de las restantes hermanas.

Los testigos interrogados concuerdan en que el martirio de las monjas fue por el odio a la fe que sentían los asesinos. «Por lo que siempre he oído contar, me consta –y eso desde el principio lo supe– que fueron asesinadas por odio a la fe y que aceptaron voluntariamente la muerte por amor a Cristo como buenas religiosas» (testimonio de Teresita Santiago Fernández). «Dada la situación de aquellos días, al tratarse de religiosas y con el testimonio y comentarios de personas fidedignas puedo asegurar que las siervas de Dios fueron asesinadas en odio a la fe y ellas aceptaron por amor a la misma fe, como cristianas y religiosas, la muerte» (testimonio de Asunta Mercader). «Declaro que, por el conocimiento de las religiosas y las características de aquellos momentos, de verdadera persecución religiosa (que también padecimos en nuestra casa) creo firmemente que su muerte fue causada por odio a la fe; igualmente creo firmemente, dado el espíritu religioso de las siervas de Dios, que aceptaron la muerte por amor a la fe y a su espíritu» (testimonio de María Prat).

Los obispos españoles hablan de los mártires

Cumplimos así con un deber de justicia y gratitud al poner sobre el candelero la fortaleza y heroísmo de estos cristianos que, por amor a Jesucristo, prefirieron la muerte antes que renegar de su fe. Fueron testigos del Evangelio de Jesucristo, modelos de amor y fidelidad en su tiempo. Descubrimos en ellos el rostro de Dios que se ha encarnado y ha tomado forma en los rostros de aquellos que hicieron de Cristo la razón suprema de su existencia (cf. LG. 50). A través de sus vidas podemos descubrir cómo Él sigue presente en el mundo y transforma las vidas de sus discípulos. Son testigos de la fe cristiana que sellaron con su martirio, y, por eso, celebramos su fidelidad a Dios, al mismo tiempo que su grandeza humana.

Cristo es el prototipo de los mártires. La salvación del mundo se realiza a través del sufrimiento y la muerte del supremo testigo del amor de Dios al hombre: Jesucristo (Cf. Mt 16, 21; Lc 17, 25). Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron (Cf. Jn 1, 11), pero Él «los amó hasta el fin» (Jn 13, 1) y fue condenado a muerte (Cf. Jn 19, 7) y crucificado (Cf. Jn 19,18). Así consumó la entrega de su vida, por amor, para que tuviéramos vida (Cf. Jn 19,50 y 10, 10).

Precisamente porque la muerte salvífica de Cristo en la cruz es de una importancia tan trascendental para la redención de la humanidad se comprenderá también por qué ha habido siempre mártires en su Iglesia y seguirá habiéndolos.

Monseñor RAMÓN DEL HOYO LÓPEZ, obispo de Jaén

«In odium fidei»

FRANCISCO CANALS VIDAL (†)

LA Iglesia católica venera como mártires los fieles a los que los perseguidores de la fe han dado muerte por causa de la misma fe cristiana; es decir, a los que han muerto in odium fidei. Hemos de dar gracias a Dios por la reciente beatificación, la más numerosa de la historia, de mártires españoles. Veintisiete de ellos pertenecían a diócesis catalanas y el hecho de que sean ahora beatificados responde a que el arzobispado de Valencia promovió un proceso de beatificación como mártires en el que quedaron incluidos numerosos religiosos de diversas órdenes y congregaciones. Por esto también han sido beatificados once jesuitas, cuatro de ellos catalanes, que murieron por la fe en Valencia.

El joven Francisco Castelló i Aleu ha sido el primero de los miembros de la recordada Federació de Joves Cristians de Catalunya que sube al honor de los altares, pero no ha sido propiamente el primer fejocista. Hace algunos años (en 1995) el escolapio Francesc Carceller, consiliario del «Grup 93, de Nostra Senyora de les Escoles Pies», en el colegio de la calle de la Diputación, en Barcelona, fue beatificado con otros dos profesores del mismo colegio, Casanovas y Canadell. Para mí son un recuerdo de mis años de alumno en aquel colegio. Conocí a los tres y pertenecí, como avantguardista, al grupo que dirigía el padre Carceller.

La proximidad e intimidad de estos recuerdos me estimulan, al ver también beatificado un congregante mariano valenciano, a expresar con entusiasmo ferviente el deseo, que me consta sentimos muchos, de que puedan ser pronto elevados al honor de los altares los numerosos fejocistas, congregantes marianos, jesuitas, sacerdotes diocesanos, religiosos de diversas congregaciones y padres de familia que en Cataluña dieron su vida por la fe en Cristo en los años de la persecución religiosa que llevó al martirio a más cristianos en toda la historia de la Iglesia.

