2.- Beatificación de Sor Toribia y Sor Dorinda, Hijas de la Caridad

La Beatificación de 60 mártires de la Familia Vicenciana incluye dos causas. La primera iniciada en Valencia, está encabezada por el predicador de misiones populares P. Vicente Queralt, e incluye a 21 Siervos de Dios, de ellos 3 sacerdotes de la comunidad de la Misión de Barcelona, 1 de la de Gerona y 3 de la de Valencia; 5 sacerdotes diocesanos y 7 laicos de la Asociación de la Medalla Milagrosa. En ella se incluyó también a dos Hijas de la Caridad, las Siervas de Dios Sor Toribia Marticorena y Sor Dorinda Sotelo, entregadas al cuidado de enfermos tuberculosos en Barcelona, asesinadas al inicio de la Carretera de la Rabasada al Tibidabo.

La segunda causa, iniciada en Madrid la encabeza el asturiano P. José María Fernández Sánchez, al que acompañan otros 32 Siervos de Dios, miembros de la Congregación de la Misión, 17 de ellos sacerdotes, 16 hermanos, y 6 Caballeros de la Medalla Milagrosa. El actual proceso, reabierto en 2004 por el Arzobispo Mons. García Gascó que refunde ambos, fue concluido en fase diocesana en 2005 y presentada la Positio Super martyrio en 2009.

“He sido enviado a evangelizar a los pobres”

En tres semanas la Santa Madre Iglesia ha procedido en España a dos beatificaciones que suman ciento sesenta y nueve nuevos mártires de la persecución religiosa en el siglo XX, todos ellos miembros de congregaciones con carisma fundacional misionero:109 de la Congregación de Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María, beatificados el 21 de octubre, y 60 de la Congregación de la Misión el 11 de noviembre de 2017, ambas beatificaciones dentro del jubileo del centenario de las Apariciones de Nuestra Señora en Fátima.

San Vicente de Paul, gran devoto de los mártires, escribía: “Si viésemos en la tierra el lugar por donde ha pasado un mártir, nos acercaríamos a él con respeto y lo besaríamos con gran reverencia” (San Vicente de Paúl a las Hijas de la Caridad, el 19 de agosto de 1646). “¡Cuántos motivos tenemos para dar gracias a Nuestro Señor por haber concedido a esta Compañía el espíritu de martirio, luz y gracia que lo hace ver como algo grande, luminoso, esplendoroso y divino!”, y añadía: “Por uno que reciba el martirio, vendrán otros muchos; su sangre será como una semilla que dará fruto, y un fruto abundante” (SVP IX, 1089).

El Superior General de la Congregación de la Misión, Padre Tomaž Mavrič ha escrito que el acontecimiento de la beatificación de sus 60 mártires coincide felizmente con el 400 aniversario del comienzo de su carisma en la Iglesia, cuando San Vicente, a través de las experiencias decisivas vividas en Folleville y Châtillon, descubrió la necesidad de la misión y la caridad, y en este contexto misionero hay que situar el testimonio valiente de estos nuevos mártires. “No hay ningún acto de amor más grande que el martirio”, afirmaba el Fundador, que aconsejaba a un misionero: “Cuide bien su pobre vida; conténtese con ir gastándola poco a poco en el amor divino; no es suya sino del autor de la vida, por cuyo amor tiene usted que conservarla hasta que se la pida, a no ser que se presente la ocasión de darla, como ese buen sacerdote de ochenta años de edad, que acaban de martirizar en Inglaterra con un suplicio cruel” (SVP II, 156). Y concluye el Padre General: Necesitamos el “espíritu de martirio” para ser testigos auténticos de la Resurrección del Señor y llevar su amor a todos, en especial a los enfermos y a los pobres. Sólo así serán eficaces nuestros planes de evangelización. Que la Reina de los Mártires presente nuestras oraciones ante su Hijo.

