Ante la Beatificación de 109 mártires Claretianos (6) MARTIRES DE LA COMUNIDAD CLARETIANA DE SABADELL

A comienzo del siglo XX la industria textil y metalurgia transformaba Sabadell; su población se multiplicaba por ocho y la ciudad extendía sus barrios y modernizaba su economía y servicios. La En 1936 la Comunidad claretiana la constituían once misioneros, de los que ocho de ellos, cuatro Padres y cuatro Hermanos, serían sacrificados: el superior P. Mateo Casals Mas; los Padres José Puig Bret, José Reixach Reguer y Juan Torrents Figueras; y los Hermanos José Clavería Mas, Juan Rafí Figuerola, José Solé Maymó y José Cardona Dalamses.

Actual iglesia y convento de los Padres Claretianos en Sabadell

Regentaban una iglesia en la Plaza del Dr. Robert del centro de la ciudad en la que ocho sacerdotes se hallaban siempre dispuestos a atender el ministerio de la confesión y a la Juventud Mariana. Les ayudaban en las tareas de la casa, cuatro Hermanos coadjutores.

Ante las noticias del triunfo de los revolucionarios en Barcelona y en previsión de asalto, los miembros de la comunidad durmieron la noche del domingo 19 de julio fuera de la casa. El día 20 ardían las parroquias de San Salvador y la Cruz Alta, y luego las de la Concepción y San Félix, la Santísima Trinidad, Nuestra Señora de Gracia, el Santuario de la Salud y el Colegio de los Maristas. Tras celebrar la santa Misa depositaron la llave del templo a los pies de la imagen del Inmaculado Corazón de María y marcharon todos a casas de familias amigas que les habían ofrecido asilo.

Padre José Reixach Reguer

Al bondadoso Padre José Reixach Reguer, a sus setenta y un años, se le asignó el domicilio de Don José Tanyá en la calle Pérez Galdós 14, pero no se avenía a vivir fuera de su amado convento, y al atardecer quiso volver a pasar la noche en él. Al poco de llegar irrumpían las turbas y le hallaban tranquilo rezando, obligándole a servirles de guía. Al entrar en la iglesia ve cómo están amontonados los bancos, las imágenes y objetos del culto, que empezaban a arder. Los incendiarios, extrañados de que el anciano fraile no huyera, no hacen nada por detenerle, y vuelve lloroso por su pie rezando el rosario a casa de la familia que lo acogiera. Eran las tres de la madrugada y tuvo que llamar varias veces hasta que al cabo salieron a abrirle.

“Si sois vosotros quienes me habéis disparado los tiros, os perdono de corazón”.

Al llegar dice a sus protectores: “Si vienen a buscarme, no quiero que nieguen que estoy aquí; alabado sea Dios, Seré mártir como los demás”. Dios aceptaba su generoso ofrecimiento y le concedió la primicia de martirio en la Comunidad. A las tres de la mañana del 25 de julio un tropel de milicianos le sacaba de la casa, y en medio de la calle le disparaban en el vientre, dejándole tendido en el suelo desangrándose sin rematarle. El Padre empieza a arrastrase apoyado en la tierra sobre el pecho y la cara, avanzando con una mano, mientras con la otra comprime los intestinos que se le escapan por las heridas del bajo vientre, camino de la Casa de Caridad, distante pocos minutos, pero en el recorrido ha de emplear más de dos horas. Logra llamar a la puerta del establecimiento hasta que al fin, oyendo sus quejidos lastimeros, le abren. Las Hermanas de la Caridad, que habían dejado el hábito y vestían de enfermeras, sin saber quién es, atienden al herido casi moribundo.

El Padre, piensa que la Hermana es una enfermera seglar le dice: - Chica, qué bien que lo hace usted. Ya la encomendaré a Dios en mis oraciones. Admiradas de la paciencia con que sufre y el rosario que lleva en el bolsillo, sospechan es un sacerdote, hasta que una de ellas, asidua a la iglesia de los Misioneros, exclama: - Pero ¡si es el Padre Reixach! La Dirección de la Casa de Caridad llama a la Cruz Roja y se presentan el Alcalde y el Juez escoltados por varios milicianos con fusiles. Al verlos, el Padre les dice: -Si sois vosotros quienes me habéis disparado los tiros, os perdono de corazón. Quiero morir como Jesús, que también perdonó a quienes lo acababan de crucificar.

