Dos obispos y diez sacerdotes sacrificados en nuevo martirio colectivo en el “barranco de El Chisme” de Almería
S. E. MONS. ADOLFO GONZÁLEZ MONTES Obispo de Almería y el Presbiterio diocesano Tienen el gusto de invitarle a la Misa de Beatificación de los Mártires del siglo XX en Almería, que presidirá en representación y mandato del Papa Francisco Su Eminencia el Cardenal Ángelo Amato.
Tendrá lugar en el Palacio de Congresos y Exposiciones de Aguadulce-Roquetas de Mar, el día 25 de marzo del corriente 2017, a las 11 horas, en la Solemnidad de la Anunciación del Señor
Tras los 28 asesinados en la playa de la Garrofa el 14 de agosto de 1936, la nueva “saca” de presos de las prisiones almerienses para ser asesinados en grupo tuvo lugar quince días después en la noche del 29 al 30 de agosto en el barranco del Chisme del pueblo de Vicar. Su martirio está ampliamente documentado en la Positio de Beatificación en 1993 de los Obispos de Almería y Guadix, que presidían el grupo. Veinticuatro años después son elevados a los altares otros diez sacerdotes martirizados con ellos.
Los comités revolucionarios almerienses y de pueblos de Granada que no se habían sumado a los sublevados recibieron orden del Comité Central de enviar a sus detenidos a la prisión provincial de Almería. Pronto la cárcel quedó saturada y hubo que improvisar nuevos centros de reclusión en antiguos edificios religiosos como el colegio de la Salle y el convento de las Adoratrices.
Prisión de los dos Obispos en Almería
El 7 de julio de 1936 el obispo de Almería Mons. Diego Ventaja marchó a Granada para el proceso de beatificación de don Andrés Manjón del que era postulador. El día 15, tras el asesinato de Calvo Sotelo, regresó a Almería, y el 25 le obligan a abandonar el Palacio Episcopal por orden del Gobernador. Mons. Ventaja exigió orden escrita. Las turbas esperaban fuera, y le aconsejaron saliera por puerta trasera, pero replicó: “El Obispo de Almería ha salido y entrado siempre por la puerta principal, y por ella quiero salir con la misma dignidad que entré.” Entre improperios, salió protegido por la fuerza pública, vestido con su capelo y pectoral, dirigiéndose a la casa del Vicario don Rafael Ortega en la vecina plaza Careaga.
El Beato Mons. Manuel Medina Olmos
Al Obispo de Guadix Manuel Medina, el 27 de julio los revoltosos le invadieron su Palacio encabezados por el Alcalde, y un carabinero le arrancó violentamente el pectoral. Le dijo: “Ya que me vais a matar, dejadme por lo menos mi crucifijo”. Le quitaron el anillo y el fajín y le rasgaron la sotana, mostrando su cordón franciscano, lo que provocó burlas y carcajadas. A empujones, junto a D. Segundo Arce, de las Escuelas del Ave María de Granada, y D. Torcuato Pérez, sacristán de la Catedral, los llevan a la estación y los encierran en un vagón de trasporte de cerdos que unen al tren de Almería. A su llegada las autoridades les conducen a la casa donde se hallaba refugiado Mons. Ventaja.
El 12 de agosto, a media mañana, llegó un coche de la policía y se llevó a los dos obispos y a los cuatro sacerdotes que vivían con ellos como familiares, y los condujeron a la prisión que habían instalado en el desmantelado convento de las Adoratrices en cuyas paredes se podía leer aún: «Alabado sea el Santísimo Sacramento». Les dijeron que lo hacían por su seguridad, pues no iban en calidad de detenidos sino de huéspedes, y que podían llevarse sus breviarios. Los obispos iban de sotana y con pectoral, los cuatro sacerdotes de paisano.