La Congregación de la Misión llega a España

En julio de 1704 desembarcaban en Mataró cinco misioneros procedentes de Italia con destino Barcelona. Las Hijas de la Caridad llegarían más tarde en 1790. Pronto sacerdotes del clero secular, entusiasmados por el carisma misionero de san Vicente, empezaron a pedir la admisión en la Congregación. Tras la desamortización de Mendizábal, fue disuelta y los misioneros expulsados de España, sucediéndose restauraciones y expulsiones al albur de los gobernantes de turno y las vicisitudes de las guerras contrarrevolucionarias.

BEATA TORIBIA MARTICORENA SOLA

Entre los sesenta nuevos mártires de la Familia Vicenciana serán beatificadas dos Hijas de Caridad, Sor Toribia y Sor Dorinda.

Nacía Sor Toribia en Murugarren, pequeño pueblo del Valle de Yerri cerca de Estella en Navarra en 1882, tercera de los seis hijos de D. Santiago Marticorena Legarrea y Dª Manuela Sola Anocibar, agricultores acomodados. Deseando desde pequeña entregarse a Dios, a los 23 años solicitaba formalmente su entrada en la Compañía de las Hijas de la Caridad.

Instruida en Madrid en el carisma de San Vicente Paul y Santa Luisa de Marillac, en mayo de 1.905 marchaba feliz a su primer destino en el Asilo Refugio de Granada. En el hospital de Valladolid en 1910 pronunciaba sus primeros votos, permaneciendo en él hasta que en 1921 era enviada al hospital militar de Larache en Marruecos, destacando como “hermana valiente que salía al campo de batalla para recoger a los soldados heridos en la guerra del Rif.”

En 1917 el Doctor Jorge Anguera y el párroco de San Adrián fundaban en una colina de Santa Coloma de Gramanet el Hospital del Espíritu Santo como sanatorio antituberculoso, regido por una junta bajo la presidencia del Obispo de Barcelona. Su médico director Dr. Don José Mª Barjau Martí estaba asistido por los doctores Juan Roset y Gerardo Manresa. El director llamaba a las Hijas de la Caridad, de las que ocho llegaban en 1929, entre ellas Sor Toribia a sus 47 años.

Hospital-Sanatorio del Espíritu Santo en Santa Coloma de Gramanet en los años 30. A la derecha el pabellón de hombres, a la izquierda el de mujeres, y en el centro la dirección y la residencia de las Hijas de la Caridad.

La viuda del Dr. Barjau describe a Sor Toribia: “Tenía genio vivo. Era muy recta y muy limpia; no podía ver nada en el suelo, ni una colilla. Cuando tenía un enfermo muy grave, hasta que le acompañaba en el bien morir, ni comía ni dormía.” Otro médico dice: “Era alegre, campechana y animosa con los enfermos, que la querían muchísimo.”

SOR DORINDA SOTELO RODRÍGUEZ

Nació Dorinda en Lodoselo (Orense) en 1915, primera hija del modesto labrador Manuel Sotelo y de Rosa Rodríguez. Destacó desde muy niña por su piedad, y dicen sus vecinos que era la primera en llegar siempre a la iglesia para la misa y el rosario y la última en marchar. Un día vio a unas Hermanitas de los pobres en la iglesia del pueblo y deseó ser como ellas.

A sus 15 años moría su madre, y tomó a su cargo el cuidado de la casa y la familia. Sintiendo la llamada de Dios a la vida religiosa pidió permiso a su padre, pero éste le dijo que aplazase su proyecto pues era muy necesaria en casa. Poco después, aconsejado por el párroco, el padre accedía, y la llevaba al aspirantado de las Hijas de la Caridad. Al despedirse de su padre y hermanos, en vista de los malos tiempos que se avecinaban, algunos intentaron disuadirla, pero Dorinda, dio esta profética respuesta: “Aunque me den todo Lodoselo, no dejaré mi vocación; quiero ser religiosa, aunque me maten. Estoy dispuesta a morir por Cristo”.

