Ante la Beatificación de 109 mártires Claretianos (5) MARTIRES CLARETIANOS DE SALLENT
Monumento erigido al Padre Claret por el Obispo Torras y Bages en 1906 en la plaza mayor de Sallent, destruido en 1936
En la Causa de los mártires Claretianos de la Casa Madre de Vic se incluyen cinco mártires de la vecina Comunidad de Sallent, perteneciente a la misma diócesis. Las víctimas de ambas comunidades fueron dieciocho, pero de sólo quince - diez de Vic y cinco de Sallent – se logró presentar testimonios fidedignos de su muerte martirial.
Sallent, cuna de San Antonio María Claret, foco anarquista
San Antonio Mª Claret y Clará nacía en 1807 en la villa de Sallent, a 14 kilómetros al norte de Manresa. Centro fabril a orillas del Llobregat, al comenzar a explotarse las potasas a primeros de siglo XX, aumentó su población con la llegada de mineros de Figols, Mazarrón y Huelva, entre estos últimos, el abuelo de la actual dirigente de la C.U.P. la sallentina Anna Gabriel, un cenetista que vino de las minas de Riotinto. El frio clima religioso de la ciudad se convirtió ya en abiertamente anticlerical.

Anarquistas del fracasado alzamiento en la cuenca del Llobregat en 1934, detenidos en Figols.
Feudo del anarquismo, allí residió su mentor José López Montenegro, expulsado del ejército, intendente militar de la ción cantonalista de Cartagena, que marchó a París y luchó en la Comuna, y a su vuelta se afincó en Sallent, donde fundó el periódico “Los Desheredados”. Prolífico escritor ácrata, era con Anselmo Lorenzo, obligado mitinero en todo acto anarquista en Cataluña y Aragón. Miembro de la logia “los Hijos del Trabajo”, estableció en Sallent una escuela laica, dirigida y continuada luego por la masonería comarcal.
El 6 de octubre de 1934 Companys proclamaba el "Estado catalán dentro de la República federal española", y los anarcosindicalistas de la Alianza Obrera de la cuenca del Llobregat proclamaron la "República catalana", incendiaron la iglesia de Navás y asesinaron a su párroco Mosén Morta..
En Sallent se suspendieron los festejos por la beatificación en Roma de su ilustre paisano Antonio Mª. Claret, y las turbas arrancaron la cabeza de su estatua y la lanzaron a la riera. Dos años después, en julio de 1936, destruirían todo el monumento.
MÁRTIRES DE SALLENT
La comunidad claretiana de Sallent en julio de 1936
Desde 1920 la comunidad claretiana de Sallent ocupaba la casa familiar del Santo, y en los años 30 puso un modesto colegio en el edificio adyacente. En 1936 tenía como Superior al Padre José Capdevila, y con él, en auténtica familia, al anciano Padre Juan Mercer, al joven director del Colegio Padre Jaume Payás y a los Hermanos Marcelino Mur y Mariano Binefar, pequeña comunidad que abrirá la gloriosa página de los mártires vicenses.
En la mañana del 20 de julio se presentaba en la casa una patrulla de milicianos para hacer un registro, y a mediodía el Ayuntamiento ordenaba la inmediata salida de los claretianos. Buscaron refugio en domicilios de la población, cuyos titulares se exponían a graves riesgos al acogerlos. En una pequeña ciudad el anonimato era imposible, y al poco serían denunciados, y por su único delito de ser religiosos, llevados a la cárcel, y de allí al cementerio.
P. JOSE CAPDEVILA PORTET