El Juez ordena su traslado a la Clínica de Nuestra Señora de la Salud, adonde llega a las siete y media de la mañana. A Sor Julia, que le atiende vestida de enfermera, le dice: -¿Es usted Hermana o enfermera?... ¡Cuánto que me alegro, Hermana! Me voy al Cielo. Allí rogaré por usted. Le operaron de inmediato, pero ya no había remedio. El intestino, perforado por varias partes, emitía hemorragias continuas. Los labios no dejan de musitar fervorosas jaculatorias hasta que pierde el conocimiento, y entrega su alma en las manos de Dios. Eran las dos de la tarde de la Festividad de Santiago, primer sábado de la Revolución. Fue enterrado en la fosa 112 del cementerio de Sabadell.

Los seis mártires del primer sábado 5 de septiembre

Padre Mateo Casals       

Padre José Puig

El 4 de agosto seis mártires de la Comunidad caían en manos de los milicianos de modo misterioso, siendo detenidos en los distintos domicilios donde se habían refugiado, y requeridos por sus nombres, datos personales exactos y cargos que desempeñaban en la Comunidad. Alguien muy próximo se los había facilitado.

A las cuatro de la tarde llegaba el pelotón de patrulleros al domicilio de Don José Vilaseca en la calle de San Juan, deteniendo al superior Padre Mateo Casals, y luego al anciano Padre José Puig que había celebrado ya sus bodas de oro sacerdotales, y al Hermano Clavería, refugiados ambos en el Asilo de Ancianos Desamparados.

Hermano José Clavería 

 

Hermano José Solé

El Hermano José Solé Maymó, miembro de la Comunidad de Cervera, sorprendido por la revolución en Barcelona el 19 de julio, huyó por el Tibidabo y llegó al convento de Sabadell cuando todos salían de él.

Destinado a casa de Dª Crescencia Viñas, se deslizaba cada noche por una cuerda a una casa vecina deshabitada, donde dormía. Los milicianos llamaron a la puerta a medio día y el Hermano Solé salió a recibirles con el rosario en la mano.

Hermano José Cardona

Hermano Juan Rafì

El Hermano José Cardona de sólo veinte años se había refugiado con el Hermano Juan Rafì Figuerol en la panadería de Juan Roca, calle Illa 50, donde en la tarde del 4 de agosto eran también detenidos. Aquella noche la comunidad claretiana se hallaba de nuevo reunida, pero en la cárcel.

La Comunidad en la cárcel de Sabadell

Sabadell, centro fabril dominado por los marxistas, tras el alzamiento militar tenía la cárcel casi vacía, y los misioneros sólo encontraron a nueve presos, el escolapio Padre Viñolas y ocho jóvenes requetés que habían luchado en la plaza de Cataluña de Barcelona. El director de la cárcel Víctor Uriel les trataba con benevolencia y permitía visitas jueves y domingos, llevando los presos vida tranquila y ordenada, cada uno en su celda, y con facilidad para reunirse y rezar juntos el Rosario, y hasta preparar la novena al Corazón de María. A los requetés les traían la comida sus familiares, y a los claretianos se la preparaba con esmero el buen cocinero Hermano Cardona. El anciano y candoroso Padre Josep Puig escribe a unos amigos: - Nos encontramos bien, y parece como si estuviéramos en casa.

Cárcel de Sabadell en 1936, hoy museo de arte.

Pero el 3 de septiembre caía Irún en poder de los nacionales, y ante la derrota en el frente se practicaban represalias en la retaguardia. Se reclutó en Sabadell una columna de voluntarios, a los que antes de salir para el frente les pareció menos peligroso asesinar a los fascistas indefensos que tenían en la cárcel. La providencia dispuso que los presos pudieran comulgar el primer viernes, pocas horas antes de morir el primer sábado de septiembre.

El Director, conocedor del proyecto de asesinar a los presos, acudió al Alcalde Moix, pidiéndole protección, pero no fue atendido, y luego ante Esteve Consejero de Defensa del Comité quien le contestó que eliminar a los fascistas era defender la República. Marchó a Barcelona donde visitó al Jefe Superior de Policía sin lograr ayuda. Desde hacía algunos días habían sustituido al funcionario Sr. Navarro por dos milicianos, que en la noche del 4 de septiembre exigen las llaves al Director y despiden a los guardias de Asalto.