Los frecuentes sofismas surgidos de ideales políticos profundamente enfrentados a Dios, luchadores contra el Reino de Cristo en el mundo, me mueven a recordar algunas verdades que en aquellos sofismas se ocultan o se deforman.

*Reproducido de CRISTIANDAD, núm. 837-838, de marzo-abril de 2001. El número estaba dedicado a celebrar la beatificación, el 11 de marzo de 2001, de 233 mártires de la persecución religiosa de 1936-1939 en España.

Es complicada la vida humana y el curso concreto de la historia. No son conscientemente culpables de los errores y de sus consecuencias todos los que sienten entusiasmo por acontecimientos políticos que no se habrían dado sin los impulsos que han llevado a la apostasía y a la descristianización del mundo contemporáneo. Esto explica que en 1877, durante el pontificado de Pío IX, y en 1911, durante el de Pío X, se pudiera recordar la necesidad de no atribuir las doctrinas condenadas en la Quanta cura y el Syllabus a todos los que militaban en partidos políticos liberales.

Pero, León XIII calificó como «imitadores de Lucifer en su nefando grito no serviré... a los partidarios de este sistema tan extendido y poderoso que tomando el nombre de la libertad quieren ser llamados liberales».

Pío XI enseñó que «no se puede ser verdaderamente católico y al mismo tiempo socialista verdadero» –aunque algunas veces la Jerarquía católica ha afirmado el derecho de los católicos ingleses a votar el Partido Laborista–; y del comunismo juzgó que era «intrínsecamente perverso» y advirtió que «no se puede admitir que colaboren con él en ningún terreno los que quieren servir a la civilización cristiana», y puso a la Iglesia bajo la protección de san José para que la defendiera de los ataques del ateísmo comunista.

Juan XXIII, en 19 de marzo de 1961, recordando que Pío XI había puesto la acción de defensa de la Iglesia frente al comunismo ateo bajo la protección de san José, le invocaba de nuevo como «poderoso amparo en la defensa contra los esfuerzo del ateísmo mundial que tiende a la destrucción de las naciones cristianas».

Si estos juicios de Pío XI y de Juan XXIII hubieran sido recordados en estos últimos años, no tendría la fuerza que tiene el movimiento marxista –no fascista ni nazi– que instrumentando un nacionalismo radical intenta destruir el pueblo vasco y España, a la que Torras i Bages definía como «conjunto de pueblos unidos por la Providencia».

En mí, confieso que tienen más fuerza los recuerdos de mi propia vida que las cavilaciones actuales de pretendidos sociólogos religiosos, que para hacer olvidar la gloria de los mártires ocultan el dinamismo profundo de la persecución religiosa en 1934 y 1936-1939.

El 14 de abril de 1931, a la vista de las primeras banderas tricolores republicanas y oyendo los primeros gritos de aclamación de la República, dijo mi padre: «Pronto habrá quema»; y ante mis preguntas me explicó que pensaba que no tardaría en ocurrir en Barcelona lo que había ya ocurrido durante la Semana Trágica: la quema de las iglesias y de los conventos. No pasaron muchos días sin que esto ocurriese en Madrid.

En Cataluña fue un hecho universal, misterioso, inexplicable –y nunca investigado– el asalto en pocas horas, en julio de 1936, de todos los edificios religiosos, desde el Valle de Arán al Bajo Ebro, desde la Costa Brava a las comarcas de Lérida.

Al oír en 14 de abril de 1931 el anticipativo juicio de mi padre tenía yo 9 años. Después he leído muchas cosas y pensado también mucho; y me da que pensar el hecho de que en el momento de las matanzas de frailes en Madrid (1834) cantaba un ciego, al son de la guitarra, como recuerda Menéndez y Pelayo:

Muera Cristo,

Viva Luzbel;

Muera don Carlos,

Viva Isabel.

Sin el impulso sectario masónico no hubiera tenido lugar la secularización de España obrada por la revolución liberal. Sus víctimas murieron también por odio a la fe cristiana. Como siempre, sus enemigos hablaban de otras cosas. Pero también los mártires que en Francia murieron durante la persecución anticristiana obrada por la Revolución francesa fueron acusados de enemigos de la República por no aceptar la cismática «Constitución Civil del Clero». Durante siglos en Inglaterra la fe en la autoridad del Papa de Roma y la celebración de la misa católica estaban fuera de la ley.

Antes de descalificar «políticamente» a los mártires de Cristo habría que reconocer con consternación y arrepentimiento la orientación y finalidad de hostilidad a Dios y a su Cristo de las persecuciones emprendidas al servicio de políticas cuya orientación final y decisiva es el separar las sociedades de la verdad católica y del Reinado de Cristo en la sociedad.

