Ante la Beatificación de 109 mártires Claretianos (4) VEINTIDOS MISIONEROS MÁRTIRES EN BARCELONA
En noviembre de 1859 la Congregación claretiana instalaba en Gracia, entonces pueblo separado de Barcelona, su segunda casa y colegio, de la que en la revolución de 1868, serían expulsados.

El colegio de Gracia destruido en la Semana Trágica
En la Semana Trágica de 1909 ardieron en Barcelona medio millar de edificios religiosos, entre ellos el colegio de los Misioneros claretianos, que, reconstruido en 1913, en la intentona del 6 de octubre de 1934 estuvo a punto de ser destruido de nuevo, como cuenta un religioso: «En estos días hemos tenido que dormir fuera de casa; y suerte que las autoridades hicieron salir a los soldados - del Cuartel de Caballería sito una calle más arriba - para vigilar; si no, hubiera sido pasto de las llamas».
Claretianos en Barcelona en 1936
La Congregación contaba en Barcelona con dos comunidades: la de la calle del Padre Claret del barrio de Gracia con la Curia Provincial, el colegio y el santuario del Corazón de María, y la de la calle Ripoll, junto a la Vía Layetana, dedicada al apostolado de la prensa, la editorial Coculsa, y la predicación.

Santuario del Corazón de María
Tras el triunfo del Frente Popular en las elecciones de febrero de 1936 se vivía en un clima prerrevolucionario, y los superiores dispusieron que los religiosos, al hacerse la cédula personal, en lugar de poner sacerdote, o religioso, pusieran maestro, y en el Colegio llevaran bata blanca de profesor en vez de sotana.
“Si es necesario dar la vida, la daremos”
Una semana antes del estallido de la persecución, el Superior Provincial P. Alberto Goñi en el sermón del domingo lanzaba desde el púlpito del santuario esta premonición: “Si es necesario dar la vida, la daremos.” Catorce de sus misioneros la iban a cumplimentar, así como ocho de los nueve de la comunidad de calle Ripoll.

En julio de 1936 ya se palpaba la revolución, y el 18 por la tarde se presentaron algunos militares del vecino cuartel de Caballería de Dragones de Santiago pidiendo confesión “porque no sabemos qué será de nosotros mañana en que ha de haber un levantamiento militar”. Así sería, y a las tres de la madrugada del domingo 19 los soldados salieron del cuartel, y hacia las cinco resonaban disparos de fusil y ráfagas de ametralladoras. A las diez tuvo lugar en el Santuario la última misa pública con un solo oyente. La comunidad pasó la mañana en oración recibiendo noticias de quema de iglesias y conventos, y cuando vieron circular autos con milicianos armados tocando el claxon y enarbolando banderas anarquistas, supieron que la revolución triunfaba.
En vano los religiosos pedirían protección a los cuerpos de seguridad, que, en especial los Guardias de Asalto, hacían causa común con los patrulleros. Vistieron traje seglar dispuesto en previsión, y se indicó a cada uno domicilio seguro donde dirigirse. Se intentó en vano llevar a los enfermos y ancianos a un hospital, y con su cuidador Hermano Cascales se quedaron para atenderles el superior provincial Padre Goñi, y su consejero Padre Fabregat. Los demás fueron saliendo de la casa por grupos por una puerta lateral, ya entre disparos.

Incendio del convento, santuario y colegio.
Las turbas, escoltadas por Guardias de Asalto, intentaban invadir la casa y la iglesia, y hacia las siete de la tarde los coctails Molotov lanzados contra las ventanas rompieron sus cristales y propagaron el fuego. El Provincial dio la absolución general. Los revolucionarios que habían emplazado un cañón ante el convento, lograron entrar, prendiendo fuego, y a medida que avanzaban las llamas, los cuidadores con los enfermos pasaban de una a otra dependencia, hasta que la humareda les obligó a entregarse.