Del convento de las Adoratrices al barco prisión Astoy-Mendi
Al cabo de unos días les hicieron renunciar a su calidad de acogidos y quedar como simples detenidos vistiendo de seglar. Allí estuvieron 15 días hasta que en la mañana el 28 de agosto llegaron tres camionetas custodiadas por milicianos que sacaron a los obispos, a sus familiares don José Martínez Vizcaíno y don Segundo Arce Manjón, y a otros 40 sacerdotes ingresados con ellos, junto al P. Luque, confesor del Obispo Don Diego, y otros jesuitas, y los condujeron a la prisión flotante del barco carguero de mineral Astoy-Mendi, atracado en el puerto.
María Salinas testimonia que, como cada día, acudió a media mañana a las Adoratrices con la cesta de comida para los religiosos presos, y al decirle que no estaban allí, preguntó a Luis Fernández, jefe de la prisión: « ¿A dónde los llevan, por favor? » Él respondió sonriente: «Ya estarán fregando la cubierta del Astoy-Mendi en el nombre del Sagrado Corazón, de la Santísima Trinidad y de todos los Santos».
El Astoy-Mendi, carguero de carbón de la compañía Ibarra, no tenía más respiración en su bodega que la entrada de la escotilla. A la derecha de la escalera los dos obispos se acomodaron, como pudieron y tuvieron que vestir, como todos los presos, calzón corto azul y camiseta. Los presos recibían brutal trato en el Astoy-Mendi, al que se unía el calor asfixiante de la bodega y la falta de luz y ventilación. A don Diego y a don Manuel, que los milicianos les llamaban «Ventajilla» y «Medinilla» les sacaban a veces a cubierta para que desde el muelle los viera la gente que venía a regodearse e insultarles.
La primera tarde fueron llevados con otros sacerdotes al acorazado Jaime I, surto también en el puerto para palear carbón desde las carboneras a la boca de la caldera. Los obispos regresaron hechos una lástima, sudando y cubiertos de carbonilla. Los marineros del barco de guerra hicieron subir a don Diego a cubierta y profirieron contra él toda clase de insultos. Don Diego «miraba de frente a los ojos, escuchándoles en silencio profundo. Cuando terminaban las injurias y blasfemias bajaba los ojos al suelo en silencio y después los levantaba al Cielo, como musitando una oración, y les volvía a mirar con una sonrisa». Aquella noche todos durmieron sobre el suelo sucio de la bodega temiendo ser llamados, pues casi cada noche había “saca”; se abría la escotilla y se leía la lista de los convocados al mortal “paseo”.
El día 29 de agosto, muy de mañana, los guardianes ordenaron que se apiñaran en el centro todos los sacerdotes, porque -según dijeron- iban a ser devueltos a las Adoratrices. Fueron identificándose uno a uno, y de este modo confeccionaron la lista para las futuras «sacas». Al día siguiente narra un testigo que a sacaron a don Diego para fregar los váteres al grito de « ¡Obispo, a fregar!». Don Navarro Gay quiso sustituirle en tal humillación, pero Don Diego le dijo: «Usted sabe por qué estamos presos. Ya que por obispo me han detenido, me creo con mayor obligación sufrirlo», y añadió: «Tenemos que recibir la persecución con resignación y paciencia, porque todos nos debemos considerar culpables»
La noche del 30 de agosto, fiesta de la Virgen del Mar, Patrona de Almería, llegó al barco Juan del Águila, jefe del Comité de Presos, quien ordenó a su hermano Rafael que leyera desde la escotilla la lista que traían. Se leyó la lista, y en ella venían los nombres de los obispos de Almería y Guadix. En ese momento, uno de los guardianes increpó a don Diego, diciéndole: «Ahora, Ventaja, te pesará ser obispo». Don Diego, con la serenidad y la paz que le caracterizaba, le respondió: «Ser o no ser obispo, nunca me ha interesado; pero lo que no me pesa ahora ni nunca me ha pesado, es ser sacerdote»
Del Astoy-Mendi al Barranco del Chisme.
