El Beato Manuel Basulto Jiménez, buen Pastor que dio su vida por sus ovejas

“Cuando viene el lobo, se pone de manifiesto quien es pastor y quien mercenario” San Gregorio Magno

Manuel Basulto Jiménez nació en Adanero (Ávila) en 1869. A sus 11 años ingresó en el seminario diocesano, siendo ordenado sacerdote a sus 23 años en 1882. Profesor de metafísica en el seminario, se licenció en Derecho en Valladolid, y regentó la canonjía de magistral de León y la de lectoral de Madrid. En l9l0 , a su s 40 añ os, fue consagrado obispo de Lugo. Su teresiano lema episcopal “A quien Dios tiene, nada le falta” indica la sobrenaturalidad de su pontificado, promoviendo obras de espiritualidad firme como la Adoración nocturna, de la que fundó numerosos turnos, dirigidas a todo el pueblo de Dios como el Apostolado de la Oración, y secundando la llamada del papa a la Acción Católica. Su celo por extender el Evangelio se refleja en el lema de su escudo, en que figura un corazón herido por transverberación con la frase: “¡Oh, Señor, quien no os conoce no os ama!” Piadoso y afable, fue padre y amigo de sus sacerdotes; se ocupó de su formación y vida espiritual, sin olvidar su previsión social, y mantuvo un trato cercano y sencillo con sus diocesanos. Al cabo de diez años en la diócesis de Lugo, en 1920, Benedicto XV le nombraba obispo de Jaén.

Su buen gobierno, su bondad, su piedad, su sabiduría y prudencia en tiempos normales, así como su valor en tiempos difíciles, le significaron como pastor a quien pueden aplicarse las palabras de San Gregorio Magno en su comentario al Evangelio del Buen Pastor: “No puede reconocerse si uno es pastor o mercenario mientras falte la ocasión oportuna, porque en tiempo normal el mercenario generalmente también atiende al cuidado de la grey, como el pastor, pero cuando viene el lobo, da a conocer con que disposición de ánimo estaba uno guardando las ovejas.” (Homilías sobre los Evangelios-1,14)

Y llegaron los tiempos de prueba. En junio de 1936 ordenaba a seis nuevos sacerdotes. Su homilía de ordenación fue explicitar la actualidad de las palabras de Jesús dirigidas a ellos: “Mirad que os envío como corderos en medio de lobos…” por lo que les exhortaba a estar dispuestos a dar la vida por la salvación eterna de las almas de los fieles que iba a confiarles. A uno de ellos: Manuel Casado, un mes después le era aceptado su ofrecimiento de poder dar su vida por Cristo, al igual que su obispo ordenante.

“Quien pone la mano sobre el arado y vuelve la vista atrás, no es digno del Reino.”.

En los días primeros tras el alzamiento militar, ante el cariz de los acontecimientos, el gobernador civil le ofrece al Obispo la posibilidad de facilitar su marcha a Ávila, donde podría salvar su vida, pero don Manuel, agradecido, la rechazó de forma tajante, pues había dispuesto quedar al lado de sus feligreses, pasase lo que pasase, corriendo sus mismos riesgos, y recordaba que “quien pone la mano sobre el arado y vuelve la vista atrás, no es digno del Reino.”.

El 2 de agosto de 1936 un grupo de milicianos, escoltados por la policía, intentaban descerrajar las puertas del Palacio episcopal a culatazos. El obispo se las abrió de par en par, e irrumpieron en busca de armas. No las había, pero, bajo el usual pretexto de que desde algún campanario se había disparado contra el pueblo, fueron detenidos el obispo Mons. Basulto, su hermana Teresa, su cuñado Mariano y su Vicario General Felix Pérez Portela. El obispo pidió pasar por la capilla para consumir el Santísimo, pero el jefe de los milicianos se lo negó con blasfemias, y a las 11 de la noche fueron llevados todos a la Catedral, convertida en cárcel, ya repleta de presos.

A la familia episcopal, para mejor controlarla, la ubicaron en una sala apartada, por lo que el obispo apenas podía comunicarse con los demás prisioneros. A Mons. Basulto le llegaban las noticias del incendio de los templos y del martirio de sus sacerdotes, pero él, enfermo, no dijo una palabra de condena. En aquellos días de prisión, estuvo atento a los problemas de gobierno, encomendando a uno de los sacerdotes allí detenidos que transmitiera a D. Juan Aragón su nombramiento como gobernador eclesiástico, por lo que pudiera pasar. Durante sus 10 días de cárcel se recogió en un silencio de oración meditativa y contemplativa. Había ofrecido su vida a Jesucristo, Rey de los mártires, por la fe de sus diocesanos, y sentía que su ofrecimiento había sido aceptado.

Mons. Basulto llevado al segundo tren de la muerte

Las autoridades habían concentrado a los detenidos de toda la provincia de Jaén en dos lugares: la cárcel y la Catedral, y ambos se hallaban desbordados. El Director general de prisiones, Pedro Villar, ordenó se hiciera un traslado de presos desde Jaén hasta Alcalá de Henares, y el día 11 de agosto de madrugada 322 presos de la cárcel eran introducidos en un tren especial con destino a la prisión de Alcalá. Por el camino sufrieron penalidades y ultrajes, siendo asesinados 11 presos, dos de ellos sacerdotes, pero el resto logró llegar a la cárcel de destino.