Uno de los milicianos dice: - Las once y media. Hemos de comenzar la faena. Sacan a los presos de sus celdas. Llega el primer coche, suenan unos bocinazos y se abre la puerta. Entregan al Director un papel firmado por Esteve, Consejero de Defensa del Comité de Sabadell, que dice: “Temiéndose un ataque a la cárcel por elementos fascistas con el intento de liberar a los presos, se ordena entregarlos a todos a los portadores de esta orden para su traslado a Barcelona.”

El Director oye desde su apartamento contar: Uno, dos, tres, cuatro, adelante. Otro coche, y nuevo recuento e igual con un tercero. Para el cuarto vehículo ya no se oyeron más que tres números. Los quince cadáveres, aparecían al amanecer del día 5 en las carreteras próximas. El Padre Mateo Casals en San Quirze del Vallès entre los Kms 16 y 17 de la carretera de Molins de Rey a Caldas; el del Padre José Puig y los de los Hermanos Juan Rafí y Josép Solé en la carretera de Castellar a Tarrasa, y el de José Cardona en la carretera de Santa Perpetua, frente al caserío de Santiga de Sabadell.

El Padre Juan Torrents Figueras

El 19 de julio al dispersarse la Comunidad, el Padre Torrents a sus 73 años y con avanzada ceguera, palpando los muros exteriores de la casa, a duras penas pudo llegar hasta un coche que lo llevó a Premiá de Mar a casa de unos parientes. No hallándose seguro, el 30 de agosto se vino a Barcelona, hospedándose en una fonda donde las hermanas Josefa y Pilar 6 Farcet hospedaban a sacerdotes en el num. 5 de la Plaza Estanislao Figueras, en la que permaneció cinco meses y medio. Los rosarios se sucedían uno tras otro sin interrupción, procurando cada día rezar más rosarios que el anterior. Cuando algún amigo llamaba a la puerta de su cuarto, escuchaba estas palabras: - Un momento, por favor, que termino esta decena.

Allí permaneció hasta que el 13 de Febrero de 1937, en que el Canarias bombardeó Barcelona alcanzando la fábrica de motores de aviación Elizalde en el Paseo de San Juan. Todos los vecinos tuvieron que bajar al refugio, preguntándose quienes eran aquellos dos huéspedes de las hermanas Farcet. Tras los bombardeos se sucedían represalias, y tres días después se presentaban en la pensión cuatro forajidos que detenían al Padre Torrents, y al anciano sacerdote Alejandro Segú, regente de Santa Coloma de Gramanet, llevándoles a la checa de San Elías donde fueron encarcelados. El Padre Torrents en su interrogatorio reconoció ser sacerdote claretiano de la Comunidad de Sabadell, y dedicaba su tiempo, como él decía, a “rezar, sufrir y esperar”.

Mártir en la última expedición de San Elías al cementerio de Montcada

Un decreto de la Generalitat de 2 de marzo de 1937 reorganizaba los servicios de Orden Público y disolvía las Patrullas de Control, por lo que los de la F.A.I. debían abandonar su cárcel particular del Convento de San Elías. Se resistieron hasta que el día 17 José Tarradellas, Consejero de Gobernación, les conminó a salir. Al anochecer los presos fueron divididos en tres grupos: unos salieron en libertad y otros llevados en autocar a la Modelo, mientras el tercero lo condujeron los patrulleros al cementerio de Montcada donde serían ejecutados. Entre éstos se hallaba el Padre Torrent, que, casi ciego, tuvo que ser llevado al autobús por dos jóvenes presos, junto a los que cayó abatido. Cuando el 21 de octubre sea declarado Beato, el Padre Juan Torrents habría de aparecer en su imagen con el rosario en la mano.

%El 11 de enero de 2017 fueron exhumados de su sepultura en la iglesia del Inmaculado Corazón de María de Sabadell los restos del P. Mateo Casals, del P. José Reixach y del Hermano José Cardona, que fueron trasladados al Santuario de San Antonio María Claret de Vic, para ser depositadas con los de otros mártires junto al sepulcro de su Santo Fundador. (Extracto de Crónica Martirial del Padre Pedro Garcia CMF, siguiendo al Padre Jesús Quibus CMF en su clásica obra Misioneros Mártires, edición de 1949.)



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