El P. Capdevila y el P. Payás fueron bien acogidos en casa de la familia Soldevila, pero al entrar fueron reconocidos por varios niños alumnos del Colegio, por lo que hubo que extremar las precauciones, y, temiendo un registro, acordaron pasar la noche en la cueva de un huerto vecino.
A las dos de la tarde del siguiente día 21 de julio una patrulla llamó a la puerta diciendo iban en busca de armas. Doña Rosa, dueña de casa, logró entretenerlos mientras los padres, saltando por la escalera posterior, pudieron esconderse en el sótano.
Aquella tarde fueron recibiendo noticias de los desmanes que se hacían en el pueblo, incendiando la iglesia, quemando imágenes y destruyendo el monumento del P. Claret. Sacaron el Santísimo que llevaban consigo, y colocándolo sobre la mesa, se arrodillaron ante Él todos los de la casa e hicieron acto de desagravio al Señor. A las nueve de la noche volvió la patrulla y, al abrir la puerta, sonó un tiro que hirió a la dueña de la casa. Como disculpa, y sin ocultar sus intenciones, le dijeron que al verla vestida de negro, creyeron era un cura, lo que justificaba que le dispararan. Los Padres huyeron al huerto y se perdieron en la oscuridad.
El P. Capdevila contó que pasó la noche oculto entre unas cañas e intentó en vano dar con el paradero del P. Payás, por lo que a las tres de la mañana emprendió la fuga a través de los huertos. Lleno de barro y con los vestidos desgarrados por las alambradas, llegó al rio, cuyo cauce fue siguiendo a lo largo de cuatro kms. Ramón Pujol, que pasaba con su auto por la carretera lo encontró extenuado de fuerzas en una cuneta. Lo subió al coche y lo llevó a can Cerarols, cercana al pueblo de Cornet, a cuya caridad lo dejó encomendado. Allí permaneció cuatro o cinco días entre continuos sobresaltos, durmiendo en el bosque. Muy preocupado por la suerte de sus hermanos quería volver a Sallent, pero le disuadieron, sin querer revelarle que sus compañeros ya habían sido asesinados
Determinó marcharse a Vic con su familia, llegando el lunes 27 a su casa paterna, la masía "Caborca", en las inmediaciones de la ciudad. En compañía de los suyos vivió unos dos meses, hasta que el 24 de septiembre, fiesta de Nuestra Señora de la Merced, una patrulla dio con él, y al despedirse de su madre que amorosa le retenía, le dijo cariñoso: "¡Adiós, madre, hasta el Cielo!". Pasó el día 25 en la cárcel de Vic, y a las 11 de la noche, caía acribillado a balazos en la carretera a la entrada de Manlleu.
PADRE JAIME PAYAS FARGAS

