66ª Semana Española de Misionología de Burgos «Algo nos faltaría si faltaran mártires»

jueves, 11 de julio de 2013

Desde la fe 36

Mikel Larburu vivió el asesinato de cuatro Padres Blancos en Argelia, en los años 90. «Nos pidieron que nos marchásemos, pero lo nuestro era quedarnos allí», afirma. Como él, cientos de testigos de la fe han llegado, incluso, a la muerte por defenderla. Pero «el mártir no es un kamikaze: ama la existencia y muere perdonando», afirmó monseñor Blázquez en la ponencia inaugural de la 66ª Semana de Misionología

«El mártir cristiano no es un desesperado ni un kamikaze: ama la existencia y muere perdonando», afirmó monseñor Blázquez, arzobispo de Valladolid, al abrir, el lunes, la 66 Semana Española de Misionología, que se clausura hoy en la Facultad de Teología de Burgos, organizada por la CEE, el arzobispado y Obras Misionales Pontificias. «El martirio es como un control de calidad del cristianismo», dijo; «algo nos faltaría si nos faltaran mártires». Pero gracias a Dios, no faltan cristianos dispuestos al martirio. Algunos participan en la Semana de Burgos, cuyo lema es Testigo de la fe... hasta la muerte.

Entre ellos está el Padre Blanco Mikel Larburu, responsable de la Congregación en Argelia y Túnez cuando tuvieron lugar los asesinatos de religiosos en la zona, en los años 90. Gracias a la película De dioses y hombres, el público conoció el martirio de siete monjes trapenses en el monasterio de Nuestra Señora del Atlas, en Tibhirine, Argelia, en el año 1996. Pero aquellos no fueron los únicos mártires.

En total, fallecieron 19 misioneros y religiosos, de ellos cuatro Padres Blancos. «Nos pidieron que nos marchásemos, porque los islamistas estaban decididos a terminar con todos los extranjeros», cuenta el padre Larburu. «Pero nuestra congregación nació en Argelia, es nuestra tierra, lo nuestro era quedarnos allí», añade.

De secuestro, a asesinato

A los cuatro Padres Blancos –tres franceses y uno belga, con nacionalidad argelina– los mataron en un contexto muy particular, recuerda el padre Larburu. Días antes, un comando islamista secuestró un avión de Air France, que acabó aterrizando en Marsella y con los asaltantes muertos. «En cierto modo, pensamos que los que vinieron a por nuestros hermanos, lo hicieron como represalia. En un principio, iba a ser un secuestro, porque había una camioneta en la puerta. Pero algo salió mal, y acabaron todos asesinados», recuerda el misionero. Meses después, tuvo lugar el último asesinato de esta oleada de violencia argelina. Fue, precisamente, la muerte del obispo de Orán, monseñor Pierre Claverie, «un hombre que siempre denunció, muy claramente, la situación».

Junto al padre Larburu –y acompañados, entre otros, por el arzobispo de Burgos, monseñor Gil Hellín, y el arzobispo de Toledo y Presidente de la Comisión episcopal de Misiones, monseñor Rodríguez Plaza–, participan en la 66ª Semana Española de Misionología la religiosa María Paz Martín, misionera que vivió en Argelia; Juan Cruz Juaristi, misionero en Ruanda, que conoció la violencia que llevó al asesinato de su amigo Isidoro Uzkudun; y Luis Pérez, misionero javeriano en Sierra Leona, secuestrado durante días.

Cristina Sánchez Aguilar

 Controles de calidad del cristianismo

Los silogismos de la fe están cargados de premisas de vida de mártires y de misioneros. Se podría decir que todos los mártires son misioneros; pero no que todos los misioneros sean mártires. ¿O sí? Etimológicamente no hay duda, los misioneros son mártires porque son testigos. Mártires y misioneros, misioneros y mártires, una relación de analogía con una única clave. Tertuliano diría Christus in martyre est: Cristo está presente en el mártir, y en el misionero.

Busquemos, como se está haciendo durante la 66ª Semana de Misionología en Burgos, las analogías entre martirio y misión ad gentes. Tanto el martirio como la misión son coextensivos en la historia de la Iglesia y a la historia de la Iglesia. ¿O acaso se podría escribir una historia de la Iglesia sin mártires ni misioneros? Como ha recordado el arzobispo de Valladolid, monseñor Ricardo Blázquez, en la sesión inaugural, «a las Actas del martirio de los cristianos de la Iglesia primitiva precede con frecuencia en las ediciones la narración de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo. Jesús es el testigo por antonomasia de Dios, que sostiene a sus discípulos en la profesión de la fe por la entrega de la vida». El martirio y la expansión del cristianismo, desde los primeras horas, van unidos.

Los mártires son signos de la verdad del cristianismo. Y los misioneros, también. Tanto los unos como los otros son el control de calidad del cristianismo. El mártir atestigua su condición cristiana concentrando su fidelidad en actos determinados, que, en su contexto histórico, adquieren valor de signos. La historia de los mártires está llena de invitaciones a gestos idolátricos, proferir blasfemias, cometer actos impuros. Los misioneros son mártires del acto diario, de la heroicidad ordinaria, que rubrican los mártires en un solo momento.

El mártir ama la existencia, no es un desesperado, muere perdonando y proclamando el valor de la vida. El misionero ama la existencia, al mundo y a los hombres, y su denuncia de la muerte que habita las tinieblas del hoy es una invitación a una vida plena en Dios. El misionero nos recuerda que la esperanza está en la resurrección de Jesucristo como clave de nuestra existencia. El mártir remite a las dimensiones últimas de la vida cristiana; el misionero realiza esas dimensiones en la respuesta a las primeras necesidades del hombre.

Quien quiera juzgar a la Iglesia, por favor, que no se olvide de sus mártires y de sus misioneros.

José Francisco Serrano Oceja



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