No quiso salvarse

Monseñor Irurita no quiso salvar su vida al precio de una indignidad

E José Javier Echave-Sustaeta

 

 

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El papa Benedicto XVI en su viaje a México el 25 de marzo de 2012 sobrevolará en helicóptero el cerro del Cubilete, donde se halla el monumento erigido a Cristo Rey.

 En el actual santuario, construido sobre las ruinas de un monumento anterior, bombardeado y dinamitado por orden del presidente Calles en 1926, se rinde homenaje a los mártires cristeros que al grito de ¡Viva Cristo Rey! le ofrecieron la vida en defensa de su realeza social sobre la nación mejicana.

 Arrodillados a los pies de Cristo Rey, dos ángeles le ofrecen dos coronas: una de espinas, la del martirio, y otra real, como Rey y Sefior de todos los hombres, indicando así cómo el martirio es la expresión del testimonio más creíble de la realeza de Cristo y de la esperanza en su promesa de que va a ser aceptado por toda la humanidad como Rey y Sefior.

 En el interior de la imagen, a la altura de su corazón, hay un altar donde en ocasiones muy solemnes se celebra la Santa Misa.

 Esta pública proclamación de la realeza social del Corazón de Jesús y su ejemplar testimonio por el martirio en aquellos afias del pasado siglo, marcó también el pontificado del obispo de Barcelona monsefior Manuel Irurita, expresado en su lema episcopal: «Üportet illum regnare». Muchos de los mártires mexicanos de Cristo Rey de los afias veinte, que ensefiaron a los mártires espafioles a ofrecer a Dios nuestras vidas al grito de ¡Viva Cristo Rey!, han sido ya beatificados; monsefior Manuel Irurita, tras dilaciones y obstrucciones, espera su glorificación, pero su hora prevista por Dios la tenemos por cierta y próxima.

 21 de julio de 1936: huida tras el asalto al palacio episcopal

V ENCIDA ya la sublevación militar, un grupo de revolucionarios se presentaba en la mafiana del martes 21 de julio ante la puerta de la catedral de Barcelona para profanarla, pero al verla protegida por guardias, al grito de: «Vamos a por el obispo y sus tesoros», se encaminó al colindante palacio episcopal, que se hallaba sin custodia.

 Se agolparon ante la puerta, a la que echaron una lata de gasolina y le prendieron fuego.

Unos disparaban contra la cerradura e intentaban abrirla con palancas,mientras otros trepaban hasta el balcón de la fachada mientras otros trepaban hasta el balcón de la fachada.

 Francisco Lacruz, en su libro El Alzamiento, la Revolución y el Terror en Barcelona, da cuenta de que el asalto lo dirigía Joaquín Vilá Bisa, periodista de Esquerra y jefe de Prensa de la Presidencia de la Generalitat.

 Ante la inminente invasión por las turbas, los tres policías que el día anterior se presentaron en el palacio episcopal para custodiar sus dependencias, le dicen al obispo que se ven impotentes, y sin pedir auxilio a la vecina Generalitat, sede del gobierno catalán, distante sólo unos treinta metros, le instan a que huya de inmediato. Monsefior Irurita, que estaba en la capilla y acababa de celebrar la santa Misa, recoge la reserva del Santísimo y diciendo en voz alta: « ¡ Sefior, lo que tú quieras!», la lleva en el copón pequefio envuelto en un pafio morado a casa del conse1je. Sus familiares le quitan la sotana que se resiste a dejar, y el pectoral, y le cubren con el guardapolvo y la gorra del portero.

Los asaltantes penetran por fin, y comienzan a echar por las ventanas que dan a la plaza Nueva, documentos, imágenes, muebles y enseres.

  Tras el saqueo no se les permite prendan fuego al edificio, ante el riesgo de que se extienda a las colindantes dependencias de la Generalitat. A mediodía Joaquín Vilá se presentó en el Palacio de la Generalitat revestido de ornamentos entre grandes risotadas. Días después, abochornado, dijo que Companys le había reñido por aquella broma de mal gusto, pero siguió al frente de la Comisaría de Prensa de la Generalitat, gozando de la plena confianza del President.