Los nombrados eran unos cincuenta que fueron subiendo penosamente la escalerilla de la bodega y salieron por la escotilla a cubierta. Se seleccionó primero a don Diego Ventaja y don Manuel Medina, con 10 sacerdotes de Almería y Guadix, y a ellos se agregó a 6 seglares hasta completar 18 presos, a los que se les fue atando las manos a la espalda con cuerdas y alambres, y se les hizo subir a una camioneta. El resto de sacerdotes esperaban cargarlos en otros vehículos, pero como no llegaban, y eran ya cerca de las tres de la mañana, los devolvieron a la bodega a la espera de nuevas “sacas”.
La camioneta y los coches de escolta tomaron la carretera de Málaga. Al comprobar que no iban a las Adoratrices, sino que salían de la ciudad, los sacerdotes dieron la absolución a los seglares y se absolvieron entre sí, Atravesaron Aguadulce y el Parador, y en el Km. 93, en el desvío que conduce a Vícar se detuvieron junto al cortijo que linda con el barranco «del Chisme». Los milicianos bajaron a los presos y formaron el pelotón de ejecución sorteando los que cada uno debía asesinar, ordenándoles situarse sobre un talud de la ladera del barranco que oculta la carretera.
Rafael del Águila declararía ante el juez que él había asesinado personalmente «a uno de los obispos, de los dos el más pequeño de estatura» y dijo que: «El obispo de Almería pidió permiso para hablar, concediéndoselo mi hermano Juan, también presente, y que el obispo deseaba los perdonara Dios como él los perdonaba, y pidió fuese su sangre la última que se derramase». Afirmó que, tras estas palabras sonó la orden de descarga, dispararon y los mataron, los últimos a los Obispos. Los cuerpos fueron cayendo al fondo del pequeño barranco. Comenzó a correr la sangre de los mártires.
Antonio del Castillo Manrubia, cobrador del coche de línea “Alsina” que hacía servicio a la ciudad de Berja, declara que los milicianos lo pararon y pidieron gasolina para quemar los cadáveres. Que se apeó y vio «un montón de cadáveres apilados, a los que iban a pegar fuego, tal vez por segunda vez, pues estaban ennegrecidos. A poca distancia se veían dos cadáveres cruzados, uno encima de otro, y acercándome reconocí a don Diego Ventaja en el que estaba debajo y encima don Manuel Medina, que no llevaban otra indumentaria que un pequeño pantalón azul. Que el cadáver de don Manuel presentaba en el lado izquierdo del pecho una herida como de tres dedos, por la que aún manaba sangre, y por el costado y diversas partes del tronco, otras heridas producidas, al parecer, por gruesas cañas de las que aún se veían alrededor algunas manchadas de sangre» Los cadáveres permanecieron insepultos dos días hasta que piadosos vecinos del entorno les dieron sepultura.
Relevantes declaraciones de los verdugos
Juan del Águila, jefe máximo del Comité de Presos, antiguo alumno del colegio de La Salle, a la pregunta de « ¿Por qué los matáis?», respondía con frase lapidaria: «Es la revolución». Impresionantes son sus declaraciones ante el juez, reconociendo: «Que las ejecuciones las cometía con pleno conocimiento y sabiendo lo que hacía»… que sacaba personalmente a los presos por ser persona de máxima confianza del Comité Central».
Y esclarecedora esta su afirmación: «El Gobierno de la República directamente o por medio del Gobernador Civil aprobaba cuantas decisiones se tomaban por el Comité Central de Almería y demás organismos dependientes de dicho comité, incluso el asesinato de personas... pues una de las finalidades de la pasada revolución española, quizás la más importante y que coincidía plenamente con el ideario de la Federación Anarquista Ibérica, a la que pertenecía, era la destrucción total de la Iglesia Católica y eliminación completa de sacerdotes y religiosos por el procedimiento más eficaz, incluso el asesinato, que se practicó con mucha frecuencia en las personas de dichos sacerdotes y religiosos, por entender que la Iglesia Católica, al igual que sus ministros, era uno de los mayores obstáculos que se oponían al triunfo de la revolución».