El Padre Jaime Payás, con 29 años no cumplidos, era el director del colegio de Sallent. El 20 de julio se refugió con el Padre Capdevila en casa Soldevila. Ante un primer registro logró ocultarse en el sótano hasta que marcharon los patrulleros, pero al volver al comedor se sentía molesto por su actitud y confesaba al P. Director sus ansias de martirio:
El Padre Jaime Payás
"No hemos de ser así, hemos de ser más valientes. Me duele tenerme que esconder, porque mi gusto sería presentarme en público como sacerdote y con la cara bien alta…Me encanta la muerte de San Pedro Mártir, rezando el Credo mientras se desangraba, y escribiendo en tierra, cuando ya no podía hablar, con las últimas gotas de su sangre".
En la noche del día siguiente, al presentarse de nuevo en la casa los patrulleros, tuvo que huir por los huertos en medio de la oscuridad hasta las márgenes del Llobregat, pero cayó en un pozo negro de desagüe con aguas pútridas que le llegaban hasta la cintura, del que, embadurnado de barro e inmundicias, no pudo salir en toda la noche. Allí lo encontró al día siguiente un muchacho de la familia que salió en su busca. Llevado a la casa, lo asean, pero está consumido por la fiebre. Temiendo nuevo registro, ante el dolor de la familia, a las nueve de la noche tiene que marchar en busca de otro refugio en una casa de campo, siguiendo a un niño que le precedía a distancia. Pero no viéndose con ánimos para recorrer tan largo camino, al pasar por la casa de un discípulo suyo, viendo abierta la puerta, se introdujo en ella. De momento fue bien recibido, aunque comprendió que debería marcharse cuando volviera el dueño, entonces ausente. La dueña procuró buscarle otro alojamiento en familias que el padre creyó que no se lo negarían, pero se lo negaron. Vista la imposibilidad de hallar nuevo alojamiento, el dueño de la casa, lo echó a la calle. Consumido por la fiebre, pasó dos días llamando de casa en casa, y viendo como se le cerraban todas las puertas, incluso las más amigas que creía seguras, siendo rechazado en todas ellas.
Al fin lo acoge la familia Busquets, que dice de él que: “se sentía desfallecer por la fiebre y una sed ardorosa le inflamaba la sangre. Sólo pidió agua. ” Pero le habían seguido de cerca, y hacia las dos de la tarde, se presentó en la casa una patrulla del Comité exigiendo la entrega del Padre y llevándoselo al Ayuntamiento.
El Padre Payás dirá con profundo dolor: “Si me matan, no se deberá a las balas anarquistas, sino al abandono de mis amigos”, y escribe desgarradoras notas en las que muestra perdón para quienes le habían abandonado agradeciéndoles hayan sido instrumento para unirle más a Dios, En ellas confiesa: - “No confiaré más en las personas; solamente en Vos, Jesucristo. Los hombres, cuando más se necesitan, es cuando fallan y te vuelven las espaldas. Señor, he visto más corazón y más entrañas en gente que no esperaba, que en gente falsamente amiga. ¡Gracias, Dios mío por poder padecer por Vos. Tengo el gusto de sufrir el desengaño de las amistades. ¡Oh Jesús! perdono a todos los que me quieren mal y les doy un abrazo de amistad; no tengo rencor a nadie, ni a los que me han echado de su casa como a un perro. También a Vos os lo hicieron. Amo a todos de corazón, como hermanos, tal como Vos mandáis hacerlo Estos son mis sentimientos en estas horas de tribulación. Todo sea por Vos, Jesús. Os adoro, os amo y quiero imitaros. Vuestro hijo y servidor, Jaime Payás.”
En la cárcel se ganó las simpatías de todos, que trataban de salvarlo atrayéndolo a la causa de la revolución. El detenido Dalmau, hombre rudo y descreído pero de buen corazón, le va trayendo agua, lo que más necesitaba. Durante horas mantiene con él este conmovedor diálogo, tratando el Padre ganarle para Dios, pero Dalmau está sólo interesado en salvar la vida del Padre:
Dalmau le dice: “Mire usted, si quiere salvarse, cuando vengan los del Comité, dígales que se hace como uno de ellos y póngase a su disposición”. Replica el Padre Payás: “¡No; eso, no!”;
“Pues, entonces, no hay salvación. Total, renegar de la religión. Decirlo solamente, ¡y ya estará!”
“No puede ser, amo mucho a Dios y a la Virgen.”
“Aunque no sea más que decir que ya no tiene usted intención de volver a la vida que llevaba...”
“Eso tampoco. Sería mentir, y estoy contentísimo con la vida religiosa...”
El Padre, termina con un “Gracias Dalmau, ¡hasta el Cielo!”, a lo que éste le responde:
“No; hasta el Cielo no, porque yo no creo en nada de eso”.
“Bueno, yo rogaré a Dios por usted, y allí nos encontraremos.”
Fracasadas todas las propuestas de que disimulara, respondió resignado a cuantos querían salvarle a cambio de una claudicación:"¡Qué le vamos a hacer! También a Jesús le trataron así." Vencidos en su intento los del Comité, pero animados con la detención del primero de los Padres, se dedicaron toda aquella tarde a buscar a los restantes hasta por las alcantarillas con petardos y bombas de mano.

PADRE JUAN MERCER Y HERMANO MARCELINO MUR
Con la noticia de la detención del Padre Payás cundió el miedo en las familias que tenían clérigos escondidos en casa; y el P. Mercer y el H. Marcelino Mur, conscientes del temor de sus bienhechores, decidieron esconderse en alguna casa de campo. Al anochecer del día 24 salieron de su refugio en la calle Salmerón por calles solitarias; pero al llegar a la calle Torres Amat, alguien, al verlos, gritó: "¡Curas! ¡Curas!". Los transeúntes se arremolinaran en torno a ellos y llegó gente armada, que entre patadas, escupitajos, golpes con las culatas de los fusiles y gritos blasfemos, empujaron a los religiosos calle adelante hasta el Comité.
HERMANO MARIANO BINEFAR