 Refugiado en casa de don Antonio Tort

 Aa entrada de las turbas, monsefior Manuel Irurita huye con su familiar mosén Marcos Gofii, su prima Emeteria y el conserje Eusebio por la puerta de la casa de éste (hoy tapiada) que da al callejón de Montjuic del Obispo. Los policías le abandonan a su suerte. Sin saber adónde ir, entra en la casa del canónigo doctor Faura, que está enfrente, pero llegó una telefonista y le dijo que allí no estaba seguro, que se viniera a su casa. Bajan a la calle y topan con Antonio Tort, que acudía a ver si podía ayudar en algo en defensa del obispado.

Antonio Tort le dice: «Señor obispo, usted se viene a mi casa», y monseñor Irurita, Marcos Goñi, y Eusebio le siguen hasta su domicilio en la vecina calle del Call, número 17.

 Un grupo de desalmados les interceptó el paso preguntando si alguno de ellos era el obispo, pero Eusebio, el conserje, contestó decidido: «¡Ca, el obispo marchó ya hace días!»

 

 En casa de Antonio Tort monseñor Irurita permaneció escondido desde el 21 de julio al 1 de diciembre de 1936.

 En este domicilio se hallaban ya refugiadas cuatro hermanas carmelitas de la Caridad que don Antonio había ido a buscar a su colegio de la calle Lladó, y que habían traído consigo un copón y ornamentos con los que monseñor Irurita y mosén Marcos Goñi celebraron la misa sobre una cómoda instalada en su aposento durante los cuatro meses y diez días en que permanecieron allí recluidos. Se organizó la adoración continua, turnándose la familia y todos los refugiados.

 Se rezaban en común las tres partes del rosario, pero monseñor Irurita lo hacía además en privado continuamente. La madre Torres escribe: «El mes de octubre el señor obispo lo pasó rezando el rosario. Hubo día que pasó de veinte partes.»

 Monseñor Irurita se preguntaba si no hubiea debido tomar mayores precauciones ante la persecución que todos veían venir, y si su absoluta confianza en los designios del Corazón de Jesús no habría sido temeridad.

 Su dirigida, la beata mártir Apolonia Lizárraga, superiora general de las Carmelitas de la Caridad, que acudió a casa Tort el 3 de septiembre a pedirle consejo, se debatía también en semejantes escrúpulos.

 Monseñor Irurita reconocía:

«La desconfianza y tristeza han sido mis continuas tentaciones, pero sólo Dios sabe lo que he luchado y los actos de fe y esperanza que he hecho ... no desconfiemos, Jesús está con nosotros. En esta casa tiene sus complacencias. Aquí está toda la diócesis».

 

Monseñor Manuel lrurita y monseñor Salvio Huix, obispos mártires

 Unos días antes del estallido de la guerra, monseñor Irurita, de paso por Lérida de regreso a Barcelona desde su Navarra natal, visita a su amigo y sucesor en la mitra monseñor Huix. Comen juntos y comentan las crecientes amenazas que se ciernen sobre sus personas como máximos representantes de sus respectivas iglesias, y se manifiestan dispuestos a no abandonar a sus diocesanos, y ser los primeros en sacrificar sus vidas en la persecución de sangre que sentían ya segura y cercana.

El doctor Amadeo Colom Freixa, que fuera familiar de monseñor Huix, le contó al padre Salvador Nonell, fundador de Hispania Martyr, como él fue testigo de excepción en julio de 1936 de la entrañable conversación entre ambos prelados. Dice: «Se preguntaban mutuamente si Dios les tendría por dignos del martirio; y en caso afirmativo, si sabrían prestar la docilidad necesaria, y se animaban tú a tú, ambos obispos, a decir sí ... Y todos sabemos lo que pasó ... ».