Al Padre Montaner, que fue a su encuentro, los asaltantes le preguntaron: ¿Quiénes sois? , y éste respondió: “somos nueve misioneros enfermos y ancianos, los únicos que hemos quedado, nos entregamos a vosotros y sólo os pedimos perdonéis nuestras vidas.” Fueron llegando, los sanos llevando a los enfermos. Los sacaron al patio y sometieron a registro, mientras un vejete anarquista decía a sus jóvenes correligionarios: “Si fueseis de mi parecer, a estos frailes habría que fusilarlos aquí inmediatamente”. No prosperó su propuesta, y los llevaron a la comisaría de policía. Al día siguiente, en vista de su inocencia, el comisario les dejaba libres, y los enfermos fueron trasladados a la clínica Victoria. La iglesia había quedado a salvo por sus puertas blindadas, pero de madrugada volvieron las turbas con barras de hierro y mazas, logrando desvencijar una de ellas, y entrando en tumulto, destrozaron cuanto encontraban. Con los bancos y todo lo que podía arder prendieron fuego a la pira.
El primer mártir fue el Hermano Juan Capdevila Costa, asesinado el 25 de julio. Al día siguiente le seguía el Padre Gumersindo Valtierra, superior de la calle Ripoll.
El Padre Cándido Casals, superior de la comunidad de Gracia, era torturado antes de morir como mártir el día 29 de julio. El misionero Adolfo Esteban, detenido con el estudiante claretiano José Oliva en casa de éste, era asesinado detrás del Hospital de San Pablo el día 31.
El Padre Antonio Junyent, destinado a la Argentina, se hallaba en Barcelona en espera de barco, pero el 19 de agosto aparecía su cadáver en el Hospital Clínico. Dos días después el del Padre Jacinto Blanch yacía en Pedralbes.
El 27 de septiembre el P. Tomás Planas, de paso para marchar a Roma, era fusilado en las afueras de Sabadell. El Padre Cirilo Montaner, acogido por la familia Doménech, el 28 de noviembre sería asesinado en Montcada.
De los Misioneros Claretianos de las dos comunidades barcelonesas sacrificados durante la persecución se ha podido concluir proceso canónico a veintidós: catorce de la de Gracia y ocho de calle Ripoll. Todos estos mártires murieron de modo similar: registro en el apartamento donde se habían refugiado; ser llevados al Comité revolucionario; salir hacia la muerte; y aparecer su cadáver en el Hospital Clínico; y ser enterrado la mayoría de las veces en el anonimato de la fosa común.
En el templo restaurado se dedicó una lápida a los mártires de Barcelona que en latín decía así:
«Habiendo aquí vivido como Misioneros – habiendo aquí muerto, y con efusión de sangre, comártires, – el año 1936, – cuando infestaba a España la peste marxista, – dieron testimonio de su fe – al caer por Dios y por la Patria, – los miembros de nuestra Congregación de Hijos del Inmaculado Corazón de María, – cuyos nombres son: Cándido Casals, Gumersindo Valtierra, Jacinto Blanch, Pedro Pous, Marcos Ajuria, Cirilo Montaner, Fernando Mallén, Luis Clará, Adolfo de Esteban, José Oliva, Antonio Badía, Joaquín Vilanova, Laureano Muñoz, Marcos Casals, Isidro Martínez, Víctor Vidal, Segismundo Benet, Juan Capdevila. Y pues que son ellos – de tan feliz recordación, de eficaz ejemplo- en este templo, que también fue maltratdo por el fuego y la piqueta, – luego, por fin, con mayor arte acabado de REconstruir, – sus hermanos sobrevivientes – a todos ellos les dedicaron con todo el cariño este recuerdo el 17 de octubre de 1941,
No pudiendo en estas páginas detallar el Via Crucis de cada uno de estos veintidós mártires, a título de ejemplo relatamos el de uno de cada comunidad.
Padre Cirilo Montaner Fabré