Los mártires españoles que morían al grito de ¡Viva Cristo Rey! seguían el camino del jesuita padre Pro, ejecutado en uno de los lugares más céntricos de la ciudad de México, por orden del propio presidente, como enemigo de la Revolución mexicana y del Estado que ella instauraba.

Al venerar a los mártires hemos de ver realizada en ellos la promesa del Señor: «Bienaventurados seréis cuando los hombres os aborrezcan, os aparten de sí y os maldigan y proscriban vuestro nombre como malo por amor del Hijo del Hombre».

Los obispos españoles hablan de los mártires

El hecho, sin embargo, de que el martirio sea un don y una gracia de Dios no significa que quede disminuida o suprimida, por esta gracia, la personalidad humana del mártir y nuestra más preciosa prerrogativa que es la libertad. Precisamente la libertad humana y el amor en la persona del mártir quedan enriquecidos y ennoblecidos por esa gracia. En el mártir precisamente la persona realiza, bajo el impulso de la gracia de Dios, su más auténtica respuesta desde la libertad y el amor, a su unión con Jesucristo. Por eso el martirio es el acto supremo de fe, esperanza y caridad. El mártir se abandona radical y totalmente en manos de su Creador y Redentor. No sólo se enfrenta libremente con la experiencia tremenda de la muerte, sino que, sobre todo, la acepta en su corazón como un medio eminente de asociarse radicalmente a la muerte de Cristo en la cruz.

Al ser el martirio el acto más grande de amor a Dios es el camino, asimismo, más noble y certero hacia la santidad. Al seguir a Cristo hasta el sacrificio voluntario de su vida, el mártir, más que cualquier otra persona, queda consagrado y unido como nadie a Cristo, transformándose en su imagen. Por eso, nadie está más cerca de Dios y participa más intensamente de la gloria de Cristo que aquellos que murieron por Él, en Él y con Él.

Desde el principio del cristianismo los discípulos de Jesucristo tenían conciencia clara de que, con el mismo acto que se adherían a su persona y aceptaban su Evangelio, tenían que enfrentarse con el mundo que les rodeaba, contrario a sus compromisos. Sobre todo en los dos primeros siglos sabían que la seriedad de la fe cristiana, solía tener como sello el martirio, como supremo testimonio de su fe.

Entonces, como hoy y siempre, el mártir nos interroga en qué se basa y fundamenta nuestra fe, y nos habla del Reino de Dios entre nosotros (Cf. Mt 5, 11-12). El mártir protesta, diríamos, contra las situaciones en que prevalece el mal. Por el martirio el vencedor termina vencido, no por revancha, sino por la fuerza que le sostiene en el martirio. Su victoria no humilla al vencido, sino que nos habla de fidelidad y coherencia a su fe. Nos anima a caminar al encuentro del Señor, soportando la cruz y tribulaciones, desde la esperanza (Cf. Job 19, 25).

Monseñor RAMÓN DEL HOYO LÓPEZ, obispo de Jaén

 

«¡El martirio, el sueño de mi juventud!»

La vocación al martirio de santa Teresita

J.-J E.-S.

SANTA Teresita del Niño Jesús anhelaba el martirio. Así lo expresa en el capítulo IX de su vida: «Ser vuestra esposa, ¡oh Jesús!, ser carmelita, ser por mi unión con Vos madre de las almas, debía bastarme… Pero yo siento en mí otras vocaciones: la de guerrero, la de sacerdote, la de apóstol, la de doctor, la de mártir... Querría llevar a cabo las obras más heroicas, me siento con el valor de un cruzado, de un zuavo pontificio. Querría morir en el campo de batalla en defensa de la Iglesia. Quisiera iluminar las almas como los profetas y los doctores… Quisiera ser misionero…» «Pero, sobre todo y por encima de todo, quisiera derramar por ti hasta la última gota de mi sangre… ¡El martirio! ¡el sueño de mi juventud!, un sueño que ha crecido conmigo en los claustros del Carmelo... Pero siento que también este sueño mío es una locura, pues no puedo limitarme a desear una sola clase de martirio…para estar satisfecha, tendría que sufrirlos todos…»

¿Cómo inspiró Jesús tan ardiente deseo de martirio a santa Teresita? Ella cuenta cómo a sus 14 años, en mayo de 1887, cayó en sus manos el libro El fin del mundo y los misterios de la vida futura, del padre Charles Arminjon. «Este libro se lo habían prestado a papá mis queridas carmelitas; por eso, contra mi costumbre (pues yo no leía los libros de papá), le pedí permiso para leerlo. Esa lectura fue una de las mayores gracias de mi vida. La hice asomada a la ventana de mi cuarto de estudio, y la impresión que me produjo es demasiado íntima y demasiado dulce para poder contarla».