Con la llegada de estos dos nuevos presos sólo faltaba en el Comité el Hermano Binéfar, que a las once de aquella noche era detenido en el domicilio donde se hallaba oculto. Durante el registro, ante la amenaza de muerte de los milicianos si no lo hallaban, el dueño de la casa gritó espantado: “¡Mariano! ¡Haz el favor de salir; si no, me matan a mí!”
El Hermano Binéfar, al reconocer la voz y el apuro de su protector, abandonando el escondite, salió a entregarse, siendo llevado al Comité donde se encontró con sus tres hermanos de Comunidad. Les hicieron declarar a los cuatro; y sin más cargo que su confesión de que eran religiosos, se les dio sentencia de muerte. El P. Payás pidió que no se molestase a las familias en que habían tenido que pedir refugio, y en prueba de gratitud para todas ellas terminó su ruego con estas palabras: "Acabo de ver que habéis derribado la estatua del P. Claret del pedestal que tenía en la plaza. Pues bien; es tal la gratitud qué nosotros sentimos por nuestros bienhechores, que gustosos les cederíamos aquel sitial de honor que hasta ahora venía ocupando nuestro Padre."
Poco después los cuatro eran conducidos al cementerio rodeados por una caterva de curiosos. Reiteraron darles libertad si “os quitáis esos hábitos con los que parecéis unos fantasmas”, pero el Padre, recordando era la víspera de la fiesta de su patrón Santiago, contestó: "Mañana, día de mi santo, ya estaré en el Cielo."
Llegados a la explanada que hay en la puerta del cementerio, cuando los asesinos ya apuntaban sus fusiles contra los cuatro misioneros, el P. Payás les dijo: "Quiero bendeciros antes de morir", y al levantar su mano para hacerlo, sonó la descarga y todos cayeron desplomados. Sus restos fueron sepultados juntos en la fosa común. El enterrador tuvo la previsión de apuntar en una libreta el orden de colocación y los datos de cada uno para facilitar su futura identificación, no enterrando a otros en la misma fosa sobre ellos. Así el 25 de abril de 1940 pudieron ser exhumados.

Evaristo Bueria estudiante de la Comunidad de Vic fusilado en la comarca
Evaristo Bueria Biosca nació en Montoliu, provincia de Lérida, y, a sus once años, en 1924, ingresó en el postulantado de Cervera, pasando luego al noviciado de Vic. Tras profesar el año siguiente, marchó a Solsona para los estudios de filosofía. En octubre de 1932 escribía a su madre: « Amadísima madre, hemos llegado a tiempos muy malos, el demonio por medio de hijos del mundo persigue a los Misioneros como también a los que se precian de católicos, por eso, amada madre, le ruego que encomiende mucho al Señor y al Corazón de María nuestras necesidades».
El estudiante Evaristo Bueria cayó enfermo de tuberculosis, pero el 21 de julio de 1936 tuvo que abandonar la comunidad con el grupo mayor en los autobuses hacia Solsona. Los revolucionarios de Torá los detuvieron y les hicieron pasar la noche en el convento mercedario de San Ramón. Al día siguiente a Evaristo Bueria se le agravó la dolencia que le aquejaba y fue llevado al hospital de Cervera, siendo instalado junto con otros misioneros en dos salas del piso superior donde hacían vida conventual, rezando y preparándose para el martirio. Tuvo oportunidades de fugarse del hospital y ponerse a salvo, pero Evaristo no las aceptó porque no podían salir con él todos sus compañeros, y quiso correr su misma suerte.
Escribía a su madre el día 11 de octubre de 1936, poco después de la muerte de su padre: «Sra. Dª Teresa Biosca: Muy querida madre. Ya tenía escrita una postal para darle noticias de mi salud, pero acabo de enterarme que la enfermedad que padecía el padre desde hace tiempo, al fin lo ha llevado al sepulcro; es un golpe muy doloroso. Quizá pueda hacerle compañía a Vd. pues ahora puedo aceptar la invitación que hace tiempo me hizo de que fuera a casa; hasta ahora no he podido por razón de mi enfermedad, ahora estoy algo mejor y más animado y por otra parte los Sres. Administradores del Hospital me dan toda clase de facilidades para ir a Montoliu. Vea pues si alguien de casa puede venir a buscarme, y si no puede ser que al menos me hiciera una visita. Saludos a José y a Eulalia. Un abrazo de su hijo Evaristo Bueria».

Mausoleo de los mártires claretianos en el cementerio de Cervera
Un día antes del martirio vino a verle su hermana Antonia, quedando en que al cabo de unos días volvería a buscarlo, pero en la noche del 17 de octubre de 1936 se presentó en el hospital un grupo de patrulleros capitaneado por Juan Solé y se llevaron en un camión a Evaristo Bueria y a otros 10 misioneros claretianos y los fusilaron en el cementerio de Cervera. Su último grito fue: ¡Viva Cristo Rey!