El hermano jesuita Francisco Vives, amanuense del provincial, había logrado embarcar al padre Murall a través del consulado italiano. Dice que fue a casa de los Tort a entrevistarse con monseñor Irurita, pero que éste se negó a marchar considerando cobardía huir de Barcelona en el fragor de la persecución. El señor obispo dijo: «Si el Santo Padre me llama, a pesar de todos los peligros, correré a su llamamiento; pero, de lo contrario, estoy contento de no separarme de mi diócesis.»

 Monseñor Irurita le daba vueltas a la idea de presentarse en el palacio de la Generalitat, distante sólo una travesía de su casa refugio, y ponerse en manos de sus gobernantes. Cada anochecer, tras la persiana del balcón, les encomendaba y bendecía.

 El vicario general padre José María Torrent y Antonio Tort le desaconsejaban tal temeridad. Pero llegó la noticia de que su amigo el obispo monseñor Huix, que se había entregado a la protección de la Guardia Civil el 23 de julio, había sido asesinado en la madrugada del 5 de agosto a la salida de Lérida, al ser ordenado telefónicamente desde Barcelona su traslado desprotegido a ésta para juzgarle.

 Monseñor lrurita quedó muy afectado, y se decía: «¿No será cobardía esconderse y no salir a defender los intereses de Cristo? ¿Será que no soy digno de la gracia del martirio?». Tras unos días de tribulación, anunció a la familia Tort que también él iba a presentarse a las autoridades de la Generalitat para ser sacrificado. Mucho le costó a esta familia y a su vicario general padre Torrent disuadirle de este propósito, alegando que de Roma llegaban indicaciones de que debía marchar allá.

«A otros obispos les hemos facilitado pasaporte, pero a éste no»

 Para la salida oficial de Barcelona al extranjero en agosto de 1936, además del pasaporte que otorgaba discrecionalmente Governació de la Generalitat y debía firmar su conseller, se precisaba el visado del cónsul del país de destino y contar con el principal requisito: la autorización de los partidos que formaban el Comité de Milicias Antifascistas, dominado por la FAI, y cuyos sellos, según el orden de impresión en el pasaporte, indicaban a sus patrullas del Comité de Milicias que controlaban puertos y fronteras, libertad o muerte.

 Antonio Tort y mosén Torrent encomendaron las gestiones de obtener pasaporte para monseñor Irurita bajo el nombre de Manuel Luis, al joven congregante Luis Creus Vida!, cuya esposa era conocida del cónsul italiano en Barcelona. Acudió Luis Creus a los responsables de las dependencias de la Conselleria de Governació, en manos masónicas de Esquerra Republicana, quienes al conocer finalmente su verdadero destinatario, se lo denegaron diciéndole: «A otros obispos se lo hemos facilitado, pero a éste no».

 Era un modo de decir que monseñor Irurita debía morir a manos de sus «incontrolados» instrumentos anarquistas, pues se lo había merecido.Al tiempo que tramitaba el pasaporte, Luis Creus procuró obtener el visado consular de entrada en el país de destino. Dado que el cónsul italiano Carlos Bossi, tras el apoyo de Mussolini a Franco en agosto carecía ya de influencia en medios gubernativos, a indicación del cónsul argentino, se dirigió al cónsul francés Jean Tremoulet. En un principio se prestó a facilitar su salida, pero días después, el 20 de septiembre, recibía a Luis Creus agriamente, acusando a monseñor Irurita de ser uno de los promotores de la rebelión militar, por lo que para proseguir su gestión exigía una carta en que el obispo «reconociera que su política en Barcelona había sido poco afortunada, por lo que solicitaba su salida, proponiéndose retirarse a alguna abadía en Italia. Con esta carta se comprometía a sacarle con toda seguridad, debiendo previamente renunciar a la mitra».

 Otra versión intencionada dice que Tremoulet contaba que «un día, en plena euforia revolucionaria y anticlerical, se le presentó un señor. .. que le pidió ayuda para sacar al obispo al extranjero.