En el libro, el padre Arminjon, citando a san Agustín en su comentario al texto de san Juan, dice que en los últimos tiempos todos los infieles, herejes, y hombres depravados se aliarán con el anticristo para perseguir a los fieles a Dios, y que esta persecución, «la más inhumana y la más sangrienta de todas las que jamás ha sufrido el cristianismo, estará exclusivamente impulsada por el odio directo a Dios y a su Ungido, y su único fin será el exterminio del reino de Dios, la aniquilación total del cristianismo y de toda religión positiva […] por el colosal poder y los medios prodigiosos de fuerza y de destrucción que poseerá el Anticristo… y por la espantosa malicia del demonio, pues dice san Juan que en aquellos días Dios le dejará salir de la prisión de llamas donde está encadenado y le dará una licencia absoluta para seducir y saciar su odio contra el género humano… por lo que dice san Cirilo, que habrá multitud de mártires, aún más gloriosos y más admirables que los que combatieron antaño contra los leones en los anfiteatros de Roma y de las Galias».

Este máximo martirio en la gran persecución del anticristo entusiasmó a santa Teresita, quien años más tarde escribirá: «Al pensar en los tormentos que serán el lote de los cristianos en tiempo del anticristo, siento que mi corazón se estremece de alegría, y quisiera que esos tormentos estuviesen reservados para mí…». En cartas a sus hermanos espirituales, los misioneros padres Roulland y Bellière les dice que pide a Dios que lleguen a alcanzar la palma del martirio. Dedicará también una poesía al martirio del santo misionero Teófanes Vénard, y exclama: «con santa Juana de Arco, mi hermana querida, quisiera murmurar en la pira tu nombre, ¡oh Jesús!» (Historia de un alma, IX). En 1894 le escribe su poesía pidiendo su beatificación, que comienza así:

Dios vencedor, tu Iglesia, toda entera,

rendir pronto quisiera honor en los altares

a una virgen y mártir, a una niña guerrera,

cuyo nombre resuena ya en el cielo.

Para salvar a Francia, a la Francia culpable,

no desea tu Iglesia ningún conquistador,

solamente Juana puede salvar a Francia,

¡todos los héroes juntos pesan menos que un mártir!

Tuyos, ¡oh dulce mártir!, son nuestros monasterios,

tú sabes que las vírgenes hermanas tuyas son;

y sabes que el objeto de sus ruegos

es, como fue el objeto de los tuyos,

ver que en todas las almas reina Dios.

Estribillo. Salvar las almas es su deseo, de apóstol mártir dales tu llama.

Meses después de la lectura del libro de Arminjon, en noviembre de 1887, Teresita peregrina a Roma y visita el Coliseo. Con santa envidia invoca a san Sebastián y le pide correr su misma suerte martirial, y a la mártir Cecilia le dice: «Como tú quisiera sacrificar mi vida, darle a Jesús toda mi sangre». Escribe: «Al posar mis labios sobre el polvo purpurado con la sangre de los primeros cristianos, me palpitaba fuertemente el corazón. Pedí la gracia de ser también mártir por Jesús, ¡y sentí en el fondo de mi corazón que mi oración era escuchada!» (Historia de un alma, VI)

Teresita se sintió escuchada, pero no sabía cómo iba a acceder Jesús a su deseo. El día de su profesión, el 8 de septiembre de 1890, en la flor de su juventud y sin previsión de enfermedad alguna, llevó sobre su pecho un billete en el que pedía a su esposo: «Jesús, que muera mártir por ti, con el martirio del corazón o con el del cuerpo, o mejor, con los dos…». Así fue.

En carta a Celina reconoce: «el martirio del corazón es el sufrimiento íntimo del alma», es su martirio por amor: «Hagamos de nuestra vida un sacrificio continuo, un martirio de amor para consolar a Jesús». Pero este su martirio del corazón que «no es menos fecundo que el derramamiento de la sangre» (carta al padre Bellière), vino también acompañado del ofrecimiento y aceptación martirial de su sangre en las hemorragias de su enfermedad: «Sabía muy bien que tendría el consuelo de ver mi sangre derramada, puesto que muero mártir de amor» (Últimas conversaciones, Varia 5).

Sabía que el martirio de sangre es la más perfecta identificación con Jesús, el Rey de los mártires. Viendo una estampa de Jesús crucificado, cuya mano ensangrentada salía del libro, escribe: «Quedé profundamente impresionada al ver la sangre que caía de una de sus manos... caía al suelo sin que nadie se apresurase a recogerla... resolví mantenerme en espíritu al pie de la cruz para recibir el divino rocío que goteaba de ella, comprendiendo que luego tendría que derramarlo sobre las almas» (H.A. cap. V), y pocas semanas antes de morir, repetirá: «No quiero dejar que se pierda esa sangre preciosa. Pasaré mi vida recogiéndola para las almas» (Últimas conversaciones, agosto 1897).