Juan del Águila Aguilera, verdugo de dos Obispos, fue ajusticiado después de la guerra. Sus víctimas martiriales debieron interceder por él, pues consta que pidió confesión antes de morir.
Tres años después del martirio, en 1939, se procedió la exhumación de sus calcinadas reliquias, siendo imposible su plena identificación, y lo restos que lograron conservarse se trasladaron a la capilla de San Ildefonso de la Catedral de Almería bajo una lápida que en latín dice así:
“ Aquí estuvieron mezclados los huesos y cenizas del Rvdmo. Don Diego Ventaja Milán, Obispo de Almería y de D. Manuel Medina Olmos, Obispo de Guadix, junto a los de seis sacerdotes y diez seglares, que fueron asesinados por los marxistas en odio a la Religión, y fueron muertos por la Patria, cuyos cuerpos fueron después quemados e impíamente lanzados a la fosa.”
Una sencilla cruz con una lápida señalaba en Vícar el lugar regado con su sangre en que fueron martirizados ambos Obispos. Pero ya en 1959 la Hoja Dominical del 30 de agosto lamentaba que la cruz hubiera sido arrancada y destrozada la lápida, y que reuniendo sus trozos aun podía leerse: “RECUERDO AL MARTIRIO SUFRIDO AQUÍ POR LOS SRS. OBISPOS D.DIEGO VENTAJA Y D. MANUEL MEDINA CON DIEZ SACERDOTES Y TRES PAISANOS EL 30 DE AGOSTO DE 1936”
Los diez nuevos beatos compañeros de martirio de los Obispos Monseñores Diego Ventaja y Manuel Medina
El Beato Juan Manuel Felices Pardo, humilde párroco de san José del Barrio Alto, el más pobre de Almería, de gitanos y pescadores a quienes atendía con gran afecto predicando los domingos al alcance de aquella gente sencilla a las que repartía estampas de Jesús y la Virgen. El 30 de agosto, al ser conducido al Barranco del Chisme donde recibiría la palma del martirio exclamó: « ¡Viva Cristo Rey!, ¡Señor perdónalos!».
El Beato Ángel Alonso Escribano Operario Diocesano, fue enviado en 1934 al Seminario de Almería como prefecto, profesor y director espiritual. Al llegar la Revolución se refugió en un cortijo pero detenido con tres hermanos de La Salle, fue llevado al martirio con los Beatos Obispos de Almería y de Guadix.
El Beato Antonio García Padilla nacido en la Alpujarra almeriense, ingresó en el Seminario de Almería. Una vez ordenado rigió la parroquia de santa María de Huércal de la capital durante 20 años Al iniciarse la persecución «llevando el Santísimo Sacramento en el pecho, saltó por la parte de atrás de la casa rectoral vagando por la vega, hasta ser recogido en un cortijo, en donde el 6 de agosto lo prendieron los milicianos».
Conducido al convento de las Adoratrices, y luego al barco Astoy Mendi, fue sacado el 30 de agosto y llevado al martirio en el Barranco del Chisme.
El Beato Juan Garrido Requena, nacido en Alcóntar, que entonces pertenecía a la diócesis, se ordenó en el Seminario de Guadix. Su Obispo, el beato Manuel Medina, lo recomendó al célebre pedagogo Padre Andrés Manjón como capellán del Colegio del Ave María del Sacromonte en Granada, al que dedicaría cuarenta años de su ministerio. El 16 de julio llegó a Almería, invitado por su buen amigo el beato don Diego Ventaja, y allí le sorprendió la persecución, y acompañó hasta el martirio.