A la una de la madrugada del día siguiente, 12 de agosto, leyeron en la catedral una lista de unas 250 personas que debían estar preparadas para salir, y comenzaron a llegar los camiones para su traslado a la estación. La comitiva atravesó las calles céntricas de Jaén que en noche de fiesta se apiñaban en las terrazas de sus cafés llenos de gente que aplaudía y vitoreaba puño en alto el paso de los presos camino del suplicio. Eran ya las 3 de la mañana cuando acabaron de amontonarlos en los 10 vagones del tren especial, escoltados por 40 guardias civiles. Estando a punto de partir trajeron al obispo acompañado del director de la cárcel, y lo subieron a uno de los primeros vagones. Partió el tren, y ya amaneciendo llegó a la estación de Linares-Baza, donde lo esperaba una masa de gente armada y vociferante que pedía les fueran entregados los presos para allí asesinarlos. Al paso por Valdepeñas arreciaron los gritos y blasfemias, y al llegar a Espeluy coreaban las turbas: “¡Que viene el Obispo de Jaén, atadle a la cola del tren!”. En Manzanares se quiso impedir el paso del tren invadiendo las vías, y con garfios de hierro pretendían subirse a los vagones, al grito de ¡A por el obispo!, ¿dónde va el obispo? ¡Queremos ver al obispo! Los guardias civiles que le custodiaban le iban cambiando de vagón en las estaciones para despistar, pues desde una se avisaba a otra, y las turbas se concentraban en los andenes, dirigiendo su odio contra el obispo.

"Si es la voluntad del pueblo, que se los entreguen".

Casares Quiroga, ministro de la Gobernación.

Llegaron al apeadero de santa Catalina, ya en Vallecas. El jefe de estación, Luis López, en 1939 declaraba: "Cuando hacia las doce del mediodía llegó el tren a la estación de Santa Catalina, grandes grupos de milicianos armados lo esperaban impacientes y comenzaron a dar gritos de alegría, pidiendo se les entregaran los prisioneros.

Estación apeadero de Santa Catalina, en El Pozo del Tío Raimundo en 1936

Entonces se presentaron dos camiones de guardias civiles y de Asalto, que intentaron conducir el tren hasta Alcalá, pero el populacho se opuso. No pudieron contenerlos y se abalanzaron al tren. Se llamó por teléfono al ministerio de la Gobernación y a la Dirección de la Guardia Civil consultando el caso; como las órdenes no eran muy concretas, se puso al aparato un individuo llamado Arellano, que, según parece, era el jefe de los libertarios, y tuteando al ministro de la Gobernación, Casares Quiroga, le dijo que si no le entregaba los prisioneros, matarían también a los guardias. La contestación del ministro fue: "Si es la voluntad del pueblo, que se los entreguen". Tal respuesta nos recuerda como sin la complicidad de Pilatos, los judíos no hubieran podido crucificar a Cristo.

“Quien pone la mano sobre el arado y vuelve la vista atrás, no es digno del Reino.”

Los guardias se retiraron, dejando el tren abandonado en poder de los revoltosos; fue desviado de su trayectoria a Madrid y llevado a un ramal de circunvalación hasta las inmediaciones del lugar llamado "Pozo del Tío Raimundo", siendo aproximadamente las tres de la tarde. Allí fueron haciendo bajar a los prisioneros y los colocaban junto a un terraplén frente a tres ametralladoras que los iban fusilando en tandas de una veintena cada vez. La noticia del apresamiento del tren por los milicianos de Vallecas y de que iban a cargarse al obispo de Jaén y demás presos, convocó a unas dos mil personas ávidas de presenciar el sangriento espectáculo, que tras cada descarga, hacían ostensible su alegría con ensordecedor vocerío. La escena recuerda el griterío de los “sans culotte” tras cada caída de guillotina.

Un testigo que pudo escapar de la muerte invocando su nacionalidad francesa, declara que le aseguraron que el obispo, al pasar ante las filas de cadáveres los iba bendiciendo, así como hizo con sus verdugos, siendo asesinado solo, de rodillas, en brazos en cruz y con el rosario en la mano, entre burlas e insultos. El que le mató declaró que lo hizo disparando una escopeta cargada de plomo a una distancia de metro y medio". La hermana del Obispo, doña Teresa Basulto, única mujer de la expedición, fue asesinada personalmente por una jovenzuela que se brindó a ello, llamada Josefa Coso "La Pecosa", quien le disparó todo el cargador de su pistola sobre la nuca.”

Sepulcro del Beato Manuel Basulto en la Catedral de Jaén.

Junto a Mons. Basulto asesinaron también a su Vicario General Don Felix Pérez Portela que no le quiso abandonar, y que con él ha sido elevado a los altares. En la misma Causa han sido también beatificados los Párrocos y Arciprestes Rvdos. Don Francisco Solís Pedraja y Don Francisco López Navarrete, de Mancha Real y Orcera respectivamente; el Seminarista de Monte Lope Álvarez, Manuel Aranda Espejo, y el joven de Acción Católica, José María Poyatos Ruiz. A partir de su beatificación, podremos tributarles culto público y encomendarnos a ellos como intercesores.



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