Teresita, que había deseado sufrir todos los suplicios infligidos a los mártires, en su última enfermedad escribe: «¡Cuando pienso que muero en la cama! Me hubiera gustado morir en la arena» (Últimas conversaciones, Varia, 4.11), pero acepta contenta el martirio que le ha escogido Jesús: «¡Morir de amor, dulcísimo martirio, es el martirio que sufrir quisiera! (poesía 17). Este martirio de amor lo ofrecerá un año antes de su muerte al Corazón de Jesús en el día de su fiesta, 22 de junio de 1896:

«Lo sabes bien, mi martirio,

mi único y solo martirio,

¡oh Corazón de Jesús!

es tu amor, y si suspiro

por verte pronto en el Cielo,

es para amarte, que amarte

más y más cada vez quiero.

En el Cielo, emborrachada d

ulcemente de ternura,

yo te amaré sin medida.

Los obispos españoles hablan de los mártires

El Concilio Vaticano II en la constitución Lumen gentium profundiza en la comprensión teológica del martirio al decirnos que: «Así como Jesús, el Hijo de Dios, manifestó su caridad ofreciendo su vida por nosotros (cf. 1 Jn 3, 16; Jn 15, 13)», así el martirio «en el que el discípulo se asemeja a su Maestro, que aceptó libremente la muerte por la salvación del mundo, y se conforma a Él en la efusión de su sangre, es estimado por la Iglesia como un don eximio y la prueba suprema del amor» (núm. 42).

El martirio, por tanto, no es fruto del esfuerzo o deliberación humana, sino la respuesta a una iniciativa y llamada de Dios, que invita a dar ese testimonio de amor. Por la unión íntima existente entre Cristo y sus discípulos es el mismo Cristo el que, mediante su Espíritu, habla y actúa en el mártir (Cf. Mt 10, 19-20). En virtud de esa unión a su Cuerpo, que es la Iglesia, nunca faltarán en ella persecuciones, porque es la misma vida de Cristo que continúa en su pueblo.

Monseñor RAMÓN DEL HOYO LÓPEZ, obispo de Jaén

San Fructuoso, obispo de Tarraco, protomártir de la Iglesia hispana

TERESA LAMARCA ABELLÓ

LA llegada de Roma en el siglo III a. de C. unió nuestras tribus íberas y preparó la tierra don de arraigaría la fe cristiana que trajeron san Pablo y Santiago en el siglo primero. Y arraigó de modo tan profundo y verdadero que muy pronto ofreció sus primeros frutos.

El 16 de enero del año 259 Emiliano, gobernador de la provincia Tarraconense, ordenó el arresto del obispo de Tarraco, Fructuoso. Este arresto era debido a las persecuciones anticristianas de los emperadores Valeriano I y Galieno, persecuciones que en este momento se dirigían especialmente contra las jerarquías de las comunidades cristianas, sus cabezas, con el propósito de desorganizarlas y anularlas. Junto con el obispo Fructuoso fueron hechos prisioneros sus diáconos Eulogio y Augurio.

El día 21 de enero del mismo año el obispo y sus diáconos fueron juzgados y condenados a morir quemados atados a una estaca por el único motivo de su fe cristiana. La pena se ejecutó aquel mismo día en el anfiteatro, a la vista de todos y sobre todo de la comunidad cristiana, a fin de que les sirviera de ejemplo y les llevara a abandonar su fe.

Pero veamos la narración de los hechos que una figura anónima relató en las Actas del martirio de Fructuoso y sus compañeros. Este documento, conocido como la Passio Fructuosi, es considerado el primer documento cristiano de la península ibérica. Es un documento de grandísimo valor histórico ya que presenta los caracteres más evidentes de autenticidad. Es, por tanto, importantísimo para nosotros, puesto que nos describe de forma sencilla y familiar el sacrificio de los primeros mártires hispánicos conocido por un documento auténtico.

Prueba también su contemporaneidad y su importancia, la difusión que en seguida tuvieron estas Actas para ser leídas de forma pública en las iglesias africanas. Así, san Agustín hace un panegírico de ellas en el sermón 273. También el poeta Prudencio las cita en su obra el Peristephanon a finales del siglo IV.

Acta del martirio

1. Durante el consulado de Emiliano y Baso, el 16 de enero, domingo, fueron detenidos Fructuoso, obispo, Augurio y Eulogio, diáconos. Estando recogidos en su habitación, entraron en casa los oficiales del pretorio, los beneficiarios Aurelio, Festucio, Elio, Polencio, Donato y Máximo. Fructuoso oyó pasos e inmediatamente se levantó y salió a recibirles en sandalias. Le dijeron los soldados:

–Acompáñanos, puesto que el gobernador te reclama con tus diáconos.