El Beato Nicolás González Ferrer. Coadjutor de Vera. El 25 de julio y en plena persecución celebró públicamente con grave peligro la Santa Misa por ser la solemnidad del Patrono de España. El 6 de agosto era detenido, y en el camión que llevaba a los presos al barranco del Chisme el Obispo Diego Ventaja le pidió: «Padre, usted que es el mayor -tenía 64 años - ¿quiere darnos la absolución? ».
El Beato Aurelio Leyva Garzón. Ingresó en el Seminario de san Torcuato de Guadix, donde el obispo Maximiano Fernández lo tuvo como familiar. Ordenado presbítero continuó vinculado al Seminario como Superior y durante 30 años coadjutor de la Parroquia de Santiago. « Conducido a Almería en vagón de ferrocarril con su Obispo y otros sacerdotes, pasó por varias prisiones hasta el barco Astoy Mendi, donde fue maltratado por milicianos y marineros hasta la madrugada del 30 de agosto en que fue sacados, para ser asesinado.»
El Beato Santiago Mesa Leyva. Hijo de humildes zapateros de Guadix, ingresó en su Seminario. Beneficiado de la Catedral de Santa María de la Encarnación, pese a lo peligroso de la situación en Guadix, por no quedarse sin celebrar el día de su santo, «se dirigió a la Catedral el 25 de julio. Allí le detuvieron y condujeron al humillante furgón que lo llevaría a Almería» donde el 30 de agosto compartiría martirio con su Obispo en el barranco del Chisme.
El Beato Mariano Morate Domínguez, nacido en Palencia, se doctoró en Teología en la Universidad de Salamanca y en Derecho Canónico en la Pontificia de Comillas. Canónigo de la Catedral de su ciudad natal en 1933 permutó su canonjía por la de Almería. . Al iniciarse la persecución en la ciudad, un seminarista recuerda que «se sentó en un banco de hierro que había en la plaza, frente a la puerta del Seminario. Al salir don Ángel Alonso Escribano, siervo de Dios y yo, don Ángel le advirtió del peligro: “Don Mariano ¿es que se va a quedar ahí sentado?”. Él contestó: “Yo no conozco a nadie. Sí me han de martirizar, lo mismo me da que sea aquí que en otra parte; y aquí no pongo a nadie en peligro de ser perseguido”. Allí se quedó y allí lo cogieron, comenzando su calvario hasta su muerte el 30 de agosto en el barranco del Chisme.
El Beato Torcuato Pérez López, natural de Guadix, fue nombrado Sacristán mayor de la Catedral. En los días siniestros de los incendios «pasaba las noches en vela en las puertas de la catedral por sí alguno se acercaba a prenderle fuego. » Detenido el 27 de julio sufrió terribles amenazas para que revelara donde estaban las alhajas de la Catedral que creían tenía escondidas. Enviado, junto al beato don Manuel Medina y otros presbíteros a Almería, compartió prisión y martirio con ellos.
El Beato Francisco Rodríguez Carmona, nacido en Vera en familia muy humilde, para costear sus estudios en el seminario su padre Juan marchó a trabajar fuera, y su madre, Francisca se puso a servir en varias casas. Fue enviado como Coadjutor a la Parroquia de Tabernas donde ejerció sus escasos tres años de ministerio. Detenido el 24 de julio fue apresado en la cárcel del pueblo y enviado a Almería, siendo martirizado junto a los beatos Obispos de Almería y Guadix.
La noche del 31 de Agosto, siguiente a la de la inmolación de los mártires en el Barranco del Chisme, los mismos ejecutores sacaban del barco en dos camiones al resto de 25 sacerdotes y religiosos, y 6 seglares, y los asesinaban en el Pozo de “La Lagarta” de Tabernas. De ello y de los martirios en el Pozo de Cantavieja, asi como en el campo de exterminio de Turón, daremos cuenta en próximo artículo.