Al marchar el 20 de julio la mayoría de los miembros de la Comunidad de Gracia, el P. Cirilo quedó con pocos más al cuidado de los enfermos y ancianos. Con su talante humilde y paciente trató con los asaltantes, consiguiendo salvar la vida a todos sus protegidos.
Tras algunas peripecias para encontrar refugio, fue bien recibido en casa del carpintero Antonio Doménech, antiguo militante anarquista, que tenía un pequeño taller de restauración de muebles. Su santa esposa Dª. Rosa Sabaté, con su oración y paciencia, había logrado la conversión de su marido, que a partir de entonces comenzó a trabajar por Dios con el mismo entusiasmo que antes lo había hecho contra Dios. El anarquista de antes decía a sus sorprendidos antiguos compañeros: “a la Iglesia hay que atacarla como los anarquistas, si se la odia; o defenderla, como los carlistas, si se la ama”.
De misa y comunión diaria, se consagró como terciario franciscano y hermano de la Congregación del Oficio Parvo de San Felipe Neri, asistiendo cada domingo al asilo de ancianos para afeitarles, lavarles los pies y cortarles las uñas. Al estallar la Revolución y acoger al Padre Cirilo, Antonio Doménech rezaba con su esposa y con él cada tarde el rosario, y los viernes el Vía Crucis; buscaba asilo a sacerdotes perseguidos, visitaba a los presos en las cárceles y les llevaba oculta la comunión.
El Padre Cirilo se prodigaba como sacerdote clandestino, confesando en los parques y diciendo misa en las casas que se lo pedían, y los domingos en la de su protector ante vecinos de confianza en un altar plegable que éste le había construido. Por la tarde celebraban función vespertina, rezando el rosario y cantando el Trisagio, la Salve y el Credo. Manifestó que, llegado el caso, no ocultaría su condición de sacerdote, y que si era detenido, sólo lamentaría las consecuencias para la familia que le había acogido.
En septiembre escribió al Padre Torras una emocionante nota que, en lenguaje críptico militar, refleja la situación de su comunidad religiosa:
“Muy amado Torras: mucha alegría me ha causado su grata; veo que aún no soy digno de formar parte de la legión gloriosa, y me quedo por ahora en retaguardia. A pesar de la escasez de carne todas las mañanas tengo mi Corderito para mí; desde el 5 de agosto no me ha faltado un solo día.
De los compañeros nuestros los de Barbastro nos han ganado, pues creo llegan a sesenta los que han ido al frente de la Legión heroica, sólo tres se han salvado. Cervera creo debe ser la siguiente. Vic también ha dado un buen contingente. De Solsona creo que pocos, pues se han quedado a retaguardia como nosotros. Selva, bastantes, tres murieron quemados entre los muros del Cuartel. También el doctor Prat en su casa.
No sé de Casals, pero creo que los del cuartel de Ripoll, casi todos, si no todos, aun el venerable Ajuria. Del Cuartel de Gracia creo que pocos; de su capitán nada se sabe desde hace dos meses. El Comandante Provincial ha salido en avión para retaguardia Urbis Sanctae. Creo que los de Sallent casi todos, pues el capitán falleció en el frente de Vic; también allí los camaradas Arquer, Puigdesens, maestro de reclutas Arner; los jóvenes reclutas están en el Cuartel de retaguardia haciendo el ejercicio; roguemos por ellos. Por hoy nada más. C.M.F.”
Ofrecimiento para el martirio del sacerdote, de su protector y su esposa
A mediados de noviembre el Padre Cirilo y Antonio Doménech, por común iniciativa, arrodillados ante el Santísimo, ofrecieron a Dios sus vidas, por si estaba en sus designios darles a beber el cáliz del martirio. El Padre dijo a Doña Rosa: “Hoy su marido y yo nos hemos ofrecido a Dios Nuestro Señor para el martirio, y hasta le hemos puesto a usted también”. La señora se arrodilló y ratificó el ofrecimiento con un suspiro: “Que se cumpla la voluntad de Dios”.
Esta voluntad que Dios les inspiró en el ofrecimiento, se iba a cumplir poco después, el 25 de noviembre, cuando a las tres de la mañana milicianos de la sanguinaria patrulla núm. 11 de la calle Pedro IV golpeaban la puerta de la casa reclamando al forastero que allí se escondía. El Padre Cirilo entregó el Santísimo a Doña Rosa que lo guardó en su pecho. Junto con su protector se llevaron al Padre Cirilo a su cuartelillo donde encontraron detenidos al jesuita Padre Arbona y al padre, la madre y dos hijos de la familia Armengol, panaderos de la Bonanova. A media tarde eran conducidos a la checa de San Elías. Al Padre Cirilo y a D. Antonio Doménech los sacaron el 29 de noviembre y los fusilaron en la tapia del cementerio de Montcada.
Cuatro días después sacaban de la misma checa y fusilaban también allí al Obispo de Barcelona Mons. Manuel Irurita y a su protector Antonio Tort que le había alojado en su casa. En el proceso de beatificación de Mons. Irurita por decisión de Mons. Ricardo Carles se añadiría años después a Antonio Tort, asesinado por odio a la fe, por proteger a su Obispo. Tal fue también el caso de Antonio Doménech, quizás olvidado en esta beatificación, aunque ante el trono de Dios estará junto a Cirilo Montaner en primera fila con los mártires Manuel Irurita y Antonio Tort.
Dispersión de la Comunidad de la calle Ripoll
Los nueve miembros de la comunidad de la calle Ripoll pertenecían a distintas provincias y gestionaban la editorial Coculsa y las revistas misioneras. Integraban esta comunidad el Superior Padre Gumersindo Valtierra, y los Padres Pedro Pous, Marcos Ajuria y Joaquín Girvent, y estaban adscritos los Padres Jacinto Blanc, Fernando Mallén, Laureano Muñoz, Joaquín Vilanova y el hermano Marcos Canals.
Habitaban un piso del edificio, y no teniendo iglesia ni oratorio abierto al público, pasaban desapercibidos, y la vecina Comisaría de Policía parecía darles protección. Creyéndolo lugar seguro, algunos claretianos vinieron a refugiarse allí; mera ilusión, pues el lunes 20 de julio el portero les advertía de lo peligroso de su permanencia. Sumieron la reserva del Santísimo y se despidieron unos de otros con promesa de mutuas oraciones, buscando cada uno refugio en casa de amigos y parientes. En el piso quedó solo el hermano Marcos Canals. Pensando volver pronto, no destruyeron la documentación: los milicianos en un registro hallaron relación y foto de todos ellos, y tras la detención del superior que llevaba la lista de las casas donde se habían refugiado, sólo el Padre Girvent pudo salvar la vida.
Padre Jacinto Blanc Ferrer