Admitida en la Compañía de las Hijas de la Caridad en Madrid, tras seis meses de formación, en 1934 marcharía feliz a sus 19 años hacia su primer y único destino: el sanatorio antituberculoso de Santa Coloma de Gramanet en Barcelona donde encontró una alegre comunidad de Hijas de la Caridad entregadas totalmente a Dios y al servicio de los enfermos.

Dª. Mª. Luisa Riu, esposa del Director del Hospital declara: “Sor Dorinda era un angelito de 19 años, obediente y angelical. Mi esposo que era el Director del Sanatorio que trajo a las Hijas de la Caridad, tenía mucha estima de las dos”; y su hija Montserrat Barjau Riu dice: “Estas hermanas eran enfermeras del Sanatorio de mi padre, que estaba muy satisfecho de ellas, hasta el punto que cuando vino la persecución les ofreció su propio domicilio para proteger sus vidas. Eran unas buenas Hijas de la Caridad”.

La Revolución desata la persecución religiosa

El 19 de julio Sor Dorinda despertó asustada por el ruido de las sirenas, y poco después veía el humo de la quema de iglesias y conventos de San Adrián y Santa Coloma. Los comités de ambos pueblos lucharon toda la noche por apoderarse del sanatorio, venciendo los de Santa Coloma, con lo que las Hermanas se libraron por el momento de la muerte que les habían anunciado los de San Adrián. El 30 de noviembre sería asesinado su capellán Mosén Juan Camps Vergés.

El sanatorio del Espíritu Santo era obra social de la Iglesia dependiente del Obispado, dirigido por un médico católico y atendido por las Hijas de la Caridad, por lo que la revolución triunfante dispuso incautarlo y expulsar a su personal religioso. La Generalitat se hizo formalmente cargo del centro, y lo ocupó el Comité Antifascista. Pusieron otro director y todo cambió. Separaron a Sor Dorinda de la sala de enfermos y la bajaron a la cocina a preparar la comida para enfermos y milicianos. La superiora provincial le propuso gestionar su regreso a casa al ser sólo novicia que no había emitido votos, pero ella se negó. Los médicos intentaron dejar a las Hermanas con uniforme de enfermeras de las Cruz Roja, pero los milicianos se opusieron.

Ante el terror que impuso la revolución decía Sor Toribia: “Con tal que se termine esta espantosa guerra, y no se ofenda más a Dios, poco importan nuestras vidas”. Su expresión habitual era la que le había enseñado el párroco de Mataró, el futuro mártir Mosén Samsó: “Que sea lo que Dios quiera, ¡Dios sobre todo!”. Su sobrino Juan Echeverría declarará que su tía “Aceptó la muerte por el Señor para confirmar su entrega al servicio de los pobres… no le importaba la muerte, con tal que la guerra terminara, pero sí le preocupaba el riesgo de ser violada”.

El Doctor Don José María Barjau testigo ejemplar de Jesucristo

El 9 de agosto las Hermanas de la Caridad eran expulsadas del Sanatorio, y su director D. José Maria Barjau Martí proporcionó refugio a Sor Toribia y Sor Dorinda en casa de sus padres en calle Roger de Flor 135, 1º,2ª..

El Dr. José María Barjau (a la derecha del cuadro), Presidente de la Asociación de Médicos Católicos, entrega pergamino a su antecesor en el cargo Dr. Corominas (izquierda). El Dr. Manresa, primero a la derecha

El Doctor Barjau, congregante de la Purificación y Presidente de la Asociación de Médicos Cristianos de Santos Cosme y Damián, amenazado de muerte, dormía cada noche en lugar distinto. Tuvo que huir de Barcelona con su esposa y refugiarse en Santa Fe del Montseny. Dejó a sus hijos repartidos, a los mayores en casa de su buen amigo el doctor Gerardo Manresa, y al pequeño Francisco de 13 meses en su casa de la Avenida de las Corts Catalanas 696 al cuidado de una sirvienta. El 27 de enero de 1938 fue detenido por agentes de la Generalitat en el pueblo donde se había refugiado, y llevado al vapor Argentina donde estuvo preso hasta ser juzgado por alta traición, siendo condenado a 20 años de trabajos forzados y conducido a la cárcel modelo. Se ofreció como médico de los reclusos, y contagiado del tifus, fue trasladado al hospital de san Pablo. El 31 de diciembre de 1938 moría prisionero en la más absoluta soledad. Su hermano Jaume Barjau Martí, el capuchino Padre Jose Oriol de Barcelona, había sido asesinado en el camino del Pouet de Manresa la noche del 24 al 25 de julio de 1936.