Les respondió Fructuoso:

–Vayamos, pues; pero, antes dejad que me ponga el calzado.

Respondieron los soldados:

– Hazlo como te plazca.

Llegados ya a su destino, fueron allí encarcelados. Fructuoso, sin embargo, dichoso y seguro de la corona a la cual era llamado, oraba sin cesar. Los hermanos le asistían asiduamente, le proveían de alimentos y le suplicaban que les tuviera presentes en su mente.

2. El día siguiente bautizó en la prisión a nuestro hermano llamado Rogaciano. Pasaron seis días antes que los sacaran de allí el viernes, 21 de enero, y prestaron luego declaración. El gobernador Emiliano dijo:

–Haz pasar a Fructuoso, haz pasar a Augurio, haz pasar a Eulogio.

Por oficio, respondieron:

–¡Helos aquí!

El gobernador habló así a Fructuoso:

–¿Sabes lo que han dispuesto los emperadores?

Fructuoso respondió: –Desconozco lo que hayan mandado los emperadores. ¡Soy cristiano!

El gobernador Emiliano precisó:

–Mandaron adorar a los dioses.

Fructuoso replicó:

–Yo adoro al único Dios, creador del cielo y de la tierra, y de todo cuanto hay en ellos.

Insistió Emiliano:

– ¿No sabes que existen los dioses?

Fructuoso contestó:

–Lo ignoro.

Le advirtió Emiliano:

–Sin duda, lo sabrás luego.

Fructuoso, vuelto hacia el Señor, oraba en silencio. El gobernador Emiliano exclamó:

–¡Éstos sí que son escuchados, éstos sí que son temidos, sí que son adorados, en vez de dar culto a los dioses y adorar las imágenes de los emperadores!

El gobernador Emiliano se dirigió entonces a Augurio:

–No hagas caso a las palabras de Fructuoso.

Augurio confirmó:

–Yo adoro a Dios todopoderoso.

El gobernador se volvió a Eulogio:

–¿Acaso adoras, tú, a Fructuoso?

Eulogio precisó:

–Yo no adoro a Fructuoso, pero sí que adoro a aquel a quien Fructuoso adora.

El gobernador Emiliano inquirió a Fructuoso:

–¿Eres, tú, obispo?

Fructuoso afirmó:

–¡Sí, lo soy!

Declaró Emiliano:

–¡Lo fuiste!

Y sentenció que fueran quemados vivos.

3. Y mientras Fructuoso y sus diáconos eran llevados al anfiteatro, crecía la aflicción del pueblo por el obispo Fructuoso, como una expresión más del gran amor que le tenía; así era no sólo entre los hermanos sino también entre los mismos gentiles. En Fructuoso se traslucía aquella imagen del obispo revelada por el Espíritu Santo a través del bienaventurado Pablo, vaso elegido, doctor de las naciones.

Por esta razón, incluso los soldados, conscientes de la gloria inmensa que iban a alcanzar aquellos, se alegraban más que no se entristecían. Y, ya que alguno de los hermanos le instaba a que bebiera una mixtura, Fructuoso le indicó:

–No es hora todavía de quebrantar la celebración del ayuno.

Serían las diez o las once de la mañana. Y puesto que el miércoles anterior, a pesar del encarcelamiento, había cumplido aquella solemnidad, ahora, seguro y gozoso, anhelaba culminar allá, en el paraíso que Dios dispuso para sus predilectos, con los mártires y los profetas, la estación iniciada aquí el viernes.

Llegados al anfiteatro, se le acercó su lector, de nombre Augustal, y le suplicaba entre sollozos que pudiera quitarle el calzado. Aquel mártir bienaventurado le correspondió así:

–Déjalo, hijo, yo mismo me descalzo.

Ya sin el calzado, se le acercó un soldado hermano nuestro, llamado Félix, y estrechó su mano mientras le rogaba que le tuviese presente en el pensamiento. Con voz perceptible por cuantos le rodeaban, le respondió:

–He de llevar dentro de mí la Iglesia católica, de oriente a occidente.

4. Firme en el umbral del anfiteatro, a punto de acceder a la corona inmarcesible más que al suplicio, en presencia de los soldados beneficiarios de oficio antes nombrados, y de tal manera que ellos y los hermanos lo pudieran percibir, Fructuoso, movido por el Espíritu Santo, que hablaba por boca suya, exclamó:

– Nunca más os faltará pastor ni os fallará la fiel promesa del Señor, ni ahora ni en el futuro. Esto que hoy contempláis es una simple debilidad pasajera.