Nacido en 1868 en familia numerosa de la que todos los hijos abrazarían la vida religiosa: cinco misioneros claretianos y una monja, era biógrafo del P. Claret, vicepostulador y principal impulsor de su causa de beatificación. Presentía la Revolución y manifestaba su deseo de dar la sangre por Cristo, proponiendo a sus dirigidos pedir la gracia del martirio al que se sentía llamado y estaba dispuesto, lo que le llevó a vivir con tranquilidad los acontecimientos.
El 20 de julio salió del piso de la calle Ripoll y se refugió en casa de D. Eugenio Bofill, celebrando Misa hasta el 17 de agosto. En sus cotidianos paseos, al oír blasfemias, protestaba en voz alta: alabado sea Dios. Su hermano Antonio le propuso salir con él de zona roja, a lo que respondió: Si todos los sacerdotes nos vamos, ¿quién cuidará de los fieles?
Ante el temor a un registro salió en busca de otros domicilios, pero no hallando refugio en ninguno, pasaba las noches en los calabozos de la Jefatura de Policía, a la que acudían a dormir vagos, maleantes y gente sin techo como entonces el Padre Jacinto. Volvió a casa Bofill, pero el día 19 de agosto se presentaron los milicianos. Le cachearon los bolsillos encontrándole un rosario, diciendo: ¿Por qué te escondías esto, cobarde? Y como callara, se lo colgaron al cuello como escarnio y se lo llevaron detenido. La familia Bofill y sus amigos practicaron diligencias ante la policía para averiguar su paradero y obtener su libertad, pero la respuesta era siempre: si se tratase de un paisano aún… pero si es un cura, no hay nada que hacer. El 21 de agosto, procedente de Pedralbes, ingresaba su cadáver en el Hospital Clínico.
Si como escribe Santa Teresita del Niño Jesús, el Señor no enciende nuestro corazón en buenos deseos si no piensa colmarlos, las ansias de martirio que el Padre Jacinto sentía se realizaron cumplidamente aquel 21 de agosto en que su fundador entonces Beato Antonio María Claret, por cuya glorificación tanto trabajó, le estaría esperando en la puerta del Cielo para acompañarlo hasta la primera fila ante el trono del Cordero.