 El cónsul, como que "lrurita era enemigo de la Generalitat", y además él, como diplomático, representaba a un gobierno del Frente Popular, se quiso cubrir, y le pidió que el obispo hiciera un papel de dimisión, y una vez lejos de Barcelona, si quería, que lo revocase. Según Tremoulet, Irurita se negó indignado» (Albert Manent, L 'Església clandestina, p. 66).

 Pero el testimonio del receptor de la inicua propuesta mediante la que se autorizaría su salida, la juzga así: «Le fue ofrecida al doctor Irurita la vida, la libertad y una evacuación tranquila, bajo unas condiciones, incluso al parecer, no absolutamente de apostasía, pero netamente de estampa de maquiavelismo satánico. Repetimos que el camino era seguro, e incluso hubiera podido quizá disfrazarse elegantemente. ¡Cuán poco conocían a nuestro santo pastor quienes imaginaron cazarle solapadamente!

 El hecho es que en el doctor Irurita se cumple una condición evidentemente de martirio. Renunciar a su salvación a precio, no ya de apostasía formal, sino de algo que lo hubiera parecido. ¿No es éste un auténtico argumento martirial?» (Luis Creus Vidal. CRISTIANDAD, marzo de 1981 ).

 Al referirle Luis Creus las inicuas exigencias del cónsul francés, monseñor Irurita comprendió que este frustradodesenlace mostraba que la Providencia le queríaentre sus diocesanos, y se ofreció presto a ofrecer su vida por Cristo Rey «El llorado pastor Manuel Irurita se vistió conla púrpura de su sangre»

L 1 O de diciembre de 1943 los restos mortales de monseñor lrurita, exhumados de la fosa común del cementerio de Monteada, fueron trasladados a la catedral de Barcelona. El prelado dela diócesis doctor Modrego en la oración fúnebre, dijo: «Siete años hace que el llorado pastor doctor Irurita se vistió con la púrpura de su sangre ... Él mismo dispuso por su voluntad ser enterrado en la capilla del Santísimo de esta catedral, inspirado por su amor a la Eucaristía, lo más cerca posible del sagrario y a los pies del Santo Cristo de Lepanto.

Tuve hace poco el consuelo de firmar el decreto final resolutivo del proceso de reconocimiento e identificación de los restos del santo mártir y de disponer su traslado ... Al ofrecérsele los medios de salir de Cataluña, con la ominosa condición de renunciar a la mitra, no aceptó la oferta, pues no quiso dejar su diócesis, y prefirió quedarse aquí arrostrando la furia de los sin Dios y prepararse al martirio con continuas y fervorosas oraciones ... El último gesto del doctor Irurita fue bendecir a los que le fusilaban y hoy desde el Cielo bendice a Barcelona, a Cataluña y a España».

Sus venerados restos reposan desde entonces a los pies del glorioso Santo Cristo de Lepanto, que el obispo mártir ordenó fuera trasladado a su actual capilla para presidirla. Sobre su tumba, sita entre el sagrario y la de su antecesor en la mitra, también mártir, san Oleguer, reza una inscripción, que traducida del latín, dice:

«ES NECESARIO QUE ÉL REINE»

- AL SuMo Dios OMNIPOTENTE -

AQUÍ YACE EL EXCELENTÍSIMO Y REVERENDÍSIMO

  1. D. MANUEL IRURITA ALMÁNDOZ.

NACIDO EL 19 DE AGOSTO DE 1876.

PROMOVIDO A LA SEDE DE LÉRIDA EL 20 DE DICIEMBRE

DE 1926

Y DE ALLÍ TRASLADADO A LA SEDE DE BARCELONA

EL 13 DE MARZO DE 1930.

FUE MUERTO EN ODIO A LA FE EL 3 DE DICIEMBRE

DE 1936.

EL BUEN PASTOR DIO SU VIDA POR SUS OVEJAS.

R.l.P. /¡

 



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