Habiendo consolado a los hermanos, entraron dignos a la salvación, e incluso gozosos al martirio, al fruto prometido en las Santas Escrituras. Se hicieron semejantes a Ananías, Azarías y Misael, pues en ellos resplandecía la Trinidad divina cuando, de pie sobre el fuego terrenal, el Padre se les hacía presente, el Hijo les confortaba y el Espíritu Santo andaba entre las llamas. Consumidas por el fuego las cuerdas que ataban sus manos, Fructuoso, asiduo a la divina alabanza, exultante e hincadas las rodillas, oraba a Dios, seguro de la resurrección, con el mismo gesto victorioso del Señor crucificado.

5. Tampoco faltaron las habituales y maravillosas manifestaciones del Señor: se abrieron los Cielos, y Babilón y Migdonio, hermanos nuestros y servidores del gobernador Emiliano, mostraron a la hija de éste, y su señora terrenal, cómo Fructuoso y sus diáconos, coronados con el martirio, subían a través del cielo mientras las estacas, a las cuales fueron atados, permanecían todavía allí plantadas. Emiliano, llamado a contemplar la visión, ni siquiera fue digno de vislumbrarlos, mientras los servidores del gobernador le insistían:

–Ven y contempla cómo los que hoy has condenado ascienden ahora al Cielo y su esperanza es ratificada.

6. Los hermanos, confusos sin pastor, se sentían afligidos no porque compadecieran a Fructuoso sino más bien porque le echaban de menos. No obstante, conscientes de su fe y su combate, todos se apresuraron a bajar de noche al anfiteatro llevando consigo vino para sofocar los cuerpos humeantes. Después se apresaban a recoger la mayor cantidad posible de cenizas, allí acumuladas. También entonces se manifestó la maravillosa magnificencia de nuestro Señor y Salvador con la finalidad de confirmar en la fe a los creyentes y de proponer un ejemplo a los más débiles. Todo aquello que, por la misericordia de Dios, el magisterio de Fructuoso había enseñado en vida como una promesa de nuestro Señor y Salvador, era necesario que Fructuoso lo ratificara ahora en su reciente pasión y por la fe en la resurrección de la carne. Por lo cual, después de su inmolación, se mostró a los hermanos y les instó para que restituyeran sin demora todo cuanto, por amor, habían sustraído de las cenizas.

7. Se aparecieron a Emiliano, que había condenado a Fructuoso y sus diáconos, revestidos con la túnica de la promesa, mientras lo reprochaban y le manifestaban que en vano había despojado del cuerpo y enterrado para siempre a aquellos que ahora tendría que contemplar triunfantes.

¡Oh, mártires bienaventurados, purificados como el oro precioso en el crisol ardiente, protegidos con la coraza de la fe y el yelmo de la salvación, ceñidos con diadema y corona inmarcesibles por haber hollado la cabeza del maligno!

¡Oh, mártires bienaventurados, que merecieron un lugar esplendoroso en el Cielo a la derecha de Cristo para gloria de Dios, Padre todopoderoso, de Jesucristo, su Hijo y del Espíritu Santo! Amén. (Traducción: Lluís M. Moncunill Cirac) 

Según la tradición, la comunidad cristiana dio sepultura a los restos de los mártires en el lugar donde se levantaría le necrópolis paleocristiana del Francolí, pero no hay constancia del lugar preciso. Sin embargo, un estudio bien documentado muestra como el lugar más probable de la sepultura, el mausoleo de Centcelles, en el otro lado del río Francolí.

La Passio de san Fructuoso nos revela costumbres del momento, así como los sentimientos y las prácticas de los primeros cristianos de nuestra tierra. Hace contar la existencia de una comunidad de «hermanos» en la Tarraco del siglo III, presidida por su obispo Fructuoso, el cual ciertamente gozaba de gran simpatía popular entre los mismos gentiles. La ingenua y detallada pintura del momento en que el santo es hecho prisionero en su propia casa nos descubre su vida romanizada.

En la arena del anfiteatro, hacia el siglo V se construyó una basílica visigoda dedicada a san Fructuoso, y de la cual quedan todavía algunos vestigios.

Al llegar los musulmanes en el 711, los restos de los mártires fueron trasladados a Italia por el obispo Próspero, al lugar donde se levantaría la abadía de San Fructuoso de Capodimonti. Posteriormente parte de las reliquias regresaron a San Fructuoso de Bages, en Cataluña. En 1372 fueron trasladadas a la Seo de Manresa, a la cripta donde se veneran como uno de los Cossos Sants. De allí, una parte fue cedida a Tarragona, en cuya catedral son veneradas.

Que san Fructuoso, que con su martirio nos dio ejemplo de fidelidad a Cristo, nos ayude a vivir una vida verdaderamente cristiana.

 Los obispos españoles hablan de los mártires 

una de las principales aportaciones de los mártires de la persecución religiosa en el siglo XX, es la forma en que testimoniaron la doctrina evangélica del perdón al enemigo. Imitando a Cristo en su muerte, ellos también murieron rezando por sus verdugos, y expresándoles abiertamente su perdón. Más aún, conocemos el testimonio de mártires que antes de ser fusilados repartieron sus últimas monedas entre quienes se disponían a ejecutarlos. 