La Hermana Dorinda, a primeros de septiembre pasó de casa de los padres del Dr. Barjau al domicilio de éste para hacerse cargo del pequeño Francisco, y para que no estuviera sola vino también a refugiarse con ella la Hermana Toribia. Su esposa declara: “Las dos estaban muy unidas. Se metían en la habitación donde dormían, y oíamos sus rezos. Un día las sorprendí en la cocina, arrodilladas, rezando el rosario”. Sor Toribia se ocupaba de la casa y Sor Dorinda cuidaba al niño al que sacaba a pasear. El Dr. Barjau tenía en su domicilio un consultorio de tisiología, y ante su forzada ausencia, lo atendía su amigo el Dr. Manresa, pasando las dos religiosas como sus enfermeras.

Martirio de las dos Beatas en la víspera de Cristo Rey

Fueron delatadas por la antigua sirvienta, y a primeros de octubre sufrían un registro. La señora, que estaba aquel día en casa, las presentó como cocinera y niñera, pero las interrogaron por separado y no negaron ser Hijas de la Caridad. Al atardecer del 24 de octubre se presentaron seis patrulleros del Comité del Clot en dos coches. Bajaron a empellones a las Hermanas que se lamentaban por la situación en que quedaba el niño, que los milicianos entregaron a la portera. Sor Dorinda metió en el bolsillo del niño el número de teléfono de su madre y entregó las llaves a la portera para que las hiciera llegar al Dr. Manresa.

A media mañana del sábado 24 de octubre de 1936, vigilia de Cristo Rey, emprendían su escalada hacia el monte de mártires del Tibidabo con sus lámparas encendidas y aceite de repuesto. Allí les esperaba el Señor para darles merecida corona. Media docena de desalmados cumplían su macabra rutina diaria de regar con sangre inocente la tristemente famosa carretera de la Rabassada. En el cruce con la Carretera de las Aguas, quedaron en la cuneta los cuerpos profanados de las dos Hermanas.

A unas enfermas de su confianza Sor Toribia les había dicho: “No temo morir, sólo temo que los milicianos nos hagan injurias”, refiriéndose a la temida violación. Anastasia Salarique declarará: “Yo vi los cadáveres fotografiados, estaban muy deshechas… Sor Toribia tenía el vientre pisado; estaba reventada. Daba la impresión de que la habían pisoteado. Tenía la cara muy desfigurada. Dijeron que la causa fue que los patrulleros intentaron violarlas y las Hermanas se resistieron con toda su alma. El cadáver de Sor Dorinda estaba parecido al de Sor Toribia. Los médicos dijeron que sus cadáveres aparecían como profanados por los comunistas”. En la mañana del domingo 25 de octubre sus cadáveres llegaban al Hospital Clínico, haciéndoles la fotografía de rigor, y colgándoles al cuello ficha con su número para su posterior identificación; a Sor Toribia el 263.B, y a Sor Dorinda el 264.B, las dos únicas mujeres registradas aquel día. Su Padre San Vicente decía de sus Hijas: “Estas mujeres que se entregan a Dios, lo hacen para estar unas veces entre enfermos llenos de infecciones, otras con niños a los que hay que hacerles todo… mirémoslas como mártires de Jesucristo, ya que sirven al prójimo por su amor”. (Conf. 19.08.1646). Su beatificación las hace merecedoras de que nos alegremos por su glorificación, como nos pide San Juan en el Apocalipsis (12, 11-12) “No amaron tanto su vida que temieran la muerte; por eso estad alegres cielos y los que moráis en sus tiendas”



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