Su testimonio tiene un especialísimo valor en cuanto a que ilumina e inspira nuestro particular momento histórico. ¡Cuánto nos cuesta pedir perdón! ¡Cuánto nos cuesta perdonar las ofensas! La segunda de las grandes aportaciones de la espiritualidad martirial en nuestros días, es el amor a la verdad, tanto frente al relativismo como frente a los fundamentalismos. En efecto, la beata Madre Teresa de Calcuta decía que el mal principal de Occidente es la indiferencia… Frente al ‘todo vale’ y frente al ‘nada importa’, nuestros mártires nos recuerdan que hay ideales que son demasiado grandes como para regatearles el precio… Y, por otra parte, frente al fundamentalismo de quienes piensan que el amor a la verdad justifica quitar la vida al prójimo, los mártires creen que el amor a la Verdad bien merece sacrificar la propia vida.

Monseñor JOSÉ IGNACIO MUNILLA, obispo de San Sebastián

CONTRAPORTADA

Iglesia de mártires

Al dirigir una mirada de fe al siglo XX, los obispos españoles dábamos gracias a Dios, con el beato Juan Pablo II, porque «al terminar el segundo milenio, la Iglesia ha vuelto a ser de nuevo Iglesia de mártires» y porque «el testimonio de miles de mártires y santos ha sido más fuerte que las insidias y violencias de los falsos profetas de la irreligiosidad y del ateísmo». El Concilio dice también que la mejor respuesta al fenómeno del secularismo y del ateísmo contemporáneos, además de la propuesta adecuada del Evangelio, es «el testimonio de una fe viva y madura (...) Numerosos mártires dieron y dan un testimonio preclaro de esta fe». El siglo XX ha sido llamado, con razón, «el siglo de los mártires».

La Iglesia que peregrina en España ha sido agraciada con un gran número de estos testigos privilegiados del Señor y de su Evangelio. Desde 1987, cuando tuvo lugar la beatificación de los primeros de ellos –las carmelitas descalzas de Guadalajara– han sido beatificados 1001 mártires, de los cuales once han sido también canonizados.

Ahora, con motivo del Año de la Fe –por segunda vez después de la beatificación de 498 mártires celebrada en Roma en 2007– se ha reunido un grupo numeroso de mártires que serán beatificados en Tarragona en el otoño próximo. (…) La vida y el martirio de estos hermanos, modelos e intercesores nuestros, presentan rasgos comunes, que haremos bien en meditar en sus biografías. Son verdaderos creyentes que, ya antes de afrontar el martirio, eran personas de fe y oración, particularmente centrados en la Eucaristía y en la devoción a la Virgen. Hicieron todo lo posible, a veces con verdaderos alardes de imaginación, para participar en la misa, comulgar o rezar el rosario, incluso cuando suponía un gravísimo peligro para ellos o les estaba prohibido, en el cautiverio. Mostraron en todo ello, de un modo muy notable, aquella firmeza en la fe que san Pablo se alegraba tanto de ver en los cristianos de Colosas (cf. Col 2, 5). Los mártires no se dejaron engañar «con teorías y con vanas seducciones de tradición humana, fundadas en los elementos del mundo y no en Cristo» (Col 2, 8). Por el contrario, fueron cristianos de fe madura, sólida, firme. Rechazaron, en muchos casos, los halagos o las propuestas que se les hacían para arrancarles un signo de apostasía o simplemente de minusvaloración de su identidad cristiana.

Como Pedro, mártir de Cristo, o Esteban, el protomártir, nuestros mártires fueron también valientes. Aquellos primeros testigos, según nos cuentan los Hechos de los Apóstoles, «predicaban con valentía la Palabra de Dios» (Hch 4, 31) y «no tuvieron miedo de contradecir al poder público cuando éste se oponía a la santa voluntad de Dios: “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hch 5, 29). Es el camino que siguieron innumerables mártires y fieles en todo tiempo y lugar». Así, estos hermanos nuestros tampoco se dejaron intimidar por coacción ninguna, ni moral ni física. Fueron fuertes cuando eran vejados, maltratados o torturados. Eran personas sencillas y, en muchos casos, débiles humanamente. Pero en ellos se cumplió la promesa del Señor a quienes le confiesen delante de los hombres: «no tengáis miedo... A quien se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los Cielos» (Mt 10, 31-32); y abrazaron el escudo de la fe, donde se apagan la flechas incendiarias del Maligno (cf. Ef 6, 16).

Mensaje de la Conferencia Episcopal Española (19 de abril de 2013)



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